Revista de Marina
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Las andanzas de Mateo Maineri, Corsario de Chiloé

  • Fernando Lizama Murphy

Por Fernando Lizama Murphy

  • Fecha de recepción: 13/11/2025
  • Fecha de publicación: 22/01/2026. Visto 25 veces.
  • Resumen:

    Parte de la resistencia de Chiloé a los embates de los patriotas fue posible gracias a los corsarios respaldados por Antonio de Quintanilla. El más renombrado de ellos fue Mateo Maineri.

  • Palabras clave: Independencia, independencia, Chiloé, corsario.

Aceptamos el 18 de septiembre de 1810 como fecha de nuestra independencia, aunque después del Desastre de Rancagua se perdió casi todo lo ganado. Luego decimos que el 5 de abril de 1818, con la Batalla de Maipú, se consolidó dicha independencia, pero la verdad es que debieron transcurrir varios años y muchas situaciones hasta que el Chile, pre Guerra del Pacífico, se definió como territorio.

La osada captura de Valdivia por Lord Cochrane fue un paso muy importante, pero el territorio insular de Chiloé dio dura batalla y solo el 19 de enero de 1826, con la firma del tratado de Tantauco, luego de las batallas de Pudeto y Bellavista, se terminó con las últimas fuerzas realistas que defendían la corona española en un territorio que desde ese momento pasó a quedar bajo gobierno chileno.

Fue la tenacidad y la lealtad de un hombre a sus principios la causa principal de la dilación de este proceso. Ese hombre fue don Antonio de Quintanilla, un héroe poco renombrado por los españoles, que tardaron varios años en reconocer los gigantescos esfuerzos y sacrificios a que sometió a toda la comunidad chilota, y que personalmente hizo, por mantener la presencia de la monarquía en estos australes territorios de Sudamérica y siempre con el horizonte y la esperanza de servir de plataforma para la reconquista.

Para conseguir este objetivo, lo primero que hizo don Antonio fue aunar al pueblo chilote en torno a la figura del rey de España y lo logró de tal forma, que aún muchos años después de ser gobernados desde Santiago, los chilotes continuaban pensando que la vida bajo el régimen monárquico hubiese sido mejor para ellos. Claro que parte importante de este deseo fue culpa de las autoridades del país, que luego de lograr el objetivo, por diversas razones, la mayoría económicas, dejaron abandonada a la comunidad.

Antes de ser derrotado, Quintanilla logró rechazar en dos oportunidades los embates de los patriotas chilenos, empeñados en anexar ese archipiélago, considerado de gran importancia estratégica por tratarse, el puerto de San Carlos (hoy Ancud), del primer fondeadero, relativamente seguro, que tenían las naves luego de cruzar el Estrecho de Magallanes. Según el historiador naval Carlos López Urrutia, no fueron tres, sino cinco los intentos patriotas por conquistar el archipiélago, consiguiéndolo en el quinto.

Pero esta titánica defensa, en la que el apoyo de la corona española y del virreinato del Perú, preocupados de otros frentes, estuvo casi permanentemente ausente, no hubiera sido posible sin el espíritu combativo de Quintanilla y sin el apoyo, no solo de los chilotes, sino que además con la participación de otros personajes. Uno de ellos fue Mateo Maineri (a cuyo apellido la historia ha dado otras formas de escribirlo, aunque fonéticamente similares).

Es casi nada lo que se conoce de los primeros años de Mateo Maineri. Se sabe que provenía de Génova, que llegó a Perú, donde formó familia, que trabajó para don Manuel Antonio Luzárraga, marino español que arribó a Ecuador en 1814 y que paralelamente a sus actividades navales trabajó como armador con una flota que trasladaba mercaderías entre Callao, Guayaquil y otros puertos del Pacífico, en la que el genovés ocupaba un cargo de confianza. Posteriormente, en las guerras de la independencia, Maineri tomó partido por los realistas, siguiendo el ejemplo de su jefe, quien convirtió algunas de sus naves en corsarias para capturar barcos con provisiones y suministros de guerra para los ejércitos bolivarianos.

Se dice que Maineri era condestable del bergantín goleta “Nereida” en 1813, pero la única nave de ese nombre que aparece en los anales de la marina ibérica en América fue parte de una flota de cinco embarcaciones botadas en España en 1816 y solo habría llegado hasta La Habana. Desde cuándo pasó al Virreinato de Lima, no se encontraron antecedentes. Lo concreto es que esta nave u otra del mismo nombre, fue capturada por el bergantín chileno ¨Galvarino¨, integrante de la Expedición Libertadora del Perú y el genovés, hecho prisionero, transbordado a la fragata “O´Higgins”. Siguiendo una costumbre de la época, los prisioneros eran integrados como parte de la tripulación, pero por alguna razón desconocida, quizás problemas de salud, Lord Cochrane no aceptó a Maineri y ordenó que fuera trasladado, como prisionero, a Talcahuano en enero de 1820.

Se podría decir que el genovés era un hombre afortunado porque el teniente coronel Vicente Benavides, comandante de las montoneras realistas que combatían contra el ejército republicano, logra tomar el control de esa plaza en mayo del mismo año y luego de liberar a Maineri y consciente de su experiencia náutica, le otorga el cargo de teniente de la Real Armada y lo nombra comandante de la fragata “Dolores”, nave capturada previamente por gente de Benavides, para que la dedique al corso.

En tal condición y mientras las tropas realistas mantuvieron el control de Talcahuano, el genovés captura algunas naves en la costa cercana a su centro de operaciones, hasta que a fines de noviembre de 1820 los soldados de Freire recuperan la ciudad para los patriotas, luego de las batallas de las Vegas de Talcahuano y de la Alameda de Concepción, obligando a una evacuación forzada de Benavides y sus huestes.

Aun así continuó enfrentado a los patriotas en distintas escaramuzas hasta el 8 de octubre de 1821, fecha en que luchó contra José Joaquín Prieto en la batalla de Vegas de Saldías, cerca de Chillán, donde el realista fue derrotado, debiendo huir hacia el sur con el poco contingente que le siguió siendo fiel. El espíritu sanguinario de Benavides, su excesivo autoritarismo y el reclutar hombres a la fuerza, le restó el respaldo de algunos de sus aliados, que lo abandonaron en cuanto vieron su decadencia. Un gran contingente de las tropas indígenas, elementos fundamentales en las huestes del coronel, optaron por volver a sus tierras o dedicarse al bandidaje. Otros de los que combatieron a su lado pidieron clemencia y se unieron al ejército patriota.

Con un puñado de ocho leales se propuso, en una precaria embarcación, navegar hasta El Callao con el objeto de obtener apoyo del virrey para seguir con su lucha, aunque lo más probable es que, a esas alturas, se conformase con salvar la vida. Zarparon desde un lugar impreciso del sur, cercano al golfo de Arauco, donde tenía su centro de operaciones, carentes de las provisiones mínimas para tan osada travesía. En el camino se sucedieron los desencuentros de Benavides con sus compañeros de travesía, entre ellos Mateo Maineri, que capitaneaba la pequeña nave. Las carencias, sobre todo de agua, los obligaron a recalar para reabastecimiento en Topocalma, bahía en la que Maineri aprovechó un descuido para traicionar a Benavides, que al parecer estaba algo demente, avisando a unos lugareños de su presencia. Éstos buscaron a una autoridad local que rodeó la nave y logró su captura junto a todos los tripulantes, los que fueron trasladados a la capital.

El 23 de febrero de 1822 Benavides fue ahorcado en la Plaza de Armas de Santiago. Para escarmiento, fue descuartizado y sus miembros distribuidos en diversos puntos del país para su exhibición. Maineri, quizás por haber entregado a Benavides, solo fue desterrado por O´Higgins al Perú, donde se reunió con su familia.

Pero no era hombre de permanecer tranquilo y tampoco la fidelidad era su consigna. En Perú obtuvo el puesto de contramaestre de la goleta colombiana “Cinco Hermanas”, que trasladaba cacao hacia California, de la que, con la complicidad de parte de la tripulación, se apoderó, cambiado la bandera original por la española y dirigiéndose a Chiloé, para ponerse a disposición de Quintanilla. Éste vendió la mercadería para pagar parte de los salarios adeudados a sus tropas, rebautizó la nave con su nombre, otorgándole patente de corso y armándola con más artillería para esta función. Además de los sesenta tripulantes, hizo embarcar una veintena de soldados como apoyo para los asaltos en tierra. El mando del barco continuó en manos de Maineri.

La lista de naves capturadas por el genovés con la “General Quintanilla” en las costas de Chile y Perú por cuenta del gobernador de Chiloé, es nutrida: por nombrar algunas citamos la fragata inglesa “Estanmore”, el bergantín “Guadalupe”, que fueron enviados a Chiloé. A otro bergantín goleta, el “Mariana”, le prendieron fuego y al “Rosario” lo hundieron en Puerto Viejo, en la costa de Copiapó.

Fracasó en la captura de la goleta chilena “Moctezuma”, que navegaba con su principal artillería obstruida. Afortunadamente el piloto logró repararla y con ella consiguió provocarle un gran daño al corsario, que debió cesar su ataque. En la “Moctezuma” viajaba el general Francisco Antonio Pinto, que tiempo después, en 1827, sería Presidente de la República de Chile. Según Carlos López Urrutia, fue el mejor andar de la nave chilena lo que le permitió huir del ataque.

Pero las huellas de ese eventual combate no significaron el fin de sus correrías. Capturó a la fragata estadounidense “Uron”, lo que, además de generar una queja del gobierno de Estados Unidos al Virrey del Perú, motivó el despachó de la nave “Franklin” en persecución del genovés, sin encontrarlo.

En todo caso, el “General Quintanilla” no fue el único corsario que navegó con el respaldo del gobierno insular de Quintanilla. Ya antes otras naves, además de dedicarlas al corso, le permitieron al general enviar pertrechos de guerra, tanto a Perú como a Benavides, con quien mantuvo una alianza obligada por las circunstancias. El gobernador chilota no compartía los violentos procedimientos utilizados por el comandante.

Al menos dos años duraron las correrías de Maineri, capturando naves y cargas que permitieron un fuerte alivio al erario chilota, muy disminuido por los bloqueos y los gastos propios de mantener un conflicto que, además, dejaba a la isla sin sus mejores hombres pues la mayoría eran reclutados para la guerra.

Como ocurre con frecuencia, Maineri, obnubilado por sus éxitos, confiaba en exceso de su suerte y en sus habilidades y eso incrementó los riesgos que corría para lograr sus objetivos. Ya no se limitó a atacar a los enemigos de España sino que cualquier nave, de la bandera que fuese, se convirtió en su presa. Eso obligó a Quintanilla, en varias oportunidades, a dar explicaciones a países neutrales por la excesiva ambición de su corsario. Quizás el caso más complejo que debió enfrentar el gobernador por esta causa fue el arribo a Chiloé de la corbeta inglesa “Mercey”, capitaneada por Ferguson, exigiendo satisfacciones por los daños causados por Maineri a naves de esa bandera.

Se dice que Quintanilla, furioso, decidió quitarle el mando de la nave al corsario, pero éste, avisado antes, puso proa al norte sin esperar instrucciones. A la pasada, en Arica atacó al bergantín de bandera francesa “Vigie”, al que envió a Chiloé como para congraciarse con su jefe. Maineri no contaba con que, en las cercanías, navegaba otra nave gala, el bergantín de guerra “Diligente”, cuyo capitán, Monsieur Billard, fue informado de lo ocurrido a sus compatriotas y salió en persecución del “General Quintanilla”. Logró darle alcance y acorralarlo en Quilca, en esa época importante puerto ubicado en la costa de Arequipa.

Las autoridades realistas que aún luchaban en contra de las fuerzas patriotas peruanas, intercedieron en favor de Maineri y el capitán Billard, lo autorizó a salir del encierro, pero el genovés, quizás confiando en su buena suerte o tal vez en un acto de soberbia, a la pasada, mientras se dirigía hacia mar abierto, abrió fuego en contra de la nave francesa cuyo capitán de inmediato reinició la persecución, capturando al corsario el 15 de mayo de 1824. Luego de años de correrías, la suerte abandonaba a Maineri.

La goleta “General Quintanilla”, terror del Pacífico sur, fue entregada al dueño del “Vigie” a manera de compensación.

El capitán Billard se dirigió con sus prisioneros a Valparaíso, donde el ministro Zenteno exigió la entrega del corsario para ser juzgado en Chile, pero el francés se negó, aduciendo que ya había informado a su jefatura de la captura y que había recibido órdenes de reembarcarlo hacia su país, frente a cuya justicia debería responder por sus actos.

Lo que ocurrió de aquí para adelante con el genovés tiene mucho de misterio y leyenda, haciendo muy difícil separarlos de la realidad.

Se dice que fue enviado a Burdeos, Francia, para ser juzgado, pero Benjamín Vicuña Mackenna asegura que fue visto algún tiempo después en La Coruña, donde habría muerto.

Sin embargo, el capitán Calder, del bergantín “Edward”, en 1828 aseguró en Valparaíso que una nave corsaria llamada “El Griego” apresó al bergantín “Araucano” y que el capitán de dicha nave, procedente de Cádiz, sería un tal Martely. Lo curioso es que el primer bergantín de nombre “Araucano” que navegó con bandera chilena quedó fuera de servicio en julio de 1817 y el segundo, fue el integrante de la Expedición Libertadora del Perú, cuyos tripulantes, amotinados en Loreto (México), usaron para viajar a Tahití, donde fueron capturados y el barco desarmado por los nativos para usar la madera como leña.

Según el mismo informe de Calder, Martely en Pisco capturó los bergantines “Peruano”, “Elena” y “San Antonio”, por los que habría cobrado un rescate. También informa que lo habrían buscado por el Pacífico sin encontrarlo. Se dijo que lo habían visto navegando hacia California donde se reuniría con otros corsarios. Otros navegantes dijeron haber tenido noticias de él, pero varias expediciones que se enviaron en su búsqueda, fracasaron.

Las fuentes de Calder para entregarle tanta información, se desconocen.

El capitán de navío Carlos Wooster, a bordo del bergantín chileno “Aquiles”, entre marzo de 1828 y junio del mismo año, realizó dos travesías abarcando gran parte del litoral chileno en busca de corsarios españoles anunciados por otros navegantes. Por supuesto Maineri estaba en la lista. Tampoco obtuvo resultados. Incluso afirmó encontrarse en alta mar con embarcaciones de otras nacionalidades para preguntar si habían visto alguna nave extraña. No tuvieron nada para informar.

Por lo mismo es que no existen certezas para abonar estas correrías a la cuenta de Maineri, ese navegante genovés que abrazó la causa realista, que actuó como corsario con patente otorgada por el gobernador de Chiloé y del que nunca más se supo nada con certeza, como si se lo hubiese tragado el mar.

“Aunque esforzado, carecía de las luces e instrucción que demandaba tan espinosa y delicada empresa, pues no hubo en Chiloé un sujeto de mar que lo acompañase para evitar las faltas y entorpecimientos ruidosos que ocasionó. 

Es innegable que prestó unos servicios distinguidos”

 

Descripción de Mateo Maineri que hace Antonio de Quintanilla en su “Autobiografía”.

Fuentes:

-Vázquez de Acuña García del Postigo, Isidoro: “Maineri, el último corsario de Chiloé – 1820-1828”.

Boletín de la Academia Chilena de la Historia año LXXX - n°123 – año 2014.

-Barros Arana, Diego “Historia General de Chile” Parte 9ª – Capítulo VII.

-Barrientos Díaz, Pedro J.  “Historia de Chiloé”

-López Urrutia, Carlos “Historia de la Marina de Chile”.

-Acevedo Hernández, Antonio “La Guerra a Muerte” – Episodio N° 9.


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