Por RONALD VON DER WETH FISCHER
El archipiélago de Chiloé constituyó el último bastión del poder español en América, manteniendo su lealtad a la Corona mucho después de la independencia de Chile en 1818. Su geografía fragmentada, la cohesión de su sociedad y un sistema defensivo consolidado hicieron compleja su anexión. Entre 1820 y 1826, las expediciones patriotas enfrentaron desafíos hasta la rendición de Quintanilla, que puso fin al dominio español. Sin embargo, Chiloé conservó su identidad cultural, religiosidad y sentido comunitario, integrándose al Chile republicano.
Introducción
El archipiélago de Chiloé se levantó como el último bastión del mundo hispano en América. Allí, en medio de una geografía fragmentada y un clima riguroso, subsistió una comunidad que, aislada del continente, mantuvo su lealtad al rey de España cuando el resto de América había abrazado la independencia.
El caso de Chiloé no puede entenderse solo como una anomalía geopolítica, sino como el resultado de un proceso histórico prolongado en el que la cultura, la religión y la organización militar se entrelazaron de manera inseparable. Mientras el centro y norte de Chile avanzaban hacia la modernidad republicana, el archipiélago conservaba un orden colonial fuertemente enraizado en sus costumbres y en su modo de vida.
El presente artículo analiza el sistema defensivo hispano en Chiloé y las dificultades del proceso de anexión entre 1820 y 1826. Se utilizan como fuente principal las descripciones del historiador Pedro J. Barrientos Díaz en Historia de Chiloé (1948), complementadas con otras fuentes históricas, que permiten comprender por qué la resistencia chilota representó el último eco del mundo imperial en América.
1. Contexto histórico y geográfico del archipiélago
Tras la proclamación de independencia en 1818, Chile aún no podía considerarse plenamente soberano. En el norte persistían focos de inestabilidad, mientras que en el sur subsistían regiones bajo dominio realista. Entre ellas, Chiloé constituía el enclave más significativo: un conjunto de islas montañosas y boscosas, rodeadas de canales profundos y de difícil navegación, que ofrecían un bastión natural formidable.
El archipiélago no solo tenía valor estratégico, sino también simbólico. Representaba la última posesión española en el Pacífico sur y un refugio para quienes aún consideraban la monarquía el orden legítimo. Su población —integrada por criollos, mestizos e indígenas— desarrolló una economía de subsistencia basada en la pesca, agricultura y ganadería menor, que le otorgaba autonomía relativa frente al continente.
La capital, San Carlos de Chiloé (actual Ancud), fundada en 1768, tenía como objetivo centralizar la administración y controlar los accesos marítimos. Desde allí se gobernaba un territorio aislado, pero con comunicaciones periódicas con el Virreinato del Perú, principal bastión realista en la región. Esta conexión explica la prolongada fidelidad chilota incluso cuando el resto de América del Sur se había independizado.
2. Sociedad chilota y fidelidad a la Corona
La sociedad chilota del siglo XIX se organizaba en torno a la obediencia, la religiosidad y la autarquía. Las familias vivían dispersas en pequeñas comunidades rurales y costeras, donde la parroquia constituía el núcleo social. El sacerdote, el corregidor y el comandante local eran las figuras de autoridad que garantizaban el orden.
La religiosidad popular —herencia de las misiones principalmente jesuitas y franciscanas— impregnaba la vida cotidiana. Las festividades patronales, las procesiones y la devoción mariana reforzaban el sentido de unidad y la percepción de un destino común. En este marco, la lealtad al monarca no era tanto una adhesión ideológica como la extensión de un orden moral y espiritual que regía la comunidad.
Barrientos destaca que el chilote veía en el rey no solo a un soberano distante, sino al garante del orden divino. La monarquía, el clero y la familia constituían un triángulo inseparable que confería estabilidad al archipiélago. Este conservadurismo social explica por qué los patriotas fueron percibidos más como intrusos que como libertadores.
3. El sistema defensivo hispano en Chiloé
Desde finales del siglo XVII, la Corona española consideró a Chiloé como una plaza avanzada para la defensa del Virreinato del Perú. Las incursiones de corsarios ingleses y holandeses demostraron la vulnerabilidad del litoral, lo que motivó la construcción de un sistema de fortificaciones inspirado en el modelo del “Flandes Indiano”, adaptado a la geografía del sur de Chile.
Esta red defensiva comprendía castillos, baterías y reductos interconectados a lo largo de los accesos marítimos. Los fuertes de San Carlos y San Miguel de Ahui (Agüi) eran las piezas claves del sistema defensivo insular. Construidos en piedra y madera nativa, contaban con baluartes, troneras y fosos diseñados para resistir ataques navales y terrestres.
La defensa no era únicamente material. La milicia local, formada por campesinos y pescadores, se entrenaba regularmente y mantenía contacto estrecho con las guarniciones profesionales. En caso de invasión, las comunidades costeras alertaban mediante hogueras y tambores. Este sistema, perfeccionado durante más de un siglo, otorgó a Chiloé una capacidad de resistencia sin parangón.
4. Campañas patriotas y resistencia realista (1820–1826)
La posición estratégica del archipiélago, la lealtad de su población a la Corona y la sólida estructura defensiva heredada del período colonial lo convirtieron en un enclave de gran valor político y militar.
Desde sus puertos partían corsarios que amenazaban la navegación patriota, mientras el brigadier Antonio de Quintanilla mantenía la cohesión y disciplina de la resistencia realista. A diferencia de otras regiones, Chiloé no había participado del proceso emancipador, lo que exigió un esfuerzo sostenido, tanto militar como diplomático, para lograr su incorporación definitiva a la República.
En este contexto, la campaña por Chiloé se desarrolló en dos fases: la primera, en 1820, dirigida por el almirante Thomas Cochrane y el mayor Guillermo Miller, de carácter exploratorio y destinada a reconocer las defensas realistas; y la segunda, entre 1824 y 1826, encabezada por el general Ramón Freire con apoyo decisivo de la Escuadra bajo el mando del almirante Manuel Blanco Encalada, que culminó con la rendición de San Carlos de Chiloé. Ambas operaciones, aunque separadas por cinco años, respondieron a una misma visión estratégica: extender la independencia hasta los confines australes y asegurar el control de las rutas marítimas del sur.
4.1. La expedición de Cochrane y Miller (1820)
Tras la exitosa toma de Valdivia, el almirante Thomas Cochrane comprendió que aquella victoria, aunque decisiva, no aseguraba aún la independencia del sur de Chile. Chiloé permanecía bajo dominio español, con una guarnición leal al brigadier Antonio de Quintanilla, y su posición estratégica la convertía en un enclave indispensable para el control marítimo del Pacífico austral. Consciente de ello, Cochrane decidió emprender una nueva expedición destinada a completar la emancipación del territorio.
Habiendo tomado las medidas necesarias para garantizar la seguridad de la población y de la provincia de Valdivia, estableció un gobierno provisional y dejó al mayor Jorge Beauchef al mando de las tropas patriotas para mantener el orden y consolidar la posición alcanzada. Cumplida esta tarea, el 16 de febrero de 1820 se hizo a la vela con la goleta Moctezuma y la recientemente capturada Dolores, llevando a bordo doscientos hombres al mando del mayor Guillermo Miller. El objetivo era audaz: arrebatar la isla de Chiloé al dominio español, tal como lo había logrado días antes en Valdivia.
En sus Memorias, Cochrane recuerda aquel momento con una mezcla de cálculo y temeridad:
“No estando armados en guerra ninguno de nuestros dos buques, había puesto toda mi confianza en el mayor Miller y en nuestro puñado de gente para acometer contra mil soldados regulares. […] Como se me hubiese informado que la guarnición estaba en estado de motín, calculé que podría, tal vez, con prudente cautela, inducirla a la causa patriota.” (Cochrane, 2021, pág. 88)
El relato del propio almirante revela tanto la magnitud del riesgo asumido como la confianza depositada en el temple de sus hombres. La empresa dependía menos de la fuerza material que del coraje, la disciplina y la persuasión moral de los patriotas. Sin embargo, las condiciones en Chiloé eran muy distintas de las encontradas en Valdivia: la población se mantenía fiel al rey, las defensas estaban organizadas, y el terreno, cubierto de bosques y canales, ofrecía ventajas a los defensores.
El 17, al fondear en Huechucucuy, Miller sorprendió a un destacamento realista y capturó una pieza de artillería, pero su posterior intento de tomar el fuerte de Ahui con sesenta hombres fracasó ante la superioridad enemiga y el terreno defensivo. Tras sufrir veinte bajas y resultar herido, debió reembarcarse y retirarse de Chiloé.
Este fracaso evidenció que la superioridad naval y tecnológica no garantizaba la victoria frente a un sistema defensivo profundamente enraizado en la comunidad. La moral realista se fortaleció, y la figura de Quintanilla se consolidó como símbolo de fidelidad al monarca. La anexión de Chiloé se mantuvo pendiente, y la estrategia patriota requería ahora un esfuerzo más amplio y mejor coordinado.
4.2. La expedición de Freire y la batalla de Mocopulli (1824)
Dos años después, la independencia de Chiloé seguía postergada. La posición estratégica del archipiélago, junto a sus fortalezas y canales protegidos, lo convertían en un bastión español de difícil acceso. Desde sus puertos, los corsarios realistas hostigaban las costas del continente, mientras que las fuerzas fieles a la Corona encontraban refugio seguro entre sus islas. Para el gobierno de Chile, el control de Chiloé era una necesidad estratégica; sin embargo, las limitaciones económicas y la atención puesta en otras campañas retrasaron la acción. Aun así, la Constitución Política de la República, promulgada el 30 de octubre de 1822, establecía en su artículo tercero que el archipiélago de Chiloé formaba parte del territorio nacional.
Recién en 1824, el Director Supremo Ramón Freire decidió emprender la expedición definitiva. Con recursos escasos, reunió una fuerza de aproximadamente 2.500 hombres, apoyados por cinco buques de guerra y varios transportes, bajo el mando de los coroneles Beauchef, Rondizzoni y Pereira. Desde la isla Quiriquina, Freire coordinó la operación, dividiendo sus tropas en tres cuerpos y planificando un ataque simultáneo desde el norte y el sur de la isla.
Los días 17 y 18 de marzo la escuadra zarpó desde Corral, enfrentando de inmediato dificultades debido a un fuerte temporal que dispersó las naves. Reunidas nuevamente en la bahía de Huechucucuy, las fuerzas patriotas continuaron la navegación hacia Chiloé, fondeando frente al islote Lacao, donde las salvas de los fuertes enemigos recordaban la dificultad de la empresa.
Antes del combate, Freire intentó una rendición diplomática enviando al teniente coronel Pedro Godoy para negociar con Quintanilla. Sin embargo, el gobernador español rechazó la propuesta. Enterado de los movimientos patriotas, Quintanilla reforzó las defensas y organizó destacamentos en puntos estratégicos, asegurando que el enemigo encontrara la resistencia organizada y decidida.
Beauchef desembarcó en Chacao y, con un ataque rápido, tomó posiciones iniciales, incluyendo el fuerte homónimo. Estos avances iniciales aumentaron la moral patriota, aunque pronto surgieron dificultades: la corbeta Voltaire encalló en Carelmapu y parte del material quedó inutilizable, complicando la coordinación de las operaciones posteriores.
Posteriormente, desde Dalcahue, Beauchef desembarcó y avanzó con sus tropas por el camino que conducía de Castro a San Carlos, mientras Freire, con el resto del ejército, atacaría desde Pudeto. El propósito principal de esta maniobra era impedir que Quintanilla, al verse derrotado, lograra replegarse hacia el interior del archipiélago. Sin embargo, en el sector de Mocopulli, caracterizado por un terreno pantanoso y boscoso, las fuerzas patriotas fueron emboscadas por los realistas al mando del coronel José Ballesteros. La sorpresa y las dificultades del terreno provocaron graves bajas y desorden en las filas patriotas, dando lugar a un combate prolongado y en condiciones sumamente desfavorables.
Tras varias horas de combate y con municiones agotadas, los patriotas se vieron forzados a retirarse hacia Dalcahue. La retirada fue ardua y penosa, arrastrando heridos, mientras el barro y la lluvia dificultaban el avance. El resultado de la batalla de Mocopulli representó un severo revés para la expedición y demostró la dificultad de derrotar un sistema defensivo consolidado en la comunidad local.
La derrota fortaleció la autoridad de Quintanilla y la fidelidad de los habitantes al rey, prolongando la ocupación española por dos años más. Freire, comprendiendo la imposibilidad de continuar sin refuerzos y tras evaluar las pérdidas, ordenó el reembarco de las tropas y naves el 8 de abril. La campaña de 1824 se cerró así como un ejemplo de la complejidad estratégica y humana que implicaba la liberación de Chiloé, dejando pendiente la acción decisiva que se concretaría en 1826.
4.3. La campaña final de 1826
En noviembre de 1825, el Director Supremo Ramón Freire organizó una nueva expedición para liberar el archipiélago, último bastión español en el territorio nacional. Para ello contó con la Escuadra al mando del vicealmirante Manuel Blanco Encalada y un ejército expedicionario comandado por el brigadier José Manuel Borgoño, quienes coordinarían las operaciones en estrecha cooperación.
Desde Valparaíso, zarparon las fuerzas, reuniéndose en Corral con los batallones 1° y 6°, completando así los efectivos necesarios para la campaña. Desde allí, la Escuadra se dirigió hacia el sur y, a comienzos de enero de 1826, fondeó en la bahía del Inglés, punto escogido para iniciar la ofensiva.
El ambiente entre las tropas y los marinos reflejaba la unidad de propósito y el espíritu patriótico de la empresa. Así lo describe Jorge Beauchef en sus memorias:
“Se había creado una fraternidad admirable entre la gente de mar y la de tierra, tan necesaria para estas dificultosas empresas. Cada uno se prometía rivalizar en obediencia y bravura, conscientes todos de que el honor nacional estaba comprometido y de la importancia del triunfo.”
(Beauchef, Memorias, 1964, p. 242)
Superando el fuego de las baterías realistas de Guapacho y Punta Corona, las fuerzas patriotas lograron efectuar los primeros desembarcos. Tras una penosa marcha por los densos bosques de la isla, tomaron el fuerte de Balcacura, lo que permitió aislar el castillo de Ahui y asegurar una posición estratégica sobre la costa norte.
Con parte de la Escuadra ya dentro del puerto, los patriotas avanzaron hacia Lechagua, donde el 13 de enero se efectuó el desembarco general del ejército bajo la cobertura artillera de los buques chilenos. La operación conjunta entre mar y tierra demostró la madurez táctica alcanzada por las fuerzas nacionales.
Desde Lechagua, el ejército —dividido en tres columnas— marchó hacia el castillo de Puquillihue, una posición sólidamente defendida por los realistas. Ante la imposibilidad de tomarla mediante un asalto frontal, se discutieron distintas alternativas. Freire propuso reembarcar las tropas para atacar por Pudeto, mientras Blanco Encalada sugirió realizar un bombardeo naval sobre el flanco derecho enemigo.
Finalmente, el 14 de enero se adoptó el curso de acción propuesto por Blanco. El cañoneo combinado de las lanchas de la escuadra y de la artillería de tierra fue devastador, obligando al jefe realista Antonio de Quintanilla a replegarse hacia Bellavista. Aprovechando el movimiento, las fuerzas patriotas avanzaron rápidamente, atacando por los flancos y ocupando Pudeto, en una acción decisiva que quebró la resistencia española.
Con el control de las principales posiciones, las tropas patriotas ingresaron a San Carlos, donde fue ocupada la plaza y la bandera chilena izada en los fuertes y en la casa de gobierno. La rendición realista, pactada de manera honorable, evitó un derramamiento innecesario de sangre.
La caída de San Carlos, el 18 de enero de 1826, selló el fin del dominio español en Chiloé e integró definitivamente el archipiélago al territorio de la República de Chile. La actuación conjunta del Ejército y la Armada, fruto de la experiencia de 1820 y de la coordinación entre Freire, Blanco Encalada y Borgoño, aseguró una victoria rápida y con mínimas bajas, consolidando la soberanía nacional en el extremo sur del país.
5. El Tratado de Tantauco y la integración de Chiloé: prudencia, diplomacia y legado histórico (1826)
El 19 de enero de 1826, a orillas del río San Antonio, se firmó el Tratado de Tantauco, acuerdo que puso fin al dominio español en América y selló la incorporación definitiva de Chiloé a la República de Chile. El documento garantizaba la conservación de las personas, propiedades, religión y costumbres, y permitía la evacuación honorable del gobernador Antonio de Quintanilla y sus tropas. Su contenido reflejaba una combinación de firmeza y magnanimidad: aseguraba una transición pacífica y ordenada, evitando los excesos de la guerra y privilegiando la estabilidad del archipiélago.
A diferencia de otros procesos de independencia marcados por la violencia, en Chiloé predominó la prudencia y la diplomacia. La población aceptó el nuevo orden sin resistencia abierta, manteniendo sus estructuras locales y tradiciones comunitarias. Este resultado fue posible gracias a un trato respetuoso hacia los chilotes, que reconocía su particular historia y modo de vida.
La anexión de Chiloé implicó complejos desafíos de integración administrativa y social. La instauración del orden republicano fue gradual y a veces conflictiva, mientras la población mantenía sus tradiciones hispánicas. En este proceso, la Iglesia actuó como mediadora clave entre las autoridades y las comunidades, asegurando la continuidad social y espiritual.
En perspectiva, el Tratado de Tantauco no solo marcó el fin del dominio español, sino también un ejemplo de incorporación respetuosa y ordenada. Con su firma, Chile consolidó su presencia en el sur y proyectó su soberanía hacia el Pacífico austral, integrando un territorio con valores distintos mediante el reconocimiento de su particularidad. Así, la anexión de Chiloé se transformó en un hito de madurez política y visión nacional, donde la prudencia y la diplomacia se impusieron sobre la imposición y la violencia.
Conclusión
La historia de la incorporación de Chiloé al territorio de Chile constituye mucho más que un episodio militar: representa la confluencia entre tradición, identidad y prudencia política. La prolongada lealtad de los chilotes a la Corona española no se explica únicamente por su aislamiento geográfico, sino por una estructura social y religiosa profundamente cohesionada, donde la fe, la autoridad y la comunidad se entrelazaban en un mismo orden moral.
A esta fortaleza moral se sumó una defensa material eficaz. El sistema de fortificaciones y milicias locales, conocido como el “Flandes Indiano”, transformó al archipiélago en un enclave casi inexpugnable. Las campañas de Cochrane y Freire demostraron que la independencia del sur no podía lograrse solo por la fuerza, sino que requería inteligencia estratégica y comprensión de la realidad local.
Finalmente, la incorporación de Chiloé en 1826 mediante el Tratado de Tantauco simbolizó una transición excepcional en el contexto latinoamericano: la prudencia y la diplomacia prevalecieron sobre la imposición y la violencia. Este acto de integración respetuosa aseguró la estabilidad del nuevo Estado y reconoció la singularidad cultural del archipiélago, permitiendo que su religiosidad, sus costumbres y su espíritu comunitario perduraran dentro del Chile republicano.
Referencias
El drama comienza entre el 30 de diciembre de 1825 y el 1º de enero de 1826, cuando la Escuadra Libertadora de Chiloé za...
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Año CXXXX, Volumen 143, Número 1009
Noviembre - Diciembre 2025
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