Romances de guardiamarina

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Hace unos días recibí un emocionante recorte de prensa en que se leía: “La Marina es tu amante, a la que tu novia o esposa la envidiará porque tiene tu corazón, estarán celosa de ella porque, te llevará lejos y te mostrará cosas que nunca viste y vivirás experiencias nunca sentidas.” En verdad, estar en retiro no libera nuestra alma de la Marina de Guerra que está siempre presente en nuestra vida. Son 30 o más años de nuestra vida con compañeros y amigos honestos y leales de mirada de frente, sincera y limpia sin dobleces.

Esto, me lleva a recordar mis inicios en la Marina como guardiamarina del año 1961 que, al igual que siempre, comenzó en nuestra querida Esmeralda. Zarpamos en enero a Calderilla, una hermosa bahía al sur del puerto de Caldera, donde se necesitaba realizar un levantamiento hidrográfico para construir un muelle y habilitar la actividad minera de nuestro querido desierto del norte. En verdad fue una experiencia interesante y muy ilustrativa, con duro trabajo, muy cansadora y mucho calor. Vienen a la memoria nuestros antepasados que durante la Guerra del Pacífico lograron grandes hazañas de armas y resistencia.

Durante este periodo de nuestra instrucción recordé las entretenidas y excelentes clases de nuestro magnífico profesor, capitán de navío Eugenio González Navarrete, apodado por todos EGN (en sus clases de trigonometría esférica nombraba los vértices de los triángulos con sus iniciales EGN). Era un hombre entretenido, excelente profesor, que nos narraba sus experiencias en la Armada con el ánimo de estimular nuestro interés en los ramos que enseñaba de navegación astronómica e hidrografía. Sus dichos durante este relato los recordaremos en más de una oportunidad. Nuestro curso logró finalmente producir una carta del puerto de Calderilla en que se instaló un gran muelle mecánico para embarque de minerales en enormes buques graneleros.

Lo más agradable de esta experiencia, fue una recepción bailable que el capitán del puerto de Caldera ofreció al curso de gamas, en que conocimos algunas hermosas y simpáticas señoritas norteñas que nos acompañarían durante tres semanas de verano, a las cuales visitábamos entusiasmados en cada oportunidad que podíamos escapar de nuestras obligaciones hidrográficas o vigilancia de nuestros superiores.

Finalizada y entregada la ansiada carta náutica, nos dirigimos a Valparaíso para preparar nuestro viaje de instrucción, que sería a Isla de Pascua, Tahití, Samoa, Australia y Nueva Zelandia. Las autoridades navales, debido a informaciones del crucero anterior, resolvieron posteriormente reemplazar Tahití por Bora Bora.

Zarpamos de Valparaíso al norte recalando en Antofagasta y Arica. En este último puerto admiramos el imponente Morro, descubrimos las maravillas del puerto libre, en que había muchos productos extranjeros desconocidos en el resto del país, ya que el sistema económico cerrado imperante impedía el ingreso de productos extranjeros, salvo un severo y desmedido impuesto de importación que hacía difícil su adquisición. En ambos puertos fuimos festejados y conocimos los cariños y generosidad de las muchachas norteñas, pero, debíamos continuar nuestro crucero.

Después de 20 días de navegación divisamos la exótica Isla de Pascua, primera recalada en las hermosas islas polinésicas y nos aprontamos a revivir la emocionante y pintoresca vida del novelista Robert Louis Stevenson, Cuentos de los Mares del Sur, los pintores Vicente van Gogh y Paul Gauguin y el musical South Pacífic que dejaron recuerdos y fantasías hermosas de las islas y sus habitantes.

Desafortunadamente, las bravezas del mar en la bahía de Hanga Roa dificultaron nuestro desembarco y después de unos pocos viajes de la lancha del buque, esta fue lanzada contra las rocas y terminó con nuestro desembarco, debiendo dedicar nuestra visita a arrancar la embarcación de las rocas y realizar las reparaciones de fortuna para luego llevarla a nuestra querida Dama Blanca para su recuperación. Este desafortunado accidente terminó con nuestra permanencia en Pascua y primeros sueños en los mares del sur.

Después de 16 días con rumbo a la puesta del sol, llegamos a las proximidades de Tahití, que divisamos a la distancia con su capital Papeete. Fue solo un sueño, ya que el comandante con una última mirada y un saludo a las embarcaciones que salieron a recibir afectuosamente al Cisne Blanco del Mar, viró hacia la isla de Bora Bora, una de las minúsculas islas de la sociedad con una población de aproximadamente 200 almas que vivían en forma muy sencilla en la naturaleza de la hermosa isla.

Avistamos la tierra por la proa, donde el cielo se une al mar, y nos aproximamos con velas desplegadas para enfrentar el anillo de coral que rodea la isla y que deja solo una entrada por un angosto pasadizo. Cargamos las velas y desde mi puesto en el Juanete, observaba como el práctico local conducía el buque por el angosto canalizo de acceso hasta el muelle en Fanui.

Ingresamos a una laguna idílica, color esmeralda del arrecife, mientras aferrábamos las velas. ¿Será la verdadera Bali Hai?

Atracado el buque al muelle, terminamos nuestras actividades a bordo y al atardecer un grupo de polinésicos con música y vestimenta típica nos reciben con sus hermosos cantos y bailes. Fue muy apreciado por la dotación del buque. Tuvimos oportunidad de interactuar con esta amable y hermosa gente; fui invitado a acompañarlos a conocer su isla y moradas nativas. Nos comunicábamos con lo que recordábamos del francés aprendido en el colegio, señales corporales y muchas sonrisas.

Compartí su cena y degusté de sus bebidas; esa noche dormí en la playa bajo los árboles con esta simpática gente. A la mañana siguiente, desperté bajo un rojo amanecer y sol que se reflejaba como un rayo en la laguna verde esmeralda de Bora Bora. Después de una corta sumergida en el cálido mar, regreso a bordo para subir por alto e integrarme a las actividades del buque. Como en la isla no había dentistas y al saber que la esposa de mi anfitrión, quien me había recibido con tanta generosidad, tenía dolor de muelas, coordiné con el dentista del buque que los atendiera y resolviera así su problema.

Diariamente, terminadas las actividades del día, con algunos compañeros reiniciábamos nuestra vida playera en que los isleños nos prestaban unos pareos (pieza de tela que se ajustaba a la cintura como falda). La última tarde, antes del zarpe del buque, nuestro anfitrión preparó una fiesta de despedida con un asado de cerdo y varias bebidas que habíamos traído de a bordo. Vestidos con nuestros pareos y pecho al aire, estábamos muy contentos e integrados a la vida polinésica hasta que llegó una camioneta que traía, nada menos, que nuestro poco risueño jefe de estudios, el capellán del buque, el médico y el dentista, todos correctamente vestidos de uniforme. Habían sido invitados por nuestro anfitrión en agradecimiento a los servicios del dentista y este último extendió la invitación a los antes mencionados, quienes nos saludaron con un gesto de clara desaprobación por nuestra exótica vestimenta.

La despedida para nosotros perdió todo romanticismo. Se agravó cuando al término del evento el jefe de estudios nos invitó a regresar a bordo con ellos en la camioneta. Al día siguiente zarpamos a Pago Pago, en la Samoa Norte Americana. Con afecto nos despedimos de las cariñosas amigas que en el muelle agitaban coloridos pañuelos.

Recalamos a esta nueva hermosa isla que había sido una base naval de la Armada norteamericana durante la Segunda Guerra Mundial y lugar de entrenamiento selvático de sus Infantes de Marina. Esta realidad había cambiado bastante las costumbres tradicionales y por recomendación del gobernador de la isla, teníamos un régimen en tierra restringido. Debíamos bajar, en esta calurosa isla tropical, de uniforme blanco con corbata y chaqueta, recogiéndonos diariamente a bordo a las 21.00 horas.

Las visitas para conocer la Esmeralda eran numerosas. Entre las visitantes pudimos atender a unas hermosas jóvenes y fuimos invitados en retribución por su padre, un ex marino mercante griego, a su hogar en el otro extremo de la isla.

En esas alegres reuniones vespertinas, nuevamente nos facilitaban pareos para deshacernos de nuestro incomodo uniforme. Durante el asado y refrescos las jóvenes en trajes típicos bailaban sinuosamente el baile del sable, que recordaba antiguas hazañas de guerreros de la isla. La combinación de raza polinésica con griega realmente generaba hermosas jóvenes. Después de la cena nos bañábamos en las cálidas aguas cristalinas de mar, en la laguna color esmeralda con hermosa vegetación circundante. Habíamos encontrado nuestro Special Island del Pacífico Sur: Bali Hai.

Finalmente, después de estas agradables y dulces visitas, llegó el momento de regresar a la realidad y zarpar para continuar nuestro crucero de instrucción. ¡No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague! (frase célebre de EGN).

Nos dirigíamos a Sydney, Australia. Nuevamente recordamos a nuestro apreciado maestro EGN, quien 30 años antes había visitado este puerto a bordo del BE Baquedano, y durante sus clases entre triángulos esféricos y formulas astronómicas, nos contaba que las mujeres australianas eran muy hermosas. Ahora tendríamos la oportunidad de verificar esta afirmación.

Al recalar al puerto con mala visibilidad, cargamos y aferramos las velas. Al salir de la niebla que cubría la boca del puerto, vimos en los altos de los cerros lo que parecían árboles, pero al acercarnos más pudimos constatar que eran cientos de personas que venían a presenciar el ingreso de este hermoso velero. Supongo que estas personas habían sido alertados por un hidroavión que nos sobrevoló repetidamente el día anterior. Al ingresar a la rada, una multitud de yates y lanchas nos acompañó al muelle justo debajo del vistoso puente metálico que cruza la bahía de Sídney y, para mayor comodidad nuestra, está en el centro de la ciudad.

Terminadas las actividades a bordo, bajamos franco con nuestro uniforme azul con las insignias de guardiamarina en la solapa. Grande fue nuestra sorpresa, cuando nos enteramos, al subir a un bus, que la ciudad había acordado pasajes gratis para sus distinguidos visitantes. Esta misma cortesía habían acordado los cines y algunas otras actividades. Cuando tuve una oportunidad, consulté al oficial de enlace de la Armada australiana por esta situación; me explicó que era una costumbre desde antaño, porque la ciudadanía quería sus militares y era un gesto de agradecimiento por su labor. Recordó que en muchos países europeos, de las cuales ellos provienen, sus monarcas, príncipes y autoridades asisten a la escuela de formación de sus fuerzas armadas y visten uniforme de ellas en sus ceremonias y actos oficiales.

A nuestra recalada, las autoridades locales habían organizado un baile, donde tuvimos la oportunidad de comprobar la aseveración de EGN sobre la belleza de las mujeres. Fue una deliciosa velada con hermosas damas, al término invité a una señorita a acompañarme al cine la tarde siguiente. Nos reuniríamos en el foyer del cine. A la hora acordada, una elegante señora se me acercó para comunicar que su hija no podría concurrir ¡nuevo fracaso amoroso! Como siempre, quedaba la posibilidad de conocer otras señoritas entre las niñas que visitaban el buque. Allí logramos establecer amistades que nos enseñarían su bella ciudad.

Como es tradicional, se realizó un homenaje frente al monumento a los soldados australianos de aire, mar, y tierra caídos en las dos guerras mundiales. Se colocó una corona de flores y el desfile de rigor muy celebrado por los presentes, pero las cosas se complicaron porque aun tenían sentimientos sobre nuestro paso de parada, que les recordaba sus amargas experiencias de las guerras con Alemania. Una hábil sugerencia de las autoridades locales y prensa, que trató nuestra visita con mucho entusiasmo y cariño, dijo que nuestro paso regular se definiría como paso romano. Esto resultó ser muy favorable en los futuros desfiles en Nueva Zelanda, que eran esperados con entusiasmo en esas islas.

Después de nueve días zarpamos hacia Nueva Zelanda, el muelle atestado de nuestras amistades que mantenían cintas de colores amarradas a la Dama Blanca mientras se alejaba. Una vez en marcha, el buque fue escoltado por un enorme número de embarcaciones con entusiastas australianos y australianas y vuelos rasantes de aviones.

En el cruce al puerto de Wellington, en Nueva Zelanda, enfrentamos un muy fuerte temporal, en el Mar de Tasmania, el que capeamos con el aparejo de capa, con rifadura de velas y todo ese tipo de emociones. El buque mantuvo por dos singladuras una escora permanente a una banda de 30° y alcanzó una velocidad de 17,5 nudos, aunque no necesariamente en dirección a nuestro destino, sino donde quiso llevarnos el viento.

En nuestras visitas a los puertos de Wellington y Auckland, en Nueva Zelanda, se cumplió una rutina igual que en Sídney, ambas muy exitosas, donde fuimos recibidos con cariño y gran despliegue a nuestra recalada y zarpe, con yates, lanchas y transbordadores llenos de personas dando la bienvenida. En Wellington, lamentamos la pérdida de nuestro compañero Patricio Blanco en un accidente automotriz que retrasó nuestro zarpe unos días.

Con dos compañeros fuimos invitados a cenar al departamento de tres jóvenes secretarias y, como de costumbre en el amor, nos pusimos de acuerdo sobre quienes serían nuestras parejas en esta velada. Después de bailar, nuestras amigas nos indicaron que debíamos tomar asiento en la mesa mientras ellas se dirigían a la cocina a servir el rancho. Pasado unos minutos regresaron con nuestra comida, cada una con dos platos los cuales colocaron frente a nosotros y ellas procedieron a sentarse con quienes ellas habían seleccionado. Sorpresa ¡habíamos sido maniobrados por estas mujeres y aprendimos que ¡Uno propone, pero ellas eligen!

Continuamos nuestro viaje a la Isla de Pascua pero, debido a que un mayordomo se enfermó de apendicitis, se puso proa a dicha isla y máxima velocidad para que entre el cirujano del buque y el de la Isla, procedieran a operar al desafortunado enfermo. La operación habría sido exitosa pero, el desarrollo post operatorio despertó dudas, esto aceleró nuestro regreso a Valparaíso y con ello terminaron mis sueños románticos en los mares del Sur despertados por Stevenson, Van Gogh y Gauguin.

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