Reflexiones al dejar el practicaje de puerto

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No se sentirá más el “pilot on the bridge”, la brisa del mar en el alerón del puente no acariciará la cara y la satisfacción de escuchar desde tierra ”nave en posición Sr. Práctico” será el mejor recuerdo.

Al cumplir 65 años, el ordenador sin emitir siquiera un sonido, de algun lugar ignoto del mundo cibernético, recibió la señal y los datos del práctico de turno a las 00:01 horas del día que recordaba el haber llegado a este mundo, simplemente, desaparecieron. Así, en una fría señal de modernidad y apego a lo dispuesto, éste dejaba de pertenecer al selecto equipo de profesionales que maniobran en los puertos de Chile.

Solo quedaba embarcar los bártulos y rumbear a casa, atrás quedaban miles de maniobras, años de trabajo, esfuerzo, anécdotas marineras, amistad, compañerismo y vida en el mar. Pero a diferencia de las máquinas, los prácticos, seres humanos al fin y al cabo, tienen corazón, afectos, apego a la camiseta y cuando esta fecha llega, a pesar de saberlo, el momento llama a la reflexión. En efecto, esa madrugada, aún en la obscuridad y mirando el puerto de Antofagasta, los sonidos del mar trajeron a la memoria vivencias y recuerdos de toda una vida relacionada al mar.

En una larga jornada como esta no se puede dejar de recordar el inicio, 50 años atrás en nuestra Escuela Naval; con solo quince años estaba lleno de ilusiones marineras, de aventuras por venir al estilo de las novelas de ese género, que mi padre me regalaba. El también era un soñador. Nada fue fácil a partir de ese momento, nunca ha sido esa la tónica de la Escuela Naval, al egresar había madurado intelectualmente y era más que capaz físicamente, pensaba que podía enfrentar cualquier cosa y triunfar, esperaba los desafios que la carrera naval prometía, presintiendo que había un mundo lleno de sorpresas más alla del portalón de nuestra alma mater.

El mar austral, cabalgado en ágil torpedera, el vencer la gravedad en un avión y mirar desde lo alto la obra del Creador y el iniciar una familia, se sucedieron ininterrumpídamente. Formado profesionalmente, experimentado, definido en carácter, las crisis nacionales internas y externas mostraron que no solo los personajes de ficción se enfrentan con el bien y el mal. Crucé el Atlántico por el círculo polar ártico en mi pequeño avión, recordando en cada momento a Saint-Exupéry, también a Lindberg y su hazaña sin la tecnología de nuestra época, en definitiva, viendo a Dios detrás de cada nube. Volví a repetir la jornada como comandante en pequeño pero resistente bajel y enfrenté al golfo de Vizcaya que no me queria dejar seguir al Oeste. La madurez institucional vino después y con el mayor orgullo fui comandante de un buque de combate y finalmente con indisimulada satisfacción, me vestí de oficial general, Almirante de la República.

Que orgullo y que pena que mi padre no me alcanzara a ver.

En ese momento todo pasó por la mente, esa madrugada se había cumplido otra etapa importante, la aventura de ser práctico de puerto luego de tantos años en la Armada. Esta actividad llena de desafíos, anécdotas, adornada con diferentes lenguas y costumbres del mundo marítimo se terminaba, el desafío del mar que es como el de la vida, hoy calmo y seguro, mañana agitado y peligroso, había finalizado. No hay etapa que no se cumpla y no se sentirá más el “pilot on the bridge”, la brisa del mar en el alerón del puente no acariciará la cara y la satisfacción de escuchar desde tierra ”nave en posición Sr. Práctico” será el mejor recuerdo.

Pero mañana nuevamente saldrá el sol y la vida continuará motivada por nuevos sueños y proyectos, con salud o sin ella y voluntad de vivir, solo debemos esperar lo mejor. Si somos fieles a nuestra educación marinera y especialmente a Dios Todopoderoso, nada debemos temer.

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