Las Tertulias Tácticas de Acapulco y el Alemán: el estilo naval

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La novedad del año era que por motivos laborales, nuestros amigos se verían privados de sostener sus periódicos encuentros. Mientras El Alemán continuaba una brillante y merecida carrera, Acapulco había emprendido una aventura profesional septentrional. La situación no era nueva: a menudo las vicisitudes de la vida naval los habían destinado a las respectivas antípodas.

La novedad del año era que por motivos laborales, nuestros amigos se verían – transitoriamente- privados de sostener sus habituales y periódicos encuentros. Mientras El Alemán continuaba una brillante y merecida carrera, Acapulco había emprendido una aventura profesional septentrional. La situación no era nueva: a menudo las vicisitudes de la vida naval los habían destinado a las respectivas antípodas. Parecía que el destino, representado por la Dirección de Personal de la Marina, se empeñaba en que los “carretas” conocieran realidades distintas. Más, ello no era óbice para que en las escasas reuniones que dichas circunstancias permitían, la amistad –exaltada por el elixir del momento- aflorara enriquecida: La distancia había producido vivencias que era necesario compartir, secretos que revelar y “comidillo naval” del que interiorizarse.

Una recalada a “Pancho”* de Acapulco, había producido esta vez la oportunidad para retomar la sana costumbre de la meridiana, nombre que los amigos daban a aquel trago que debía engullirse justamente en el momento en el que el astro rey alcanza su mayor altura. Como nuestros acorazados sabiamente estiman que no hay que cambiar lo que funciona, el lugar de reunión había sido el bar de siempre y –como no- fondearían en la mesa acostumbrada.

A la llegada y no antes de mirar de muy mala cara a Roblecito, quien –producto de las nuevas tendencias- había decidido exteriorizar sus peculiares preferencias humanas con más fuerza que nunca, los amigos se sentaron en su mesa y Acapulco espetó: “me perdonarás amigo, pero hoy tengo invitadas a esta reunión”. Ante la cara extrañada del Alemán, Acapulco le informó: “motivos estrictamente profesionales me han llevado a concertar una reunión con quienes pronto han de llegar” y agregó: “te he de informar que no obstante la grata fisonomía de mis invitadas, son unas competentes profesionales…sin embargo el efecto disuasivo de la española compañera de mi vida me ha obligado a requerir de tu presencia.”

El Alemán se sonrió. Conocía bien a su amigo y se imaginaba que ante la necesidad de reunirse con una mujer bella, para evitar malentendidos requería de su presencia. Pues bien, en esta oportunidad oficiaría de “dama de compañía…”

No terminaba el Alemán sus cavilaciones, cuando advirtió, la aproximación -con PMA* cero- de dos bellas mujeres, a las que para su sorpresa, Acapulco se levantó para saludar. “¡Der große frankfurter fastnachtszug!” exclamó para sí el Alemán, agregando: “son realmente bellas” y comprendió la jugada de Acapulco, quien prefería tratar con dos lindas damas acompañado de su carreta. Efectivamente, incursionar sin la escolta de un amigo, en el TDA* de dos mujeres atractivas, es peligroso. Pero hacerlo para hablar de negocios, es sencillamente suicida. Al tratarse de mujeres y al igual que en la prosecución de un contacto submarino, la necesidad de apoyo mutuo y de socorro en caso de urgencia, pueden hacer la diferencia entre el éxito y la derrota. Ambos amigos sabían también que, a diferencia del mar, donde los peligros suelen estar balizados y consignados en cartas y derroteros, en tierra tal prevención no existe. Por eso y por sus largos años de mar, los amigos solían ser más bien torpes con el bello sexo, al punto que en una oportunidad, y a manera de piropo, Acapulco le había dicho a una beldad que “debía vestir las señales de peligro aislado…” lisonja que no fue comprendida por su accidental acompañante. Cabe consignar que los años habían amansado a los carretas: Ahora se entregaban dulcemente a las recompensas de la vida familiar y en asuntos de faldas eran más prudentes que un capitán ante la presencia de huiros en canales sin sonda. Ante la constatación del cambio de conducta de sus amigos, Vittorio Pipolini, el destacado navegante y almirante italiano, conocido de ambos, había dictaminado: “mei amici, del malo al buono no cambia… questo è inmutato!” Sabia lección, extrapolada del anciano arte de la navegación al comportamiento humano, fenómeno social que sólo se disfraza con la ropa de los tiempos, para repetir una y otra vez el mismo guión, con nuevos y desprevenidos actores.

Tras la llegada de las acompañantes y los saludos de rigor, Roblecito se aproximó para ofrecer los aperitivos. Ellas, siguiendo la extendida costumbre nacional femenina, pidieron sendos pisco sour, a lo que el palurdo –quizás haciéndose el gracioso ante los marinos- preguntó: “¿los quieren al estilo naval?*

El Alemán y Acapulco reaccionaron al unísono: “¿qué sabes tú, palurdo pelmazo, del estilo naval?”, le preguntaron. “Trae dos pisco sour como mejor puedas prepararlos y no nos molestes más”, terció El Alemán.

Mientras el mozo se alejaba, una de las visitantes preguntó, divertida, qué tenía el estilo naval, probablemente pensando en una nueva versión del pisco sour, tan novedosa como “cabezona”.

Ambos marinos se miraron sorprendidos. ¿Qué caracteriza al estilo naval? Acapulco tomó la palabra y con aire docto, para deslumbrar a su interlocutora con fines más pecuniarios que de otra laya, respondió: “sin temer a incurrir en un error del tipo 1, te podría decir que el estilo naval es el producto del servicio en la mar.”

El Alemán miró preocupado: Aquello del “error tipo 1” le parecía ser una de las continuas chanzas de Acapulco, que invitan a una pregunta a la que invariablemente sigue una respuesta jocosa y subida de tono. Por eso, y antes de que la interlocutora atinara a responder, El Alemán respondió: “si así fuera, el estilo naval sería también el de una compañía de navegación. Por eso, necesariamente nuestro estilo incorpora valores militares.”

“Mmmm…” caviló Acapulco. “Buen punto, ¡je suis touché mon ami!” Y agregó: “Sin embargo, el mar crea un sello que se impregna a la Institución. Mira un buque: ahí, todos somos un equipo y desde almirante a grumete compartirán el mismo destino: la gloria o –en el peor de los casos- flotar entre las olas”. Luego siguió: “Creo que el trabajo en equipo y el espíritu de cuerpo deben ser parte de nuestro Estilo Naval.”

El Alemán, más práctico que su “manilla”* agregó que “El mismo buque impone otras características: todos cumplen con su trabajo, aportando desde su especialidad al devenir del microcosmos flotante”. “No hay espacio para lujos, el mismo camarote del almirante -por muchos envidiado- no es mayor que una pequeña oficina en tierra…” “En ese espacio estrecho, la disciplina formal suele ser más relajada, pero cada uno cumple con su deber, desarrollando un sentido de autonomía en el buen sentido de la palabra…”

Y luego concluyó: Por último, también está el tema de la honradez, no sólo intelectual, sino que también en lo que a recursos y bienes se refiere. A bordo, quien se apropia de lo ajeno, está perjudicando a quien comparte su mesa. Quien miente, pronto será descubierto, porque es imposible ocultar algo en ese espacio reducido. Quien pretende saber más de lo que sabe, pronto tendrá que demostrar su competencia, lejos de una base y de la posibilidad de apoyo…”

Acapulco lo interrumpió: “eso mismo ha forjado en las Marinas un sentido especial de lealtad, entendida como la obligación de expresar el desacuerdo antes de la decisión, para después de ésta, hacerla propia, aunque sea distinta de la opción personal”. “Esto sin mencionar la libertad que históricamente han gozado los capitanes para cumplir con su misión, desplegando iniciativa y prácticamente sin supervisión.”

Las visitas, ya bebiendo su pisco sour, miraban extrañadas. Ellas acudían en misión de negocios, no exenta del encanto de visitar un bar típico de Valparaíso acompañadas de sendos viejos lobos de mar. Sin embargo, la reunión tomaba otro cariz: Los amigos discutían animadamente temas que a ellas les eran completamente extraños. De negocios, poca posibilidad y de la esperanza de un almuerzo con “frutos del mar”, -como hoy dicen los siúticos- ni hablar. Una de ellas, como para meter baza en el tema, comentó: “lo que me gusta del mar, es que es tan grande…”

Acapulco la miró como si lo que ella recién había dicho fuese una revelación. “Tienes razón”, le contestó, “…el mar es inmenso y además acarrea peligros. El marino, enfrentado a esa realidad no puede dejar de meditar introspectivamente y con respeto respecto de esa inmensidad. Por un lado, existe una dimensión física que lo aleja del hogar, mientras que ajeno a la distancia, en el corazón late el amor por los seres queridos, como si estuviesen a su lado… Así, los marinos son románticos y espirituales…”

La visitante miró a Acapulco extrañada, preguntándose quizás cuántas veces había repetido esas frases. Pero ella no sabía si era por el pisco sour en ayunas, por el ambiente del bar, la caballerosa simpatía de los marinos o por el embrujo del puerto, lo que oía le parecía terriblemente encantador. La cosa era que el estilo naval parecía estar haciendo mella en su prudencia femenina y lo peor, es que poco le importaba… ¿por qué tenían que ser tan correctamente caballerosos?, ¿por qué esa mezcla de seguridad masculina con modales corteses? Ella, santiaguina moderna, profesional, liberada y hasta indignada como se autodenominan las más radicales, sabía que una mujer del siglo XXI no debiese hacer caso de artimañas hoy abandonadas por machistas, repetidas y demodé, pero se sentía encantada… ¿o todo era una ilusión producto del famoso pisco sour estilo naval?

“…Otro aspecto que modela el estilo naval”, continuó El Alemán, es el hecho de convivir estrechamente con otras personas. Se comparte la vida habitual involuntariamente con personas que desconoces, al punto de cohabitar en el mismo camarote. Sólo el respeto, la tolerancia y la urbanidad hacen posible una convivencia tan estrecha, hoy tensionada aun más con la componente femenina, un cambio necesario, pero no exento de desafíos.

Por otra parte -continuó El Alemán- esa urbanidad e incluso caballerosidad, cuando quien la exhibe es el mando, se convierte en asertividad*, esa cualidad que los palurdos confunden con ser acertado.

Acapulco, animadamente bebiendo su vodka tónica, interrumpió a su par exclamando: “Bueno amigo, ahí lo tienes: el estilo naval es una mezcla de costumbres, valores y actitudes que son el producto de la vida en el mar y el patriotismo militar, que fomentan la lealtad, abnegación, autonomía, libertad de acción, competencia técnica y el urbanismo, dentro del marco de una vida de relativa austeridad y conducida por líderes asertivos…”

Las amigas los miraban. “Realmente el segundo trago había estado de más”, comentaron entre ellas, pero la insistencia de los marinos no dejó espacio para negativas. Además, ese tal Roblecito, el mozo, carecía absolutamente de solidaridad hacia el género femenino, al que aparentemente mira más como una competencia que como un objetivo. Del negocio que venían a tratar, ni hablar… a estas alturas las amigas carecían de la claridad mental necesaria para negociar guarismos. Además, El Alemán algo había deslizado sobre un lugar donde servían el “mejor caldillo de congrio del mundo…” que encantadas estarían dispuestas a probar…antes de conocer la bohemia porteña más a fondo, por supuesto…

Súbitamente, Acapulco exclamó “bueno señoritas, nos vamos a almorzar… además recuerden que tenemos que hablar de negocios” y ahí ellas comprendieron, acaso sin notarlo conscientemente, que como parte del estilo naval está la vieja máxima de que “los marinos, cuando nos divertimos, nos divertimos; pero cuando trabajamos, es en serio.”

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