Revista de Marina
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  • Fecha de publicación: 31/12/2025. Visto 385 veces.
  • Resumen:

    Este artículo relata la cuarta campaña sobre Chiloé (enero de 1826), la gesta definitiva de Chile para erradicar el último reducto del poder español en América del Sur. Es la crónica de una confrontación marcada por la tenacidad del espíritu realista, la brillantez estratégica chilena y la indomable furia de los elementos. Este no es sólo una parte de la guerra; es el relato épico del nacimiento completo de una República.

  • Palabras clave: Chile, Chiloé, anexión, 1826.
  • Abstract:

    This article recounts the Fourth Campaign on Chiloé (January 1826)—Chile’s definitive effort to eradicate the last stronghold of Spanish power in South America. The unwavering tenacity of the Royalist cause, the brilliant execution of the Chilean military strategy, and the untamable fury of the elements shaped the confrontation. More than a closing chapter of the independence war, it is the epic story of the Republic’s full emergence—a moment when Chile finally consolidated its sovereignty.

  • Keywords: Chile, Chiloé, annexation, 1826.

El drama comienza entre el 30 de diciembre de 1825 y el 1º de enero de 1826, cuando la Escuadra Libertadora de Chiloé zarpa desde Valdivia. Bajo el mando del Director Supremo Ramón Freire y la dirección naval del Contralmirante Manuel Blanco Encalada, la fuerza republicana (2.575 bayonetas veteranas) se lanzó contra la “leal provincia”, que por tres veces había frustrado la ambición independentista.

La dimensión de la empresa era colosal, el riesgo palpable. Simón Bolívar temía el fracaso, comparando a la fortificada Chiloé con la indomable Pasto, señalando que Freire busca su derrota1. Esta advertencia del Libertador subraya el carácter épico de la misión: no era una simple operación militar, sino el pulso final por la integridad territorial de la nueva nación.

Frente a ellos, el Gobernador realista Antonio de Quintanilla movilizaba a 1.702 plazas aguerridas y dispuestas a la inmolación. Pero el verdadero sello de la resistencia chilota era su impronta marinera: los habitantes, carpinteros de ribera por excelencia, habían construido con sus propias manos y sin paga una formidable escuadrilla de lanchas cañoneras, armadas con piezas de a 24. El escenario estaba listo para un enfrentamiento de titanes: la flota de guerra independentista contra el coraje realista y una geografía inexpugnable.

Resistencia férrea

El plan de Blanco Encalada y el Jefe de Estado Mayor Borgoño, consistente en la circunvalación de los fuertes para evitar un ataque frontal suicida sobre Ancud, pronto se encontró con su primer adversario: el océano.

El convoy, pese a llevar el aliento animado de un espíritu excelente, se dispersa. La crónica de la navegación es un drama de paciencia y frustración: días de viento contrario, buques pesados y la constante amenaza de dispersión. Tras ocho días de lucha contra el mar, el 8 de enero de 1826 la flota por fin se posiciona frente a la costa, a la vista de las tropas realistas.

El 9 de enero se desatan las hostilidades con un fuego inesperado. La Independencia, forzada por la marea a aterrarse hacia la Punta de Guapacho, recibe el fuego de los defensores. Esto obliga a un cambio de planes: para asegurar el vital fondeadero en la Ensenada del Inglés, se envía una pequeña fuerza de 70 hombres al mando del Capitán Frijolé. En un primer golpe de mano, logran silenciar la Batería de Corona sin sufrir bajas. La primera victoria, rápida y limpia, era esencial.

A pesar del éxito, la noche del 9 trajo consigo un tenso consejo de guerra. La impaciencia de Freire, quien quería regresar a su plan original de ataque directo sobre Ancud, se enfrentó a la resolución estratégica del Almirante Blanco. Prevaleció el criterio de Blanco, apoyado por Borgoño y Beauchef, inclinando a la mayoría. La decisión de no sucumbir a la temeridad en aquel puerto defendido por el Castillo de San Miguel de Agüi y la amenaza de las cañoneras realistas, fue la impronta de la razón sobre la pasión.

El asalto imparable

El 10 de enero amanece con el desembarco en la playa de Yuste. La operación, aunque plagada de atolondramiento y desorden inicial (por la precipitación y la inobservancia de las instrucciones de Borgoño), finalmente se encauza. El drama de la jornada lo describirá un testigo: la tierra era un enemigo tanto como el realista.

Al atardecer, el coronel Aldunate se convierte en la figura épica del avance. Con una columna de 210 hombres, se lanza a la misión casi imposible de apoderarse del Castillo de Balcacura. La retaguardia del ejército, al mando de Godoy, pasa la noche en la playa, bajo la lluvia incesante, mientras los defensores de Ahui disparan inútilmente.

El 11 de enero se sella con una gesta de valor extremo. Aldunate, tras un esfuerzo extenuante, superando un camino de agua hasta el pecho y escalando rocas, cae sobre Balcacura al amanecer y la toma por asalto y sorpresa. La fortaleza, cuya caída dejaba aislado al vital Castillo de Agüi y aseguraba el fondeadero, sucumbió sin ofrecer resistencia organizada. El comandante Ballarna lo califica de golpe de mano feliz y oportunamente dado,2 reconociendo su trascendencia para el éxito de toda la campaña.

Pero, el verdadero drama de ese día no fue sólo la lucha, sino la marcha. El grueso del ejército, al mando de Freire, se puso en camino hacia Balcacura, bajo un temporal desatado de lluvia y viento. El camino era “fatal”, una agonía de lodo y obstáculos: ...un camino tan fatal que los hombres se enterraban en el barro hasta las rodillas, lleno, además, de troncos y ramas de árboles caídos, y de subidas y bajadas es preciso agarrase hasta con las manos para no caer y maltratarse...

Costó más de seis horas recorrer tres leguas, testimonio de la determinación inhumana de estas tropas, animadas por el entusiasmo... que ansiaba por el momento de llegar a las manos con el enemigo.

El choque de voluntades

Mientras la infantería luchaba contra el barro, se desata el desafío naval. El Almirante Blanco Encalada ejecuta un movimiento audaz e impensable para el enemigo. A las 8:15 a.m., los buques Aquiles (buque insignia improvisado), Independencia, Chacabuco y Galvarino cruzan el puerto de Ancud.

La escuadra republicana navega con la mayor serenidad y disciplina bajo el fuego vivísimo de Agüi, seis cañoneras y cuatro baterías menores, en una maniobra que el enemigo consideraba impracticable. Sufriendo sólo daños menores (el Aquiles perdió el bauprés), la flota fondeó bajo la protección de la recién capturada Balcacura. La impronta de esta maniobra quebrantó la moral realista: las cañoneras, en pánico, abandonaron su posición. A la vez, Freire envió un parlamentario intimando la rendición de Quintanilla.

El choque de voluntades entre los dos generales es la cúspide del drama político-militar:

Intimación de Freire: Encargado... de libertar este Archipiélago... faltaría a los deberes que me impone la humanidad, si no hiciese antes a U.S. una indicación saludable, tendiente a evitar los horrores de la guerra. Respuesta de Quintanilla: No hay razón que me pueda obligar a dejar de cumplir con mis deberes para con el Rey. Las tropas y habitantes de esta Provincia, como yo, desean el momento de hacer ver por tercera vez al Ejército y Marina de Chile que sus esfuerzos para subyugarla son vanos.3 La negativa, altiva y firme, obliga a Freire a tomar la decisión final.

El desembarco final

El 12 de enero fue de reembarque. Freire, determinado por la respuesta de Quintanilla, movilizó a sus tropas a los cuatro buques de guerra para un asalto decisivo en la costa opuesta.

Al amanecer del 13 de enero, se ejecuta el desembarco de Lechagua. Esta vez, la operación fue protegida por los fuegos de la Independencia, frustrando el intento de una unidad escogida de caballería realista, al mando de Tadeo Islas, de obstaculizar el desembarco con lanza en ristre.

A las 4 de la mañana, en medio de un combate ensordecedor de fusilería, gritos de ¡Viva el Rey! y ¡Viva la Patria! y el estrépito de las cañoneras, la infantería republicana toma tierra a una legua de Ancud. La vanguardia, liderada por Aldunate, se preparó para el avance final.

Costa occidental de la Isla Grande de Chiloé, explorada por el Capitán de corbeta Roberto Maldonado C. en 1895. (Fuente: Archivo S.H.O.A.)

Impronta épica

La Cuarta Campaña sobre Chiloé no fue sólo una victoria militar, fue una victoria de la estrategia sobre el arrojo imprudente, y una demostración del temple de los ejércitos libertadores.

Capturado en la agonía del ejército luchando contra la naturaleza (se enterraban en el barro hasta las rodillas), la tensión de los consejos de guerra y el desafío frontal de Quintanilla.

La campaña deja el sello de la eficacia naval (la audaz travesía bajo fuego del 11 de enero) y el sacrificio republicano como condición sine qua non para la existencia plena de Chile.

Es el fin de una era. La caída de Chiloé significó la extinción de la soberanía española en el continente sudamericano. Esta gesta, llevada a cabo contra el pronóstico de Bolívar, es la confirmación definitiva e innegable de la Independencia de Chile y la consolidación de su República.

El avance decisivo del 14 de enero de 1826 está marcado por la brillantez táctica republicana y el dramatismo cruento del enfrentamiento final.

Batalla nocturna: asalto a las cañoneras

Mientras la fragata O’Higgins aseguraba la logística en la Punta de Arenas, el Brigadier Quintanilla concentró su resistencia, formando una línea formidable en las Alturas de Poquillihue, su derecha apoyada en la batería y su izquierda en un bosque impenetrable. La posición era casi inexpugnable, reforzada por artillería de montaña y lanchas cañoneras en la playa.

Freire y Blanco Encalada comprendieron la impronta letal de las cañoneras realistas y, en un movimiento que combinó audacia y precisión, ordenaron un asalto nocturno.

Entre las 1:30 y 2:00 hrs. de la madrugada del 14, 14 botes y lanchas al mando del Capitán Bell se lanzaron en una misión desesperada contra las cañoneras. El coronel Tupper, testigo desde tierra, captura el dramatismo épico de la escena: Jamás he presenciado una vista más extraordinaria... en un momento determinado todo quedó silencioso... Un instante después todo era tumulto, confusión.4

El fuego fue densamente sostenido por ambos bandos. A pesar de la fuerte protección realista, la columna de asalto chilena capturó tres botes y una lancha con dos cañones. Ballesteros, desde el lado realista, minimiza la acción señalando la escasez de marineros, pero la realidad era otra: las cañoneras, el sello distintivo de la defensa chilota, estaban siendo aniquiladas, y el coro de ¡Viva la Patria! versus ¡Viva el Rey! resonaba como el canto final del dominio español.

La ruptura de la Línea de Poquillihue

El amanecer del 14 vio al ejército chileno en marcha, evadiendo los fuegos de Poquillihue por un camino estrecho y montuoso. El objetivo era la loma de Yauca.

El avance republicano se detuvo en una posición de “descanso” frente a los chilotes, un gesto de confianza que precedió el golpe táctico final. El almirante Blanco, recién llegado, propuso la genialidad que rompería la resistencia sin un asalto frontal sangriento: utilizar las lanchas realistas recién capturadas en combinación con la propia artillería de desembarco.

El ataque de las cañoneras capturadas, cruzando fuegos sobre la línea de Quintanilla a eso de las tres de la tarde, fue decisivo. Los fusileros chilotes, inmovilizados, vieron cómo sus compañeros morían por el fuego de sus propias armas, lo que generó desesperación. El Batallón Veterano de Chiloé clamó que sufrían daño sin tener con quien pelear.

Esta presión combinada puso rápidamente a la línea chilota en desorden, forzando un abandono de las posiciones y una retirada con dirección a Castro. El Gobernador Quintanilla y el comandante García se vieron obligados a abandonar el terreno, cediendo las Pampas de Yauca y dejando cuatro cañones a merced de los independentistas. La superioridad logística y la innovación táctica del bando patriota habían vencido a la obstinada defensa.

Bellavista: el epílogo sangriento y épico

El Ejército Real de Chiloé intentó reagruparse en una última y más fuerte posición: las Alturas de Bellavista, cerca del camino a Castro.

El brigadier Borgoño, Jefe de Estado Mayor, dirigió las columnas de ataque con una rapidez admirable. Utilizando a los cazadores de vanguardia para cubrir el centro con fuego de guerrilla y a los granaderos para flanquear la derecha realista en Pudeto, Borgoño anuló la posición, que debería haber sido “invencible” por sus obstáculos naturales y el apoyo de su caballería.

El combate en Bellavista fue la gran hemorragia del Ejército Real de Chiloé. Los soldados chilotes resistieron con una bravura descrita en términos dramáticos y épicos: Cuando los chilenos les caen encima, la primera línea los cala con sus aceradas y veteranas bayonetas y luego la segunda los remata de un solo disparo... Aun así, los chilotes resisten y matan mientras mueren defendiendo la causa del Rey.5

La resistencia fue “mortífera” pero inútil. El mayor Tupper, al mando de su división, fue el encargado de desalojar la última posición en el bosque, persiguiendo a los fugitivos y capturando al coronel Hurtado. La acción duró cuatro horas y media, y al final, la victoria era innegable: la pérdida total de Chile no superó los 175 hombres (Ejército y Marina), un precio relativamente bajo por la consumación de la Independencia.

Brigadier José Antonio Pareja.
(Fuente: Wikimedia Commons)

A las 5:30 p.m. del 14 de enero, mientras el ejército realista se dispersaba en la retirada, las cañoneras chilenas (las recién capturadas) seguían la costa, y el capitán Arengreen enarbolaba el tricolor chileno en el muelle de San Carlos. El último asilo de la Corona Española en Sudamérica había caído.

A las espaldas de Quintanilla agoniza la batalla de Bellavista, la última de América del Sur que sella 300 años de dominación imperial española en un resplandor final.

El Tratado de Tantauco: la capitulación y el honor

El drama de la derrota se convirtió en el honor de la capitulación. Quintanilla, arrastrado por la marea del desastre, celebró una junta de guerra en Butalcura el 15 de enero. La decisión fue unánime: capitular.

Quintanilla envió un oficio a Freire, basando su propuesta en la ejemplar constancia e inmarchitable honor de sus tropas y buscando evitar los males de la guerra a estos provincianos.6 Freire aceptó la suspensión de armas. El mismo día, el Castillo de San Miguel de Ahui se rindió.

El 18 de enero de 1826 se firmó el Tratado de Tantauco. Este documento es la impronta del espíritu conciliador que marcó el final de la guerra civil hispanoamericana.

Artículos Clave del Tratado

  • 1º: La Provincia de Chiloé queda incorporada a la República de Chile como parte integrante.
  • 4º, 5º y 6º: Jefes y oficiales realistas quedan libres para ir donde deseen, conservando sus uniformes, espadas y, crucialmente, sus propiedades y bienes son inviolablemente respetados.
  • 10º: Se echa en olvido la conducta por razón de opiniones políticas.
  • 13º: Las dudas del tratado serían interpeladas a favor del Ejército Real.

El 19 de enero, Freire y Quintanilla ratificaron el Tratado. El gesto de Freire, que incluso ofreció a Quintanilla su servicio personal, fue la demostración de que la victoria no era de revancha, sino de unidad nacional.

Quince días después, las tropas chilenas regresaron al continente. La bandera tricolor ondeaba en Chiloé, y con ello, se cerraban tres siglos de historia colonial en Sudamérica. La Cuarta Campaña de Chiloé fue la culminación épica de la Independencia, un triunfo obtenido a través de la estrategia naval, el sacrificio de la infantería en el barro, y finalmente, un pacto de honor.

La firma del Tratado de Tantauco no fue simplemente el final de una campaña, fue la clausura dramática de la guerra de Independencia en América del Sur continental. Los días subsiguientes se llenaron de ceremonias y el surgimiento de nuevas tensiones, consolidando la impronta de la República de Chile.

La figura del gobernador Antonio de Quintanilla y Santiago emerge, en la derrota, con un aura de honor épico.

Quintanilla había dedicado nueve años a sostener Chiloé, sufriendo insuperables trabajos y actuando por convicción pura, sin buscar fortuna en los usos militares.

Aunque Freire le ofreció personalmente su apoyo y la posibilidad de quedarse en Chile con su mismo grado (Quintanilla estaba casado con una chilota y su primogénito era chilote), el brigadier general no aceptó. Su esperanza era que la Corona reconociera su servicio.

A fines de 1826, Quintanilla se embarcó para la Península, pagándose él mismo el pasaje. No aceptó la oferta chilena para evitar jurar que no volvería a empuñar las armas contra los países americanos. Este es el dramatismo final de la lealtad: un militar que, hasta el final, priorizó su compromiso con el Rey, incluso asumiendo la ruina económica.

El destino de Quintanilla, que fue a buscar una recompensa que nunca llegó de un trono ingrato, contrasta con los honores militares que le rindieron las tropas expedicionarias chilenas. Así, la dominación de la Corona Española se apagó en el continente americano, dejando sólo Cuba y Puerto Rico como relictos.

El triunfo republicano se selló formalmente.

20 de enero: Una comida de fraternidad unió a vencedores y vencidos, donde Quintanilla brindó por la prosperidad de Chile, un momento de alto simbolismo dramático.

22 de enero: Se juró solemnemente la Independencia de todo el Archipiélago y su integración a la República de Chile.

El coronel José Santiago Aldunate, figura heroica del asalto a Balcacura, fue nombrado el primer gobernador republicano.

Se concedió una distinción especial a la Marina, con una medalla de oro para Blanco Encalada. El lema en el escudo, Colmavit gloriam suam in Chiloé (Colmó su gloria en Chiloé la Marina de Chile), confirma la impronta naval de la victoria.7

La cruda realidad y el “fidelismo” persistente

La victoria reveló una cruda y desoladora verdad, añadiendo un tinte de desilusión al logro. Los patriotas esperaban riquezas, pero se encontraron con que Chiloé estaba “literalmente... arruinado”. Además, la nueva autoridad republicana se enfrentó a una lealtad al Rey profundamente arraigada.

El teniente coronel Manuel Fuentes dictó un bando el 14 de marzo de 1826 obligando a ex-oficiales y funcionarios realistas a jurar lealtad a la República y detestar la dominación española.

Esta exigencia contradecía ex profeso los compromisos de amnistía y respeto a las opiniones políticas establecidos en el Tratado de Tantauco.

Esta imposición forzada hizo que muchos chilotes, abandonados por la Corona y menoscabados por el nuevo gobierno chileno, se mantuvieran fieles a su pasado monárquico, sufriendo el abandono del gobierno central. Esto es un recordatorio de que la Patria no estaba aún vertebrada y que la lealtad de los defensores del Rey era un sentimiento legítimo, no una traición.

¿Qué pueblo no lucha por sus libertades, por su independencia contra el extranjero? ¿Qué pueblo no tiene sus heroicidades y cuál no presume de indómito y fiero?

LISTA DE REFERENCIAS

1. RODRIGUEZ Ballesteros, José (1946). Historia de la Revolución y Guerra de la Independencia del Perú desde 1818 hasta 1826. Colección de Historiadores y Documentos relativos a la Independencia de Chile. T. XXXII. Santiago: Biblioteca Nacional. p.425 - 426.

2. BALLARNA, Santiago. (1826). Relación circunstanciada de todas las operaciones de la escuadra y ejército expedicionario sobre Chiloé: desde las primeras disposiciones que se tomaron para asegurar esta empresa hasta la conclusión de la campaña con la memorable jornada de Pudeto del 14 de enero de este año. Santiago: Imprenta de la Biblioteca.

3. CHILE, Archivo Nacional de. (2025). Colección de Historiadores. Tomo XI. Santiago: BANCh. p. 323-324 y XXXIV.

4. TUPPER, Guillermo de Vic. (1854). Diario de Campaña de Guillermo de Vic Tupper. Traducción manuscrita al castellano de Jorge Hunneus Zegers. Archivo Barros Arana. Santiago: BANCh.

5. RODRÍGUEZ BALLESTEROS, José (1946). Historia de la Revolución y Guerra de la Independencia del Perú desde 1818 hasta 1826. Tratado de Tantauco del 19 de enero de 1826.  T.I. p.187.  Colección de Historiadores y de documentos relativos a la Independencia de Chile.  T. XXXII.  Santiago: BANCh. 

6.URIBE ORREGO, Luís.1. (1910). Nuestra Marina Militar. Su organización y campañas durante la guerra de Independencia. Valparaíso: Talleres Tipográficos de la Armada. Vol. 1.  p.102.

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