Revista de Marina
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Bajo la lluvia de mayo

  • Fecha de publicación: 15/01/2026. Visto 90 veces.

El 21 de mayo de 1984… ¿o fue el ’85?. Valparaíso, siempre creativo, decidió poner a prueba la disciplina naval con un método poco ortodoxo: un diluvio digno de epopeya, como si el mismísimo océano quisiera rendir homenaje a los héroes de Iquique.

Debe haber sido el ’84, año del fenómeno del Niño, uno de los más lluviosos del siglo.

La orden del Director de la Escuela fue tajante: la lluvia no existía. Al menos no para nosotros, los cadetes, alineados con la rigidez estoica de una escuadra de mármol. Recuerdo a varios carretas: el Mao, el Gato, Gimba, Beta, el Guatón Fuenza y el resto de los futuros “88”, todos compartiendo la experiencia de cumplir con el deber bajo una cortina de agua digna del Paso Drake.

Las gorras, que por la mañana estaban perfectamente ajustadas, se transformaron en embudos especializados en canalizar la lluvia directo a nuestras nucas (¡cómo nos corría el agua por la espalda!). Formamos y desfilamos de azul cerrado, que pronto se convirtió en una esponja naval. Los pantalones negros, impecablemente planchados, adquirieron un elegante tono café-grisáceo, cortesía del barro y la lluvia. Y los botines de cadete, supuestamente diseñados para aportar firmeza y seguridad, se convirtieron en pequeñas piscinas donde los pies flotaban con la dignidad de marineros a la deriva.

Uno de los futuros “88”, que muchos años después llegaría a ser Contralmirante, quedó con el pie derecho atrapado en un hoyo lleno de agua, justo en la reja de un desagüe por donde corría un río de aguas grises provenientes de los cerros. Estuvo más de dos horas recibiendo todo tipo de “cuerpos” extraños. Años después contaba que le creció una granja de champiñones de exportación en los pies. Dicen que recién como Capitán de Navío logró erradicar los hongos que le dejó aquella jornada.

El Guatón Fuenza, con su pragmatismo de sobreviviente, optó por moverse lo menos posible, como si la inmovilidad redujera la absorción de agua. El Mao mantenía su clásica expresión sufrida, como si aquella lluvia fuera parte de una tradición ancestral y no un castigo meteorológico. El Beta, más filosófico, afirmaba que aquello no era un desfile, sino una prueba de carácter impuesta por Poseidón.

La tercera escuadra de la Pitufo Compañía, en un acto de genialidad táctica, se subió a la vereda. Al menos ellos evitaron que se les inundaran los pies. Y ahí estaba yo, pensando que mi familia, lejos de este aguacero, seguía la ceremonia desde España. No por comodidad ni capricho, sino porque el deber había llevado a mi viejo a servir a la patria más allá de nuestras fronteras. Mientras ellos honraban a los héroes desde la distancia, yo lo hacía aquí, en la cuna de la historia naval, demostrando que el honor y la disciplina pesaban más que los litros de agua acumulados en la tenida de parada.

Cuando todo terminó y la ovación se confundía con el estruendo de las gotas sobre los adoquines de Valparaíso, nos retiramos con paso firme. El Director, imperturbable, y dando ejemplo, tomó la delantera marchando bajo la lluvia con la misma compostura que si fuera un día soleado. Ni una mueca de incomodidad, ni una señal de que la tormenta le afectara. Y detrás de él, nosotros, los cadetes, con los pantalones empapados, las gorras deformadas y los botines sonando como flautas desafinadas, pero sabiendo que habíamos cumplido con nuestro deber. Desfilamos con honor, respetamos la disciplina y, lo más importante, sobrevivimos sin que nos salieran branquias.

Al llegar a la Escuela, nos recibieron con café con chica, como si supieran que no veníamos de un desfile, sino de una epopeya.

Como todas las tenidas de parada estaban empapadas, los dormanes se destiñeron y las pecheras, desprovistas ya de cualquier traza de almidón, terminaron teñidas de ese típico color añil que cariñosamente llamamos “morado naval”. A pesar de los esfuerzos heroicos de las señoras de la ropería, fue imposible secar y planchar para todos, así que ese franco fue con tenida de servicio y capa… una combinación extraña, porque el chaquetón era solo para la tenida de cuartel y no se podía usar para salir franco. Parecíamos una mezcla entre marinos y detectives de película negra.

Las semanas siguientes fueron prueba irrefutable del sacrificio. La enfermería colapsó. Había más cadetes resfriados que sanos, y entre toses y narices congestionadas, Benzeta-Aguirre (el doctor) encontró su momento de gloria: armado con jeringas y una autoridad incuestionable, se dedicó a administrar inyecciones con una eficiencia que rozaba lo despiadado. Algunos juraban que la recuperación dolía más que la enfermedad. A la semana siguiente, varios fueron dados de baja a domicilio… yo no estuve entre esos afortunados que se fueron “a sufrir” a casa, porque tuve la mala suerte de no enfermarme.

Un carreta dice que todos los años cuenta esta historia en su casa, y que no sabe si realmente le creen. Ahora tendrá un testimonio escrito para leer en la celebración familiar.

Ese diluvio jamás se olvidará.

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