Revista de Marina
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Tras la estela del gran Deng

In the wake of the great Deng

  • Fecha de recepción: 21/10/2019
  • Fecha de publicación: 30/06/2021. Visto 170 veces.
  • Resumen:

    El origen del fenomenal desarrollo económico de la República Popular China tiene como cimiento el liderazgo y especial visión del mundo de un particular y, en general, desconocido personaje de la China comunista: Deng Xiaoping.

  • Palabras clave: República Popular China, Deng Xiaoping.
  • Abstract:

    The genesis of the People’s Republic of China’s great economic growth is rooted in the country’s leadership and their vision of the world. This leadership has its beginnings from a mostly unknown and peculiar figure of communist China, Chairman Deng Xiaoping.

  • Keywords: People’s Republic of China, Deng Xiaoping.

Nicolás caminaba cabizbajo por el pasillo de la vieja casona, lo seguían sus cinco hijos y Alejandra, su esposa; la habitación del subsuelo a la que se dirigían distaba mucho de aquellas elegantes y suntuosas que su estirpe solía tener -pero eso ya no importaba- sus custodios, presurosos e impacientes, necesitaban terminar su cometido a la brevedad... Después de breves segundos y de una horrorosa y aterradora descarga, los 300 años de reinado de la dinastía Romanov llegaban a su fin, con ello el término de la era de los zares, de los monarcas autócratas y de los soberanos elegidos por Dios y ungidos por el pueblo; fueron asesinados por una revolución que cambió el mundo -la revolución de un pueblo que hasta ese momento, vivía en una esclavitud medieval.-

La caída del imperio ruso -entonces el más poderoso e influyente de todas las monarquías- fue seguido, solo meses después, por el desplome de la casa de los Hohenzollern, posteriormente por la de los Habsburgo y, solo unos años más tarde, el dominio Otomano también alcanzaba su ocaso; el poder absoluto del que gozaban los soberanos desaparecía lentamente de la faz de la tierra. Fue el comienzo de uno de los períodos más oscuros de la humanidad, pero, cual efecto físico de reacción, el advenimiento de los movimientos políticos y sociales tuvo –varias décadas más tarde– una imprevista secuela en las ruinas de lo que entonces era el lejano y milenario dominio de los señores de la guerra el viejo e ignoto Imperio del Centro: China.

La historia del mundo está atiborrada de circunstancias imprevistas y de personajes que, por coyunturas particulares de su propia existencia, generaron o motivaron corrientes ideológicas cuyos resultados -cual efecto mariposa- proliferaron y se multiplicaron en el tiempo. Muchos, sonados desastres; pero otros, los menos, se han transformado en los cimientos de notables procesos económicos, políticos y sociales. Algunos de esos protagonistas, por su propia naturaleza y temperamento, no descollaron ante el clamor popular como líderes carismáticos y magnéticos; no obstante, la historia no puede argüirse el derecho de olvidarlos; por el contrario, por su transcendental cometido se han transformado en piezas clave de reformas, cuya evolución, no podrían haberse concretado sin su presencia y dirección. Quizás, genios militares de la talla de Napoleón, Alejandro, Aníbal y hasta el mismísimo César, son actores que cambiaron el mundo, revolucionaron imperios y modificaron fronteras; pero hay otros que vencen sin combatir, que conquistan pueblos sin asediarlos y que ganan sus batallas antes de pelearlas.

El mayor ejemplo de este tipo de liderazgo se materializó en la República Popular China, en donde el vacío de poder, producido tras el deceso de Mao Zedong, dejó libre el paso a un pequeño coloso, al responsable directo del deslumbrante y arrollador desarrollo económico de la gran potencia asiática, su nombre: Deng Xiaoping. La historia, vida y obra de este monumental personaje, para muchos desconocido, que en 40 años sacó a 800 millones de personas de la pobreza más absoluta y que transformó a China en la segunda potencia del orbe, no deja de ser sorprendente y decididamente cautivante.

El mundo a mediados del siglo XX

Durante la mitad de los años 70, la guerra fría -conflicto internacional que en rigor engendró más víctimas que las dos conflagraciones mundiales juntas- sostenía al planeta en dos facciones antagónicas. ¿Cuál era el camino que debía tomar el mundo?, ¿qué características deberían poseer los líderes de esa nueva era?, la respuesta, posiblemente, la dio Estados Unidos con su economía de libre mercado, basada, simple y llanamente, en la autonomía personal de cada uno de los conciudadanos; mas la gran interrogante era ¿cómo administrar esa libertad?, ya que, por muy independiente que una persona pudiese ser, esta debía -obligatoriamente- ser limitada, ya que no debía obstaculizar la de su prójimo. Este concepto político de vida repercutió en un portentoso desarrollo económico, basado en una sinergia colectiva, que vio reflejada su culminación industrial en la Segunda Guerra Mundial. A diferencia de los de las antiguas monarquías, los líderes norteamericanos, presentaban particularidades diametralmente opuestas; en general, se esmeraron por mostrar una cercanía y compromiso con el pueblo y por trabajar por su gente y para ella; fueron personalidades que, pese a todo el poder que administraron, no eran inalcanzables, ni divinizadas; eran individuos humanos, mortales, falibles, con virtudes y defectos, que se asemejaban y empatizaban con la gente y su multiculturalismo.

China, por su lado, no estuvo alejada de ese duro y largo trance, los experimentos sociales materializados por el gran salto adelante y la revolución cultural, sometieron al pueblo chino a extensas y complejas revueltas que dieron cuenta de las hambrunas y persecuciones políticas más espantosas de los tiempos modernos, solo superadas por las de la izquierda fascista de la Alemania Nazi. Aunque las cifras difieren, dependiendo de la fuente, aproximadamente 25 millones de personas fallecieron por el idealismo y fanatismo de Mao.

El advenimiento al poder

La historia del asombroso Deng –personaje que no superaba el metro y medio de estatura– se remonta a comienzos del siglo XX a un pequeño pueblo perdido en la provincia de Sichuan; hijo de una familia más bien modesta, pero relativamente acomodada para el promedio de la población, estudió un período en un colegio francés, que le permitió iniciarse en ese idioma, para posteriormente viajar a París a continuar con su formación, ¡algo completamente novedoso e inusual para la época!, según sus propias palabras él era un “hombre del campo”, “los idiomas son difíciles, estudié en París y nunca aprendí francés,” tal vez, esa apertura de mente fue la gatillante para los procesos políticos venideros. Después de un breve paso por Moscú, dedicó su vida y ocupación al proceso revolucionario comunista que, finalmente, llevó a Mao al poder. Su paso por el gobierno fue sumamente controvertido, ya que los resultados de sus alternadas gestiones, por lo general, engendraron grandes éxitos, ganando una aprobación y popularidad que generó la envidia y rivalidad de la entonces cúpula gobernante. Por tal razón fue tildado de “antirrevolucionario capitalista” y proscrito a reeducarse en dos ocasiones. La existencia de Deng da para una larga y compleja novela; sin embargo, no fue una vida fácil, ¡por el contrario!, su particular visión de la sociedad le significó a él y a su familia ser víctimas de una de las mayores purgas y humillaciones que un ser humano pueda soportar. Una vez iniciada la revolución cultural fue relegado durante siete años a una base militar, posteriormente exiliado en la provincia de Jiangxi y luego confinado a un trabajo de media jornada en el campo y la otra en un taller de reparación de tractores. Su hijo mayor, en una de las tantas persecuciones de los guardias rojos, fue defenestrado desde el cuarto piso de una universidad en Beijing, quebrándose la columna y quedando parapléjico por el resto de su vida, porque se le negó la entrada a un hospital. Pese al gran dolor e impotencia que sufrió, este pequeño gran gigante nunca quiso ni buscó la venganza, pudiendo haberla obtenido posteriormente con el solo chasquido de sus dedos.

El arribo de Deng, a la conducción del gobierno, fue sumamente controversial, pues él no fue el elegido por Mao para regir el destino del país; fue por esa razón, que, antes de ejercer el poder total, inició sus revolucionarias transformaciones secundando al titular; se repetía, de esa manera, una situación muy común en el transcurso de la historia china, en la que el poder real a menudo guarda poca relación con el cargo nominal.

La transformación, un vuelco a la ideología

El desafío autoimpuesto era enorme, lo novedoso y rupturista del cambio liderado por Deng Xiaoping fue la apertura al exterior; a la muerte de Mao el comercio de China con los Estados Unidos sumaba 336 millones de dólares, monto ligeramente inferior a la que el gigante americano tenía con Honduras y una décima parte de la que abrigaba con Taiwán, considerando que este último contaba con solo un 1,6% de la población china. Hoy en día, el coloso asiático es el primer socio comercial de Estados Unidos1 con una balanza comercial de 600 mil millones de dólares, entre exportaciones e importaciones; y, a la vez, es el mayor acreedor de la deuda externa y de bonos del tesoro norteamericanos.

Lo curioso y realmente extraordinario de este gran dirigente fue que, liderando un gobierno comunista, con bases claramente marxista leninistas, generó un cambio rotundo en la manera de concebir la vida y el mundo, pregonó que había que “librar de ataduras las mentes, utilizar la cabeza, buscar la verdad a través de los hechos y unirse como un solo hombre de cara al futuro.” Si se pudiera resumir, el foco de sus objetivos fue la necesidad de poner énfasis en la ciencia y en la tecnología, en el marco del desarrollo económico chino, en la profesionalización de la mano de obra y en el fomento de las aptitudes e iniciativas individuales. Deng obvió la lucha de clases, la revolución proletaria y el control estatal de las líneas de producción; sin embargo, abocó sus esfuerzos en buscar y fomentar el talento personal del pueblo chino, confió a sus subordinados la innovación e impulsó sus emprendimientos; para él ¡enriquecerse era glorioso! Su lema fue “reforma y apertura”, pero para eso necesitaba que cada cual reflexionara por sí mismo y, para ello, abolió el concepto de igualitarismo; el país ya había pasado por el trance de pretender crecer bajo ese concepto, el resultado de ese experimento resultó ser una pura y simple utopía; porque el igualitarismo mata la iniciativa y el deseo de trabajar.

A diferencia de Rusia, que debió -una vez caído el comunismo- construir un país de las ruinas, Deng mantuvo un modelo rígido de control popular, pero abrió la economía, esto le permitió administrar un país de mil millones de personas sin tener que perderse en la intrincada burocracia de la democracia.

Haciendo un análisis en retrospectiva de los conceptos adoptados, el proceso conducido por Deng Xiaoping debiera ser clasificado, sino el mayor, como uno de los más capitalistas de la historia. Si se considera que Mao y sus particulares revoluciones combatieron todo aquello que tuviera indicios de liberalismo, lo que hizo Deng fue exactamente lo opuesto, su apertura no solo rompió la autarquía de su predecesor, sino que puso término al milenario aislamiento que tuvo su nación desde que era Imperio; abrazó las ideas y las experiencias de los norteamericanos, pero manteniendo el culto a la figura y liderazgo del anterior gobernante y, paradójicamente, perpetuó la imagen de Mao en la mayor y más tangible expresión del concepto de capitalismo, en la moneda.

Shenzhen, el experimento

La muestra más portentosa de desarrollo se produjo en Shenzhen, una pequeña y humilde caleta, aledaña a Hong Kong; este pequeño enclave fue la base del experimento social y económico de la China moderna. Debido a los incentivos de inversión y producción, en tan solo cuatro décadas, esta pobre e insignificante localidad pasó a ser, junto con la región de Guandong (Cantón) -de la que forma parte- uno de los motores de la industria y de la economía ¡mundial. Hoy en día cuenta con una población de 12 millones de personas, con uno de los mercados inmobiliarios más caros del país y posee ocho líneas de metro. Actualmente, la provincia -por sí sola- genera un PIB equivalente al de España, es decir, correspondiente a la decimoquinta hacienda del mundo; es el hogar de decenas de gigantes de la informática como IBM, Apple, Lenovo y Philips y del recientemente controvertido titán de las comunicaciones Huawei; alberga, además, la feria de importación y exportación más grande del planeta y aloja un monumental y sorprendente mercado electrónico, cuyo lema es “si usted no encuentra lo que está buscando, significa que no existe.”

La liberación del pensamiento anquilosado y dogmático que propinó Deng, finalmente tendría una repercusión política de proporciones y que, a la postre, fue el gran punto oscuro de su administración: las revueltas de la plaza de Tiananmen, ocurridas en el año 1989. A la sazón, el octogenario líder, oficialmente retirado de los cargos públicos, aún mantenía el liderazgo de la república y debió enfrentar políticamente a emancipadas hordas de gente que reclamaban y exigían mayores libertades, democracia y pluralismo político. Desgraciadamente, aquellas jóvenes mentes, libres de ataduras, fruto de la liberación propiciada por su líder, fueron enfrentadas por el Ejército Popular de Liberación -fue un error, un grave error- las consecuencias todavía se siguen sufriendo.

Reflexiones

La China de hoy, la de los interminables rascacielos; de los descomunales astilleros y aeropuertos; de los inextricables mercados y de la enmarañada trama de ferrocarriles de alta velocidad; constituye un tributo a la visión, tenacidad y sentido común de ese controvertido protagonista de la historia de China y del mundo. La vida y obra de este comunista encajarían a la perfección con la de los capitalistas innovadores más revolucionarios de Silicon Valley y, seguramente, los mayores centros de pensamiento liberal del planeta han de dedicar más de alguna cátedra en su nombre. No obstante, pese a los gigantescos resultados económicos y políticos y a la enorme cantidad de poder que administró, probablemente el ejemplo más relevante es que, este particular gobernante, conservó su humildad y sencillez; a él no le gustaban las luces, las cámaras ni la presencia mediática y siempre procuró mantener un perfil bajo; pese a todos los tormentos e injusticias que soportó, mantuvo un inquebrantable compromiso con su amado pueblo. Deng, heredero de la tradición Maoísta, podría haber reinado como un emperador -como lo hizo su antecesor- el pueblo lo habría idolatrado, adorado y respetado de la misma forma; pero no, él no quería una ciudad prohibida que lo aislara del mundo; él, aunque tuvo mucho menos participación popular que Mao, prefirió trabajar, trabajar incansablemente para hacer de China una sociedad medianamente acomodada. Deng fue un hombre sumamente directo y pragmático; a diferencia de sus pares, en sus palabras no había filosofía y, al igual que el común de los dirigentes chinos, nunca basó su liderazgo en la habilidad retórica, pues sus discursos eran comunes, prácticos y técnicos, no eran trascendentes. No lo sabía todo y lo hacía notar:

Yo soy lego en el campo de la economía. He hecho algunos comentarios sobre el tema, pero todos sobre el punto de vista político. He propuesto, por ejemplo, la política económica de apertura hacia el mundo, pero, en realidad, conozco poco los detalles o las cuestiones específicas de su puesta en marcha.

Aquel hombre al que, según Henry Kissinger, “lo impulsaba alguna fuerza invisible” no quería nada para sí mismo, la verdad es que ¡ambicionaba mucho!... pero para su país, para su gente.

Hoy en día se tiende a confrontar a los gobernantes chinos más destacados e influyentes de la historia reciente, entre los que destacan Deng Xiaoping y Xi Jingping, ambos, sin lugar a dudas, los más exitosos en materias políticas, económicas y sociales desde la abolición del Imperio. Probablemente, si la comparación la debiese argumentar Deng, este miraría con sus pequeños y chispeantes ojos para responder con la prudencia y aguda inteligencia que lo caracterizaba, acompañando con un punzante sarcasmo: “Cada generación solo puede pelear sus propias batallas; lo importante no es de qué color sea el gato, lo que importa es que cace ratones.”


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