LOS BOMBARDEOS AÉREOS ¿GANARON LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL?

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En el otoño de 1944 el presidente F. D. Roosevelt
encargaba al Secretario de Guerra Henry Stimson,
la elaboración de un informe sobre los resultados
del bombardeo estratégico sobre la Alemania nazi.
Se buscaba poseer una base científica sobre un
hecho que en ese momento parecía a todas luces
indiscutible y que era pregonado a los cuatro vientos
por los altos mandos de las fuerzas aéreas aliadas
(USAF y la RAF), rubricando que los bombardeos
sobre territorio enemigo estaban ganando la
Segunda Guerra Mundial.
La Casa Blanca se hallaba muy presionada
dado que prestigiosos generales de la aviación,
como James Doolittle, Henry Arnold, Carl Spaatz,
entre otros, abogaban fuertemente para que
la fuerza aérea estadounidense
rompiera completamente sus lazos
orgánicos e institucionales con el
ejército. Se quiso que ese informe
fuese completamente independiente
del arma aérea, aunque por supuesto
apoyado por ésta, y que entonces el
documento fuera objetivo y exacto
en sus conclusiones.
Así nacía el denominado United
States Strategic Bombing Survey
(USSBS), que se establecía bajo el
mando del coronel en retiro Franklyn
D´Olier, veterano de la guerra anterior,
por expresa orden del presidente, para
evitar que el peso de los generales
del aire inclinaran la resolución final
del documento hacia sus intereses.
Empero, estos últimos jefes de la aviación, asumían
que se trataba de demostrar con suficiente
claridad, que los bombarderos estaban ganando
la guerra. A toda esta organización se le uniría
un notorio conjunto de otros directores, civiles y
militares, vinculados al mundo de las encuestas y
las industrias; entre ellos el máster en economía
J. K. Galbraith, quien, a lo largo de su posterior
carrera, se convertiría en asesor directo de los
presidentes Truman, Kennedy y Johnson. En sus
memorias basamos este artículo.1
El informe de este novel departamento, que
debería responder directamente a Roosevelt,
estaba organizado en varias direcciones que
correspondían a los objetivos o grupos de
* Profesor e historiador uruguayo. Destacado Colaborador desde 2008. (comodorober@hotmail.com).
1. Galbraith J K.; “Memorias, una vida de nuestro tiempo”; Grijalbo. Barcelona. 1982.
El canadiense Galbraith, varias veces nominado al Nobel de Economía, fue profesor de Berkeley, Harvard y Cambridge, diplomático, periodista y autor de varias
obras testimoniales. Se lo reconoce por su larga oposición a la guerra de Vietnam.
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blancos del enemigo que eran atacados por
los bombardeos, o sea, transportes, aviación,
industrias de armamentos, bases militares,
concentraciones de tropas, núcleos urbanos, etc.
Dentro de ese organigrama, había direcciones
especiales manejadas por personal civil, que, a
medida que el año 1945 iba avanzando y con
él la ocupación de territorio alemán, procedían
a examinar e investigar, in situ, la moral de la
población, los efectos de las destrucciones y a
interrogar a las autoridades civiles y militares del
enemigo a medida que estos caían prisioneros.
Efectos en Alemania
Luego de la rendición incondicional de Alemania
en mayo de 1945, parte de la organización se
encaminó a estudiar los mismos efectos de
los bombardeos sobre Japón, bajo los mismos
sistemas de investigación. Como luego se
observará, sobre este último teatro, se llegarían
a similares conclusiones que los habidos del
campo europeo.
En el territorio alemán ocupado se estableció
un centro de detención en las cercanías de
la ciudad de Colonia. En esas instalaciones se
logró interrogatorios que abrieron esquemas
totalizadores sobre lo sucedido, entre estos a
personalidades de fuste como el mismo ministro
de industrias de Hitler, Albert Speer, quién fue el
principal informante de una de las verdades que
ya se hacían evidentes: que la enorme mayoría de
las toneladas de explosivos que se habían lanzado
sobre los espacios enemigos, habían caído sobre
la población civil y los cascos urbanos. Y lo más
importante, que ello para nada había afectado los
esfuerzos de las industrias de guerra del enemigo.
“En aquellos momentos ya teníamos indicios
de la necesidad de revisar nuestras opiniones
sobre la dirección de la economía alemana en el
transcurso de la guerra. Durante cuatrocientos años,
todo el mundo creyó que la Armada Invencible
fue derrotada por Dios y por una diminuta fuerza
británica, cuando en realidad Inglaterra ganó por
cañones, es decir por navíos de alcance superior,
de mayor desplazamiento, ligeramente inferiores
solo en tonelaje total de la flota. De manera similar,
el mito de unos nazis tan competentes como
despiadados, establecido durante la guerra, todavía
perdura. En realidad, la dirección alemana de la
guerra fue débil e incompetente durante mucho
tiempo. Al modo de ver de los estadounidenses y
los ingleses, en aquel tiempo, la economía de guerra
alemana estaba siendo movilizada con fuerza y
eficacia. Los americanos utilizaban la imagen del
tambor tensado al máximo; la metáfora usada por
los servicios secretos ingleses, era la cuerda tensada
al límite. De esto se desprendía que si un ataque
aéreo conseguía paralizar una producción, de casi
cualquier clase que fuese, las consecuencias serían
graves. No sería posible sustituirla reduciendo
el consumo civil, porque éste ya se hallaba bajo
mínimos. Y no podrían compensarla incrementando
la producción global, porque esta se hallaba al
máximo. No tenían margen.
Entre los estrategas británicos y estadounidenses
de las respectivas fuerzas aéreas, hubo un desacuerdo
histórico sobre cómo se debía atacar la tensa
economía alemana; y como siempre la fe nació
de la necesidad. Los Lancaster y Halifax de la RAF
y también los Mosquitos, solo podían volar de
noche; de día eran desesperadamente vulnerables.
A oscuras no podían localizar otra cosa sino las
ciudades, y de este imperativo técnico salió la
conclusión. Las ciudades eran el objetivo ideal;
al destruirlas, se infligirían daños irreparables a la
producción bélica alemana, y quizás también a la
voluntad de lucha germana. Por su parte los aviones
estadounidenses, pesadamente artillados, solo
podían volar de día y localizar blancos industriales
específicos, aunque pronto se descubrió, y a un
coste muy alto, que necesitaban llevar cazas de
escolta. Y tardaron más en aprender que localizar
un blanco no era lo mismo que acertarle.
Nadie sufrió más ataques aéreos, durante la guerra,
que las indefensas tierras de cultivo. Ahora bien,
por agrio que fuese el desacuerdo entre la USAF
y la RAF y sus correspondientes estados mayores,
lo mismo que entre los propios estadounidenses,
en cuanto a cuáles eran los objetivos prioritarios,
todo el mundo estuvo de acuerdo en que se
estaba haciendo mucho daño a la economía bélica
alemana. Y así lo reflejamos en nuestros primeros
esbozos del Informe.
Pero nuestro primer indicio de que algo no
funcionaba llegó a Londres antes del fin de las
hostilidades. Fue un soberbio hallazgo estadístico,
los Statistische Schnellberichte zur Kriegsproduktion, o
MONOGRAFÍAS Y ENSAYOS: Los bombardeos aéreos ¿ganaron la Segunda Guerra …
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sea, los meticulosos informes estadísticos generales
sobre la producción bélica alemana. Las factorías
que producían tanques, cañones autopropulsados y
de asalto, los Panzer, no eran un objetivo primordial.
Pero consumían mano de obra, carbón, acero,
aleaciones metalúrgicas, máquinas herramientas,
transportes y toda la serie de recursos y productos
secundarios de la actividad industrial. Ningún
trastorno general de la economía alemana sería
efectivo si dejaba de afectar a la fabricación de
dichos artículos. Pues bien, en 1940, primer año de
plenas hostilidades, la producción media mensual
de vehículos Panzer fue de 136; en 1941 fue de 316;
en 1942 de 516. En 1943, cuando empezaron en
serio los bombardeos, la producción media mensual
fue de 1005, y en 1944 fue de 1583. La producción
mensual máxima no se alcanzó hasta diciembre
de 1944, y solo descendió un poco a comienzos de
1945. Para la construcción de aviones y otros tipos
de armamentos, los números eran parecidos.
Muy pronto, las investigaciones sobre los
ataques a las ciudades pondrían de manifiesto
algunas conclusiones similarmente molestas. Así,
por ejemplo, durante tres noches de verano, a
finales de julio y comienzos de agosto de 1943,
la RAF llegó por el Mar del Norte y destruyó el
centro de Hamburgo y la adyacente Harburgo.
Una terrible tormenta de fuego barrió el aire, y
con él a las personas, en un remolino que causó
miles de muertes. También destruyó restaurantes,
cabarets, comercios de lujo, grandes almacenes,
bancos y otras empresas civiles. Las factorías y
los astilleros, lejos del centro, se salvaron. Antes
del holocausto les faltaba mano de obra. Ahora
los camareros, los empleados de banco, los
tenderos y los artistas lanzados al desempleo
por los bombardeos se encaminaban a las
factorías bélicas para pedir trabajo, y también
para obtener las cartillas de racionamiento que
los nazis, previsores, distribuían a los obreros
empleados. Los bombardeos habían aliviado
la penuria de mano de obra. Empezábamos a
darnos cuenta de que estábamos ante uno de
los errores de cálculo de la guerra, o tal vez el
mayor de todos.”2
Como se observa, el razonamiento del economista
Galbraith, conduce hacia la idea de que el uso casi
indiscriminado del entonces muy mal denominado
bombardeo estratégico, para nada había pesado en
los postreros esfuerzos de construcción bélica nazi,
y esto solo había resultado un impelente para su
resistencia. Una paradoja muy difícil de digerir para
la aviación militar. Speer, en sus confesiones, mostró
como a medida que los soviéticos por el Este, y los
aliados por el Oeste, avanzaban inexorables hacia
las fronteras alemanas, la producción de guerra del
Reich aumentaba, siendo sus números máximos
dados sobre el otoño de 1944, en momentos
donde desde el aire caían toneladas de bombas
sobre tierras germanas.
“El éxito de Speer no fue el resultado de apretar
aún más una economía muy estrechamente
organizada, sino el de mejorar en manera
sustancial, aunque tardía, un rendimiento que
había sido casi imperceptible al principio. Los
alemanes mostraron gran energía e inventiva
en dispersar, reorganizar y reparar sus fábricas e
instalaciones después de las incursiones aéreas”.3
Al finalizar la guerra en Europa, prontamente
el USSBS elevó su informe al departamento de
Estado desatando una agria polémica entre los
mandos involucrados, ya con el presidente Harry
Truman al timón de la nación. Se intentó poner
el informe en tela de juicio aprovechando que
el triunfo había calado muy hondo, pero dichos
movimientos no lograron cambiar lo sustancial
del documento; imperó la honradez intelectual.
“La producción bélica alemana había aumentado,
en realidad, bajo los bombardeos. Las acciones de
más resonancia, como las emprendidas contra las
fábricas de rodamientos y aviones por ejemplo,
se habían saldado con graves pérdidas propias.
Otras si tuvieron eficacia militar, como en los
casos del petróleo sintético y las vías férreas. Pero
el bombardeo estratégico no había ganado la
guerra. Como mucho, facilitó un tanto la misión
del ejército de tierra que fue el que lo hizo. El coste
en aviones, hombres y bombas había sido para
la economía norteamericana muy superior a las
pérdidas de producción infligidas a Alemania. Al
final del Informe, en un párrafo o dos, se exageraba
en algo la aportación de la Fuerza Aérea al desenlace
de las hostilidades, para no agitar más las aguas. Se
habría servido mejor a las finalidades, tanto de la
2. Ibídem, páginas 233 a 235.
3. Ibídem, pagina 244.
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historia como de la política futura, si se hubiesen
exagerado más aun los detalles y el alcance de
los bombardeos sobre Alemania, pues de esa
manera se habrían podido prever mejor los nuevos
y costosos fracasos de los bombardeos en Corea
y Vietnam. Nuestro informe económico extenso:
´Los efectos del bombardeo estratégico sobre
la economía bélica de Alemania`, se publicó sin
censura de ningún tipo.”4
Efectos en Japón
En referencia al Japón, la USSBS se enfrentó a
una similar contingencia. La USAF consideraba
estar sobre las mismas condiciones que en el teatro
europeo, mostrando cifras de tonelaje de bombas
arrojadas que, a su juicio, habían consolidado la
ruina del parque industrial del enemigo. Pero aquí,
Galbraith y compañía, advirtieron que, mucho antes
de que los ataques de los superbombarderos se
iniciaran con toda su intensidad, Japón se hallaba
al borde del hambre y sufriendo un colapso civil
casi total, todo bajo una única causal: el bloqueo
naval de las islas metropolitanas del imperio
japonés, es decir la pérdida de sus comunicaciones
marítimas, cuyo resultado, ya en los meses finales
de 1944 era de notar.
“En el Japón, lo mismo que en Europa, la guerra
se ganó en sentido amplio por mayor peso en
potencia industrial y en hombres; en sentido
inmediato y descendente, la ganaron las tropas, los
barcos y los aviones, en las acciones de combate
con riesgo directo. El desenlace de la guerra se
dirimió en las aguas del Pacífico y en las cabezas de
playa de las islas invadidas. La espantosa reducción
a escombros de las ciudades quizá debilitó la
moral de los japoneses y modificó los puntos de
vista a favor de la rendición. Pero mucho más que
los bombardeos, debió influir en la decisión de
rendirse el reconocer, que, después de la derrota
de Alemania y la declaración de guerra por parte
de Rusia, un país pequeño como el Japón se
enfrentaba completamente solo al poderío militar
conjunto del resto del globo. Y tampoco fueron
decisivas las bombas atómicas pues pocas veces
una argumentación habrá tenido tantas pruebas
en contra.”5
Las conclusiones son bastante claras frente a
lo elaborado en aquella comisión, y si bien se
reconoció que la USAF debería ser completamente
independiente del ejército, y así se aprobó al
fin, pues ello era el meollo de toda la cuestión,
quedó un gran margen de duda en aspectos
operacionales y estratégicos del arma aérea,
muy reconocibles, como lo fueron los tremendos
sufrimientos de las poblaciones civiles de Alemania
y Japón, blancos principales de la aviación.6
En definitiva, las teorías emanadas de aquella
doctrina que el general italiano Douhet (1869-1930),
había consagrado como una verdad cantada a
voces, en esta Segunda Guerra Mundial, quedó
en discusión. La doctrina de la superioridad aérea,
donde se decantaba la importancia estratégica de
lo que Douhet llamaba la “masa en el aire”, quedó
como una etérea declaración pasada al papel, sin
efectiva probanza. Por supuesto que la impetuosa
facción de las fuerzas aéreas, siempre tan unida
a ese gran barullo mediático que las acompaña
cuando se discute la necesidad de poseer aviones,
como para inclinar la balanza de los presupuestos
por sobre otras necesidades de la defensa.
En estos mismos días del siglo XXI, posee su
piedra en el zapato. Se trata de los bombardeos
que contra el denominado Estado Islámico (ISIS),
efectúan a diario los aviones de las fuerzas aéreas de
los EE.UU., Jordania y el Estado Sirio; contingentes
terroristas, que, a tenor de las noticias, siguen
avanzando y controlando territorio, sin mengua
alguna, pese al alud de bombas y misiles que les
caen de las alturas. Y esa progresión se muestra
directamente proporcional a los ataques aéreos.
Es que solo la infantería ocupa y las armadas
ejercen los bloqueos; una verdad casi absoluta
que durante aquella Segunda Guerra Mundial se
hizo cruda y dolorosa realidad para los intereses
de la aviación, con esos números que el Informe
reseñado dejó para el concienzudo estudio de
la posteridad. A tenerlo en cuenta entonces

 

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