TOMAR DECISIONES, EL TRABAJO DEL COMANDANTE

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El Comandante es un jefe militar cuya condición se
pone a prueba en combate o en su equivalente
más pequeño y frecuente como una situación de
peligro, emergencia o desastre; que tiene valor para
decir y hacer lo que es necesario y conveniente
para el cumplimiento de la misión y la seguridad
de sus soldados; que tiene la integridad moral para
decir la verdad y ajustar sus acciones y las de sus
subordinados a las normas y cánones éticos de
la sociedad a la que sirve.
Obviamente esta no es una condición que salga
de la nada, de la inspiración del momento ni de
un arranque de audacia, sino que es el resultado
de una “manera de ser” cultivada a lo largo del
tiempo, reconocida por sus subordinados, para
los cuales su liderazgo no es una sorpresa, sino
la confirmación de una identidad y por lo tanto,
creíble. Un oficial que no quiere o no puede
tomar decisiones nunca será
reconocido por sus hombres
como un Comandante.
Clausewitz, un general que
combatió a lo largo de toda
su vida, lo explica en palabras
fuertes y claras:
“Mientras los hombres estén
henchidos de coraje y luchen
con fervor y espíritu, rara vez
su jefe tendrá oportunidad
de hacer despliegue de la
fortaleza de su voluntad en la
persecución de su objetivo.
Pero cuando surjan las
dificultades, y esto nunca
deja de suceder cuando es
mucho lo que está en juego, las cosas ya no
continúan funcionando como una máquina
bien aceitada, sino que la máquina comienza a
ofrecer resistencia y, para vencerla, el jefe debe
actuar con gran fuerza de voluntad.
El jefe debe luchar dentro de sí mismo con
la impresión general de la disolución de todas
las fuerzas físicas y morales y el espectáculo
angustioso del sacrificio sangriento, y luego con
todos los otros que, directa o indirectamente, le
trasmiten sus sentimientos, ansiedades y temores.
A medida que los hombres van agotando sus
fuerzas uno tras otro, y cuando su propia voluntad
ya no basta para alentarlos y mantenerlos, la
inercia de toda la maza comienza a descargar el
peso sobre los hombros del Comandante. Por la
fuerza de su aliento, por la luz de su espíritu, por
la fuerza de su voluntad, la luz de la esperanza
* Capitán de Navío IM. Oficial de Estado Mayor. Magíster en Ciencias Navales y Marítimas. Magno Colaborador de Revista de Marina, desde 1999.
REVISMAR 6 /2014 595
volverá a brillar de nuevo en sus hombres. Solo en
la medida en que sea capaz de hacerlo dominará
a las masas. Y seguirá siendo su jefe. Cuando esto
deje de suceder y su valor no tenga ya fuerza
suficiente como para hacer revivir el valor en los
demás, las masas lo arrastrarán consigo hacia el
abismo, hacia aquellas profundas regiones de la
más baja animalidad, en que se huye del peligro
y no se tiene conciencia de vergüenza alguna.
Estas son las grandes cargas que debe realizar
un jefe si desea realizar grandes proezas.”
La notable pintura del hundimiento de la
“Esmeralda”, que muestra al Capitán Prat en la
toldilla de su buque mientras éste naufraga con su
cubierta llena de heridos y muertos es una excelente
muestra gráfica de lo que señala Clausewitz.
Ernst Jünger, oficial alemán de infantería en
la Primera Guerra Mundial, en su notable libro
“Diario de Guerra”, relata un duro combate de su
compañía contra un grupo de soldados escoceses:
“En algunos sitios de la trinchera yacían por tierra
cuerpos fornidos con faldas de mujer, bajo las
que sobresalían vigorosas rodillas blancas. Eran
escoceses de las montañas. Su manera de resistir
mostraba que no teníamos ante nosotros un mal
adversario.
Vino entonces uno de esos momentos críticos
del combate en los que el jefe tiene que poner todo
su empeño en hacer que los hombres perseveren,
aunque también en él vaya surgiendo esa sensación
que yo suelo calificar de ´poco confortable´. En
tales momentos uno se encuentra con una extraña
flojera, en fin, apenas posible de expresar con
palabras… ese día observé en varias ocasiones
que el combate moderno se hace por medio de
los oficiales; solo donde hay un oficial que lucha
habrá también hombres que lo hagan.”
Ernst Jünger fue herido siete veces, fue
condecorado con la Cruz de Hierro de Segunda
y Primera Clase y la Orden Pour le Mérite, la más
alta condecoración militar prusiana. En la Primera
Guerra Mundial prestaron servicios 325 776 oficiales
alemanes, de los cuales solo 11 comandantes de
compañía la recibieron, y vemos cómo un hombre
así de valiente, en una circunstancia crítica siente
que la apatía lo atenaza y debe recurrir a todas
sus fuerzas para no darse por vencido.
Pero el valor no solo se muestra en combate,
Jünger nos cuenta que recibió una orden obviamente
hecha para aparentar ante el mando superior del
batallón que se estaba haciendo algo y ella le costó
la vida a varios de sus soldados y dice: “Llegado
al punto F, escribí al punto un informe en el que,
sin pelos en la lengua expuse toda la indignante
situación de los dos pelotones de primera línea.
Desde una mesa de despacho se pueden ordenar
muy bien que se tome un sector de trinchera, en
la sangrante realidad de la guerra se pagan las
consecuencias de tales cálculos hechos ante un
mapa de colores. Bueno, así están claras las cosas.
Para que se puedan dar partes en la retaguardia
con hermosas palabras, se sacrifican los huesos de
siete fusileros; y sin embargo, por mis informes y
los de otros, se sabía de sobra la total carencia de
valor táctico de esa posición.” Esta observación
lo exponía a un consejo de guerra y una posible
degradación o envío a un batallón de castigo de
donde seguramente no regresaría vivo.
La séptima vez que fuera herido, recibió una
bala en el pecho. Sus soldados lo sacaron de
una trinchera ya completamente rodeada por el
enemigo y uno de ellos, el soldado Hengstmann lo
montó sobre él y lo transportó una buena distancia.
Una bala en la cabeza mató a Engstmann y lo
recogió el Sargento Strichalsky que se arrastró
con él encima hasta sacarlo de la zona de fuego
y entregarlo en un puesto sanitario.
Es claro que los soldados de Jünger tenían una
alta idea de su valor personal, de su compromiso
con ellos y de su pericia profesional forjada en tres
años de combates incesantes y despiadados.
Reflexión
Ser comandante es tomar decisiones difíciles.
Este es “el trabajo” de ser comandante. Ese es
nuestro trabajo. Si no somos “comandantes” en
todo momento y circunstancia, no lo seremos
nunca.

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