Revista de Marina
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  • Fecha de recepción: 02/11/2020
  • Fecha de publicación: 07/01/2021. Visto 1221 veces.
  • Resumen:

    En el presente artículo se presenta una de las historias de valor y heroísmo, vividas en Talcahuano, durante el terremoto y tsunami sufridos en la Segunda Zona Naval. El cabo 1º Muñoz, junto al sargento Valladares, mantuvieron a salvo a las unidades de la Fuerza de Submarinos, luchando contra el poder de la naturaleza con un pequeño remolcador durante casi ocho horas.

  • Palabras clave: Fuerza de Submarinos, 27F, Medalla al Valor, Tsunami, Fuerza de submarinos.

La noche del 27 de febrero del 2010, Chile se vio afectado por un terremoto grado 8,8 en la escala sismológica de magnitud de momento. Dicho movimiento telúrico generó un tsunami de grandes y catastróficas proporciones en la costa chilena, enfocado principalmente en la región del Bio Bío.

Es en la adversidad, donde la grandeza del ser humano prolifera, creando un sentimiento de apoyo mutuo y entrega desinteresada en la gran mayoría de las personas. Es por esto, que aquella noche de luna llena, donde el país fue fuertemente sacudido y luego azotado por el mar, nacieron diversas historias de heroísmo y entrega sin distinción de profesión ni rubro.

Esta es una de aquellas historias, vivida por un marino chileno, el cual no dudo en ningún momento en mantener vivo el juramento efectuado en la Escuela de Grumetes cuando era un joven aprendiz de marino, “…Servir fielmente a la patria…hasta rendir la vida si fuese necesario…”

El cabo Muñoz, egresó de la Escuela de Grumetes con una meta clara, ser un submarinista y portar la dorada piocha en su pecho. Cursó como marinero y luego del sacrificado proceso de alumno, cumplió su servicio en las profundidades en los diferentes submarinos de la Armada. Su especialidad base es mecánico máquinas, pero a bordo del submarino aprendió a ejecutar tareas y actividades de otras especialidades, algo propio de los submarinistas.

El año 2010 iba a ser para él un año de descanso de aquellas largas navegaciones y prolongados periodos lejos de su hogar. Había sido transbordado a la base de submarinos, lo cual le brindaría el tiempo tan codiciado de compartir con su esposa y su pequeño hijo.

Aquella noche del 27 de febrero, el cabo Muñoz, estaba apostado como cabo de guardia de la Fuerza de Submarinos, en el cuarto de 00:00 a 04:00 horas. Aproximadamente, a las 03:30 hrs, su tranquila noche se vio interrumpida por el fuerte terremoto. Apostado, en la vieja caseta construida mayormente de vidrio, decidió salir de ella y resguardarse al costado. En eso, pudo ver como la pared de una de las casas ubicadas al frente de la Fuerza de Submarinos se cae completamente. Esto le demostraría que este acontecimiento no seria como ningún otro.

Luego del primer remezón, el cabo Muñoz pasó una rápida revista del edificio central y de la base de submarinos. Luego de esto esperó, junto a la caseta, la llegada de la que la guardia apostada. El primero en cruzar el portalón fue el jefe de servicio, a quien le dio las novedades preliminares, siendo consultado por el sobre la guardia. Al respecto solo le pudo mencionar que a bordo se encontraba el electricista de la base, el cual estaba preparando la maniobra de carga de baterías del SS Thompson. Pasaron una rápida ronda por el sector, percatándose que parte de la loza del “Patio de la vela” se había partido. Minutos después, llega el Comandante en Jefe de la Fuerza de Submarinos, el cual requirió al jefe de servicio sobre las condiciones de zarpe de las unidades, del personal para largar las espías y de la dotación del remolcador Fueguino. Desconocida era la situación que se vivía en la habitabilidad de la fuerza de submarinos, pues ante el temor de un inminente Tsunami, se le había dado la orden a todo el personal que pernoctaba allí, incluida la guardia, de subir el cerro y colocarse a resguardo.

Después de unos minutos fueron llegando a la base el personal de dotación de los tres submarinos que estaban en la dársena, listos a zarpar. Era necesario, entonces, que se cubriera el remolcador para apoyar el zarpe de las unidades. Sin embargo, la dotación del pequeño buque estaba cerro arriba, cumpliendo las instrucciones dadas en el sector de habitabilidad.

Por azares del destino, el cabo Muñoz, años antes, había aprendido a navegar el remolcador apoyando las tareas de la base de submarinos. Su experiencia a bordo, le recordaba que el zarpe de los submarinos debía ser lo antes posible. Ante esta situación, se acercó al jefe de servicio y le mencionó que él podía ejercer de patrón del remolcador, pero debía ser relevado por el electricista que estaba en las cercanías. Fue rápidamente relevado y después de recibir unas escuetas instrucciones, se dirigió al remolcador. Dicho buque se encontraba atracado a un balso ubicado entre el SS O´Higgins y el dique flotante Young de ASMAR. Mientras avanzaba, comenzó a notar las consecuencias del terremoto; la antes estable loza de adoquines tenía distintos desniveles, lo cual complicaba cada paso. Por unos minutos, la imagen de su familia llegó a su mente, por lo cual cerró los ojos, por un momento, encomendándose a Dios diciendo “Señor, cuida a mi familia y yo haré mi trabajo.” El nivel del mar había comenzado a disminuir rápidamente, lo cual era notorio en la diferencia entre la balsa en la que estaba atracado el remolcador y el muelle. Al darse cuenta que no podría abordar la balsa de la manera tradicional, decidió saltar al techo de esta, para luego bajar hasta el remolcador.

Estando ya a bordo del remolcador, comienza los preparativos de zarpe en espera de que llegue personal de apoyo. En minutos estuvo listo a zarpar, pero aún no se aproximaba nadie para cubrir los puestos del buque. El reloj avanzaba y la tensión se sentía en el aire. Súbitamente, aborda al remolcador, el sargento Valladares, el cual le dice “zarpemos no más chiporro, nadie más llegará.”

Se desatracan de la balsa y reciben la orden por equipo de comunicaciones de ir a apoyar el zarpe del SS Carrera; el remolcador comenzó a cortar la densa noche, siendo iluminado por la tenue luz de la luna llena y un pequeño farol que estaba en la parte superior del buque. Después del terremoto, una inusual niebla enrarecía la visual. Se aproximaron a la aleta de estribor del submarino; con esfuerzo lograron pasar una espía al submarino y, de esta manera, comenzaron a desatracarlo. La maniobra era compleja, pues, a popa del submarino estaban algunos buques de la Agrupación de Buques en Reserva. Se desatracó el submarino llegando aproximadamente a la mitad de la poza; sin embargo, luego de unos minutos se apreció que el buque no avanzaba, aunque se traccionara con toda la fuerza del remolcador; el agua había bajado a tal nivel, que se formó un lodo fangoso en el cual quedó atrapado el submarino.

Luego de unos intentos, se apreció que el submarino no saldría del lugar por lo cual se les ordenó volver a la dársena para apoyar el zarpe del SS Thompson. Mientras se dirigían al área, el cabo Muñoz se percató que quedaba muy poca agua en la dársena, teniendo una fuerte corriente en contra. Tuvieron que exigir el motor del remolcador para evitar que la corriente los arrastrase; con muchas dificultades lograron llegar al costado del SS Thompson, sin embargo, la fuerza de la corriente había cortado las espías del dique Young, el cual abordó al remolcador, impactando por su banda de estribor, produciendo que el buque quedara sobre uno de los hidroplanos del submarino.

La situación era tensa, pues debido a la fuerza de la corriente, la proa del remolcador estaba siendo arrastrada hacia el fondo de la dársena, pero la popa se mantenía sobre el hidroplano. El sargento Valladares se mantenía en la popa de remolcador y el cabo Muñoz en el puente de mando. Ambos se observaron entendiendo la difícil situación en la que se encontraban, entendiendo que estaban a merced de la naturaleza, la única acción viable, para evitar que el motor se sobre revolucionara, era detener el motor. Esta fue la primera instancia en la que el cabo Muñoz sintió que su vida corría peligro, tras lo cual, se encomendó a Dios, esperando lo mejor. Luego de unos tensos minutos, la corriente cambio de dirección comenzando a aumentar el nivel de agua en la dársena, lo cual permitió que el buque pudiera salir del hidroplano y volver a tomar el control del remolcador.

Luego, de esta compleja situación, el remolcador puso proa al BMS Merino, el cual, producto de las variaciones de marea y la fuerte corriente, había quedado transversal al molo 500, alargándose las espías de popa. El pequeño remolcador intentó infructuosamente aproximarse a la popa del buque y tras varios intentos, se le ordenó volver al interior de la dársena, ya que aún quedaban dos submarinos en su interior.

Gracias a su especialidad de mecánico máquina, el cabo Muñoz fue cubriendo diversos puestos en el remolcador, dependiendo de las circunstancias, estando en algunos momentos en el puente de mando, otras en la máquina, pasando espías o buscando la mejor ruta para navegar entre escombros, contenedores, lanchas pequeñas y medianas, diques, casetas, etcétera.

Después de pasar por el extremo del muelle 180, las variaciones de marea volvieron a afectar a la pequeña embarcación, pues fue nuevamente arrastrada por la corriente, esta vez, hacia el interior de la dársena de ASMAR. Los intentos por contravenir la fuerza de la corriente fueron infructuosos, golpeándose la remolcador con el interior del sitio del astillero. El pequeño buque de 12 m de eslora, quedo entre dos gigantes, pues a una banda tenía el dique flotante Talcahuano y por la otra un buque mercante de grandes dimensiones, los que hacían sentir a los tripulantes del remolcador que serían aplastados en cualquier momento. Esta fue la segunda ocasión en que el cabo Muñoz temió por su vida, pues estaban irremediablemente a merced de la corriente y de que ni el buque mercante ni el dique cortaran espías y los aplastase. La situación se mantuvo por unos cuantos minutos, cuando, luego del cambio de marea, pudieron recuperar el control de la embarcación colocando proa hacia la salida de la dársena.

Mientras navegaban, maniobrando para evitar distintos obstáculos que estaban al garete en el área, el cabo Muñoz vio dos luces de navegación provenientes de una silueta de un submarino tipo Scorpene. Esto les llamó fuertemente la atención, pues el SS Carrera estaba fuera de la dársena, en las cercanías del faro Belén y el SS O´Higgins, el otro submarino Scorpene de la Armada, se encontraba aún atracado. Sin embargo, la duda seria rápidamente aclarada, pues por el equipo de comunicaciones, se les ordenó apoyar al SS Carrera a efectuar otro intento de salir de la dársena. Producto del tsunami, el submarino fue arrastrado hacia el interior, lo cual lo dejaba en un complejo escenario. Diversos buques y artefactos navales se encontraban al garete, navegando peligrosamente sin control a la merced de la corriente, la cual era sumamente impredecible.

Aún con el difícil escenario, la poca visibilidad y maniobrabilidad, el remolcador pudo pasar espías con el submarino y apoyar su salida segura de la dársena. Sin embargo, cuando estaban largando espías uno de los barcos pequeños, que se encontraba al garete, impactó violentamente al remolcador, golpeando en el puente de mando, haciendo que sus tripulantes perdieran peligrosamente el equilibrio. El submarino ya se había largado y se enfilaba fuera del sector, por lo que, al recobrar la serenidad, el cabo Muñoz decide efectuar una revista de control de averías buscando vías de ingreso de agua, mientras el sargento Valladares controlaba el rumbo e informaba la situación a la fuerza de submarinos. El viejo remolcador resistió increíblemente bien el abordaje del buque al garete, sin sufrir averías de consideración.

Las nuevas instrucciones que le dieron al pequeño buque, fueron navegar entre el BMS Merino y los submarinos, con el objeto de evitar que fueran colisionados por algún buque o artefacto naval al garete. Aproximadamente una hora estuvo el noble buque, luchando contra la corriente, carnereando distintos obstáculos que amenazaban con abordar los buques de la fuerza de submarinos.

Sin embargo, la noche estaría lejos de estar tranquila, pues sin dar indicios previos, el motor del remolcador se detuvo, quedando este al garete. Luego de un rápido chequeo, se comprobó que el buque había perdido, por alguna razón desconocida, su capacidad de dar avante, quedando limitado. Le ordenan entonces, retromarchar al BMS Merino, el cual podría brindarles apoyo técnico. No es despreciable el hecho de que tuvieron que navegar dando atrás, burlando los embistes de los obstáculos al garete, luchando contra la corriente y la visibilidad.

Aproximadamente dos horas estuvo el remolcador al costado del BMS Merino siendo evaluado por los especialistas de la unidad. En este breve tiempo, el sargento Valladares y el cabo Muñoz pudieron descansar, recuperar fuerzas y compartir un café con la dotación del buque madre. Fue en esta circunstancia que el cabo Muñoz pudo vislumbrar los destrozos sufridos por la base naval, la fuerza de submarinos y los buques que estaban en el sector.

Una vez recuperada la propulsión del remolcador, la improvisada y heroica dotación, regresó a sus labores de apoyo a las unidades de la fuerza de submarinos. Casi ocho horas estuvieron luchando contra la oscuridad, la corriente, la incertidumbre, los buques y artefactos navales al garete y el destino. Gracias a su incondicional soporte y a la valentía de su dotación, ninguna unidad de la fuerza de submarinos fue abordada o golpeada. Siendo las 12:30, con luz diurna y una marea normalizada, la dotación fue relevada, sin otro reconocimiento que la satisfacción del deber cumplido. La guardia había cumplido con su deber.

El sargento Valladares y el cabo Muñoz fueron reconocidos con la máxima distinción que puede optar cualquier marino, la cual es, la medalla “Al Valor”, siendo condecorados por el presidente de la República en la plaza Sotomayor en Valparaíso, el 21 de mayo de ese mismo año.

Hoy, después de 10 años de aquella fatídica noche, el ahora, sargento 1º Muñoz, sigue con su fiel convicción del servicio a la patria y a su Armada, prestando servicios en el batallón mixto de la Segunda Zona Naval, durante el estado de excepción constitucional que está enfrentando el país. Él ha cambiado el remolcador por un fusil, su caperuza de combate por un chaleco antidisturbios y su boina por un casco, pero mantiene el espíritu y la energía de aquel cabo 1º que estando apostado de cabo de guardia, conformó la heroica tripulación del remolcador Fueguino, el cual fue vital en evitar que el terremoto y tsunami arrasara con la capacidad bélica que brinda la Fuerza de Submarinos.

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