Revista de Marina
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  • Fecha de publicación: 30/12/2025. Visto 172 veces.
  • Resumen:

    La actitud de Chiloé ante el movimiento independentista no fue solo defensiva, sino ofensiva. Chiloé fue activo en el combate a los “patriotas” de Chile y Perú. El sofocamiento a los realistas de Osorno y Valdivia en 1812, el constante envío de hombres a la guerra, de embarcaciones para el corso, y la mantención de un contingente preparado para embarcarse en los esperados navíos que el rey enviaría para reducir a los insurgentes, demuestran esta actitud activa y no reactiva.

  • Palabras clave: Independencia, independencia, contrarrevolución, fidelismo, chilotes, Quintanilla.
  • Abstract:

    Chiloé’s stance toward the independence movement was not merely defensive, but distinctly offensive. The island played an active role in combating the “patriots” of Chile and Peru. The suppression of the royalists in Osorno and Valdivia in 1812, the constant dispatch of manpower to the war effort, the provision of vessels for privateering, and the readiness of a contingent prepared to embark on the long-awaited ships the king was expected to send to subdue the insurgents all demonstrate this active—rather than reactive—attitude.

  • Keywords: Independence, counter-revolutio, faithfulness, chilotes, Quintanilla.

Se ha dicho que Chiloé fue “el último bastión” español en América del Sur, por haberse resistido al movimiento independentista, manteniéndose como “último reducto” hasta el tratado de Tantauco, el 19 de enero de 1826, incluso más de un año después de la derrota del ejército real en Ayacucho en diciembre de 1824, que consolidó la independencia de Perú. Sin embargo, esa mirada reduce la situación de Chiloé a la de mera -aunque gloriosa- resistencia, como lo es también cuando se dice que se mantuvo unos días más que la fortaleza del Callao, en la que comenzó a hablarse de capitulación el día 11 de enero de 1826 (Bulnes, 1897, p. 679), cuyo resultado fue la rendición del comandante Rodil.

Cuando se habla de las tres campañas de Chiloé (1820, 1824 y 1826) también se restringe la actitud de la isla a la sola resistencia frente a los embates del ejército de Chile. La primera de éstas fue liderada por Thomas Cochrane quien, envalentonado por la toma que hizo de la aún realista Valdivia en febrero de 1820, se dirigió a Chiloé, donde fue derrotado por los cañones del fuerte de Agüi el día 13 de ese mes, impidiéndoselo “un batallón de chilotes que nunca habían oído silbar las balas por sus oídos” (Quintanilla, 1955, p. 102). En segundo lugar, cuatro años después intentó la toma de Chiloé el director supremo de Chile, Ramón Freire, con 5 buques de guerra, 4 transportes y una fuerza de desembarco de 2.149 hombres sin incluir la dotación naval (Vázquez de Acuña, 1974, p. 291). Desembarcaron en Chacao el 22 de marzo de 1824, pero en el paraje de Mocopulli se impusieron los chilotes, aunque sus fuerzas eran de 291 hombres (Martínez, 1964, p. 361-362, dcto. 53): fue la segunda victoria en su tierra.

Obelisco en Fuerte San Antonio en Ancud, en homenaje al Tratado de Tantauco.(Fuente: Wikimedia Commons)

La primera derrota fue, a su vez, la última: en octubre de 1825 otra vez Freire comenzó a preparar la tercera campaña, en la que se llevó 6 buques de guerra, 4 transportes y más de 6.000 hombres, cuando los chilotes eran muy inferiores numéricamente, ya estaban desgastados de 13 años de guerra en Chile y en Perú, y no habían recibido ni refuerzos ni esperanzas desde el exterior. El gobernador Antonio de Quintanilla, quien se había conducido con diplomacia y dignidad frente a las autoridades de Chile y que, a pesar de su apremiante incomunicación y los constantes intentos del gobierno por hacerlo capitular, siempre se había mantenido inflexible a ello, después del combate de Bellavista accedió a capitular.

Sin embargo, la actitud de Chiloé ante el movimiento independentista de Chile no fue defensiva, sino ofensiva. La documentación consultada muestra que lejos de mantenerse en posición de resistencia, la provincia fue activa en el combate a los “patriotas” tanto de Chile como de Perú. El sofocamiento a los realistas de Osorno y Valdivia en 1812, el constante envío de refuerzos de hombres a la guerra que se libraba en el continente, así como de embarcaciones para hacer el corso, y la mantención de un contingente de tropa y milicianos preparados para embarcarse en los esperados navíos que el rey enviaría desde Cádiz para reducir a los insurgentes, son cuatro acciones casi no consideradas por la historiografía, que demuestran esta actitud activa y no reactiva (Urbina, 2013).

Sofocamiento de la rebelión “patriota” en Osorno y Valdivia, 1812

La provincia jugó un determinante papel político y militar desde 1810, antes de que Chiloé se convirtiera en el “último reducto”. Desde un comienzo fiel al Rey, la provincia se comprometió en la causa de reducir a los “traidores”. Antes de que el virrey Abascal se dispusiera a acabar con la revolución de Chile, la provincia tuvo ocasión de demostrar su defensa a los estandartes reales. En primer lugar, cuando buscó refugio en Chiloé el gobernador de la plaza de Valdivia, el irlandés Alejandro Eagar, depuesto el 1 de noviembre de 1810 por los llamados “insurgentes”. Eagar y otros fueron enviados presos a Talcahuano en el barco del comerciante español Antonio de Quintanilla (Guarda, 2001: 435) -el futuro gobernador de la isla-, cuyo piloto ejecutó lo que Quintanilla le encargó: “Que aprovechase cualquier ocasión, poniéndose en inteligencia con los presos para salvarlos, bien conduciéndolos a Chiloé si el viento era favorable, o a Lima en otro caso” (Quintanilla, 1955: 24). Llegaron a Chiloé y fueron los primeros que, desde fuera, dieron a Chiloé la categoría de fidelista.

En segundo lugar, en mayo o junio de 1812, la autoridad del ya restaurado gobierno del Rey en Valdivia envió a Chiloé al teniente Juan Nepomuceno Carvallo para dar parte de lo sucedido (Rodríguez Ballesteros, 1901-1904:54) y establecer contacto con el gobernador de Chiloé, Ignacio Justis, quién había sido recién nombrado para ejercer ese cargo en Valdivia (Guarda, 2001: 438). Justis envió por tierra a Valdivia un destacamento de 200 hombres de refuerzo al mando del capitán de granaderos Francisco Arenas, y a Juan Tomás Vergara, ministro de la Real Hacienda, “para arbitrar las providencias necesarias y asegurar la permanencia de la jurisdicción por la causa real”. Esta era la primera vez que los chilotes salieron de sus islas a defender al Rey. En el camino hacia Valdivia pasaron por la ciudad de Osorno para sofocar cualquier intento de lo que consideraban rebelión. Así lo dice el cabildo de Castro años más tarde, en 1812: “En lo mas riguroso del invierno, expedicionó [sic] sus soldados, que por un camino, el mas intrincado y trabajoso, lograron sorprender a Osorno en el mes de junio ... y someterla a la debida subordinación de V. Majestad, y pasando de allí inmediatamente a Valdivia, ocuparon igualmente esta plaza, poniendo a ambas a disposición del Excelentísimo Señor Virrey del Perú” (El cabildo de Castro al Rey. Castro, 9/11/1819. Archivo General de Indias, Audiencia de Chile, 498).

Virrey José Fernando de Abascal.
(Fuente: Wikimedia Commons)

Chilotes en Chile y Perú, 1813-1826

Es común leer que el virrey Abascal envió una primera expedición contrarevolucionaria desde el Callao al mando de Antonio Pareja en 1813, que desembarcó en San Vicente, tomó Concepción, y avanzó hacia el norte -dos inviernos de por medio- hasta que la batalla de Rancagua, el 1 y 2 de octubre de 1814, abrió las puertas de Santiago. Pero se omite que Pareja partió del Callao y desembarcó en San Carlos de Ancud el 18 de enero de 1813. Los chilotes fueron el grueso de su ejército.

Brigadier José Antonio Pareja.
(Fuente: Wikimedia Commons)

El brigadier Pareja llegó a Chiloé para aumentar y organizar tanto el ejército como las famosas milicias chilotas: podía utilizar en los preparativos el dinero que guardaban las cajas reales -160.000 pesos-, y acopiar más recursos para destinarlos a las campañas militares. Los cuerpos de voluntarios se sumaron a la tropa reglada para ponerse a disposición de Pareja y de los oficiales que con él llegaron; dos sargentos mayores: José Hurtado, chilote, hasta entonces estante en Lima, con el encargo de adiestrar el batallón veterano de San Carlos, y José Rodríguez Ballesteros, a cargo de conformar un batallón de milicianos (Barros Arana, 2002: 14). Fueron dos meses de intensas preparaciones. Se formó un ejército de más de 1.200 hombres (todas las cifras dadas son dispares) entre milicianos y soldados: el Batallón Veterano de San Carlos; un cuerpo escogido de las Milicias de Castro -voluntarios de la isla grande y de las demás, éstos últimos llamados “isleños”-; otros voluntarios (Quintanilla, 1974: 295); y la Compañía de Artillería, con 8 cañones (Torres Marín, 1985: 15) al servicio de 120 soldados (Barrientos, 1948: 110). Pareja decía que el objetivo era ir hasta Valdivia, reunir más fuerzas y tomar Concepción. Nada decía de bajar hasta Santiago. La milicia estaba conformada por hombres sencillos que nunca habían salido de sus pueblos, obedientísimos en el servicio de ambas majestades y arcaicamente monárquicos; fuertes, robustos y sufridos, eran aptos para la guerra, habituados a los ejercicios militares. 

En Valdivia se aportó a “la guerra de Chile” con 600 hombres del batallón Fijo de Infantería -con bayonetas-, al mando del valdiviano Lucas Ambrosio de Molina; una compañía de 100 hombres de la Brigada de Artillería, con 12 cañones de campaña (Rodríguez Ballesteros, 1901-1904: 56) y por comandante a José de Berganza; y la fragata Gaditana y una cañonera, equipadas como transporte (Barros Arana, 2002: 15). Setecientos hombres que, dice Gabriel Guarda, eran todos veteranos. Llegados Pareja y los chilotes a Valdivia, zarpan de nuevo a los 3 días, el 23 de marzo de 1813. El desembarco en San Vicente fue el 26 de marzo, y ese mismo día luego de imponerse en esa localidad, avanzaron hacia Talcahuano, que tomaron día siguiente, engrosándose en el intermedio las filas del Rey. Consiguieron apoderarse de la ciudad de Concepción, y luego, el ejército restaurador, como se le llamaba, se dispuso a avanzar sobre Chillán. Vino el combate de Linares en abril de 1813 y el de Yerbas Buenas el 28 del mismo mes. El ejército se replegó en la villa de San Carlos y, luego la batalla del mismo nombre el 15 de mayo de 1813, los realistas se fortificaron en Chillán para pasar el invierno. Pareja, enfermo, con casi 70 años, falleció en esa ciudad el 21 de mayo.

Un nuevo batallón de 600 hombres fue enviado desde Chiloé (Torres Marín, 1985: 18) para reforzar el ejército que estaba esta vez al mando del brigadier Gabino Gaínza, nombrado en reemplazo de Pareja, el que llegó el 31 de enero de 1814 a Arauco con refuerzo de 200 soldados peruanos del batallón Fijo de Lima. Cruzando el río Maule, se logró un triunfo en Talca y se firmó un Tratado en Lircay. Desestimaron este tratado-tregua ambas partes, y por esta razón el virrey sustituyó a Gaínza por el coronel Mariano Osorio, que llegó a Chile con otros 200 soldados peruanos y el batallón de Talavera, la primera tropa recibida desde España. La batalla de Rancagua, del 1 y 2 de octubre de 1814, fue la victoria final realista.

En “la campaña del reino de Chile”, hasta la victoria de Rancagua, combatieron en total más de 3.000 chilotes. Su participación fue destacada por los patriotas; al principio, en cuanto a número, por ser el grueso de los hombres que tomaron San Vicente y Concepción; luego, cuando ya se unieron más batallones de soldados y milicianos a medida que el ejército avanzaba, se destacaron por su desempeño en los combates y por su fidelidad. En Chile se hablaba del ejército invasor “chilote”, como se ve en una proclama del gobierno de Chile, de 1813: “Aún ignoramos todos los designios de la expedición de Chiloé, que como verdaderos piratas, sin preceder antecedente alguno, han invadido nuestras costas”, “Chilotes! ... cada uno de vosotros que con armas se pase a las banderas de la patria, para aliviar vuestras miserias tendréis 50 pesos y seréis conducidos a vuestro hogar, o si queréis gozar de nuestra suspirada libertad, elegiréis otro destino” (Anónimo, 1946: 251).

La batalla de Rancagua, librada entre el 1 y el 2 de octubre de 1814.
(Fuente: Wikimedia Commons)

En el período de la “Reconquista”, en los primeros días de 1817, Chiloé reforzó a Valdivia con “nuevas tropas” (Barrientos, 1948: 112). Con la victoria asegurada en Santiago, el virrey Abascal pidió un grupo de chilotes para su guardia personal. Para esto fue destinado un cuerpo “sobresaliente”. Este era el Batallón de Voluntarios de Castro, que combatió en Alto Perú, al mando de Olañeta (Semprún y Bullón de Mendoza, 1992: 207), y fue aniquilado en la batalla de Ayacucho. También los chilotes fueron requeridos como guarnición de la recuperada Santiago, “por inspirarle la más alta confianza sus oficiales y tropa”. Estos fueron un cuerpo veterano de más de mil hombres (Quintanilla al rey. San Carlos de Chiloé, 1/4/1822, en Medina, 1964). El nuevo gobernador del Rey, Francisco Marcó del Pont, llenaba de elogios al batallón Chiloé de los veteranos de San Carlos. De él decía que era un “bizarro cuerpo” (Marcó del Pont a Francisco de Armas, comandante del batallón Chiloé. Santiago, 10/10/1816, en Viva el Rey. Gaceta del gobierno de Chile. 15/10/1816, Nº89).

Chilotes en Santiago, en Lima y en Alto Perú. Otros, muertos en combate

El “Ejército de Los Andes” cruzó la cordillera, y luego de la batalla de Chacabuco, el 12 de febrero de 1817, entró a Santiago. Pocos soldados y milicianos chilotes regresaron a sus tierras, porque, combatiendo en Chacabuco junto al brigadier Maroto, los regimientos Talavera, Chiloé y Valdivia fueron exterminados en el campo de batalla (Quintanilla, 1955: 90). En esos años de guerra la isla quedó casi despoblada de hombres, tanto que el gobernador Justis, “no pudiendo resistir tantos clamores de viudas y huérfanos que produjo la desastrosa guerra de Chile” (Quintanilla, 1974: 295), pidió su relevo. El virrey Pezuela nombró a Antonio de Quintanilla, estante en Lima luego del desastre de las armas españolas en Chile, quien se embarcó hacia la isla en la fragata Palafox, junto a los realistas de Chile, Chiloé y Valdivia.

Quintanilla y la preparación para sofocar la rebelión en Chile

Luego de Quintanilla y la tropa chilota que con él volvía (no se dice cuántos), llegaron muchos más. La definitiva derrota realista en Maipú, en febrero de 1818, obligó a muchos a dirigirse a Lima, Valdivia y Chiloé, aunque tampoco se da una cifra. Dos años más tarde, luego de la caída de Valdivia, en febrero de 1820, se refugiaron en Chiloé “muchos oficiales y como unos 100 soldados”, que se incorporaron a la guarnición insular (Quintanilla al rey. San Carlos de Chiloé, 1/4/1822, en Medina, 1964). A todos los refugiados, con sus familias, había que sostener. Las tierras, incultas, el situado inexistente. No había ni un soldado veterano, y solo unas milicias atendían el puerto de San Carlos, que por no recibir sueldo, se relevaban mensualmente.

Mientras Chile era independiente, Chiloé seguía con gobernador y al mando del Virrey. La intención era, otra vez, recuperar Chile. Quintanilla arribó con la esperanza de los refuerzos que llegarían desde España para iniciar la contrarevolución desde el sur, pero después de la batalla de Chacabuco, Chiloé, bloqueada marítimamente, estaba aún más alejada del virreinato. Aún así en octubre de 1818 recibió refuerzos desde Lima: algunos oficiales, soldados y armamento. Con ellos, Quintanilla se dedicó a “aumentar y disciplinar las tropas regulares y de milicias, restaurar castillos y fuertes, reorganizar la administración e infundir fe y esperanza en los isleños, ya que no dudaban de la llegada de prontos socorros desde España” (Vázquez de Acuña, 1974: 290). En junio de 1820, dos años más tarde, llegó otro bergantín de Lima con 25 mil pesos y cantidad de paño y brin para hacer vestuario a la tropa (Torres Marín, 1985: 27). Otra vez mediando dos años recibió algunos auxilios, cuando en noviembre de 1822 en la goleta Doris llegó su colaborador, José Rodríguez Ballesteros, quien había sido enviado por Quintanilla a Lima (y habilitada para ello una fragata) a buscar socorros. Llegaba solo con la mitad de lo que había enviado el virrey de la Serna, originalmente 10 mil pesos en dinero y en especies, porque habían sido atacados (Torres Marín, 1985: 34). La esperada flota de dos barcos llegó desde España el 28 de abril de 1824 (Moreno, 1984: 84) trayendo algo de dinero para regular al menos un poco las pagas, pero más de 1000 nuevas bocas que alimentar (Moreno, 1984: 84). Por último, otro reducido refuerzo, esta vez de hombres, llegó desde Lima el 6 de febrero de 1825 en la fragata Trinidad y la goleta San Felipe, pero solo cuando el Callao había caído en manos de la insurgencia: “varios oficiales y tropa” (Vázquez de Acuña, 1974: 305)

Gobernador de Chiloé, coronel Antonio de Quintanilla.
(Fuente: Wikimedia Commons)

Corsarios chilotes

Chiloé desplegó corsarios cuando el italiano Mateo Maineri se apoderó de una goleta colombiana y se dirigió a Chiloé. Allí se puso a las órdenes del gobernado, se le renombró General Quintanilla, agregaron cañones y, en acción, hizo zozobrar el Pacífico. El producto de las presas capturadas sirvió de gran alivio a Chiloé (Vázquez de Acuña, 2014). Lo mismo ocurrió con otro bergantín, esta vez inglés, arribado a Chiloé con algunos prisioneros realistas fugados. A ambos barcos Quintanilla les dio patente de corso, los envió a correr los puertos de Chile y Perú en septiembre de 1823, y cogieron recursos para la isla, que duraron para todo el tiempo de la resistencia (Torres Marín, 1985: 34-35).

La resistencia en Chiloé

El triunfo chilote en las dos primeras campañas en su contra dan cuenta del buen pie defensivo en que Quintanilla y sus oficiales pusieron a la provincia, a pesar de la falta de hombres, el aislamiento y la pobreza. Nada hubiera sido posible, eso si, sin el respaldo del cabildo de Castro, que alentaba la defensa de la monarquía. Después del segundo triunfo, en Mocopulli, ocurrido el 1 de abril de 1824, arribaron el día 24 al fin los esperados refuerzos venidos desde Cádiz ya señalados, el navío Asia y el bergantín Aquiles. Pero el comandante Guruceta se negó a atacar Chile, diciendo que sus órdenes eran arribar primero a Lima. Partieron y dejaron a los chilotes con las armas en la mano. El 6 febrero de 1825, por la arribada de dos barcos desde la caleta de Quilca, Perú, con realistas derrotados, los chilotes se enteraron del fin de la resistencia en Ayacucho. Con esta noticia -dice Quintanilla-, “todos los fieles y amantes a su Soberano previeron las funestas consecuencias y el trastorno de opinión que iba a producir en todos los ánimos” (Vázquez de Acuña, 1974: 305). En esos días la plaza fuerte del Callao, que era defendido por una guarnición de 2.200 hombres, más un batallón de voluntarios de 800 (Bulnes, 1897: 652-653), y la provincia de Chiloé, eran los únicos lugares de América del Sur donde flameaba la bandera española. Después vino el combate de los cerros de Bellavista, el tratado de Tantauco, y la anexión forzada de Chiloé a Chile.

Conclusiones

Varios aspectos muy relevantes, como la composición étnica y socioeconómica de Chiloé, el rol del cabildo, de los franciscanos, las explicaciones sobre el porqué de la actitud fidelista de Chiloé, las deserciones (que también las hubo), y la discusión bibliográfica, entre otros asuntos, han debido quedar fuera de este forzadamente breve escrito. Más que un enclave aislado o un vestigio del poder colonial, Chiloé debe entenderse como un actor político con iniciativa y proyecto propio dentro del mundo hispanoamericano en crisis. Su persistente lealtad al rey, articulada mediante estrategias locales, demuestra que la independencia no fue un proceso lineal ni homogéneo, sino un fenómeno complejo en el que coexistieron proyectos, temporalidades y lealtades diversas. En enero de 2026 se realizará

BIBLIOGRAFÍA

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2. Barrientos, P. (1948). Historia de Chiloé. Ancud, Chile: Imprenta La Cruz del Sur.

3. Barros Arana, D. (2002). Historia general de Chile (Tomo IX). Santiago, Chile: Editorial Universitaria.

4. Bulnes, G. (1897). Últimas campañas de la independencia del Perú: 1822–1826. Santiago, Chile: Imprenta Barcelona.

5. Guarda, G. (2001). Nueva historia de Valdivia. Santiago, Chile: Ediciones de la Universidad Católica de Chile.

6. Martínez, M. (1964/1815). Memoria histórica sobre la revolución de Chile desde el cautiverio de Fernando VII hasta 1814 (Tomo II). Santiago, Chile: Ediciones de la Biblioteca Nacional.

7. Medina, J. T. (1964). Estudios históricos, biográficos, críticos y bibliográficos sobre la independencia de Chile (Tomo I). Santiago, Chile: Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina.

8. Moreno, A. (1984). La expedición naval española del “Asia” y del “Aquiles” (1824–1825). Revista Chilena de Historia y Geografía, 152, 65–98.

9. Rodríguez Ballesteros, J. (1901–1904). Revista de la guerra de independencia de Chile, 1813–1826. En Colección de historiadores y documentos relativos a la independencia de Chile (Vol. 6). Santiago, Chile: Imprenta Cervantes.

10. Semprún, J., & Bullón de Mendoza, A. (1992). El ejército realista en la independencia americana. Madrid, España: Editorial Mapfre.

11. Quintanilla, A. de. (1955). Autobiografía. Santiago, Chile: Ediciones de los Anales de la Universidad de Chile.

12. Torres Marín, M. (1985). Quintanilla y Chiloé: la epopeya de la constancia. Santiago, Chile: Editorial Andrés Bello.

13. Urbina, X. (2013). La situación de Chiloé durante las guerras de independencia. En S. O’Phelan & G. Lomné (Eds.), Abascal y la contra-independencia de América del Sur (pp. 187–226). Lima, Perú: Institut Français d’Études Andines & Pontificia Universidad Católica del Perú.

14. Vázquez de Acuña, I. (1974). El general Quintanilla y su gobierno de Chiloé (1817–1826). Boletín de la Academia Chilena de la Historia, 88, 293–309.

15. Vázquez de Acuña, I. (2014). Maineri, el último corsario de Chiloé, 1820–1828. Boletín de la Academia Chilena de la Historia, 123, 133–150.

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