Una Visita al Gabinete de Prat

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Trabajo publicado en revista Sucesos # 39 el 22 de mayo de 1903.

Una casualidad hizo que al establecer mi estudio en este puerto, tuviese como vecino al héroe del Pacífico.

Una sola escalera nos conducía á nuestros respectivos departamentos, divididos únicamente por un débil tabique.

Arturo Prat, en esa época, acababa de regresar de su bien difícil y mejor llevada misión á Buenos Aires.

Volvía á comenzar su noviciado en el foro, con ese desaliento común á la renovación de esta especie de trabajos, después de una larga interrupción.

Pero ese desaliento duró poco.

Muy pronto la chispa encendió la hoguera, y Arturo Prat, colgando momentáneamente su espada, empuñó con igual brío la pluma de abogado.

Lo veía frecuentemente.

Nos encontrábamos á menudo, ya entrando ó saliendo en la escalera común, y muy pronto trabábamos corta pero animada conversación.

No encuentro palabras aptas para pintar la impresión que me hacían esas pláticas.

Arturo Prat al entablarlas, y sobre todo cuando tenían por tema un punto de derecho -tema el más frecuente en nuestros diálogos- me semejaba al astrónomo que con su mirada fija en la atmósfera, busca en el océano de estrellas que lo circunda, la que debe servirle de guía en sus observaciones.

Inquiría con tesón, analizaba, escrutaba, descomponía y reorganizaba sus argumentos con admirable facilidad.

Los obstáculos no lo irritaban: lo estimulaban por el contrario.

Un texto de derecho, con su estrecho laconismo, servía de espula y de aguijón á sus facultades y á su deseo de investigación.

Tal era el abogado, según lo conocí.

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Pocas veces lo traté en otro terreno.

Me anunció su primera partida para el Norte con serenidad, pero sin fuego ni entusiasmo.

Quería ser auditor de guerra en la marina.

– ‹‹Sé que las propuestas han sido elevadas tiempo há, pero el Gobierno no las ha despachado aún››, díjome con triste acento.

En su segundo viaje sucedió todo lo contrario.

Víle entrar en mi pieza alegre, satisfecho, casi radiante.

-‹‹Me voy compañero, me dijo, y vengo á darle el adios del vecino y del colega››.

-¿Ya parte?

-Sí: vóyme en la Covadonga.

-¿Y por qué no en otro buque de más fuerza?

– No hay lugar, y por otra parte, he elegido mis marineros, mis oficiales y mis cañones, y…estoy contento de todo.

– Entonces, compañero,no me resta sino desearle una feliz campaña. Tendremos un almirante entre los abogados…

-¿Almirante? no por cierto. En las campañas la gloria es para los grandes; el sacrificio y el deber para los pequeños…cumpliremos con el nuestro…he ahí todo.

Me estiró su mano.

Yo no la estreché. Fueron mis brazos quienes respondieron á su cariñosa demostración.

No supe por qué, pero esa despedida me pareció fúnebre…

Había en su semblante cierta luz, cierta irradiación, pero no era de alegría, sino de resignación.

Pero Arturo Prat no se engañaba.

No debía ser almirante jamás.

Debía ser héroe y mártir, y ver brillar en su persona, no los galones del oficial, sino las lágrimas de admiración de Chile entero…

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Algún tiempo después volví á penetrar á su aposento, á su bufete de abogado.

Lo hacía acompañado de un amigo distinguido y abogado, don David Campuzano, que ocupaba los mismos departamentos.

Los objetos pertenecientes á Prat se hallaban depositados en una de las piezas, á la que nadie penetraba.

Nosotros lo hicimos poseídos de una sincera emoción.

No recuerdo por el momento todas las obras que encontramos en uno de los estantes de jacarandá y deploro infinito no haber realizado en el acto mi deseo, que no he podido efectuar después, de formar un catálogo completo de todas.

¡Pero qué revelación hay en esas pocas obras, hojeadas y leidas con frecuencia, al parecer!

Si el alma de un autor se conoce por sus obras, ¡qué no dice respecto de la agitada existencia de ese glorioso marino, la historia filosófica, representada por Voltaire; la investigación de Rouseau y Augusto Nicolás; la elocuencia por Berryer; la poesía más tierna y delicada en las páginas de Lamartine y Víctor Hugo, la moral austera y elevada bajo la pluma de Montaigne!

Ese hombre, ese marino, que había aprendido, como Jones, á conocer a Dios en el azul del mar y del cielo, que le representaba y retrataba la mirada de su madre; quería conocer la verdad social y la verdad científica en las hojas de los maestros.

Moral, ciencia, filosofía, elocuencia, poesía, todo lo grande, todo lo noble de la naturaleza humana, todo estaba allí; ¡todo eso era lo que amaba y conocía Arturo Prat!

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Me hallaba absorto en estas reflexiones, cuando mi amigo Campuzano las interrumpió violentamente…

– ¿Qué es esto? me preguntó, señalándome un pequeño libro hojeado, al que faltaba un lado de su cobertura.

– ¿Qué? le respondí. Veamos!

Y entre ambos lo abrimos con religioso respeto.

Era un pequeño devocionario, recuerdo de la infancia, sin duda; ¿ó quizás un precioso talismán, olvidado por el marino en alguna de sus rápidas marchas?…

Campuzano y yo nos miramos…

Aquel era nuestro más precioso descubrimiento; aquel libro, descuadernado y roto, era ciertamente un trozo del pecho de Arturo Prat.

Habíamos visto su cerebro; era lógico viéramos también su corazón.

Arturo Prat no sólo sabía luchar, mandar, vencer, morir; sabía también, y sabía perfectamente, orar, es decir, amar!

Y ese libro, don sin duda de su madre, recuerdo probable de su esposa, estaba ahí, roto pero vivo aún, tal como quedó su dueño después de mortal combate sobre la cubierta del Huáscar…

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Nos retiramos en silencio.

Los años han pasado, pero ese recuerdo, esa visita, no se ha borrado aún de nuestra mente.

Y hoy que Chile recuerda al héroe, he querido, después de consultar con mi compañero, contar á mis hermanos lo que vimos, lo que oímos, lo que sentimos en esa romería al gabinete del héroe, de cuyos méritos, nombre y fama puede decirse con el Dante:

¡A medida que se aparta aparece más pura i más gloriosa!

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