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La expedición libertadora del Perú. Luces y sombras

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La gran obra de O’Higgins fue la expedición libertadora del Perú, la que, al mando de San Martín, enarbolaba la bandera chilena. Cochrane, que había asumido el mando de la escuadra, tuvo que sortear muchas dificultades, intrigas y falsas acusaciones, tanto de algunos comandantes, como también por Zenteno y San Martín; dotaciones impagas y problemas logísticos; sin embargo, nada de esto fue impedimento para derrotar a la flota española de las costas del Pacífico americano.

 

 

La gran obra de don Bernardo O’Higgins fue la expedición libertadora del Perú, realizada en momentos de absoluta falencia económica del erario nacional. A pesar de ello ha sido desvirtuada y mal interpretada por historiadores argentinos y peruanos, e incluso por muchos chilenos que la catalogan como una extensión del ejército organizado en Mendoza.

El ejército de Los Andes se disolvió y murió un poco después de Maipú; si algunos de sus oficiales y componentes se enrolaron en la expedición libertadora del Perú, lo hicieron en un ejército organizado y financiado por nuestro país, y si bien es cierto que el Gobierno de La Plata se comprometió a devolver posteriormente la mitad de lo que se gastara, finalmente se negó a ello.

La expedición libertadora del Perú viajó bajo la bandera chilena y el general José de San Martín fue nombrado general en jefe del ejército expedicionario chileno.*

Volviendo un poco atrás la historia, cuando don José Álvarez Condarco conoció a Lord Cochrane en Londres le ofreció organizar la marina chilena y otorgarle el grado de almirante. El Lord vendió sus propiedades y se embarcó en el Rose.

Entretanto, en Chile, Manuel Blanco Encalada había cumplido su mayor hazaña con la conquista de la fragata española María Isabel en Talcahuano y los trasportes Dolores, Magdalena, Elena, Jerezana y Carlota.

Aparentemente se presentaba un problema por el hecho de quitarle la escuadra a Manuel Blanco Encalada, que había tenido tan gran éxito a su mando, para entregarla a un extranjero advenedizo. Las primeras dificultades que se debió afrontar antes de la llegada de Cochrane eran que en la escuadra participaban dos ex oficiales de la Royal Navy, Martin George Guise y John Tooker Spry, quienes trataron de minar la popularidad del Lord, pues estimaban que si continuaba Blanco Encalada al mando de la escuadra sería más fácil manejarlo.*

El patriotismo, desinterés, generosidad, magnanimidad y desprendimiento de Blanco, lo hicieron ponerse al lado de su patria y aceptar quedar a las órdenes del almirante británico.

Otro problema lo constituyó la indisciplina en el mando del Araucano, por negarse a zarpar, debiendo exonerar a su comandante Raimundo Morris y distribuir a la tripulación entre otros buques.

La escuadra que recibió Cochrane en Chile carecía de repuestos, botes, velas, uniformes y, especialmente, tripulantes idóneos, por lo que tuvo que contratar marineros extranjeros desertores de naves mercantes, instruir a los chilenos, algunos de los cuales no habían visto nunca el mar, y conseguir elementos, entre varias otras actividades preparativas. Con respecto al dinero, había para sustentar el ejército que llevaría San Martín al Perú, pero no para la Armada. Tan solo la energía y prestigio de Cochrane, ante las autoridades de Gobierno, lograron un mínimo de fondos indispensables para hacer navegar los buques.

El 14 de enero de 1819 se dio la orden de zarpar al norte para reconocer la costa del Perú y sus defensas, pero Guise y Spry habían convencido al comandante del Lautaro, Charles Wooster, que se plegara al boicot contra el Lord, quien se negó a zarpar por estimar que era peligroso por la falta de vestuario y dinero que se adeudaba a las tripulaciones. Cochrane, que sabía como había sido manipulado, lo relevó del mando y se lo dio al propio Guise, quien, aunque era el cerebro de la confabulación, mantenía la disciplina y obediencia aprendida en la Royal Navy.

En Coquimbo se amotinó la tripulación de la Chacabuco; dos tenientes lograron recuperar el buque, cuatro cabecillas fueron fusilados en la plaza del puerto y 17 detenidos fueron remitidos a Valparaíso.

En este primer raid a la costa del Perú, la escuadra persiguió naves de guerra españolas, conquistó cañoneras y buques mercantes, se enfrentó con la baterías del Callao acallando todos los cañones del ala derecha, enfrentando solo con la O’Higgins los más de 200 cañones del puerto y capturando 21 prisioneros. Se apoderó de la isla San Lorenzo y liberó a 29 prisioneros patriotas, instaló en ella una fábrica de explosivos y efectuó un ataque con brulotes al Callao. Desembarcó con sus marineros en Huara, conquistándola y abasteciéndose. Recorrió toda la costa del Perú, conquistó Supe, Payta y Huarney con sus infantes de marina, lo que le valió el apodo de “El Diablo” por los realistas.

De regreso Cochrane a Valparaíso se encontró con los mismos problemas que había dejado: faltaban cañones, aparejos, madera y, sobre todo, el pago a las tripulaciones; sin embargo, el principal inconveniente era el desprestigio del almirante por parte de algunas autoridades de gobierno y de oficiales argentinos. Guise continuaba con sus quejas y acusaciones y Cochrane tenía motivos para removerlo de su cargo y someterlo a un consejo de guerra, pero el ministro de Marina, José Ignacio Zenteno, lejos de apoyar al almirante, respaldó a Guise, evitó el consejo de guerra y le prometió el mando de un nuevo buque.

Se designó como secretario de Cochrane a Antonio Álvarez Jonte, miembro de la logia Lautaro, quien fue sorprendido abriendo una caja sellada que contenía la correspondencia personal del almirante con el ministro de marina. Cochrane lo arrestó, sin embargo nunca se le sometió a proceso.

El éxito que había alcanzado Cochrane con sus tropas de desembarco era indiscutible, por lo que le sugirió a O’Higgins que le asignara un batallón de infantería de marina, con 1.000 hombres, para conquistar el Perú, indicando que no sería necesaria la sangría que significaba el ejército libertador. Sin embargo, la logia Lautaro solamente quería apoderarse del Perú, la gran fuente de recursos del imperio español, con San Martín a la cabeza. Ayudar a Cochrane iba contra sus planes.

En su segundo raid a la costa del Perú, Cochrane había planificado un ataque con cohetes Congreve al Callao, tal como lo había hecho en Basque Roads, debido a que los buques realistas se negaban a salir a batirse, era necesario destruirlos en su fondeadero.

El ataque fue un fracaso, porque los cohetes estallaron antes de tiempo debido a la sumatoria de varias causas, siendo la principal que en su confección trabajaron prisioneros realistas que los sabotearon, mezclando la pólvora propelente con arena, limadura de hierro y otros desperdicios, además que los proyectiles habían sido confeccionados de latón ordinario que se rompía en el aire y las varillas guías no eran del grosor necesario.

Abandonando el ataque, y al saber que la fragata de guerra española Prueba había seguido de largo al Norte, salió en su persecución hasta la boca del río Guayas y, al tener conocimiento que había remontado este para dirigirse a Guayaquil, decidió seguirla solamente con la O’Higgins debido a lo peligroso de la navegación fluvial, dejando al resto de sus naves a la espera en la desembocadura.

Durante su navegación por el río, Cochrane capturó las fragatas mercantes armadas Águila y Begoña y, al no encontrar a la Prueba, regresó a la desembocadura. Al llegar, el mayor Miller le informó que durante su ausencia, los capitanes Guise y Spry habían esparcido rumores entre la tripulación diciendo que había entrado solo a Puná con el objeto de no tener que compartir las presas con nadie. Cuando el almirante los enfrentó, se desdijeron y negaron todo bajo palabra de honor. Cochrane los envió en la Lautaro a Valparaíso y en una carta privada presentó a O’Higgins su renuncia, la que el director supremo rechazó.

Cochrane debe haber pensado que las malevolencias y envidias iban a dañar su prestigio si regresaba a Valparaíso con las manos vacías de algo realmente grande y esbozó la mayor de sus hazañas mientras estuvo al servicio de la marina de Chile, tal como fue el asalto y toma de los fuertes y plazas de Corral y de Valdivia, conocidos como el Gibraltar inexpugnable de América.

Solamente con una goleta y un bergantín que tenían, entre ambos, 16 cañones y 300 hombres, hizo callar y conquistó 11 fuertes, poderosamente artillados que tenían 150 cañones defendidos por 1.000 realistas. Cochrane, Miller y Beauchef fueron los grandes artífices del triunfo. El botín obtenido en la captura era valioso; además de los edificios y las fortificaciones, se apoderaron de 1.000 quintales de pólvora, 10.000 balas de cañón, 170.000 cartuchos de fusil, 128 cañones, gran cantidad de armas menores y la fragata Dolores.

A su regreso de Valdivia Cochrane fue aclamado y recibido como un héroe por la ciudadanía, pero bajo las redes gubernamentales, movidas por la logia, la situación era muy distinta.

En cuanto al pago de las presas a los oficiales y tripulaciones de la escuadra, el más deleznable miembro de la logia Lautaro, Bernardo Monteagudo, protestó, por cuanto consideraba que eran propiedades del país y que Cochrane solamente las había recuperado, sin considerar que, con la toma de Valdivia, prácticamente el territorio nacional había crecido en un tercio. Como el almirante, por su experiencia ganada en la Royal Navy, sospechaba que también en Chile tratarían de engañarlo, retuvo parte del botín en los buques, por lo cual inefablemente Monteagudo, Zenteno y Guido trataron de acusarlo de retención ilegal de esos bienes. Incluso Zenteno, en un oficio reservado, acusó a Cochrane de arbitrariedades y de insubordinación, sin especificar los cargos que hacía.

En consideración a todo ello, Cochrane volvió a presentar su renuncia, la cual O’Higgins nuevamente rechazó.

Cuando Cochrane detuvo al corsario argentino Hipólito Bouchard por actividades ilegales en las costas chilenas y de California para que fuera juzgado, Guido y Zenteno intercedieron ante O’Higgins y el juicio se suspendió. Mas tarde Bouchard se integraría a la marina del Perú.

Cochrane, después de Valdivia, pidió que se le aumentara la infantería de marina en 800 hombres y que le dieran 2.000 hombres, al mando de Ramón Freire para liberar el Perú. O’Higgins, llevado por el sentimiento popular y el enorme gasto que significaba a Chile la formación del ejército, parecía decidido a aceptar el plan, pero la logia se impuso y se inclinó por el hermano San Martín.

Cochrane fue uno de los primeros en darse cuenta de la declinación mental y física del general argentino, cuya estrella se había eclipsado después del cruce de los Andes.

Mientras Cochrane trataba de organizar la escuadra, nuevamente tuvo que contener la insubordinación de Guise y Spry para socavar su prestigio. Cuando Zenteno, para controlar a Cochrane, quiso nombrar a Spry su capitán de bandera, el almirante hizo arrestar a Guise para someterlo a un consejo de guerra, el cual Zenteno no permitió que se efectuara, por lo que renunció a su cargo. La renuncia incluía a cinco comandantes y 23 oficiales, cuya lealtad a Cochrane era intransferible. Con ello se hundiría la expedición antes de zarpar, pues la marinería habría seguido a sus oficiales. San Martín y Zenteno rogaron al almirante que reconsiderara su posición. Tal vez fue la última actuación de San Martín de amistad a Cochrane, posiblemente por conveniencia y, tal vez a instancias de la logia, prometió a las impagas tripulaciones que al tomar la capital del Perú se le pagaría un año de gratificación a cada uno.

Una vez allanados los problemas más serios y con libertad de acción, Cochrane organizó en diez días la escuadra y el 2 de agosto estaba lista para zarpar.

No ha quedado claro para la historia la actitud de O’Higgins con respecto a Cochrane y San Martín; mientras que por el primero tenía una gran admiración y le manifestaba su amistad, como se puede ver en su correspondencia en donde lo defendía y se entendían en inglés, a San Martín lo trataba de “mi amado general,” en sus cartas le daba la razón en sus desencuentros con el almirante y, lo peor, al zarpar la escuadra al Perú le dio un documento secreto que le permitía, si lo estimaba conveniente, destituir a Cochrane y darle el mando a Guise.

Mientras el ejército esperaba, sin combatir, que los peruanos se plegaran a la revolución, situación que estaban lejos de desear, Cochrane se dedicó a perseguir a las fuerzas navales españolas, con el fin de conquistarlas o destruirlas.

En un acto de arrojo, audacia y organización que maravillaron, conquistó el más poderoso buque enemigo en la costa del Pacífico, la fragata Esmeralda, la cual fue sacada bajo los fuegos de las baterías del Callao.* Con sus infantes de marina tomó varios poblados peruanos, entre ellos Tacna y Maquegua, encerró a los buques remanentes de los españoles en el puerto fortificado, hasta que los realistas abandonaron la capital y San Martín se declaró protector del Perú.

San Martín entró a Lima al retirarse los realistas y se negó a atacarlos, esperando su rendición incondicional con un boato y espectáculo teatral que lo mostraba blandiendo una espada, la cual no había agitado desde Maipú. El resultado final fue que los realistas se rearmaron y tuvo que pedir ayuda a Bolívar para vencerlos, pero eso ya es otra historia.

Al proclamarse José de San Martín, como protector del Perú, se trasformaba en jefe de un país extranjero y, automáticamente, perdía su título de general del ejército de Chile; así lo entendió Cochrane y él mismo.

Como primera medida, José de San Martín se negó a pagar lo que había prometido a la escuadra chilena y con Guise, Spry y Monteagudo trataron de boicotearla, ofreciendo el doble de sueldos a oficiales y tripulaciones para que se integraran a la marina que estaba formando en el Perú, mientras buscaba un príncipe europeo que se ciñera la corona de América del Sur. ¡Había sido enviado a combatir a una corona europea que subyugaba el país y buscaba otra idéntica que la reemplazara!, misterios incomprensibles del caudillo argentino.

Entretanto Cochrane viajó a Guayaquil y luego hasta México y California en busca de las dos últimas fragatas españolas en el Pacífico, regresando luego a Chile obligado por el estado en que se encontraban sus naves sin mantención durante años.

Al llegar a Chile, se encontró que Zenteno ya no era ministro de Marina y que había sido nombrado intendente de Valparaíso, cargo del cual dependía la Armada, desde donde continuaría hostigándolo y, por otra parte, O’Higgins estaba viviendo horas de gran desprestigio. Cochrane pidió seis meses de permiso para dedicarse a su hacienda de Quintero y tenerla preparada para el regreso de su esposa, pues su intención era quedarse a vivir en Chile.

El nuevo ministro de Marina, Joaquín Echeverría, felicitó al almirante y ordenó acuñar una medalla en su honor por sus logros de haber capturado o destruido todos los buques españoles en el Pacífico americano, limpiado la costa de piratas y corsarios, capturado Valdivia, protegido el comercio chileno y neutral, dado una base sólida a la independencia y haber paseado con orgullo la bandera de Chile desde Chiloé hasta California.

Cuando Cochrane exigió que se investigaran los cargos que le hacía San Martín, el ministro Echeverría le manifestó que el gobierno estaba satisfecho con todos sus actos.

Está claro que O’Higgins no estaba dispuesto a aceptar cargo alguno contra Cochrane, porque confiaba de su integridad y sentía que había tenido toda la razón en su defensa de Chile frente al protector de Perú, pero por su temor ante la logia no quiso que se publicaran los cargos contra San Martín que quería hacer públicos el Lord.

Zenteno, como intendente de Valparaíso y jefe superior de la marina, no tenía fondos para pagar a las tripulaciones por lo que esparció rumores que Cochrane se había robado el dinero para enviarlo a Inglaterra. El almirante interrumpió su descanso para izar nuevamente su insignia y hacer que revisaran sus buques donde tal tesoro no existía.

La rapacidad de Cochrane fue una calumnia levantada por Guise, Spry y finalmente por el propio San Martín según las palabras que pone en su boca Pérez Rosales.

El pago de presas en Chile se regía por el reglamento inglés. Después de la primera campaña al Perú, Cochrane ofreció su parte para la confección de los cohetes. A raíz de la captura Valdivia se le regaló la hacienda Río Claro, de la que nunca pudo tomar posesión y que posteriormente le fue arrebatada sin razón ni explicación alguna, pues la había ofrecido al gobierno. No se le pagó la captura de Valdivia, pues el gobierno aceptó la teoría de la logia, planteada por Monteagudo, de que se trataba de una recuperación. Cuando distribuyó el dinero peruano para el pago de las tripulaciones, al negarse San Martín a cumplir su palabra empeñada, él no se resarció de nada. En Valparaíso se le pagaron dos años y medio de su sueldo con lo que pudo viajar al Brasil y se le quedaron adeudando $ 60.000 que jamás le fueron cancelados. Tan solo en 1845, el presidente Manuel Bulnes, en el 25º aniversario de la toma de Valdivia, pidió al Congreso que se pagaran 6.000 libras esterlinas que correspondía a la octava parte de lo que se le debía.

Comentario final

La actitud asumida por San Martín durante la expedición libertadora del Perú solamente es posible entenderla, en el sentido que cumplía las órdenes estrictas de la logia Lautaro, de manera de apoderarse de las inmensas riquezas de ese país. Según un estudio, más o menos reciente, Guillermo Parvex llega a la conclusión que la logia Lautaro tenía una entidad subsidiaria en Mendoza, cuyos creadores habían sido San Martín, Guido y Monteagudo, la cual sobrepasó a la de Buenos Aires, que dirigía Juan Martín de Pueyrredón en sus decisiones y exigencias, todas las cuales eran mantenidas en secreto con pérdida de la vida del que las revelara.

 

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BIBLIOGRAFÍA

1. Archivo Bernardo O´Higgins, tomo XXXV, correspondencia 1818-1820
2. Archivo Bernardo O´Higgins, tomo XXXVI, correspondencia 1820
3. Archivo Bernardo O´Higgins, tomo XXXVII, correspondencia 1823
4. El Vicealmirante Lord Thomas A. Cochrane, tomo 1
5. El Vicealmirante Lord Thomas A. Cochrane, tomo 2
6. El Vicealmirante Lord Thomas A. Cochrane, tomo 3
7. ¿Quién asesinó a Manuel Rodríguez?, Guillermo Parvex
8. Lord Cochrane y la liberación de Valdivia, Ximena Rojas Valdés
9. Lord Cochrane, Enrique Bunster
10. Más allá de la Audacia, Carlos López Urrutia
11. Cochrane, el almirante del diablo, Donald Thomas
12. Los almirantes Cochrane y Blanco, Gustavo Jordán y Piero Castagneto.
13. Cartas de San Martín a O´Higgins
14. Recuerdos del Pasado, Vicente Pérez Rosales

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