Revista de Marina
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Chilean military medicine in the War of the Pacific: Diseases and epidemics

Medicina militar chilena durante la Guerra del Pacífico: Enfermedades y epidemias

  • Received at: 02/11/2020
  • Published at: 23/12/2021. Visto 714 veces.
  • Abstract (spanish):

    Aunque poco mencionado en la historiografía de la Guerra del Pacífico, es de resaltar que de los casi 10.000 muertos que sufrió el ejército expedicionario en el transcurso de los cinco años que duró el conflicto, más de la mitad de ellos no lo hicieron combatiendo con las armas en la mano, sino que víctimas de enfermedades como la viruela, la fiebre amarilla, el dengue o el tifus.

  • Keywords (spanish): guerra del pacífico, Epidemias, medicina, Guerra del Pacífico.
  • Abstract:

    Although seldom mentioned in the history of the War of the Pacific, it is worth pointing out that, of the almost 10,000 deaths suffered by the Chilean expeditionary army during the five-year conflict, more than half of those victims did not die fighting with their guns, but against diseases such as smallpox, yellow fever, dengue, or typhus.

  • Keywords: War of the Pacific, Epidemics, medicine.

Cuando el investigador interesado en la Guerra del Pacífico analiza en detalle las bajas que el conflicto causó al Ejército y a la Armada de Chile, no puede dejar de impresionarse ante la elevada cantidad de fallecidos que las fuerzas chilenas sufrieron en los cinco años que duró este enfrentamiento (1879-1884).

La población de Chile, al iniciarse la guerra, alcanzaba un número aproximado de 2.440.000 habitantes, y el Ejército Expedicionario, a la fecha de la batalla de Lima (enero de 1881), sumaba alrededor de 26.400 hombres de un total de 41.400, si se agregan las reservas estacionadas en las provincias ya conquistadas y las tropas del centro y de la región de La Araucanía.

Finalizado el conflicto, y tomando las cifras proporcionadas por Mauricio Pelayo en su libro Los que no volvieron: los muertos en la Guerra del Pacífico, las bajas chilenas sumaron 9.253 muertos, 8.898 correspondientes al Ejército y 355 a la Armada (de las que cabe destacar que prácticamente la mitad se produjo en una sola acción naval: el combate de  naval de Iquique del 21 de mayo de 1879, siendo los restantes los caídos en los hundimientos de la Covadonga y del Loa, los muertos en los enfrentamientos entre torpederas, y los marinos muertos en el desembarco en Pisagua). Es preciso mencionar que las cifras de fallecidos de la Armada merecerían un mayor análisis, porque no se cuentan los caídos de las fuerzas de Artillería de Marina, que en las referencias aparecen sumados como una unidad del Ejército.

Esta elevada suma de muertos, para una fuerza armada como la descrita anteriormente, implica un porcentaje de sumo altísimo, pero lo que sorprende aún más, cuando se investiga la composición de estos caídos, es que de los 8.898 fallecidos del Ejército, solo 3.670 perecieron en acciones de combate, en tanto que de los restantes, 5228 soldados murieron como consecuencia de enfermedades. En lo que respecta a la Armada, de sus 355 bajas, 46 también fallecieron producto de enfermedades.

Ello implica, en cifras globales, casi un tercio más que los muertos en batalla, y que cayeron víctimas de otro enemigo aún más implacable: las tercianas, la viruela, la fiebre amarilla, el tifus, el dengue y otros padecimientos igualmente fatales.

Al momento de iniciarse el conflicto, el país contaba con una sola escuela de medicina, en tanto que el número de médicos sumaba alrededor de 300 profesionales. La organización militar chilena no tenía servicios de sanidad preparados para enfrentar un conflicto de la envergadura del que se desarrolló a partir de abril de 1879, y el Ejército apenas contaba con un pequeño hospital en Angol, además de algunas paupérrimas instalaciones sanitarias en la región de La Araucanía, necesarias en virtud del permanente estado de guerra en la zona.

La Armada, por su parte, aunque disponía desde su creación de un servicio de sanidad naval, carecía de dotaciones completas de cirujanos navales para todas sus unidades.

Tampoco había hospitales militares ni navales en Valparaíso y en Santiago, y cuando los heridos comenzaron a llegar se habilitaron salas en los hospitales civiles, las que pronto se hicieron insuficientes, lo cual forzó la creación de los llamados hospitales de sangre, que fueron organizados y pagados privadamente. Una vez conocidos los detalles del combate naval de Iquique, el fervor patriótico, afortunadamente, motivó el entusiasmo de médicos y estudiantes de medicina por colaborar con el Gobierno y sus fuerzas armadas, creándose una comisión en la escuela de medicina que propuso un plan de organización del servicio médico militar, redactándose un reglamento y una nómina del personal médico en campaña, poniendo a la cabeza, como cirujano jefe del Ejército Expedicionario, al doctor Nicanor Rojas, profesor de la Cátedra de clínica Quirúrgica, quien el 19 de mayo de 1879 se embarcó al Norte con un grupo de sus alumnos.

La comisión en cuestión diseñó un sistema que consistía en un servicio sanitario por regimiento, los que ya tradicionalmente tenían médicos asignados, proveyéndolos de dos cirujanos que acompañaban a las tropas durante el combate haciendo vida de campaña con ellas; de un servicio de ambulancias que seguiría los desplazamientos del ejército en campaña, encargándose de los primeros cuidados médicos durante las batallas y del traslado de los heridos a hospitales de evacuación en la retaguardia para un tratamiento más definitivo; y designando, además, a un grupo de hospitales de término adonde se trasladarían los heridos para su recuperación final, ubicados principalmente en Valparaíso y Santiago, y en otras ciudades, en razón del origen de las tropas (a modo de ejemplo, los heridos del batallón Atacama fueron atendidos en el hospital montado en Copiapó).

Pedro Regalado Videla.

Cada ambulancia (que era en realidad una suerte de hospital móvil), dispondría de un cirujano jefe y de dos cirujanos ayudantes, además de cuatro practicantes, 12 camilleros y de un contralor, con capacidad para atender a 200 heridos. Esto, sobre la base de una estimación de atención al 10% de los efectivos en campaña, lo que resultó muy inferior al número de bajas y de enfermos, que llegó a superar el 20%. El financiamiento y equipamiento de las ambulancias se obtuvo parcialmente a través de donaciones de particulares, siendo Valparaíso la primera ciudad en organizar y donar una al ejército.

Los médicos tenían sueldos equivalentes a los de los oficiales, pero sin ostentar la autoridad intrínseca al mando, lo que causó continuos problemas por tratarse básicamente de civiles ajenos a la cultura castrense. Sin embargo, durante el primer año de la guerra, este cuerpo sanitario del Ejército llegó a contar con 25 cirujanos primeros, 53 cirujanos segundos, 118 practicantes (la mayoría, estudiantes del 4° año de medicina) y 12 farmacéuticos, además de personal de apoyo.

En lo que respecta a la sanidad naval, en el año 1879 ingresaron 19 profesionales al servicio médico de la Armada de Chile, incluyendo al recién licenciado doctor Pedro Regalado Videla, quien sería el primer médico caído en acción al resultar muerto por un proyectil del Huáscar, cuando servía en la Covadonga, en las primeras horas del combate naval de Iquique.

No obstante estas preparaciones sanitarias, para el Ejército chileno de la época disponer de un cuerpo médico adecuado no era una prioridad, al extremo de que para el desembarco en Pisagua, el 2 de noviembre de 1879, los mandos militares decidieron no embarcar las ambulancias, las que se dejaron en Valparaíso, arribando recién el 19 y 20 de ese mes, lo que implicó que los heridos en esa acción fueron atendidos por los cirujanos de la escuadra y por los médicos de la ambulancia boliviana destacada en dicho puerto y que acompañaba a sus tropas.

Después de la batalla de Dolores, en la que cayó el médico Pedro Argomedo, se recibieron 180 heridos, 150 de los cuales se trasladaron al Sur en el transporte Copiapó en condiciones sanitarias más que inadecuadas, por decir lo menos, apilados en bodegas mal ventiladas, poco iluminadas, plagadas de insectos y ratas, con un solo médico a cargo y con medicinas y elementos de curación insuficientes. Ello, dada la alta mortandad, fue posteriormente corregido de forma parcial, estableciendo luego de la ocupación del puerto de Iquique un depósito general de medicinas y útiles de hospital para servir a los hospitales de campaña de Antofagasta y Pisagua. Pero, aun así, el Ejército en su marcha al interior no contó con una ayuda sanitaria adecuada, y las ambulancias quedaban usualmente rezagadas en los lugares de desembarco, lo que produjo situaciones como las de la batalla de Tarapacá, en que los 179 heridos chilenos quedaron abandonados a su suerte durante tres días, mezclados con los 508 soldados chilenos muertos en el campo de batalla. Paradojalmente, los oficiales chilenos heridos fueron atendidos por la ambulancia peruana que había quedado inmovilizada en la zona del combate.

Unidad médica

Los enfermos comenzaron entonces a aumentar como consecuencia de los problemas de salubridad, de alojamiento y de alimentación. Sobre este último punto cabe destacar que la dieta del soldado en campaña estaba basada en un rancho de víveres secos, consistente en harina tostada, charqui, chancaca y galletas marinas, lo que sumado a la mala calidad del agua de bebida, escasa además, se tradujo en un grave trastorno por enfermedades gastrointestinales, ya que no existía ningún control sanitario sobre la alimentación que recibían las tropas.

Todo ello forzó a que finalmente se reorganizara el servicio médico militar, designándose como su jefe, en diciembre de 1879, al Dr. Ramón Allende Padín, quien a la sazón contaba con 34 años de edad y que era presidente de la Sociedad Médica de Santiago. 

Ya en territorio peruano, las tropas chilenas enfrentaron a un enemigo invisible, tan letal como el enemigo de uniforme que defendía su territorio invadido, y que era desconocido para estas tropas que, provenientes de un país de clima mediterráneo, no conocían enfermedades propias de las zonas tropicales y subtropicales donde les tocó combatir. Enfermedades como la malaria, el paludismo, el dengue, la fiebre amarilla, la disentería y la peste bubónica, a la que se sumó, posteriormente, una dolencia propia de la zona serrana conocida como verruga peruana, empezaron a diezmar a estos hombres, aquejados además de una falta crónica de médicos y de medicamentos adecuados, y obligados a sufrir condiciones sanitarias absolutamente precarias.

Las tercianas, una variedad de fiebre palúdica que provocaba en los infectados elevadas temperaturas, debilidad y eventualmente la muerte, se describían como “una fiebre maligna de las costas del Perú que solía durar años, extenuando tanto, que aún hasta los más fuertes y robustos terminaban muriendo en medio de vómitos.” La viruela fue otro mal que también aquejó al Ejército Expedicionario, causándole una alta mortandad.

Soldado enfermo de verruga peruana.

Luego de la caída de Lima, la ya mencionada campaña de la sierra fue la más penosa que debió enfrentar el Ejército de Chile. Entre los años 1881 y 1883 chilenos y peruanos se enfrentaron en un territorio agreste en los contrafuertes andinos, escasos de alimentos y expuestos al rigor de un clima despiadado, causante de infecciones de toda índole, partiendo por una epidemia de tifus propagada por el contacto con parásitos como piojos y pulgas que provocaba dolores corporales y erupciones, y otra de fiebre amarilla, transmitida por mosquitos, que causaba fiebre, dolor de cabeza y náuseas, además de vómitos, generando problemas renales, hepáticos y cardíacos con consecuencias fatales para las tropas chilenas, reduciéndolas -como lo describió el capitán Pedro Varas del Regimiento Concepción- “a un lamentable estado de postración lejos ya de esos bizarros y brillantes cuerpos de infantería que acometieron resueltos y animosos contra la metralla y las minas explosivas de los campos de Chorrillos y Miraflores,” concluyendo que “este terrible azote nos ha causado más bajas a las fuerzas de ocupación del norte del Perú que las millares de balas disparadas contra nosotros en los campos mencionados.” La verruga peruana, de la que ya se ha hablado, transmitida por la picadura de un mosquito, causó estragos con unos síntomas que se traducían en el sangrado de unas espantosas verrugas, fiebre elevada, malestar general con dolor de articulaciones y músculos y anorexia, entre otras dificultades. A modo de ilustración, un parte del Ejército, cubriendo el período desde el 1° de julio de 1882 al 1° de julio de 1883, registraba 149 muertos en acciones de guerra y 603 por infecciones epidémicas. El total de licenciados por invalidez alcanzó la cifra de 2.998 hombres.

Diversos informes dan fe de esta trágica situación, al extremo que el coronel Estanislao del Canto, al mando de 4.000 hombres distribuidos entre Pasco y Huancayo, en la sierra de Lima, advirtió, en mayo de 1881, que “es de absoluta necesidad mejorar el servicio de hospitales, donde diariamente experimentamos una a dos víctimas por enfermedades.” Por su parte, el almirante Patricio Lynch, comandante de las fuerzas de ocupación en Lima, informaba al ministro de Guerra en Santiago, en mayo de 1882, que “en Junín hemos perdido más de 300 hombres víctimas de la epidemia de tifus.” Ello lo llevó a decretar, en junio del mismo año, el retiro de las fuerzas de Huancayo llevándolas a Jauja, Tarma y Oroya, agregando que los enfermos en los hospitales de Lima habían subido a 3.000 durante los meses de febrero, marzo y abril, como resultado de la expedición al interior, causando alrededor de 400 bajas.

Soldado amputado.

Cabe entonces llamar la atención sobre un hecho poco divulgado cuando se habla de las bajas chilenas, porque el mismo Ejército de Chile, al referirse a sus caídos en la Guerra del Pacífico, rara vez menciona que de sus casi 10.000 muertos en el conflicto, más de la mitad de ellos no fallecieron precisamente con las armas en la mano, sino que postrados en una sucia litera, o en el suelo de un paupérrimo hospital de sangre, cubiertos por un poncho o en la bodega de algún vapor que los llevaba de regreso a una patria que jamás alcanzarían a ver, y que más tarde que temprano los olvidaría.

Podemos concluir confirmando la conocida cita de que las guerras tienden a mostrar lo mejor y lo peor de los seres humanos, y que las condiciones en que murieron estos aguerridos soldados sólo puede asociarse al segundo caso.



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BIBLIOGRAFÍA:


  1. Huete Lira, Isidro – “La medicina militar chilena durante la guerra del pacifico (1879-1884)”
  2. Ibarra Cifuentes, Patricio – “Enemigo al acecho: enfermedades y epidemias en la guerra del pacifico”
  3. Lira Belmar, Rodrigo – “Medicina militar durante la guerra del pacifico”
  4. Pelayo González, Mauricio – “Los que no volvieron: los muertos en la guerra del pacifico”



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