Revista de Marina
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Evolución de la guerra anfibia, desafío en innovación y desarrollo

  • Enrique Aguilera Soto

Por Enrique Aguilera Soto

  • Fecha de recepción: 10/05/2022
  • Fecha de publicación: 31/08/2022. Visto 176 veces.
  • Resumen:

    El desarrollo de una capacidad anfibia contundente y efectiva es clave para un país insular-tricontinental como Chile. Desarrollo que comenzó a fines de la década de 1950 y que se consolidó el año 1964 con la reestructuración de la Infantería de Marina. Desde entonces, los avances tecnológicos han llevado a desarrollar Fuerzas Anfibias más ágiles y flexibles, que eviten la cabeza de playa, capaz de actuar en emergencias, crisis o guerra y de ser proyectadas y sostenidas desde el mar.

  • Palabras clave: operaciones anfibias, doctrina, Operaciones Anfibias, Operaciones anfibias.
  • Abstract:

    The development of a robust and effective amphibious capability is key for an insular-tricontinental country like Chile. This evolution began in the late 1950s and was consolidated in 1964 with the restructuring of the Marine Corps. Since then, technological advances have led to the augmentation of more agile and flexible amphibious forces that avoid beachheads, and can act in emergencies, crises, or a conflict and being projected and supported from the sea.

  • Keywords: Amphibious operations, Doctrine, Amphibious capabilities.

El estudio militar nos conduce a afirmaciones que indican que las operaciones anfibias han existido desde el inicio de los tiempos o, por lo menos, desde que se desarrolló la navegación. Sin embargo, su génesis específica se liga a la innovación militar llevada a cabo por distintos países durante el período de entreguerras. Anteriormente lo observado, se asemejaba más bien al uso de medios navales como transportes que permitían posicionar a un ejército en determinado punto de la costa, tal como lo fuese el posicionamiento del AEF1en el teatro europeo durante la Gran Guerra.

La Armada de Chile, por su parte, y gracias a la visión del almirante Cochrane y del comandante Miller, siempre consideró vital la ejecución de arriesgadas incursiones en la costa como un importante componente de toda campaña naval, como la captura de la Isla San Lorenzo durante el bloqueo del Callao, la toma de los fuertes en Valdivia y Corral o las incursiones en Chiloé. De hecho, Robert Scheina en su libro Latin America: a Naval History señala que durante las guerras de independencia la Infantería de Marina de la Armada de Chile adquirió más experiencia anfibia que cualquier otro cuerpo en el hemisferio occidental (Scheina, 1987). Sin embargo, el desarrollo de capacidades anfibias modernas se inició en la década de los cincuenta y más formalmente después del incidente del Islote Snipe, adquiriendo unidades anfibias y dándole un rol ofensivo al Cuerpo de Defensa de Costa, transformándolo en el Cuerpo de Infantería de Marina a contar del año 1964. En ese entonces, se desarrolló una doctrina basada en un concepto de empleo propio de la Segunda Guerra Mundial, el que obviamente ha quedado obsoleto producto de la evolución tecnológica y doctrinaria, tanto de la defensa de costa como de las operaciones anfibias.

La reorganización de las fuerzas de proyección del Cuerpo IM en una Brigada, junto con el proyecto “Escotillón”, son dos ejemplos claros de la necesidad de modernizar la Fuerza Anfibia de la Armada. No obstante, este proceso organizacional y tecnológico debe ser complementado con una adecuada actualización doctrinaria que permita entender y ejecutar operaciones anfibias acorde a las exigencias del siglo XXI. Es por ello que el proceso de actualización de la doctrina anfibia en la Armada ya está en ejecución, y para comprenderlo correctamente es necesario entender los desarrollos de doctrinas anfibias llevados a cabo entre la Primera y Segunda Guerra Mundial, analizar la evolución de la guerra anfibia durante y post Guerra Fría y entender el concepto de empleo moderno de una Fuerza Anfibia.

En cuanto al desarrollo de doctrinas anfibias, los países que destacaron y que fueron capaces de identificar la necesidad de contar con capacidad anfibia fueron Japón, Reino Unido y Estados Unidos (Millet, 1996), todos con diferentes aproximaciones, pero con un mismo problema a resolver: tener que cruzar un mar o un océano para golpear a su potencial enemigo.

Japón desarrolló una doctrina que se centraba en la maniobra, enfatizando la obtención de sorpresa mediante múltiples desembarcos nocturnos simultáneos, preferentemente sobre playas sin oposición. La superioridad naval y aérea no era un requisito, ocupaban escaso apoyo de fuego naval y las unidades desembarcaban con diez días de logística, por lo que sus primeros objetivos estaban relacionados con la captura de suministros enemigos. La profundidad se generaba mediante la infiltración de unidades a través de ríos, mediante lanchas clase Daihatsu y unidades de paracaidistas desplegables desde plataformas navales especialmente diseñadas para dichos propósitos. Combinando ya en esa época el vector aéreo con el de superficie, evitando crear un marcado frente en la playa, logrando así ejecutar exitosos desembarcos en Malasia, Timor y Filipinas.

El Reino Unido, por su parte, había desarrollado su doctrina anfibia durante la Guerra de los siete años (1756-1763), cuando el general James Wolfe, después del fallido desembarco en Roquefort, se centró en desarrollar una doctrina que les permitiera evitar las falencias que había observado. Así, definió responsabilidades de mando entre la fuerzas naval y de desembarco, creó la señal de desembarco para evitar la desorganización en la playa, organizó unidades de scouts nadadores para reconocimientos, definió procedimientos para efectuar fuego de apoyo naval y construyó los flatboats, logrando con ello ejecutar una exitosa campaña en Louisbourg y Quebéc (Garnier, 2014). Sin embargo, no se designó una unidad para que mantuviera un rol anfibio y la doctrina definida por el general Wolfe nunca fue actualizada hasta la Primera Guerra Mundial, donde tras el desastre de Galípoli se generó la sensación de que efectuar un desembarco anfibio era imposible, considerando que los avances tecnológicos favorecían definitivamente al defensor. Consecuentemente, el Reino Unido enfrentó la Segunda Guerra Mundial con “un trauma anfibio”, el que fue superado gracias a la tenacidad de Winston Churchill, motivado por la necesidad de hacerle saber a los alemanes que el Reino Unido seguía en pie de guerra, dándole un nuevo aire a la guerra anfibia al crear Unidades de Commandos (Tamaño Batallón), para ejecutar incursiones anfibias que buscaban destruir importantes objetivos en Noruega y en el norte de Francia. Paralelamente, desarrollaron barcazas tipo LST con el fin de desplegar a las fuerzas aliadas sin necesidad de un puerto, puesto que estos habían sido capturados por los alemanes.

Respecto a Estados Unidos, su desarrollo doctrinario fue el que tendría mayor influencia en la evolución de la guerra anfibia. Su génesis se basó en el análisis efectuado por el US Marine Corps (USMC), particularmente por el mayor Earl Ellis entre 1920 y 1921, quien fuese autor del Plan de Operaciones 712H “Advance Base Operations in Micronesia”, (Malkasian, 2002). El estudio definía, previo al War Plan Orange, que Japón sería el próximo enemigo de Estados Unidos en el Pacífico y que, para derrotarlo, la flota norteamericana debería contar con bases navales intermedias que le permitieran persistir en el teatro de operaciones, sin tener que regresar a Hawai o a Estados Unidos continental. Estas bases serían islas en el Pacífico que, muy probablemente, estarían defendidas por los japoneses y que deberían ser capturadas por los Marines. Visionariamente, el USMC comenzó a desarrollar técnicas y procedimientos que les permitieran ejecutar un asalto desde el mar.

El desarrollo, que tomo más de una década, tuvo como resultado el Tentative Manual of Landing Operations, que establecía los procedimientos para la ejecución del asalto anfibio. Este manual, años de experimentación y las observaciones del entonces teniente V. Krulak durante el asalto anfibio japonés en Shanghái, estuvieron como algunos de sus resultados la creación de las LCVP (Landing Craft Vehicle, Pernonel) y el Amphibius Tractor (AMTRAC), basándose en un prototipo de vehículo anfibio de rescate creado por Donald Roebling en Florida para evacuación civil durante los huracanes (Millet, 1996). Paralelamente, se perfeccionan los procedimientos de apoyo aéreo estrecho, bombardeo naval y fuego de apoyo naval, en apoyo a la fuerza de desembarco, y se consolidó una cultura altamente ofensiva dentro del USMC. Respecto al desarrollo naval, éste se limitó a la transformación de antiguos destructores y escoltas, creando los buques clase APD que solo cumplían con un rol de transporte.

Este desarrollo doctrinario y el éxito del asalto anfibio durante la Segunda Guerra Mundial, no solo en el frente del Pacífico, sino que también en África y Europa, germinó el rol anfibio en prácticamente todas las infanterías de marina del mundo.

La opinión de que el asalto anfibio era un concepto sumamente pesado en su ejecución consolidó, casi como un dogma, que una operación anfibia requería de un intenso bombardeo naval previo al desembarco y de fuego de apoyo naval (NGS) durante las operaciones en tierra, además de supremacía aérea y control del mar en el área de operaciones. La captura de la cabeza de playa constituía el objetivo inicial de la operación, permitiendo la concentración logística y actuando como posterior punto de desembarco para la descarga general o de una fuerza mayor.

La cabeza de playa nunca fue un requisito. De hecho, el mayor Ellis se refería en su plan a que el primer objetivo de la fuerza era el establecimiento de una boat-head, como un concepto más bien ligado a la seguridad (Ellis, 1921). Más aún, la cabeza de playa era el principal generador de pausa operacional en las primeras etapas del desembarco y provocaba, junto con la defensa de costa, que la fuerza de desembarco se estancara en la costa sin progresar hacia sus objetivos en terreno interior, manteniéndose en el lugar, hasta que no tuvieran los suministros suficientes en tierra. Esta pausa operacional pasó a ser el momento de mayor vulnerabilidad en una operación anfibia.

Para 1945, la Segunda Guerra Mundial había dejado la sensación de que las operaciones anfibias eran fundamentales en el campo de batalla moderno. Sensación que duró poco, ya que los análisis sobre los efectos que tendría una bomba atómica lanzada contra una flota en mar abierto, principalmente las experiencias obtenidas en la operación Crossroad, concluían que acercar una flota a costa y varar una cantidad masiva de buques era inaceptable. Como consecuencia, esto generó dos percepciones: primero, las operaciones anfibias habían perdido vigencia y debían ser reemplazadas por el poder aéreo, y segundo, debían evolucionar a un concepto operacional que permitiera ejecutarlas sin exponer los buques.

Las dudas sobre las operaciones anfibias fueron eliminadas durante la Guerra de Corea, cuando en septiembre de 1950 MacArthur cambia el curso de la guerra mediante un envolvimiento estratégico ejecutado por medio de un asalto anfibio en Incheon, lo que revitalizó la necesidad de las capacidades anfibias. Sin embargo, el empleo de minas submarinas impidió realizar un segundo desembarco en el puerto de Wonsan, en la costa este de Corea del Norte, ya que los buques no se pudieron aproximar a costa para lanzar las olas de Infantes de Marina y el proceso de desminado fue más lento que el avance de las fuerzas terrestres desde el sur. Se había perdido la oportunidad de efectuar un desembarco anfibio teniendo un absoluto control del mar y aéreo. Esto fortaleció la necesidad de desarrollar un nuevo concepto y de mejorar las capacidades de proyección de una fuerza anfibia.

Así, después de un nuevo periodo de experimentación, en diciembre de 1955 se publica el Landing Force Bulleting-17 (Asprey, 1983), buscando integrar un envolvimiento vertical al ya tradicional asalto de superficie. Este nuevo concepto permitía ampliar el frente del desembarco, buscando una mayor dispersión de la fuerza en tierra, incluyendo al helicóptero como un nuevo conector buque-objetivo. Su velocidad y flexibilidad en rápidas penetraciones hacia terreno interior, mitigaba las limitaciones que implica desembarcar en una playa, restándole protagonismo al bombardeo naval y al FAN, posicionando al apoyo aéreo estrecho como complemento ideal a la Fuerza de Desembarco. El Buque de Transporte Anfibio es reemplazado por el Buque de Asalto Anfibio, emergiendo los buques clase LSD y LPH, más relacionados con el desarrollo naval japonés del período de entreguerras que con los diseños occidentales. Estos buques, además de ser capaces de transportar una fuerza de desembarco, aumentaban su capacidad de proyección, tanto por vector aéreo como de superficie, permitiendo el sostenimiento de la Fuerza de Desembarco durante sus operaciones en tierra y, al Comandante de la Fuerza de Desembarco, conducir la operación desde a bordo.

La puesta en práctica fue la operación Musketeer ejecutada por una fuerza combinada de Reino Unido, Francia e Israel durante la crisis de Suez en 1956. Durante la operación, el Commando 45 de Royal Marines efectuó un asalto aéreo mientras los Commandos 40 y 42, junto a fuerzas francesas, desembarcaron por medios de superficies. Aunque el resultado fue un fracaso desde el punto de vista político, fue un éxito desde el punto de vista táctico, ratificando la practicabilidad de la nueva forma de ejecutar operaciones anfibias.

De esta manera, el concepto desarrollado por Estados Unidos para evitar los efectos de una bomba atómica pronto se extendió a otros países debido al desarrollo de baterías de misiles, aviación y la proliferación de las minas submarinas como sistema de defensa de costa integral.

Durante los años posteriores la industria de construcción naval dejó de construir buques con gran capacidad de NGS y los buques con capacidad de varada tipo LST mantuvieron su vigencia, pero más bien como plataformas para transportar medios a zonas aisladas, no para operaciones anfibias, principalmente por su escasa capacidad de proyección y de sostenimiento de una fuerza operando en tierra.

El término de la Guerra Fría provocó el surgimiento de otro tipo de conflictos, ya no entre estados, sino que entre facciones o grupos armados. La ex Unión de Republicas Socialistas Soviéticas (URSS) dejó de financiar guerrillas que habían nacido con fines políticos y éstas buscaron nuevas fuentes de financiamiento efectuando actividades delictuales como secuestros y narcotráfico y vinculándose con el crimen organizado. Junto con esto, las capacidades militares empezaron a ser utilizadas en otro tipo de operaciones como respuesta a crisis, operaciones de paz, apoyo humanitario y alivio ante catástrofes, ampliándose el rango de las operaciones militares más allá de la guerra.  En esta ampliación, las operaciones anfibias presentaron características que las hacían particularmente útiles al combinar en forma balanceada la capacidad de movilidad estratégica, provista por los medios navales, con capacidad de movilidad táctica, provista por los conectores tanto aéreos como de superficie y por las capacidades propias de la Fuerza de Desembarco, permitiendo que una fuerza anfibia sea rápidamente desplegable. Además, para su ejecución no se requiere de puertos, aeropuertos o instalaciones especiales, siendo la fuerza sostenida desde a bordo, aprovechando la persistencia de los buques. Además, la flexibilidad propia de las fuerzas anfibias les permitió tener la capacidad de pasar de un tipo de operación a otro, sin tener que regresar a su puerto base.

La doctrina y desarrollo iniciado en 1950 se ha mantenido como concepto eje hasta el día de hoy y ha obligado a hacer énfasis en el perfeccionamiento de conectores que, por un lado, maximicen la capacidad de proyección, lanzando olas a mayor distancia y a gran velocidad, generando una maniobra anfibia más ágil y, por otro lado, que permitan minimizar las limitaciones inherentes al varar en una playa. Es así como se han desarrollado los Landing Craft Air Cushion (LCAC), Landing Catamaran (L-CAT), lanchas rápidas y aeronaves de ala rotatoria y motores basculantes con mayor capacidad de carga, permitiendo centrar la maniobra en el objetivo más que en la playa, dando pie al nacimiento de los conceptos de maniobra buque-objetivo (STOM) y maniobra operacional desde el mar (OMFTS), eliminando la necesidad de establecer una cabeza de playa, manejando el sostenimiento y en ocasiones el mando y control desde a bordo y, en consecuencia, reduciendo la huella logística en tierra.

La constante evolución de la guerra anfibia, rápidamente examinada en este artículo, ha impulsado un proceso continuo de innovación y desarrollo entre las marinas con capacidades anfibias, no sólo en lo tecnológico, sino que también en cuanto a conceptos de empleo y doctrina. Por ello, la Armada ha mantenido un permanente perfeccionamiento de sus capacidades anfibias. Desde las capacidades y doctrina desarrollas para ejecutar un asalto anfibio producto del incidente del Islote Snipe, se ha incrementado el ámbito de empleo para que estas capacidades sean aplicables en un rango de operaciones más amplio. Más aun, hoy se está efectuando una nueva evaluación, redefiniendo relaciones de mando, estructura, conceptos de empleo y tipos de operaciones anfibias, con la intención de incorporar los nuevos conceptos y formas de empleo y de estandarizarlos con las principales fuerzas anfibias internacionales.

Asimismo, el proyecto “Escotillón” eleva a la Armada a un nivel más alto de marinas con capacidad anfibia. Al ser capaces de construir buques de asalto anfibios, se tiene la oportunidad de dotarlos con las capacidades que exigen nuestros teatros de operaciones, con características que permitan poner en práctica un modelo moderno de operaciones anfibias proyectando y sosteniendo a la Brigada Anfibia Expedicionaria a mayor distancia de la costa. Los conectores, por ende, son el punto a desarrollar. La capacidad de ejecutar un STOM, a nuestra escala, permitirá posicionarnos en un rango de eficiencia y velocidad operacional diferenciado en el teatro Pacífico.

Esta nueva doctrina ya está en una fase final de desarrollo con la participación de todas las fuerzas de tipo que integran una fuerza anfibia, orientada a definir un concepto operacional que no se centra en una cabeza de playa, que puede ser puesto en prácticas con las fuerzas dependientes del Comando de Operaciones Navales, que reconoce la necesidad de ejecutar operaciones anfibias tanto en ambientes permisivos como no permisivos, que considera su integración a la maniobra conjunta y que busca accionar sobre un objetivo de importancia operacional o estratégica, evitando las fortalezas y aprovechando los vacíos en un dispositivo de defensa de costa.

Finalmente, las características que presenta Chile al ser un país insular-tricontinental hacen que el desarrollo de capacidades anfibias sea una necesidad estratégica, orientada a contar con una fuerza que utilice tanto el mar como la costa como un espacio de maniobra único, que sea rápidamente desplegable a cualquier rincón de nuestro territorio, capaz de ejecutar operaciones de combate y de otro tipo desde el mar en forma ágil, flexible y con un alto nivel de alistamiento.


LISTA DE REFERENCIAS

Asprey, R. B. (1983). The Fleet Marine Force in the Early 1950s. In M. L. Bartlett, Assault from the Sea, Essays on the History of Amphibious Warfare (pp. 355-359). Annapolis: United States Naval Institute.

Ellis, E. H. (1921). 712H Operation Plan Advanced Base Operations in Micronesia. Quantico: U.S. Marine Corps, Intelligence Section, Division of Operations and Training.

Garnier, G. (2014). The Amphibious endeavour: Tactical risk, Strategic influence. Focus strategique N°46.

Malkasian, C. A. (2002). Charting the pathway to OMFTS: A historical assesment of amphibious operations from 1941 to the present. Alexandria: Center for Naval Analyses.

Millet, A. R. (1996). Assault from the sea: The development of amphibious warfare between the wars. In A. R. Williamson R. Murray, Military innovation in the interwar period (pp. 50-95). Cambridge: Cambridge University Press.

Scheina, R. L. (1987). In R. L. Scheina, Latin America: A Naval History (pp. 221-222). Annapolis: Naval Institute Press.

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