El combate naval de Abtao, librado el 7 de febrero de 1866, enfrentó a buques de la escuadra española con fuerzas navales aliadas del Perú y Chile. El artículo analiza el contexto político y diplomático que condujo a la formación de la alianza, así como los preparativos navales y el desarrollo del enfrentamiento. A partir de fuentes historiográficas, se sostiene que la acción constituyó una victoria táctica aliada al impedir el objetivo español y preservar la integridad de la escuadra combinada.
On February 7, 1866, the Naval Battle of Abtao pitted elements of the Spanish Navy against the allied naval forces of Peru and Chile. This article examines the alliance’s political and diplomatic framework and the conduct of the battle. Drawing on historiographical sources, it argues that the engagement was a decisive tactical victory for the allies, as they successfully neutralized the Spanish offensive and preserved their fleet, thereby thwarting the Spanish goal of naval supremacy in the region.
El 7 de febrero de 1866 se llevó a cabo el originalmente denominado combate de Challahué, pero que el tiempo ha impuesto por nombre como el combate naval de Abtao.
Los contrincantes fueron por un lado dos buques de la Real Armada de España, mientas que por el otro la escuadra aliada de los países de Perú y Chile. El resultado fue una victoria táctica sudamericana luego de un intenso intercambio artillero.
Al día de hoy, 7 de febrero del 2026, este encuentro naval se ha convertido en un símbolo de identidad binacional con alcances en la retórica de la seguridad regional frente a una amenaza en común. En otras palabras, es uno de los claros ejemplos propios del siglo decimonónico que evidencian que, ante una causa común, dos o más repúblicas pueden unirse en aras de un futuro –por momentáneo que sea– mejor.
España no es ya una amenaza para ninguna de sus antiguas posesiones sudamericanas; dejó de serlo durante la segunda mitad del XIX. Pero el ejemplo de los sucesos que nos llevaron a Abtao son evidentes y sirven como lecciones al presente. Esto es interesante ponerlo de relieve, puesto que lo pretérito sí da enseñanzas para quienes quieran mirar hacia atrás para solucionar problemas actuales y avanzar hacia el mañana. Suena a verdad de Perogrullo, pero a veces lo evidente no es visible a simple vista.
Desde el lado peruano –que es la óptica que utilizaré en el presente trabajo–, la historiografía naval ha destacado el liderazgo del capitán de navío Manuel Villar, al mando de los buques de ambas armadas, así como la audaz estrategia diplomática puesta en movimiento por la república de Chile para convencer a las autoridades peruanas a firmar el tratado Defensivo-Ofensivo.
Dicho esto, bien se puede citar al historiador peruano Jorge Basadre, quien sostuvo que en torno a los factores que desencadenaron el conflicto internacional que enfrentó a Bolivia, Chile, Ecuador y Perú con el reino de España, propuso una tipología explicativa dividida en causas “ocultas” y “visibles”. Entre las primeras subrayó los intereses y presiones derivados de la política interna que propiciaron posturas enérgicas en el ámbito internacional. Entre las segundas destacó la imprudencia, la inclinación a generar o exacerbar tensiones e incluso las excentricidades de algunos diplomáticos implicados en las negociaciones entre España, el Perú y Chile (Basadre 1961 III: 1466).
En el marco de los preparativos defensivos adoptados al inicio de la crisis diplomática de 1864 —previa a la ocupación de las islas Chincha el 14 de abril de ese año— se dispuso el envío de oficiales navales peruanos a Europa para gestionar la adquisición de unidades en previsión de una eventual guerra con España (Laguerre 2017, 17). El capitán de corbeta Aurelio García y García y el teniente primero Miguel Grau viajaron a Londres en enero de 1864 con ese propósito. Posteriormente fue comisionado con idéntica misión el capitán de navío José María Salcedo, cuya opinión recibió carácter decisivo (Basadre 1961 IV: 1522) (Gonzáles Dittoni 1961).
Producto de esta previsión –aunque más que previsión fue una reacción, acertada, pero al fin de cuentas reacción– del gobierno del general peruano Juan Antonio Pezet, la escuadra peruana pudo contar con buques modernos como las corbetas gemelas Unión y América, comandadas por los teniente primero Miguel Grau y el capitán de corbeta Juan Pardo de Zela, a las que se sumarían –arribarían al océano Pacífico luego del combate naval del 2 de mayo del Callao– la fragata Independencia comandada por el capitán de corbeta Aurelio García y García, y el monitor Huáscar, este último comandado por un oficial de la Armada Peruana nacido en Chile, me refiero al capitán de navío José María Salcedo, a quien la historiografía del Perú le reconoce su profesionalismo, carácter y servicio al país, más aún, de ser de los primeros en incorporarse a la escuadra peruana en tiempos iniciales de la república.
Mientras las dotaciones de estas unidades navales peruanas se encontraban alistándose para retornar al Pacífico, el gobierno de Pezet fue depuesto por el prefecto de la ciudad de Arequipa, el coronel Mariano Ignacio Prado, quien llegaría a ser nombrado dictador el 28 de noviembre de 1865. El historiador naval Jorge Ortiz sostuvo que con la caída de Pezet y el nuevo orden de cosas, retornaron a Chile la “columna de 138 voluntarios, que al mando de Patricio Lynch y Roberto Souper habían arribado al Callao a fines de 1864 para contribuir en la defensa del Perú”, y que habían sido destinados al pontón Ucayali (Ortiz Sotelo 2014, 124).
Por otro lado, el 24 de septiembre de 1865 la Cámara de Diputados de Chile facultó al Poder Ejecutivo para declarar la guerra a España (Wagner 1981: 279). A partir de esta decisión, la cancillería de Chile dispuso el envío de agentes diplomáticos a distintos países del continente con el propósito de recabar respaldos. Así, Benjamín Vicuña Mackenna fue comisionado a Estados Unidos de Norteamérica; Manuel Antonio Matta a Colombia y Venezuela; y Domingo Santa María al Perú (Barrios 1970: 226).
Durante el trayecto hacia sus respectivas misiones, Vicuña Mackenna se adelantó algunos días a Santa María y arribó primero a territorio peruano, donde entabló contacto con José Gálvez Egúsquiza, reconocido ideólogo del liberalismo y estrecho colaborador de Prado. El 10 de octubre sostuvo en Pisco (al sur de Lima) una reunión con Mariano Ignacio Prado y el capitán de navío Lizardo Montero, con el objetivo de evaluar la eventual remisión a Chile de una parte de la escuadra peruana.
Por su parte, el agente extraordinario con rango ministerial Domingo Santa María, a su arribo al Perú, logró una inserción particularmente influyente en los círculos limeños, superando a quienes lo habían precedido. Convencido de que la vacilación política resultaba perjudicial para el país, orientó decididamente su respaldo hacia Prado, con quien mantenía una relación personal cercana (Barrios 1970: 228). En ese contexto, halló coincidencias con los proyectos impulsados por él, Lizardo Montero, Pedro Diez Canseco y el canciller del movimiento revolucionario José Manuel La Puente, establecidos en Chincha Alta. Dichos planes contemplaban el envío de unidades de la Armada peruana a Chile como expresión de solidaridad regional frente a España. La instauración de la dictadura de Prado otorgó a la misión diplomática de Santa María —según se ha señalado— sólidas perspectivas de éxito (Wagner 1984: 304).
Es necesario leer el Artículo III del Tratado de Alianza Ofensiva Defensiva con relación al mando y jerarquía entre los marinos (peruano, chilenos y extranjeros), considerando las aguas donde navegaría la Escuadra Aliada. Nótese que el término extranjero se emplea para indicar a la persona no oriunda de los países firmantes:
“Las fuerzas navales de ambas Repúblicas, sea que obren en combinación o separadamente, obedecerán, mientras se mantenga la presente guerra, provocada por el Gobierno español, al Gobierno de aquella en cuyas aguas dichas fuerzas navales se hallaren. El jefe de mayor graduación, y, en caso de haber muchos de una misma graduación, el más antiguo entre ellos que se encontrara mandando cualquiera de las escuadras combinadas, tomará el mando de ellas, siempre que dichas escuadras obraren en combinación. Sin embargo, los Gobiernos de ambas Repúblicas podrán conferir, de mutuo acuerdo, al Jefe nacional o extranjero que consideren más competente” (Wagner 1981: 314).
Sobre el éxito del envío de las fuerzas navales peruanas a Chile, Basadre no está a favor de la supuesta gran influencia que Santa María tuvo en los hombres de la dictadura. Por el contrario, los presenta imbuidos por las circunstancias externas e internas que hicieron confluir los intereses de estos liberales con los de Chile. Por ello, cuando Prado declaró la guerra contra España, el 13 de enero de 1866, sostuvo en ese decreto:
“Que independientemente de los motivos especiales que tiene el Perú para exigir al gobierno de España la reparación de las graves ofensas que le ha irrogado, ha debido reputar y reputa como suya la cuestión que ese gobierno ha promovido a Chile, y, en consecuencia, se ha firmado, aprobado y ratificado un tratado de Alianza ofensiva y defensiva entre ambas Repúblicas [...] Art. I. Se declara a la República en estado de guerra con el Gobierno de España” (Aranda 1896 VI: 712).

Pintura del Combate Naval de Abtao, en exhibición en el Museo Naval del Ministerio de Marina del Reino de España, Fragatas de Blanca y Villa de Madrid.
(Fuente: Wikimedia Commons).
El 3 de diciembre de 1865 partieron del Callao con destino a Valparaíso las fragatas Apurímac y Amazonas bajo el mando de los capitanes de navío Manuel Villar y Hercilio Cabieses. Las corbetas América y Unión estuvieron al comando de los capitanes de corbeta Manuel Ferreyros Senra y Miguel Grau Seminario (Cabello 1866: 221; Wagner 1981: 316). Posteriormente, el 19 de enero de 1866, José Gálvez Egúsquiza, ya en su calidad de ministro de Guerra y Marina, actualizó las instrucciones dirigidas al capitán de navío Villar, subrayando la observancia del artículo III del Tratado de Alianza Ofensivo-Defensivo suscrito con Chile el 5 de diciembre de 1865, vigente hasta enero de 1868 (Romero Pintado 1984 II: 699).
De acuerdo al historiador naval peruano Fernando Romero (1984 II, 546), “los gobiernos aliados establecieron un plan estratégico Huáscar>>. En virtud de tal acuerdo salieron hacia Chiloé, como se ha dicho, nuestras fragatas Amazonas y Apurímac y nuestras flamantes corbetas América y Unión”.
Combate Naval de Abtao, 7 de febrero de 1866.
(Fuente: Archivo Histórico y Biblioteca Central de Marina del Perú).
A bordo de la Amazonas y de la Apurímac estuvieron los agentes confidenciales de Chile ante el gobierno del Perú Carlos Walker Martínez y Rafael Sotomayor, respectivamente. De las apreciaciones de este último sobre la situación de la moral y alistamiento de las fuerzas navales peruanas, que recoge Fernando Romero Pintado, se desprende que esta empresa humana no fue “flat” ni sencilla, sino que demandó mucho esfuerzo, convicción, liderazgo y perseverancia para sobrellevar las dificultades propias de estas operaciones en contexto de inestabilidad política con ecos en las instituciones (Romero 1984 II, 549-552). Y si a indicadores nos referimos, el que salva la situación fue la victoria táctica lograda en el combate naval de Abtao del 7 de febrero de 1866.
De acuerdo con Romero Pintado, cuatro días antes del combate, las corbetas América y Unión comandadas por los ahora capitanes de fragata Manuel Ferreyros y Miguel Grau, respectivamente, ingresaban a Abtao trayendo a bordo de la primera al capitán de navío Manuel Villar, quien era el Jefe de la Escuadra de Operaciones Navales del Perú. A los pocos días, la Villa de Madrid y la Blanca, buques españoles, avistaron los mástiles y humos de los buques aliados, dando inicio al combate naval. A decir de Romero “fue en un estrecho canalizo natural situado entre la península Challahué y la isla Abtao, ambos en la ensenada Codihue del golfo de Ancud, donde se libró el primer encuentro naval entre los buques de la Alianza y los buques españoles” (1984 II, 559).
A las 1615 horas inició el combate entre los dos buques hispánicos y los cuatro aliados conformados por la Apurímac, Unión, Covadonga y América, durando una hora y quince minutos. Al momento del inicio del combate, el capitán de navío Juan Williams, quien a la sazón era el comandante de la escuadra aliada, no se encontró durante el combate por hallarse de comisión a bordo de la Esmeralda para traer víveres y un batallón de infantería de Marina para reforzar las defensas del apostadero (Romero 1984 II, 566) (Ortiz Sotelo 2014, 125).
De acuerdo con el parte de Manuel Villar, quien asumió la comandancia de la escuadra aliada, entre ambos bandos se intercambiaron 1500 tiros. En esa misma línea, la Blanca recibió seis tiros y la Villa de Madrid nueve, mientras que la Apurímac cinco disparos, la América cuatro, la Unión tres y la Covadonga uno.
Jorge Ortiz recoge las diversas apreciaciones respecto al resultado del combate naval de Abtao y que van desde un enfrentamiento sin importancia hasta una clara victoria aliada. Sin embargo, quien escribe estas líneas concuerda con el mencionado autor cuando señala que “las fragatas españolas fracasaron en su objetivo de destruir a los aliados, mientras que estos logran lo que perseguían: conservar su integridad para unirse luego a los blindados, lo que les daría una mayor posibilidad de éxito en un encuentro futuro. Esto, en términos militares, es una victoria, y tal es el calificativo que le cabe a la acción que peruanos y chilenos lograron en Abtao” (Ortiz Sotelo 2014, 128).
Este año que se recuerdan 160 años de aquel combate, bien vale reflexionar respecto a la potencialidad que el trabajo combinado, el profesionalismo, la confianza mutua y la mira en el futuro pueden traer para instituciones navales que comparten un espacio común y que se enfrentan a retos que no reconocen fronteras ni límites fronterizos.
La historia de nuestras instituciones navales encuentra puntos de encuentro como los que hoy se recuerdan y que nuestros respectivos comandantes generales/comandantes en Jefe han buscado poner en relieve con su visita conjunta al lugar geográfico donde Grau, Prat, Condell, Ferreyros, Mariátegui y muchos más se unieron con valor para cooperar por la seguridad naval sudamericana.
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Año CXLI, Volumen 144, Número 1013
Julio - Agosto 2026
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