Un frío y oscuro día en Haití

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A lo largo de mi carrera como oficial Abastecimiento, me ha tocado vivir distintas experiencias, tanto en tierra como embarcado; experiencias que gracias a mi formación como oficial de marina he podido enfrentar de la mejor manera. Sin embargo, en esta oportunidad quiero contar sólo una y quizás la más compleja que se pueda enfrentar y que no todos han vivido. Una que viví durante mi paso como integrante del Batallón Chile desplegado en Haití. Una que yo no pedí que ocurriera, pero que simplemente me tocó vivir.

Eran aproximadamente las 13:45 horas del 13 de abril de 2015, la temperatura promedio en Haití en esa época es de 34o C y el calor no da tregua. Pero ese día para mí y para todos en Cabo Haitiano fue frío y oscuro. Estábamos en retirada después de rancho, muchos se encontraban ansiosos, ya que pronto se iniciaba la última semana desplegados y comenzaba el esperado retorno a casa, luego de nueve largos meses. Yo me encontraba viendo televisión en el segundo piso del Cuartel Carrera, en Cabo Haitiano al norte del país, cuando desde el primer piso se escucharon gritos: “¡Mi comandante, mi comandante…llamen al comandante!”. Pude distinguir que era la voz del oficial de guardia, me asomé para ver qué estaba pasando al mismo tiempo que el comandante salió de su habitación. La cara del oficial de guardia hacía suponer que algo grave había pasado o estaba pasando. “Mi comandante, hay tropas en contacto, tenemos un herido a bala”. Al escuchar esto, una serie de preguntas se vinieron a mi cabeza, como también me imagino a la del comandante. ¿Quién era? ¿Dónde estaban? ¿Era grave la herida? ¿Hay más heridos? Pese a todo lo que podía pasar por nuestras cabezas, ninguno se atrevió a preguntar en ese momento y bajamos rápidamente, para evitar que la información se filtrara a más personas.

El comandante tocó llamada a su plana mayor en el Joint Operation Center (J.O.C.) del cuartel, se cerraron las puertas y comenzamos a recibir mucha información. Lo primero que supimos fue que se trataba de la patrulla que había ido a dejar personal del Batallón Chile a la frontera con República Dominicana. A las 13:55 horas aproximadamente, se informó que el afectado era el sargento 2° (Enf.) Rodrigo Sanhueza y que la herida había sido en el rostro. Hasta ese momento yo, al igual que todos, tenía la convicción o quizás la esperanza de que la herida sería algo superficial. Un rebote quizás o simplemente un roce. Sin embargo, un minuto después se recibió un llamado telefónico de parte del conductor del vehículo en el que iba el sargento Sanhueza, informando que había recibido un impacto en el rostro y que se encontraba gravemente herido, por lo que debía ir al lugar más cercano con una estación médica. Se comenzó entonces a realizar las gestiones con el Batallón Uruguayo, unidad de Minustah más cercana al lugar, para que recibieran al herido y le prestaran los primeros auxilios.

El comandante se encontraba en medio del J.O.C. coordinando con su par uruguayo, solicitándole el apoyo de su médico. Pocos minutos después de las 14:00 horas, el comandante recibe el llamado desde el contingente uruguayo, informando que el vehículo había llegado y que el herido había sido llevado a la enfermería, donde estaba recibiendo la atención necesaria. Había mucho ruido, muchas personas hablando por teléfono. A pesar del desconcierto e incredulidad que reinaba en el cuartel, cada vez que el comandante recibía un llamado a su celular, se producía un silencio y las miradas se iban sobre él, con la esperanza de verlo esbozar alguna sonrisa que pudiera tomarse como augurio de haber recibido una buena noticia; no obstante, ocurrió todo lo contario. Aproximadamente a las 14:15 horas el comandante contestó una llamada y su semblante cambió radicalmente, escuchaba atentamente lo que le decían desde el otro lado del teléfono mientras movía la cabeza en señal de entendimiento, yo lo miraba fijamente tratando de deducir algo de su lenguaje corporal o esperando que dijera algo que nos permitiera descifrar lo que le estaban diciendo, hasta que el comandante le responde a su interlocutor: “Entiendo entonces, que el sargento Sanhueza falleció…” Mientras escuchaba estas palabras y miraba a mi alrededor, mi primera reacción fue de negación, “debo haber escuchado mal”. Miré a la persona que se encontraba junto a mí al mismo tiempo que él me miraba con la misma cara de incredulidad que debo haber tenido, y sin decirnos nada, ambos concordamos que habíamos escuchado mal. Lamentablemente no fue así, al cortar su llamada, el comandante se tomó una pausa mientas miraba a las personas que estábamos en el J.O.C., con voz seca y entrecortada dijo: “El sargento Sanhueza ha fallecido”. Yo no sé si coincidió que justo en ese instante dejaron de sonar los teléfonos o simplemente bloqueé todos los ruidos, pero se produjo un silencio sepulcral, mientras un escalofrío recorría mi espalda. No podía ser, si yo me había despedido de él antes de que saliera y habíamos quedado de acuerdo que en la noche íbamos a jugar un partido de truco… ¿Cómo iba a estar muerto?

Los teléfonos comenzaron a sonar nuevamente, cada vez más. Mucha información se pedía de todas partes, había mucha gente del cuartel que se había dado cuenta que algo había pasado, por lo tanto, después de conversarlo con los oficiales, se dio la orden de cortar internet, para que la información no llegara a la familia por las redes sociales antes que por los canales oficiales. Posterior a eso, se tocó llamada general, a cargo del segundo comandante, quien tuvo la desagradable tarea de informar a toda la dotación de lo que acababa de pasar.

Hubo llanto de muchas personas e impotencia general, muchos querían comenzar a equiparse para estar listos a salir a buscar a los responsables en caso de que se diera esa orden, la cual afortunadamente nunca llegó.

Funeral en Viña del Mar (19 de abril de 2015).

Cuando ya asumí la noticia, se me vino a la mente que el cuerpo del sargento debía ser repatriado y tendríamos que realizar varios trámites para lograrlo, por lo que, en mi calidad de comandante de la compañía, y principalmente por el cariño que le tenía, me ofrecí voluntario para hacerlo.

No alcancé ni siquiera a hacer un bolso y me fui rápidamente al aeropuerto para tomar un vuelo a la capital haitiana, Puerto Príncipe. Media hora después llegó a esa ciudad el cuerpo del Sargento, el que tuve que recibir y entregar al personal del hospital argentino, luego de recuperar su equipo militar y alguno de sus objetos personales.

Fue difícil dormir esa noche solo en un contenedor, con el equipo del sargento a mis pies y un sinfín de imágenes y pensamientos que daban vuelta en mi cabeza.

Luego de todas las pericias y trámites legales que se le realizaron al cuerpo, tuve que recibirlo nuevamente y llevarlo a la funeraria donde solicité ser yo quien lo vistiera, ya que desde Chile me habían informado que la familia lo quería ver, por lo que mi esmero fue ponerle su uniforme de la mejor manera posible, de la forma que lo debe usar un soldado.

Innumerables fueron los obstáculos que tuvimos que sortear para llegar con el cuerpo de vuelta a Chile; desde carreteras bloqueadas por protestas y demandas sociales en los pueblos fronterizos de República Dominicana, hasta la falla de un motor del avión FACH minutos antes de despegar con el cuerpo, la que no pudo ser reparada y el avión tuvo que ser reemplazado. Fueron prácticamente seis días completos los que nos tomó llegar a Chile, días muy largos en los cuales me mantuve al lado del cuerpo del sargento Sanhueza rindiéndole los honores que se merece un soldado caído. Seis eternas jornadas, hasta cumplir la misión de entregárselo a su viuda.

Difícil va a ser borrar las imágenes de lo que pasó, recibir el cuerpo inerte de una persona tan llena de vitalidad, vestir el frío cuerpo de un camarada de armas para que pueda recibir los honores de ordenanza que le correspondían, ver el desconsuelo de su señora al recibir el cuerpo, etc. Pero, sin duda, lo más difícil va a ser borrar el llanto de su hijo aferrado al ataúd durante su funeral, ese pequeño valiente que a su corta edad tuvo que despedir a su más grande héroe.

El sargento Sanhueza, era una de esas personas especiales que, luego de un par de minutos hablando con él, uno sentía que lo conocía de toda una vida, una persona que irradiaba alegría y que con una sonrisa y una palmada en la espalda le podía subir el ánimo a cualquiera; con quien tuve una afinidad que pocas veces se me ha dado. Durante los seis días que estuve custodiando su cuerpo, esa afinidad se transformó en un lazo difícil de romper, un lazo que se mantendrá hasta el día en que nos volvamos a encontrar navegando por los mares de la eternidad. Mismo lazo que hoy, de cierta forma siento que me une con su familia, a quienes llevo presente en mi corazón y en mis oraciones pese a no conocernos.

No escribo estas letras para generar empatía o condescendencia, simplemente para contar una experiencia, una experiencia que como muchas otras nos vamos a ver enfrentados en nuestra carrera naval o en la vida, cuando todo parece frío y oscuro, experiencias que quizás no deseamos, que quizás no pedimos. Experiencia que simplemente nos toca vivir.

Rodrigo Rivas Tiznado
Teniente 1º AB.
rrivas@armada.cl