¿Qué es bueno y qué es malo? Es una pregunta que las personas se han planteado desde Aristóteles hasta la actualidad. Analizaremos debates éticos modernos como el aborto, eutanasia y manipulación genética. Casos como el de Adolf Eichmann, la esclavitud y la operación militar Red Wings demuestran que las personas no actuamos guiados siempre por el bien. ¿Es usted una persona buena?, ¿tomaría la decisión moralmente correcta siempre? Esta breve reflexión de ética dará luces a su respuesta.
What constitutes good, and what defines evil? This foundational inquiry has challenged human thought from the Aristotelian era to the contemporary landscape. This article examines pressing modern ethical debates, such as abortion, euthanasia, and genetic engineering. Through case studies—including the trial of Adolf Eichmann, slavery, and the tactical dilemmas of Operation Red Wings—it demonstrates that humans are frequently decoupled from moral righteousness, prompting the questions: Are you genuinely a good person, and would you consistently make the morally correct decision?
Primero definiremos ética como: “conjuntos de principios y normas que rigen la conducta humana, relacionados con el sentido del bien y del mal” (RAE, 2025).1 En otras palabras, es una reflexión racional y sistemática acerca de lo bueno y lo malo de nuestras acciones. Para este ensayo, usaremos ética y moral como sinónimos; sin embargo, existe una diferencia; la moral es entendida como costumbres, hábitos o usos propios de una comunidad, en cambio la ética es la reflexión que hacemos de esas costumbres. Por aquello, puede haber actos que son éticamente cuestionables, pero moralmente aceptados, o al revés, dependiendo del momento histórico y el contexto cultural. Un buen ejemplo es la esclavitud, que en su tiempo fue admitida y considerada normal; podríamos decir que fue moralmente permitida, pero que éticamente siempre es inaceptable. Hoy nos parece escalofriante que algo de esa naturaleza haya ocurrido en la historia de la humanidad, y siga sucediendo en la actualidad. Para efectos de este ensayo no haremos diferencia entre estos dos conceptos.
Utilizaremos la definición de persona de Boecio:2 “Sustancia individual de naturaleza racional”. Más adelante profundizaremos en ella. La “naturaleza racional” se refiere a esta cualidad del ser humano de hacer uso de la inteligencia y la voluntad. La racionalidad, en un sentido más profundo, es libertad y autodeterminación. A diferencia de otras especies, las personas podemos mediar ante nuestros instintos, reflexionar y actuar.
Aristóteles3 afirmaba que existían dos tipos de leyes: las leyes por convención, que son las que creamos las personas, y la ley por naturaleza, que viene “programada adjunta” en nosotros. Dicho de otra manera, hay reglas que podemos conocer sin necesidad de que estén escritas. Por ejemplo, la ley del tránsito es una ley por convención: no es relevante si decidimos manejar por la izquierda o la derecha, lo importante es que todos sigamos la misma regla para evitar el caos. Un ejemplo de ley natural es: “No matarás”; en este punto “no matar” nos parece bastante racional y evidente que es malo quitar la vida de un inocente. A esto se refería Aristóteles, que existen reglas universales de conductas que podemos conocer, porque somos inteligentes y racionales.
Aristóteles y Tomás de Aquino4 situaban la ley natural por sobre la ley por convención, sosteniendo que pueden ocurrir situaciones donde la ley por convención puede atentar contra la ley natural, y mucha razón tenían. Reflexionemos sobre el caso de Adolf Eichmann, oficial alemán condenado a muerte por genocidio en la Segunda Guerra Mundial. Su defensa argumentaba primero: solo cumplía órdenes; y segundo: todo lo que hizo era perfectamente legal con las leyes alemanas de esa época (ley por convención). Eichmann fue el responsable de la muerte de miles de niños y adultos inocentes, sin ningún objetivo militar válido, y nunca mostró arrepentimiento en su juicio. Otro ejemplo, nuevamente, es la esclavitud, que ha existido desde que se tiene registro de la historia humana, y fue perfectamente legal por milenios y hasta un negocio institucionalizado. Estuvo tan arraigada en la sociedad, que Estados Unidos tuvo que librar una guerra civil para abolirla. Estos dos casos son testimonio de que la ley por convención puede agredir a la ley natural. Estas situaciones evidencian que, aunque la ley puede ser legal, también puede ser profundamente injusta.
Entonces, en la misma línea, podemos decir que la ley natural es un conjunto de reglas que conocemos, porque somos racionales y debemos intentar respetar. Suena fácil, pero complejo cumplir en la práctica. Para Tomás de Aquino hay que tratar de “hacer el bien y evitar el mal”. Suena evidente, pero la realidad es otra: hoy hay más de 50 conflictos armados, contrabando, asesinatos, tiroteos, secuestros, corrupción, robos, y toda clase de atrocidades cometidas por personas, que conocen perfectamente la ley natural.

Juicio de Adolf Eichmann en el tribunal de Beit Ha’am, Jerusalén.
(Fuente: Oficina de Prensa del Gobierno de Israel, GPO - Government Press Office).
Entonces ¿qué es bueno o malo? Cuando la razón no basta para aclararlo, la ética clásica propone algunos criterios. Uno de ellos es el principio del mal menor: debes buscar siempre el bien, y si no es posible y no tenemos alternativas, elegir el mal menor. Un ejemplo histórico es la experiencia de la imposición de la Ley Seca en Estados Unidos. Prohibir la venta y producción de alcohol acarreó graves problemas de crimen organizado y corrupción, por lo cual la sociedad decidió por el mal menor, autorizar y aceptar los daños que produce el alcohol, para evitar el contrabando y el crimen organizado (mal mayor). Tomás de Aquino también nos advierte que tengamos ojo, porque aunque el fin sea bueno, si las acciones que llevamos a cabo para lograr ese fin no son buenas, la acción es éticamente reprochable; el fin no justifica los medio como postuló Maquiavelo. Otro criterio es el principio de doble efecto; según este principio, una acción que tiene un efecto bueno y otro malo puede ser moralmente permitida si cumple con 4 condiciones: 1.- el acto en sí debe ser bueno o neutro; 2.- la intención debe ser lograr un efecto bueno; 3.- el efecto bueno debe ser proporcionalmente mayor al efecto malo; 4.- el efecto malo no debe ser el medio para alcanzar el efecto bueno. Es un resultado indirecto. Un ejemplo donde se aplican las cuatro condiciones de este principio es el caso de una mujer embarazada con cáncer de útero; el médico hará una histerectomía para salvar la vida de la madre, pero morirá inevitablemente el feto.
Aristóteles definió virtud como “hábito electivo que busca el término medio”. Es electivo porque se elige libremente, y término medio porque la virtud es un punto intermedio entre dos extremos, por ejemplo, la valentía. Las personas debemos ser valientes, pero si nos excedemos somos temerarios y ponemos en riesgo nuestra vida innecesariamente. Y la deficiencia es ser cobarde. Por lo tanto, hay que estar en el punto intermedio: ser valiente.

Todos felices con el fin de la Ley Seca en los Estados Unidos.
(Fuente: Archivo histórico del periódico estadounidense Chicago Tribune).
En la escuela ética tradicional, la virtud se divide en virtudes morales e intelectuales. La virtud moral es un hábito voluntario, donde la persona prudente toma decisiones guiada por razones correctas. La virtud está vinculada a la excelencia, apuntando a la excelencia máxima; nunca somos lo suficientemente virtuosos. Cuando tomemos una postura en un dilema ético, conviene preguntarse: ¿estoy actuando de la manera más virtuosa posible?
La conciencia moral juega un papel central aquí. Es un acto de la inteligencia humana que nos permite evaluar nuestras acciones a la luz de principios éticos aprendidos a lo largo de la vida. Sabemos si es correcto o incorrecto lo que hicimos, por eso podemos sentir remordimiento o tranquilidad después de actuar. Pepe grillo cumplía esta labor en la vida de Pinocho, siempre le estaba recordando lo que no es correcto. La conciencia es un acto de la inteligencia, con el cual podemos evaluar nuestras acciones. Sin inteligencia no hay conciencia, y sin conciencia no hay evaluación moral (Dennett, 1996).
En el marco de la guerra contra el terrorismo, declarada por Estados Unidos posterior al ataque a las Torres Gemelas, la operación Red Wings fue una misión militar llevada a cabo en Afganistán el 2005. Su objetivo era desarticular a un grupo talibán que cooperaba con Bin Laden. La operación fue ejecutada por un equipo de cuatro Navy Seals, que debían realizar vigilancia y luego coordinar un ataque aéreo.
Durante la misión, el equipo fue descubierto por pastores locales. Los soldados enfrentaron un dilema ético: dejarlos ir, arriesgándose a que alertaran a los talibanes, o matarlos para preservar la seguridad de la misión. El teniente a cargo optó por liberarlos, lo que resultó en que el grupo talibán los emboscara. En el enfrentamiento murieron tres de los cuatro soldados y posteriormente un helicóptero enviado en rescate del sobreviviente fue derribado, matando a 16 soldados adicionales.
Esta operación es recordada por el sacrificio de los caídos y por el debate sobre las decisiones éticas en combate. El único sobreviviente fue Marcus Luttrell, quien fue rescatado días después. Escribió un libro llamado “Lone Survivor”, en el cual concluye que hoy, sabiendo las consecuencias de todo lo que ocurrió, hubiera actuado de la misma forma, es decir respetando las reglas de la guerra. Explica en su libro que haber matado a los pastores locales para salvar la misión habría sido una carga demasiado pesada para su conciencia moral, y haber respetado las reglas de la guerra, con las consecuencias que tuvo, fue la decisión correcta.
Uno de los grandes dilemas éticos que enfrentamos hoy es el aborto. Aunque se ha practicado en muchas culturas desde hace siglos y milenios, la pregunta sobre si es lícito sigue siendo uno de los principales debates de la bioética. Le voy a adelantar la respuesta: para la ética clásica, la respuesta es un rotundo no. ¿Por qué? Primero revisemos la definición de aborto: “interrupción del embarazo cuando el embrión todavía no es viable fuera del vientre materno” (OMS, 2021)5 Si el embrión es viable, y la acción busca preservar su vida, se llama parto prematuro. Si la intención es terminar con la vida del embrión se llama aborto tardío.
Ahora recordaremos la definición de persona de Boecio: “Sustancia Individual de Naturaleza Racional”. Aplicaremos esta definición al embrión, para inferir si este es una persona o no.
Sustancia: Es lo que permanece a pesar del cambio. La sustancia asegura la identidad de la persona a lo largo del tiempo, independiente de los cambios físicos o emocionales que le afecten. La ciencia reconoce que los embriones sufren transformaciones significativas en cortos periodos de tiempo. Ahora, debido a estos cambios, ¿hay algo que permanece? Sí, la identidad del ser que se encuentra en gestación; es el mismo, solo que la ciencia le entrega distintos nombres según su etapa de desarrollo (óvulo fecundado, cigoto, blastocito, entre otras), pero todas esas denominaciones hacen referencia al mismo ser vivo. Por lo tanto, para la ética clásica el embrión es una sustancia.
Individual: Este concepto es uno de los argumentos más usados para defender el aborto. Se afirma que el feto no es un ser individual, sino un “anexo” del cuerpo de la madre. Desde el punto de vista científico esto no se sostiene, ya que el ADN del ser en formación es distinto al ADN de la madre. La genética ha definido que, desde el momento de la penetración del espermatozoide en el óvulo, los gametos de los padres forman una identidad biológica llamado cigoto, el cual ya es una vida individual distinta.
Naturaleza: Que existe algo común a todas las personas. El ser en gestación tiene un ADN propio distinto al de sus padres. Ese ADN es indudablemente de la especie humana. Académicos proabortistas abogan que el embrión no es ser humano hasta alcanzar cierta etapa de gestación. Aun así, posee algo en común con el resto de nuestra especie, porque si dejamos que el embrión se desarrolle siempre será de la especie humana.
Racional: Los académicos proabortistas argumentan que el embrión no posee racionalidad, no puede: tomar decisiones, aprender, leer, reflexionar, etc. Es un ser humano en potencia, y no le corresponden los mismos derechos que un ser desarrollado. Aristóteles rebatió esta idea hace más de 2.500 años; el error es suponer que una persona es de naturaleza racional, cuando está ejerciendo esa naturaleza racional. Pero una persona que está durmiendo o en coma no está realizando una actividad racional, y una persona que duerme o en coma no pierde su característica de persona.
El filósofo australiano Peter Singer, afirma que el hecho de que el embrión no pueda ejercer actividades racionales no implica que le neguemos su naturaleza humana. En consecuencia, para la ética clásica el aborto nunca es una acción buena ni justificable.
La eutanasia es otro dilema ético contemporáneo. Se define como: “acción u omisión que, por su naturaleza o en la intención, causa la muerte con el fin de eliminar el dolor” (Hamer, 1980). La eutanasia puede ser activa, dirigiendo acciones concretas para terminar con la vida; y pasiva, abandonar tratamientos requeridos para sostener la vida. En este punto, no tenemos dudas de que es una persona a la que se le aplicará la eutanasia, y desde la óptica de la ética clásica, provocar la muerte con o sin consentimiento es moralmente inaceptable, sin importar las circunstancias. El mismo caso para la pena de muerte; bajo esta mirada, nunca se puede considerar esta acción correcta.

Silla eléctrica para aplicación de la pena de muerte.
(Fuente: Gémini IA).
Los avances científicos han mejorado considerablemente la calidad de la vida humana, en ámbitos como la medicina, tecnología y la investigación genética. Es muy importante que la ética oriente la manipulación genética, también llamada ingeniería genética, para evaluarla desde un enfoque racional y objetivo. La ingeniería genética se refiere al “conjunto de técnicas encaminadas a transferir en la estructura de la célula de un ser vivo, informaciones genéticas que de otro modo no tendría” (Sgreccia, 2024).
Desde la perspectiva de la ética clásica, el primer principio que debe guiar la investigación genética es el “principio de vida y a la identidad genética”. En términos prácticos, si se debe suprimir una vida para salvar otra, no es éticamente tolerable. Parece lógico que desde el utilitarismo6 manipulemos genéticamente a una persona, incluso produciéndole daño, para investigarla y conseguir tratamientos que beneficien a muchas personas. Esta visión es inaceptable desde el punto de vista de la ética clásica.
El segundo principio es llamado “principio terapéutico”, que señala que el objetivo de la investigación genética y sus aplicaciones deben buscar siempre el bien de la humanidad. En consecuencia, la manipulación genética no debe, bajo ninguna circunstancia, orientarse al desarrollo de tecnologías destinadas a dañar a las personas.

La ingeniería genética debe ser guiada siempre por la ética.
(Fuente: Gémini IA).
El conocimiento de la ley natural no garantiza que las personas actúen bien en todo momento. Muchas veces decidimos no seguir la regla, porque no nos conviene o simplemente no queremos. Lo ideal es propiciar la formación de hábitos, entendidos como patrones de comportamiento que se desarrollan con la práctica constante, orientados a actuar de la manera más virtuosa posible al enfrentar un dilema ético.
En la ética clásica existe un punto de partida importante fundamental: no podemos conocer completamente el futuro, ni prever con certeza qué sucederá. Por ello, el carácter virtuoso es esencial para realizar el bien moral. La adquisición de buenos hábitos (virtudes) desde temprana edad es crucial, porque conduce a una buena vida moral. Si tenemos dudas conviene preguntarse: ¿estoy actuando de la manera más virtuosa posible? Si la duda persiste, aplicar las 4 condiciones del principio de doble efecto a nuestro dilema, y obtendremos la respuesta.
En este punto, debo comentar al lector, que, en la mayoría de los casos, actuaría de manera distinta a lo que propone la ética clásica. Tal vez, si usted está leyendo esto, piense algo similar. ¿Significa eso que soy una persona mala, un inmoral, o estoy loco? El filósofo inglés Thomas Hobbes7 sostenía que el ser humano es inherentemente malvado: un ser egoísta, guiado siempre por la violencia y el deseo de someter al otro. Argumentaba que era necesario un Estado fuerte que impidiera que las personas se hicieran daño unos a otros. Por otra vereda, Aristóteles pensaba que tendemos naturalmente a hacer el bien, aunque a veces no sabemos cómo hacerlo o, de forma consciente, decidimos obrar mal. Rousseau,8 por su parte, afirmaba que nacemos buenos y la sociedad nos corrompe. Tal vez los tres tengan algo de razón.
Existen también otras corrientes éticas, como el consecuencialismo, que define el bien y el mal de una acción según sus efectos, o el utilitarismo, evaluando qué curso de acción tiene mejores beneficios. Tal vez usted y yo no seamos intrínsicamente malos o inmorales, quizás simplemente pensamos como consecuencialistas o utilitaristas.
Después de esta breve reflexión sobre ética, quedan abiertas varias preguntas: ¿Qué opina usted sobre el aborto y la eutanasia?, ¿qué habría hecho en el caso de Eichmann?, ¿cómo habría actuado si hubiera sido el teniente a cargo de la operación Red Wing, sabiendo las consecuencias?, ¿qué opina de la pena de muerte?, ¿si manipulamos genéticamente a un humano, generándole dolor y sufrimiento para curar el cáncer, usted lo aprobaría?, ¿tomaríamos siempre la decisión moralmente correcta? Finalmente, y si estuviera enfrentado a resolver un dilema ético moderno, ¿usted qué haría?
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Año CXLI, Volumen 144, Número 1013
Julio - Agosto 2026
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