Revista de Marina
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  • Fecha de publicación: 30/12/2025. Visto 266 veces.
  • Resumen:

    El 4 de septiembre de 2015, en medio del sofocante calor caribeño, una pequeña Unidad del Batallón Chile XXIII enfrentó una emboscada en Haití, atacada por motoristas armados y cercado por barricadas hostiles. En una escaramuza violenta y extenuante, los Infantes de Marina impusieron su temple y preparación ante un adversario numeroso, consagrando bajo el elocuente nombre de Un puente demasiado lejos. Su acción preservó la credibilidad de MINUSTAH y el honor operativo de Chile en tierra extranjera.

  • Palabras clave: Minustah, Motards, batallón, movilidad, puente.
  • Abstract:

    On September 4, 2015, amidst the oppressive Caribbean heat, a small Unit of the Chilean XXIII Battalion came under ambush in Haiti. Attacked by armed motorcyclists and encircled by hostile barricades, the Marines engaged in a violent and exhausting skirmish. Their resolve and professional preparation were key to overcoming a numerically superior adversary. This critical engagement was consecrated under the eloquent name “A Bridge Too Far,” safeguarding both the credibility of MINUSTAH and the operational honor of Chile on foreign soil.

  • Keywords: Minustah, Motards, battalion, mobility, brigade.

La Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH), desplegada a la isla en el año 2004 para sofocar la grave crisis política desatada tras la salida del presidente Jean-Bertrand Aristide (Consejo de Seguridad, 2004), tenía como mandato nada menos que establecer un “entorno seguro y estable”, en coordinación con la Policía Nacional de Haití (PNH); “apoyar el proceso político y electoral”, facilitando la transición democrática; “fortalecer las instituciones del Estado de derecho”, incluyendo la policía, la justicia y los derechos humanos; “promover el desarrollo socioeconómico y la asistencia humanitaria”; y, por último, “desarmar, desmovilizar y reintegrar a elementos armados ilegales” (DDR), todo ello en el corazón más convulso del Caribe. Así, la República de Chile, convocada a ese empeño, mantuvo allí su enseña durante más de catorce años ininterrumpidos, sosteniendo —a ocho mil kilómetros de la patria— la operación militar más prolongada y distante de su historia republicana.

En octubre de 2014, la Resolución 2.180 del Consejo de Seguridad de la ONU marcó un punto de inflexión en la configuración de la MINUSTAH. Con la voluntad de transitar hacia una estabilización sostenida por capacidades locales propias, se autorizó una reducción significativa de efectivos —de 5.021 a 2.370 militares— y una reorganización del despliegue en solo tres batallones multinacionales: el brasileño (BRABAT), el combinado uruguayo-peruano (URUPERBAT) y el chileno (CHIBAT). Esta reconfiguración apostó por una fuerza más ágil, con alta movilidad táctica, pero también con responsabilidades territoriales ampliadas en un entorno que seguía siendo volátil y peligroso. Para el CHIBAT, esa amenaza no era hipotética; pocos meses antes, había perdido a uno de sus integrantes en operaciones reales, un hecho que impregnaba cada patrullaje con la conciencia viva de que el riesgo no era una posibilidad, sino una certeza operativa.

En efecto, la retirada de varios batallones y el subsiguiente redespliegue de los restantes, transformaron la cartografía operativa del CHIBAT XXIII en una empresa casi titánica: de custodiar una zona de 2.115 km², la unidad pasó —de manera súbita— a cuadruplicar su área de responsabilidad, alcanzando los 9.205 km², con el mismo contingente. Esta nueva jurisdicción trazaba un amplio arco territorial que abarcaba tres regiones clave del norte haitiano: el Departamento de Artibonito, con capital en Gonaïves; el Departamento Norweste, con capital en Port-de-Paix; y el Departamento Norte, cuyo centro político y logístico era Cap-Haïtien, al que los chilenos, con natural familiaridad, llamaban simplemente “Cabo Haitiano”. Así, el Batallón Chile XXIII debió operar en un teatro de operaciones extenso, fragmentado y desafiante, donde cada kilómetro implicaba complejidad táctica, diversidad cultural y volatilidad política. Rutas erosionadas, puentes precarios y poblados donde los susurros civiles se confundían con estampidos de violencia delineaban el entorno operacional. En esa red frágil, surcada por la estratégica Ruta Nacional 1, CHIBAT XXIII descubría cuán grande puede ser la distancia entre una resolución internacional y la cruda fricción del combate real.

Un liderazgo truncado

El 30 de agosto de 2015, en pleno vuelo comercial rumbo a su patria, el Teniente General brasileño José Luiz Jaborandy Jr., Force Commander de la MINUSTAH (Comandante de la misión militar), sucumbió inesperadamente a un infarto. Su muerte —repentina y, en términos simbólicos, telúrica para la misión— privó a la fuerza militar de un líder cuya energía, gran carisma y autoridad moral habían cimentado la cohesión de toda la componente militar. De esta forma, el 3 de septiembre en Puerto Príncipe —capital de Haití— se convirtió en el escenario de una ceremonia fúnebre de inusitada solemnidad. Bajo el sol inclemente del Caribe, con los estandartes al viento y los cascos azules brillando bajo la luz tropical, las delegaciones multinacionales rindieron honores al comandante caído en una ceremonia cargada de solemnidad y respeto. Las exequias evocaron la fragilidad inherente a toda misión de paz, recordando que, incluso en operaciones sólidamente estructuradas, la pérdida puede irrumpir de forma inesperada y truncar el liderazgo en pleno servicio.

Al día siguiente, con el tañido marcial de los clarines aún resonando en la memoria, el Comandante del CHIBAT XXIII1 emprendió, por tierra, el retorno hacia Cap-Haïtien, bastión del batallón en el septentrión haitiano. Lo acompañaba el jefe de operaciones, Teniente 1° de Infantería de Marina, y un pelotón de treinta Infantes de Marina al mando de su Subteniente IM, distribuidos en un convoy austero pero resuelto: una camioneta de comando y dos camiones tácticos —uno 4×4 y otro 6×6.

Ruta Nacional 1: la línea delgada donde se disputa la estabilidad

La RN1 —arteria vital entre la capital haitiana y el norte del país— se abre paso como una serpiente de asfalto resquebrajado a través de las llanuras del Artibonite, cruzando aldeas pobres donde polvo y tensión se confunden con la rutina. En sus más de trescientos kilómetros, cada curva puede devenir emboscada y cada pueblo, un foco de agitación.

La mañana del 4 de septiembre, los informes de inteligencia eran claros: la RN1 estaba colmada de disturbios y amenazada por desestabilizadores cuya hostilidad pondría a prueba la pericia y el temple del CHIBAT XXIII. Con disciplina silenciosa, el convoy inició su avance al amanecer, sofocado por un calor agobiante. Los primeros kilómetros fueron engañosamente tranquilos, hasta que piquetes y neumáticos en llamas anunciaron que la ruta sería disputada metro a metro. Comenzaba una jornada sin margen para el error. En efecto, pese a algunas escaramuzas menores, la columna avanzaba con determinación hacia el norte. Tras dejar atrás el modesto poblado de Arcahaie, alcanzó el puente Pont des Matheux, una angosta y prolongada estructura de cemento que se extiende por más de 150 metros sobre el río homónimo —serpenteante, traicionero y de aguas turbias— cuyas corrientes desgastan sin tregua los contrafuertes calcáreos de las Montagnes Noires (Montaña Negra), como si intuyeran la fricción táctica que estaba por desencadenarse.

Fue en el acceso sur de esa estructura, que se alza como centinela de concreto sobre el cauce, donde el convoy se detuvo abruptamente: tres camiones articulados, sin neumáticos y dispuestos como barrera deliberada, bloqueaban por completo el paso. La ruta, encajonada entre el río, construcciones precarias y vegetación densa, ofrecía nula maniobra lateral ni posibilidad de retroceso. El sector se convirtió en un auténtico embudo táctico, ideal para una emboscada y prueba crítica para la doctrina de movilidad bajo contacto.

No bien se completó la detención de la columna, la amenaza se hizo tangible. Desde las viviendas y callejones aledaños comenzó a recibirse fuego sobre la unidad. Como sombras que habitan los márgenes del orden, grupos de motards —binomios en motocicleta, armados con escopetas artesanales, fusiles ilegales y cócteles molotov— irrumpieron con violencia improvisada, lanzando un hostigamiento inmediato e incesante. Sin margen para la vacilación, los Infantes de Marina descendieron de los vehículos y, con la precisión forjada en años de entrenamiento riguroso y despliegues exigentes, establecieron un perímetro defensivo en torno al convoy. Sabían que, en los minutos por venir, serían puestos a prueba su temple y su voluntad de resistir.

La situación se tornaba cada vez más hostil: al fuego de fusilería irregular y los impactos de balines de acero se sumaban pedradas lanzadas por manifestantes espontáneos, azuzados por la tensión y el caos circundante. Este cruce de amenazas —una mezcla confusa de hostilidad planificada y violencia circunstancial— hacía más compleja la labor de los Infantes de Marina, obligados a distinguir con rapidez, absoluta certeza y precisión a los verdaderos agresores, cumpliendo rigurosamente las Reglas de Enfrentamiento (ROE) de MINUSTAH.


El comandante, plenamente consciente del aislamiento de la unidad —sin refuerzos, sin apoyo cercano y sin margen para el error— comprendía que toda decisión debía ejecutarse con determinación y sin dilaciones. En ese escenario de tensión creciente, la consigna era clara: retomar la movilidad, abrirse paso y avanzar. Tal como señala el Small Wars Manual del U.S. Marine Corps (2013), la movilidad táctica no es solo un recurso, sino un principio vital de supervivencia, control territorial y dominio psicológico. Recuperar la movilidad, bajo fuego enemigo, requería pericia técnica, disciplina en el uso del fuego y un liderazgo táctico firme por parte de todos. Ante un bloqueo infranqueable y el deterioro acelerado de la situación, se aplicó de forma intuitiva el ciclo OODA —Observar, Orientar, Decidir y Actuar— como herramienta para restablecer la iniciativa en un entorno claramente hostil.

Observar el terreno: un cuello de botella sin posibilidad de retirada, encajonado entre el cauce del río y una vegetación abrupta. Orientar el juicio operativo considerando las capacidades del adversario y entendiendo que una detención prolongada aumentaría tanto la exposición al fuego adversario como el riesgo de aislamiento táctico. Replegarse no solo significaba perder tiempo crítico, sino también exponerse a un cerco por una ruta ya comprometida.

Decidir: romper el cerco por un flanco aún no saturado

Actuar: así, el comandante definió el curso de acción: establecer fuego de supresión2 desde la cabecera sur del puente para contener al enemigo y apoyar la maniobra de cruce alternativo por el flanco. El movimiento, ideado bajo presión y ejecutado en contacto, buscaba recuperar la movilidad mediante defensa activa y exploración ofensiva simultánea. Con el respaldo de la cartografía y el juicio templado por la experiencia operativa, el oficial de operaciones identificó lo que podía constituir un vado3 transitable para los vehículos. Aquella posibilidad —incierta, pero cargada de urgencia— representaba la única vía para quebrar el cerco y reactivar el movimiento, condición sine qua non para preservar la integridad del convoy.

Sin vacilar, se le ordenó al comandante de pelotón conducir una patrulla de exploración por una senda secundaria, oculta entre los pliegues del terreno, al weste de la Ruta Nacional 1, con el propósito de verificar la existencia de un paso fluvial que permitiera franquear el río Matheux y retomar el eje desde la ladera norte. La maniobra —ejecutada bajo presión, condensaba la esencia misma de “guerra de maniobra”: decisión oportuna, capacidad de movimiento y dominio del terreno hostil. Así, el Subteniente partió con un pequeño grupo de fusileros IM, embarcados en el camión 4×4, mientras la unidad principal, parapetada en el margen sur del río, repelía el hostigamiento con fuego de neutralización, manteniendo a distancia a los desestabilizadores. Las ráfagas de fusilería, aunque esporádicas en ese momento, exigían cautela extrema: el enemigo observaba, medía y amenazaba cada intento de movimiento.

Tras veinte minutos de tensa resistencia bajo el plomo haitiano, la radio rompió el silencio con la voz firme del oficial en reconocimiento: el vado existía y era transitable. La ruta podía abrirse, y con ella renacer la movilidad, ese bien escaso y decisivo en toda área de operaciones. Asimismo, al recuperar el movimiento, se restauraba también la iniciativa, y con ella, la oportunidad de seguir lidiando bajo sus propios términos, imponiendo el ritmo, el rumbo y la voluntad propia sobre un entorno que hasta entonces había dictado sus condiciones a fuego y barricada.

Se ordenó al Subteniente mantener su posición en el vado recientemente reconocido y consolidar el punto de cruce, asegurando así el terreno para el inminente avance de la columna principal. Acto seguido, el comandante ordenó al oficial de Operaciones liderar el desplazamiento del resto del convoy a través de la ruta previamente reconocida, con el propósito de establecer enlace con el grupo de reconocimiento, cruzar el río por el flanco occidental y proseguir el avance por la ribera norte, hasta converger con el puente donde se encontraba desplegado el grueso de la unidad. Para conservar el control del terreno, era imperativo asegurar el dominio del margen norte del puente. Con una sincronización que reflejaba preparación, disciplina y determinación, los Infantes de Marina abandonaron sus posiciones de cobertura y, con decisión táctica, se expusieron al descubierto para ejecutar la maniobra asignada: establecer una “cabeza de puente”4 en el extremo septentrional del viaducto, con el objetivo de afirmar el punto de entrada para los vehículos. Conscientes de que cada segundo contaba, sabían que su acción debía anticiparse a cualquier intento de reorganización del adversario.

La presión ejercida por el movimiento desde el flanco izquierdo, combinada con el avance frontal, tomó por sorpresa a los motards, obligándolos a replegarse en desorden y ceder terreno ante el fuego disciplinado de los Cosacos. A pesar de los peligros latentes y el fuego persistente, la maniobra fue ejecutada con escrupulosidad táctica y cohesión operativa, permitiendo consolidar firmemente el margen norte del río Matheux y asegurar el terreno necesario para recibir, en condiciones controladas, al convoy que avanzaba por la ribera. Tras varios minutos de tensión controlada, los vehículos lograron restablecer el enlace con el grueso de la unidad, que se mantenía desplegada en configuración de infantería. De este modo, el dispositivo se reagrupó con éxito en el margen norte del río, recuperando su configuración táctica original y quedando nuevamente en condiciones de proseguir la operación. La movilidad —ese recurso vital en toda operación— había sido restablecida, y con ella, el control del eje operativo y la iniciativa táctica: elementos esenciales para sostener el impulso de la misión en un entorno tan volátil como desafiante, donde cada kilómetro conquistado se paga con sudor.

Apenas reanudada la marcha, la columna avanzó con extrema cautela, enfrentando un nuevo y silencioso peligro: la presencia de múltiples koupe tèt,5 rudimentarias pero letales trampas compuestas por cables acerados de al menos un centímetro de diámetro, tensados a la altura del pecho y cuello —aproximadamente un metro y medio sobre el nivel del camino— y firmemente anclados a los márgenes de la ruta. Escondidas entre la maleza o disimuladas en los escombros urbanos, estas trampas podían causar daños letales a las dotaciones y averiar vehículos en movimiento, imponiendo una amenaza constante que exigía máxima alerta en cada metro avanzado. En efecto, los koupe tèt constituían una emboscada silente, una trampa sin disparo ni estruendo, pero cargada de letalidad, ya que obligaban a interrumpir el avance, desmontar cuidadosamente cada cable acerado y limpiar el paso bajo el fuego furtivo. Cada detención para desactivar estos obstáculos exponía nuevamente a la unidad al hostigamiento adversario, prolongando la vulnerabilidad y poniendo a prueba, una vez más, la sangre fría, la coordinación y la determinación del convoy.

Fue precisamente durante una de aquellas detenciones forzadas, mientras se desactivaba una de las trampas colocadas a lo largo del camino, que el camión 6×6 recibió dos impactos de bala en su rueda directriz izquierda. El neumático colapsó de inmediato y el convoy quedó inmovilizado en plena calzada, expuesto en una posición táctica comprometida.

Se ordenó de inmediato el establecimiento de un perímetro defensivo de 360 grados, asegurando el espacio colindante en torno al vehículo averiado. Sin embargo, comprendiendo que la defensa estática no bastaba en un entorno tan fluido y hostil, dispuso en paralelo la ejecución de una patrulla táctica ofensiva, al mando del Subteniente, embarcada en el camión 4×4. La misión era clara, y no admitía vacilaciones: ejecutar una persecución en profundidad, para poder conferir un colchón de seguridad de varios kilómetros y neutralizar así, al menos temporalmente, la amenaza de los motards que continuaban merodeando el sector como un enjambre errático, impredecible y letal. En aquel tramo polvoriento del camino —donde la línea de peligro se dibujaba en cada curva— solo quien se movía con decisión podía aspirar a sobrevivir.... y avanzar.

La sustitución del neumático, una labor trivial en condiciones ordinarias, se convirtió en ese entorno en una tarea crítica: quince minutos que se prolongaron como una eternidad, marcados por el polvo suspendido en el aire, el eco persistente de los disparos, los casquillos dispersos sobre el terreno y el olor acre del caucho quemado. Una vez restablecida la operatividad del camión averiado, la unidad reorganizó sus medios y reanudó la marcha, aún bajo el constante acecho en un entorno operacional marcadamente hostil.

Tras cinco horas de contacto sostenido con fuerzas desestabilizadoras, bajo fuego real y la respuesta disciplinada de los hombres del CHIBAT XXIII, el convoy cruzó finalmente el umbral del Departamento Nord, atravesando las montañas en el Carrefour Bois D’Homme, aquel cruce emblemático entre la incertidumbre y el retorno. Exhaustos, cubiertos de polvo y sudor, pero con la tranquilidad intacta del deber cumplido, los Infantes de Marina llegaron a su cuartel en Cap-Haïtien, sabiendo que no solo habían salvado sus propias vidas, sino algo más valioso aún: la cohesión de su unidad, la protección del camarada, la continuidad de la misión y la fidelidad al juramento de nunca ceder el paso a la adversidad. En el silencio posterior al combate, cuando las armas descansaban y solo quedaban los pensamientos, resonaba un principio ancestral para el Cosaco, tan firme como el acero de sus voluntades: Fortis Atque Fidelis — Fuertes a la vez que fieles.

BIBLIOGRAFÍA

  1. Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas. (2010). Diccionario militar conjunto (DNC-02). Ministerio de Defensa de España.
  2. Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. (2004). Resolución 1542 (2004). https://undocs.org/S/RES/1542(2004)
  3. United States Marine Corps. (2013). Small wars manual. Marine Corps Combat Development Command (MCCDC).
  4. Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. (2017). Resolución 2350 (2017): Aprobada por el Consejo de Seguridad en su 7924ª sesión, celebrada el 13 de abril de 2017. https://undocs.org/S/RES/2350(2017)

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