Revista de Marina
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¿Es la disuasión la única estrategia que puede emplear Chile para prevenir un conflicto?

Is Deterrence The Only Strategy Chile Can Employ To Prevent An Armed Conclict?

  • Fecha de recepción: 15/12/2020
  • Fecha de publicación: 30/06/2021. Visto 115 veces.
  • Resumen:

    La disuasión es una estrategia diseñada para prevenir que un actor cambie su comportamiento, es decir, busca mantener el statu quo. Si bien las cuatro versiones del Libro de la Defensa Nacional de Chile señalan que la orientación fundamental de la política de defensa es defensiva y disuasiva, resulta interesante preguntarse qué ocurre cuando la disuasión falla debido a que un actor decide cambiar su comportamiento y desafiar el statu quo.

  • Palabras clave: Coerción, disuasión, coacción.
  • Abstract:

    Deterrence is a strategy designed to prevent someone from changing its behavior, i.e., it seeks to maintain the status quo. In all four editions of Chile’s National Defense Book, it states that the country`s primary defense policy is defensive and deterrent. Considering this policy, it is interesting to ask oneself what happens when deterrence fails because an player decides to change its behavior and challenge the status quo.

  • Keywords: Coercion, Deterrence, Constrain.

En agosto de 1945, el mundo fue testigo, por primera vez en su historia, de la destrucción producida por un arma nuclear. El bombardeo sobre Hiroshima y Nagasaki causó la muerte de 110.000 japoneses al momento de la explosión (Wellerstein, 2020). Es por esta razón que Bernard Brodie plantea que hasta antes del uso de la bomba atómica sobre ambas ciudades japonesas “el propósito principal de las fuerzas armadas había sido ganar guerras, pero ahora era evitarlas” (Brodie, 1946, p.76). Es así como la disuasión nuclear se transformó en un elemento crítico durante gran parte de la Guerra Fría. Sin embargo, en la década de los setenta, del siglo XX, la disuasión convencional comenzó a adquirir una mayor relevancia, debido a que el elevado costo de emplear el arma nuclear ponía en duda la credibilidad de la disuasión nuclear. Tan alto podría ser el costo, que Michael Howard señala que “las sociedades modernas se recuperan de una guerra convencional dentro de una generación. Sin embargo, es un tema de duda legítima si la humanidad alguna vez se recuperaría de una guerra nuclear” (Howard, 1983, p. 262). A pesar de lo anterior, ambas formas de disuasión están diseñadas para prevenir que un actor cambie su comportamiento, es decir, apuntan a lograr el mismo fin: mantener el statu quo. Entonces, surge la siguiente interrogante ¿qué ocurre cuando un actor decide cambiar su comportamiento y desafiar el statu quo? Thomas Schelling, en su libro Arms and Influence, menciona que la disuasión es solo un componente más del concepto de coerción y agrega uno nuevo que denomina coacción , y la define como una estrategia que busca detener o revertir cambios al statu quo.

Nuestro país no ha quedado ajeno al empleo de este tipo de estrategias. En los cuatro libros de la defensa nacional se señala que la orientación fundamental de la política de defensa es defensiva y disuasiva. Sin embargo, la edición del año 2017 del Libro de la Defensa Nacional de Chile dice que “la disuasión es una modalidad legítima de empleo de la fuerza, que no implica la coerción ni la coacción” (p. 132). Por lo tanto, resulta interesante preguntarse por qué Chile solo considera el empleo la disuasión como una estrategia para prevenir que un potencial agresor decida modificar su comportamiento y deja de lado la coacción.

El presente ensayo propone que la disuasión sigue siendo válida como una estrategia para prevenir un conflicto armado, pero no es la única estrategia que Chile puede emplear. En este sentido, la coacción se presenta como una alternativa válida para respaldar a la disuasión, en caso de que un potencial adversario desafíe el statu quo y actúe en contra de los intereses nacionales.

La disuasión es un concepto tan antiguo como la guerra. Hace más de 2.500 años que Sun Tzu nos iluminaba planteando que “el supremo arte de la guerra es someter al enemigo sin luchar” (Griffith, 1963, p. 77). Es decir, la habilidad de vencer al oponente evitando el combate armado debe ser, incluso, superior a la habilidad de vencerlo en combate. Sin embargo, no fue hasta el periodo de la Guerra Fría que la disuasión comenzó a ser extensamente estudiada como una estrategia enfocada, esencialmente, en prevenir una guerra nuclear entre Estados Unidos y la ex Unión Soviética. No obstante, su importancia comenzó a disminuir en la década de los setenta del siglo XX. Al respecto, Mearsheimer (1983) y Huntington (1983) coinciden al señalar que el surgimiento de una paridad estratégica, entre ambas potencias nucleares, generó una serie de cuestionamientos sobre la credibilidad de las estrategias disuasivas que habían sido desarrolladas por Estados Unidos durante la primera mitad de este periodo, debido a que dependían totalmente del empleo de armas nucleares, ya sea para prevenir una guerra nuclear, como una guerra convencional. Es por lo anterior que la disuasión convencional comenzó a tener un papel cada vez más significativo en el desarrollo de la estrategia militar estadounidense, como una forma de prevenir un ataque convencional soviético en contra de Europa occidental.

Ahora bien, es importante señalar que aunque ambas formas de disuasión empleaban medios diferentes, buscan alcanzar el mismo fin: mantener el statu quo. En términos simples, la disuasión es una estrategia diseñada para prevenir que un actor cambie su comportamiento en base a la amenaza de represalias. Sin embargo, resulta interesante preguntarse qué ocurre cuando un tercer Estado decide modificar su comportamiento y desafiar el statu quo. Schelling (1966) plantea que la coerción va más allá del concepto de disuasión e introduce uno nuevo elemento que denomina coacción1 y lo define “como una estrategia diseñada para forzar a que un actor cambie su comportamiento mediante la amenaza o la acción” (p. 71). Es decir, la coerción puede tomar dos formas: la disuasión y la coacción. La primera, como una forma de coerción pasiva que busca prevenir cambios al statu quo y la segunda, como una forma de coerción activa que buscar forzar cambios al statu quo.

A pesar de que existe una clara diferencia entre tratar de prevenir cambios al statu quo y tratar de detenerlos o revertirlos, la distinción entre la disuasión y la coacción puede resultar un tanto difusa y provocar confusiones. En especial cuando a menudo el término coerción y coacción se utilizan indistintamente como si fueran sinónimos, lo que implica erróneamente que la disuasión no es una forma de coerción (Art & Greenhill, 2018; Bratton, 2005). Lo anterior, puede generar aun mayor confusión considerando que el término compellence no tiene una traducción literal al español. En vista de ello y de manera de evitar imprecisiones, en el presente trabajo se utilizará la conceptualización planteada por Schelling (1966) que sostiene que la principal distinción entre la disuasión y la coacción está en “quién tiene que dar el primer paso” (p. 69).

George H. Bush, expresidente de los Estados Unidos.

En enero de 1991 y previo al inicio de la primera guerra del golfo, el expresidente George W. Bush le envió una carta al ministro de relaciones exteriores iraquí Tariq Aziz advirtiendo que “Estados Unidos no tolerará el uso de armas químicas o biológicas … Usted y su país pagarán un precio terrible si ordenan acciones desmedidas de este tipo.” (The New York Times, 1991). La situación planteada es un claro ejemplo de una acción disuasiva en la que Estados Unidos formuló una demanda y la respaldó con una amenaza, dejando la iniciativa de dar el primer paso en manos de Irak. Por el contrario, en la coacción la iniciativa se invierte. El 6 de octubre de 1994, mientras el vice primer ministro Tariq Aziz demandaba a la Asamblea General de Naciones Unidas el levantamiento de las sanciones en contra de Irak, dos divisiones blindadas de la Guardia Republicana se desplegaban hacia la frontera con Kuwait. Ante esta situación, el ex presidente William Clinton ordenó el despliegue inmediato de tropas estadounidenses a Kuwait y anunció que “sería un grave error de Irak repetir los errores del pasado o juzgar mal la voluntad o el poder de Estados Unidos” (Gordon, 1994). Días más tarde, y ante la ambigua respuesta de Irak por retirar sus tropas, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó la resolución Nº 949, el 15 de octubre del mismo año, exigiendo que “Irak completara inmediatamente la retirada de todas las unidades militares recientemente desplegadas en el sur de Irak a sus posiciones originales.” Finalmente, el 16 de octubre Irak acepta las condiciones de la resolución del Consejo de Seguridad e inicia el repliegue de sus fuerzas hacia el Norte. En este ejemplo, Estados Unidos es quien toma la iniciativa de dar el primer paso al iniciar las acciones para forzar gradualmente a que Irak acepte las demandas y revierta su acción, de manera de recuperar el statu quo. A pesar de las claras diferencias entre la disuasión y la coacción, existe un vínculo que las une. En la práctica, ambas estrategias operan a lo largo de un continuo y pueden complementarse entre sí. Cuando la disuasión falla debido a que el adversario decide modificar su comportamiento, la coacción juega un papel fundamental para forzarlo a detener o revertir la acción que emprendió.

Entonces, ¿cómo operan ambas estrategias de coerción? La disuasión, como una estrategia de naturaleza pasiva, busca prevenir que un actor decida modificar su comportamiento e inicie una acción no deseada por miedo a las consecuencias negativas. La intención es persuadir al adversario para que decida no emprender una acción manipulando el análisis de costo beneficio, es decir, la disuasión opera ex ante. Para alcanzar el efecto deseado, Snyder (1961) distingue dos modos: la disuasión por castigo y la disuasión por negación. La primera, busca lograr que el adversario estime que los costos de iniciar una acción exceden los beneficios que se pretenden obtener y, la segunda busca convencer al adversario de que la probabilidad de lograr los objetivos propuestos es extremadamente baja. Lo anterior, exige que el disuasor cumpla con las siguientes condiciones: definir los intereses nacionales que desea alcanzar, desarrollar las capacidades de poder del Estado necesarias para respaldar la intención de proteger los intereses nacionales y comunicar al potencial agresor la intención proteger los intereses definidos (George & Smoke, 1974, p. 64). En consecuencia, el Estado disuasor debe mantener una capacidad militar creíble y contar con la voluntad política para defender los intereses nacionales definidos. 

Por otra parte, la coacción está orientada a forzar, mediante la amenaza o el uso limitado de la fuerza, a que un actor cambie su comportamiento y decida detener o revertir la acción que decidió iniciar. Es decir, la coacción tiene una naturaleza de carácter activo, ya que es una estrategia que tiene por finalidad retornar al statu quo. A diferencia de la disuasión, la coacción puede incluir el uso de la fuerza para obligar al adversario en caso de que la amenaza no tenga efecto y decida continuar con su accionar. La idea es aplicar la suficiente presión para convencer a la otra parte que acepte las demandas y decida detener o revertir la acción iniciada, pero siempre teniendo en consideración que la situación no escale y se transforme en un conflicto armado.

Aun así, es necesario señalar que el éxito de la disuasión se basa, esencialmente, en la credibilidad. Según Freedman (2003) la credibilidad es el “ingrediente mágico” de la disuasión (p. 92). Sin embargo, por muy mágica que pudiera ser, “la credibilidad no es como el amor que no requiere manifestación física para existir” (Sisson, 2020, p. 8). Es decir, lo importante es lo que el adversario crea sobre el futuro, cuáles serán los costos y beneficios de emprender una acción que podría concluir en una guerra. En otras palabras, para que una amenaza sea creíble, el disuasor debe tener la capacidad para imponer costos inaceptables al adversario y la voluntad política para hacer uso de la fuerza. De esta manera, la disuasión es “la multiplicación de esos factores y no una suma, ya que si uno de ellos es cero la disuasión falla” (Kissinger, 1961, p. 12). Aún así, para lograr que la credibilidad sea efectiva es necesario que el potencial adversario perciba la intención de usar la fuerza. Freedman (1989) sostiene que “el problema con el diseño de estrategias de disuasión ha sido encontrar formas de garantizar que el oponente reciba la amenaza, la relacione con su curso de acción propuesto y, como resultado, decida no seguir adelante según lo planeado” (p. 201). Por consiguiente, para que la disuasión sea creíble no solo depende de los dos factores antes mencionados, sino que también de su capacidad para comunicar con éxito una amenaza al adversario sin que el mensaje se pierda en la traducción.

En el caso de Chile, desde la primera edición del Libro de la Defensa Nacional del año 1997 y las tres ediciones posteriores, todas coinciden al señalar que la orientación fundamental de la política de defensa es defensiva y disuasiva. En este sentido, es posible identificar una clara intención por proteger los intereses nacionales empleando, principalmente, el instrumento militar del poder nacional. Aun cuando Chile dispone de instrumentos de poder distintos al militar para producir un efecto disuasivo sobre un adversario, la amenaza o el eventual uso de la fuerza tiene un impacto sicológico significativo, ya que puede producir un elevado costo y consecuencias políticas de mayor alcance (Knopf, 2009, p. 40). Sin embargo, la carencia de una clara definición de los intereses nacionales es un factor que podría erosionar o, incluso, hacer fracasar cualquier estrategia de disuasión. Este es un problema crítico a la hora de comunicar a un potencial adversario cuáles son los intereses nacionales que serán resguardados, de manera de prevenir cualquier acción en contra de ellos. Por lo tanto, es necesario contar con un documento del nivel político, como por ejemplo, una política nacional de seguridad y defensa, que defina en forma explícita, cuáles son los intereses y objetivos nacionales permanentes que van a iluminar el desarrollo del proceso de planificación primaria y, en consecuencia, el desarrollo de las capacidades estratégicas de la defensa. Finalmente, son las capacidades estratégicas las que van a sustentar uno de los pilares fundamentales de la disuasión: la credibilidad.

Por otra parte, el Libro de la Defensa Nacional del año 2017 señala que “la disuasión es una modalidad legítima de empleo de la fuerza, que no implica la coerción ni la coacción” (p. 132). En función de la definición de disuasión mencionada anteriormente, se puede apreciar una diferencia en la conceptualización de este término que puede llevar a confusiones. En primer lugar, la disuasión como una estrategia de poder que adopta un actor para mantener un statu quo de su interés, evitando con ello que un segundo actor modifique su comportamiento, al asumir que dicho cambio tendría un costo demasiado alto con respecto del beneficio a alcanzar. Por tanto, es una estrategia que no puede ser considerada como una modalidad de empleo de la fuerza. En segundo lugar, como señala Schelling, la disuasión, al igual que la coacción, es una de las formas que puede tomar la coerción. Luego, una estrategia disuasiva implica, necesariamente, aplicar a un potencial adversario técnicas coercitivas de naturaleza pasiva.

En cuanto a la coacción, ninguna de las ediciones del Libro de la Defensa Nacional plantea, en forma explícita, su empleo como una estrategia para detener o revertir alguna acción que pueda afectar los intereses nacionales. Sin embargo, la versión del año 2017 señala que: “en situación de crisis, el empleo de la fuerza es eventual y puede adoptar la modalidad disuasiva o bien la modalidad de uso efectivo pero limitado y restringido” (p. 131). En esta aseveración se puede identificar, aunque de manera implícita, aspectos de una estrategia coactiva. Es justamente en una maniobra de crisis donde la coacción tiene su aplicabilidad. Una vez que el Estado A decidió modificar su comportamiento para iniciar una acción no deseada, el Estado B puede amenazarlo con hacer uso de la fuerza para presionarlo a detener o revertir la acción. Si la amenaza no logra su efecto y el Estado A decide continuar con su acción, el Estado B puede emplear la fuerza, en forma limitada, para continuar presionándolo hasta forzar un cambio en su comportamiento. La idea de emplear la fuerza es generar en el Estado A la expectativa de que obtendrá un resultado negativo al influenciar el cálculo de la relación costo-beneficio, pero siempre teniendo en consideración que la situación no cruce el umbral de agresividad crítica y se transforme en un conflicto armado.

Conclusión

A modo de conclusión del presente trabajo, es posible señalar que existe una relación dinámica entre la disuasión y la coacción, a pesar de ser diferentes en su naturaleza. Son dos caras de una misma moneda, por tanto, ambas tienden a ser diferentes, pero siempre están unidas una a la otra. Durante un periodo de normalidad, donde se mantiene el statu quo, significa que la disuasión está cumpliendo su finalidad. Cuando la disuasión falla, debido a que el adversario decide cambiar el statu quo, la coacción juega un papel fundamental para buscar revertir la situación y retornar al estado inicial. En definitiva, es indudable el aporte de la disuasión como una estrategia para prevenir un conflicto armado, pero esta debe ir respaldada por una capacidad de coacción que declare explícitamente la intención de hacer uso legítimo de la fuerza para resguardar los intereses nacionales cuando estos se vean amenazados.

En este sentido, la disuasión no es la única estrategia con la que cuenta Chile como forma de prevenir un conflicto armado. Si bien, las cuatro versiones del Libro de la Defensa Nacional hacen énfasis solo en el empleo de la disuasión, es necesario incorporar en forma explícita la coacción como una estrategia válida en una futura política de defensa, ya que su aporte en una maniobra de crisis puede llegar a ser fundamental a la hora forzar, a un potencial adversario, a detener o revertir alguna acción que pueda afectar los intereses nacionales.

Finalmente, se estima apropiado señalar que no es suficiente contar con una clara y explícita estrategia disuasiva y coactiva, si no se cuenta con una capacidad militar creíble y con la voluntad política para hacer uso legítimo de la fuerza con el fin resguardar los intereses nacionales cuando estos se vean amenazados.


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