Revista de Marina
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  • Fecha de recepción: 04/09/2023
  • Fecha de publicación: 30/04/2024. Visto 135 veces.
  • Resumen:

    Evocar el drama sangriento y sublime ocurrido en Iquique y Punta Gruesa el 21 de mayo de 1879 nos permite apreciar hoy, emocionados, el compromiso de todos aquellos que en diciembre de 1978 estuvieron a horas de trabar una decisiva batalla naval en defensa de nuestras islas del Beagle y aguas inmediatas.  Por la Patria y por su honor.

  • Palabras clave: Escuadra, misiles, Beagle, Artillería, artillería, islas.
  • Abstract:

    Evoking the bloody and transcendent drama that took place in the surrounding waters of Iquique and Punta Gruesa on the 21st of May 1879, allows us to appreciate today, with emotion, the commitment of all those who, almost a hundred years later in December 1978, were hours away from a decisive naval battle in defense of our islands in the Beagle channel and its surrounding waters. For duty, honor, and country.

  • Keywords: Beagle, missiles, islands, Fleet.

Aquellos nacidos hace muchos años – y mi vida es ya bastante larga – bebimos desde la cuna esa especie de “alma” nutricia que nos hacía, deslumbrados, venerar los sucesos de Iquique y Punta Gruesa ocurridos el 21 de mayo de 1879.

La antigua casa ñuñoína de mis padres se engalanaba para celebrar la efeméride, y quizás si porque mi abuelo había vestido el uniforme de la Armada durante la guerra del Pacífico, la fiesta revestía un carácter evocatorio especial. Su fotografía, captada en la casa Courret de Lima en 1881, presidía la mesa, y los niños solíamos vestir tenidas, o al menos gorras marineras. Previo al almuerzo, mi padre – formal y encorbatado - daba lectura solemne a un relato del combate naval. Los adultos brindaban, y año a año, se buscaba incorporar nuevos relatos y documentación sobre la gesta, recurriendo a distintos autores. En cada ocasión la concurrencia, que solía abarcar tíos, primos y amigos cercanos, escuchaba con veneración casi religiosa los detalles de la gloriosa epopeya. Eran buenos tiempos, aquellos; tiempos de amor a la bandera y respeto a los héroes.

Un concepto, una idea matriz – por sobre cualquier otra – dominaba el ambiente y nuestras mentes infantiles durante la celebración de esa efeméride: ubicados en una coyuntura bélica fortuita, los comandantes y tripulaciones de las dos naves chilenas esa mañana de mayo no habían trepidado ni dudado en forma alguna. Dios nos ha puesto aquí y ahora – habrán pensado – y aquí y ahora combatiremos hasta el final. Las esposas y las novias, los hijos y las madres, están, ciertamente, presentes en lo profundo de nuestros corazones. Pero no pueden ser causa de vacilación. Al fin y al cabo, la lucha que vamos a dar es por la Patria, y ellos son alma y nervio de esa Patria por la que vamos a entregar la vida.

Y así lo hicieron.

A mis cortos años, yo daba vueltas y vueltas  en mi mente a esa idea, y la emoción me superaba. Eso debía ser, consideraba, la cúspide de los valores de honor y lealtad que tanto se ponderaban en mi hogar.

Mas tarde, ya adulto, experimenté esa experiencia que todo chileno, varón o mujer, que haya vestido el uniforme, simplemente no puede evitar. Me refiero a lo que ocurre cuando escuchamos los compases de la banda iniciando nuestras marchas guerreras. El cabello se eriza, y un estremecimiento recorre todo el cuerpo, sin que podamos sustraernos a esa reacción.

Son los manes, siempre lo he creído así, de nuestros ancestros que nos visitan y murmuran al oído: Por ti entregué mi vida en combate. Recuérdame. Son también los susurros de los espíritus de aquellos que cayeron - para consolidar una nación - a lo largo de trescientos años en las sangrientas luchas de Arauco. Los acompaña el aliento de nuestros marinos y soldados, sacrificados siguiendo a la bandera tricolor, en doscientos años de vida independiente.

Cuando evoco el cuadro de aquellos jóvenes montando débiles y obsoletos barcos de madera en la rada de Iquique – Prat y Serrano apenas superaban los 30 años – decididos a inmolarse en combate, sin esperanza alguna de vencer, similar visita de sus manes recorre mi ser. El alma se conmueve, el vello de la piel se eriza y la emoción se apodera de mi voluntad tal y como cuando era un niño. Eran muy jóvenes, esos valientes, y las imágenes de sus esposas, hijos y madres, sobre cartulina, seguramente las llevaban en sus pechos. No dudaron, en la coyuntura, sino que tomaron la opción tal y como se les presentó. Cayeron vivando a su Patria, por su honor y por su lealtad a la marina de guerra.

Es lo que conmemoramos en mayo de cada año, con el compromiso de no olvidarlos jamás.

Refloto estos recuerdos emotivos porque, leyendo los relatos de la crisis en nuestros mares australes, culminada entre el 19 y el 22 de diciembre de 1978, no puedo evitar emocionarme ante el relato de lo actuado por nuestros marinos.

Son sucesos recientes, ocurridos apenas anteayer. De hecho, soy contemporáneo de aquellos más jóvenes que vivieron la experiencia, y tengo la fortuna de conocer a uno de sus actores. Un teniente segundo de la época, hoy contralmirante en retiro.

El problema venía de antiguo, y en mi opinión, era la consecución de aquel intento argentino, hacia fines del siglo XIX, de apoderarse del estrecho de Magallanes. Aparentemente culminado en el Abrazo del Estrecho de 1899, el problema en realidad solo fue postergado, en tanto una larga carrera armamentística naval daba inicio.

Después del pronunciamiento del 11 de septiembre de 1973, potencias que nos distinguían con reiterada y antigua amistad volvieron, coordinadamente, sus caras, y Chile se encontró solo, en la imposibilidad de renovar su material de guerra, así como de adquirir repuestos. Era un buen momento para que nuestro vecino del este intentara buscarnos las cosquillas y procurara zanjar el tema de las islas del Beagle, con sus mares adyacentes, por la vía de Bellona. Empezó desconociendo el laudo arbitral de abril de 1977, emanado de S.M. Británica, que otorgaba a Chile las islas y costas sometidas a su fallo.

En los siguientes meses de ese año 1977 otras señales se sumaron, haciendo ya inconfundibles las intenciones argentinas, y los mandos de nuestras FF.AA. pasaron a actuar en consecuencia. La Armada acometió la labor ímproba de poner su personal y naves en condiciones óptimas, buscando enfrentar en la mejor forma el fantasma de la guerra. Empeño nada de fácil, cabe asentar, con varios de esos buques fuera de servicio y casi en el desguace, para empezar. Casi todos, además, careciendo de reposición para sus sistemas y de munición para su armamento.

La historia ha sido contada por algunos de sus actores principales, periodistas de investigación y varios destacados historiadores. El propio contralmirante Raúl López ha dejado un relato muy profesional y completo.

No obstante, yo la estoy evocando desde el punto de vista del lego, del ciudadano común, que nada entiende de naves de guerra de miles de toneladas de desplazamiento, así como de sus problemas logísticos y técnicos. Menos de estrategia y táctica naval. Hablo de aquellos investigadores que conversamos entusiastas, aunque a veces ligeramente sobre estos temas, disponiendo de conocimientos limitados e intercambiando opiniones en foros de Internet desde la comodidad de nuestros hogares. De quienes, justamente, apenas podemos entender o no captamos en su verdadero y dramático sentido el instante decisivo que allí se vivió.

Veamos. El contralmirante Raúl López Silva, comandante en jefe de la Escuadra, luego de una enorme labor cumplida instruyendo tripulaciones, reacondicionando navíos a estándares de combate, habilitando fondeaderos en los canales magallánicos y poniendo a punto, en fin, la Escuadra, pudo contar, hacia diciembre de ese año 1978, con diez barcos de guerra en estado de batirse. Algunos eran vetustas naves botadas antes de y durante la 2ª Guerra Mundial, y carecían de armamento misilero. Un solitario y antiguo submarino era parte de esa fuerza.

Tenía clara conciencia, el almirante López, de que la Flota de Mar argentina era superior en naves y armamento, pues su dotación de naves misileras era mayor. También el número de sus piezas de artillería de 5”, que contaba, además, con apoyo aéreo inmediato transportado en el portaviones 25 de Mayo, y de dos submarinos en el llamado TOA (teatro de operaciones austral). Otros dos podían ser incorporados a la lucha en una segunda fase.

¿Cuáles podrían ser las ventajas – si así podían llamarse – de la escuadra chilena en ese escenario? Pocas, a mi juicio de paisano, pero que cabe consignar. El conocimiento de esas aguas, en primer término, y la pericia de sus comandantes. Eran, todos ellos, marinos acostumbrados a sufrir y navegar allí, con casi cualquier tiempo o condición atmosférica, para empezar. Lo que no ocurría con muchas de las tripulaciones y tropas de desembarco argentinas. Luego, el hecho probable de que, en un enfrentamiento, las naves chilenas se ubicarían, con mal tiempo, a barlovento de la escuadra enemiga, lo que – quizás – permitiría un mayor alcance de sus limitados misiles. Aunque se trate de un elemento subjetivo, no puedo dejar de mencionar la destreza de sus artilleros, que le permitiría batir eficazmente al enemigo una vez al alcance de sus piezas de 6”, 5”, 4.5” y 4”. Dato este último que no deja de impresionarme hasta hoy. Como oficial subalterno de reserva de artillería en el Ejército, estoy capacitado en el manejo de piezas de 105 mm. y mediano alcance. También he participado de ejercicios – aunque sin operarlas personalmente, solo como observador – con piezas de 155 mm. En ambos casos, con la artillería firmemente asentada en el terreno y sin otra variante a calcular que la deriva por rotación. Que se pueda dar certeza al tiro desde barcos en movimiento, y en mares agitados por añadidura, constituye para mí un arte a cuyos ejecutantes no cabe sino guardar respeto. Y finalmente – entre las supuestas ventajas - como dato espiritual agregado, estaba aquello de la fecha. No podía ser, simplemente, una casualidad que se vivieran los meses previos al centenario del combate naval de Iquique, y si ello se estimó una coyuntura favorable al enemigo, probablemente se desestimó el impacto moral de esa efeméride en los marinos chilenos.

El caso es que, detectada la Flota de Mar argentina navegando hacia el sur con la manifiesta intención de desembarcar tropas en las islas del Beagle, y otras más al S.O., según datos de inteligencia, el almirante López recibió la siguiente comunicación emanada del Comandante en Jefe de la Armada: Impedir por las armas cualquier intento de desembarco en tierra chilena.

Aquello había ocurrido el día 19, la antevíspera del momento cúlmine de la crisis.

Le siguió un 2° mensaje clarificador: “Atacar y destruir cualquier buque enemigo que se encuentre en aguas territoriales chilenas”.

Pero la flota enemiga, en ese primer amague, había maniobrado alejándose del contacto con las naves chilenas. Y ahora, el día 21, nuevamente, la llamada Flomar enderezaba su rumbo hacia el canal Beagle, Mar de Drake y aguas en torno a las islas que son territorio chileno.

Asentemos que el almirante chileno había dispuesto sus fuerzas de superficie en dos agrupaciones. Una era llamada Grupo Acero, formada por las cinco naves más antiguas de la Escuadra, carentes de misilería. Su misión consistía en acercarse a toda máquina a la Escuadra enemiga, hasta tenerla a distancia en que pudiera batirla con su artillería. De más está decir que, en tal aproximación, ese grupo estaría expuesto al fuego de misiles enemigos, sin capacidad de respuesta. Habría sensibles bajas en los cinco buques de aquella agrupación Acero que iría, ciertamente, al sacrificio. Otras cinco naves, algo más modernas, formaban la agrupación o Grupo Bronce. Navegarían en una segunda línea, haciendo uso de sus misiles cuando el enemigo estuviera al alcance, para luego estrechar distancia también y hacer uso de la artillería.

Aunque las características de todas esas naves son de sobra conocidas en el mundo naval, cabe detallarlas aquí porque, como he señalado, escribo – en foros de Internet – para paisanos desconocedores de datos técnicos e históricos de nuestra Escuadra. Son los siguientes:

El submarino Simpson, de origen USA y clase Balao, había sido botado en mayo de 1944. Estaba ubicado en un lugar determinado del Atlántico, listo para intervenir durante la batalla naval próxima a comenzar. Completaban la dotación el petrolero de flota Araucano, clase Brumeister & Wain, de origen danés, botado en 1965, y el remolcador de flota Sargento Aldea, clase Arikara, origen USA, botado en 1943.

La flota de mar argentina, por su parte, estaba compuesta de tres grupos de tarea, o GDT:

El primer grupo estaba encabezado por el portaaviones liviano Veinticinco de Mayo y su grupo aéreo embarcado consistente en ocho aviones A-4Q Skyhawk, cuatro S-2 Tracker, cuatro helicópteros S-61D4 Sea King y un Alouette III. Incluía al destructor misilístico Hércules, y las modernas corbetas misilísticas clase A-69 Drummond y Guerrico.

El segundo GDT argentino lo encabezaba el crucero General Belgrano (tan antiguo como el Prat chileno), el destructor Rosales, y los destructores misilísticos Brouchard y Piedra Buena. Cubría a la fuerza de desembarco compuesta por el BDD Cándido de Lasala, el buque de desembarco de tanques BDT  Cabo San Antonio y el buque tanque Punta de Médanos.

El tercer grupo estaba conformado por el destructor misilero Py, el destructor también misilero Seguí, y los destructores  Almirante Storni y Almirante Domecq García.

Dos submarinos apoyaban directamente a estos grupos, como señalara, y otros dos se encontraban, a esas fechas, aún lejos del TOA.

Así estaban las cosas.

Un último mensaje del Comandante en Jefe de la Armada llegó al almirante López y comandantes de las naves el día 21: “zarpar de inmediato y entrar en combate contra los argentinos”. 

Zarparon, pues, para cumplir la misión ordenada.

Es a esto a lo que me refiero cuando cito la emoción que me embargaba, cuando niño, al escuchar de labios de mi padre el relato de la epopeya de Iquique. Al escribir sobre el erizamiento de piel y la descarga eléctrica que nos recorre cuando la banda ataca esas marchas que traen a la mente las hazañas de nuestros abuelos y agitan la bélica herencia atávica de los genes.

Estoy seguro de que cada uno de los hombres que integraban la Escuadra chilena, en esos momentos cruciales - cuando las dos agrupaciones, en sus respectivas ubicaciones, hicieron rumbo al enemigo detectado por los aviones de reconocimiento y el aumento del tráfico de señales - dedicó un último pensamiento a aquellas esposas, hijos y madres que deben haber sido la parte esencial de sus vidas.

Pero también estoy cierto de que todos y cada uno de ellos, llevando a los suyos junto al corazón, trajo a su mente el lema que nuestros marinos han venido honrando a lo largo de nuestra corta, pero sangrienta historia: vencer o morir.

El teniente segundo de la época (25 años) a quien he hecho referencia, desde su retiro, me expresa: “En mi batería de misiles antiaéreos y ametralladoras automáticas de 40 mm. nunca vi flaquear a ninguno de mis 32 marinos”. “… sabíamos de sobra que estábamos en desventajas materiales, que suplíamos con la certeza de que no fallaríamos bajo el mando de un almirante excepcional”.

Yo no estuve allí, pero sé, porque soy chileno, que cada combatiente en esas naves que buscaban, afanosas, el choque con la flota argentina, tenía en su mente y en su boca esa sentencia que compromete la lucha hasta la muerte.

Voy a caer, quizás, en este día – habrán pensado – o puede que mi nave se hunda por efecto del fuego enemigo. Estas gélidas aguas, lo sé bien, no permiten la sobrevivencia. Pero voy a luchar hasta el final.  Por mi Chile, por mi bandera, por la tradición de la Armada.

En la hora undécima, como sabemos, la flota de mar argentina viró, durante la noche del día 21 al 22, y su nuevo rumbo evadió el choque inminente. Luego, actuó la diplomacia y los representantes del Vaticano lograron esa tregua necesaria para enfriar la crisis.

Conclusión

Este año 2024 se cumplen 46 años desde aquellos memorables sucesos, y las islas del Beagle, así como su territorio marítimo inmediato, siguen siendo nuestros porque Uds. actuaron con decisión y valor en ese momento crucial de nuestra historia. Marinos sin vacilar, ciertamente.

Tenerlos allí, en el momento preciso, preparados y listos para la acción, fue un privilegio para Chile. Todos quienes seguimos desde la vida civil su conducta en esa decisiva coyuntura, no los olvidaremos.

Lista de referencias

  1. Información periodística de época. 
  2. Testimonio y relato del contralmirante ® señor Alexander Tavra Ch.

Bibliografía

  1. “La Escuadra en Acción”    Patricia Arancibia Clavel y Francisco Bulnes Serrano. Editorial Grijalbo  2004.

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