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“Zeta” y el “Escamado” de Fortescue

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Cuento marinero que narra sobre un joven subteniente, apodado el “Zeta”, quien embarcado en el rompehielos Piloto Pardo, a principios de los años 90, del siglo XX, descubre a un extraño ser en la bahía de Fortescue, en el estrecho de Magallanes. La existencia de la criatura se remonta al año 1520, cuando un tripulante español, embarcado en una de las Naos de Magallanes, fue convertido misteriosamente en un hombre “Escamado.” Aventura, amor y esperanza subyacen en este relato, en que ningún navegante podrá quedar ajeno a su desenlace…

 

 

Los años 90 del siglo XX recién comenzaban y el rompehielos Piloto Pardo había zarpado desde Punta Arenas hace tres semanas, dejando tras su estela a las familias de la dotación con quienes habían compartido solo una corta navidad. La necesidad imperiosa de zarpar para encender varios faros que se encontraban apagados en el estrecho de Magallanes, había postergado el natural deseo de esos marinos de estar más tiempo en sus casas; sin embargo, como tantas veces, comprendían que la necesidad operativa primaba por sobre todo; además, las ansias de aventura y el de navegar entre fiordos y canales prístinos, los llenaba de motivación.

Previo al zarpe se había presentado a bordo un subteniente recién ascendido, Antonio Zetta, era su nombre: un nieto de inmigrante italiano que con el correr de los días y dada su innata simpatía, ya todos le llamaban el subteniente “Zeta”, como comúnmente era conocido, aunque muchos le atribuían su apelativo a su afección por dormir después de guardia en distintos lugares del buque; sin embargo, siempre estaba presto a cubrir como ayudante del oficial de guardia en el puente de mando, o en la sala de radios, en la división de telecomunicaciones.

Zetta era de estatura mediana, contextura delgada, de tez blanca y se caracterizaba por lo rojizo de sus pómulos y escasa cabellera trigueña, casi rubia, que avizoraba una temprana calvicie. De ojos grandes y nariz de tamaño importante, daban siempre la sensación de un oficial compenetrado y atento, siendo una verdadera esponja que absorbía día a día todo el conocimiento que estaba a su alcance, aprendiendo con esmero y humildad cada experiencia marinera que le entregaba la dotación, siendo muy apreciado por todos.

El trabajo de reencender los faros, que inexplicablemente habían fallado casi de manera simultánea, había sido una continua y ardua tarea, tanto así, que el paso al nuevo año se produjo mientras el buque se encontraba navegando en cercanías del cabo Froward de la península de Brunswich, en pleno estrecho de Magallanes, no habiendo dado el momento para organizar una reunión de camaradería y poder felicitar a Zetta por su reciente ascenso a subteniente.

Después de varios días de singladura y mientras el buque se dirigía a la bahía de Fortescue, distante apenas 25 millas al Norweste del cabo Froward, Zetta decidió sintonizar los equipos de telecomunicaciones que se encontraban en la sala de radios o radio, como así se conocía, para así interiorizarse de las noticias nacionales u obtener los resultados de algún partido de fútbol, lo que era muy esperado por todos. Mientras se encontraba en esa faena, se acordó de su amigo y compañero de curso en la Escuela Naval, el “tordo” Mejía, quien había sido transbordado al Yelcho: un viejo remolcador de altamar de la Marina que por esos días se encontraba rumbo a la Antártica.

Rápidamente sintonizó una frecuencia que tenían pre-planeada y llamó a su amigo el “tordo”, conocido así por su piel morena, sus ojos pequeños y su brillante pelo negro. Al cabo de unos instantes, Zetta pudo comunicarse con Mejía, narrándole este último que el Yelcho estaba esperando mejores condiciones de tiempo en cercanías del cabo de Hornos, para así poder cruzar el mar de Drake. Zetta, por su parte, le describió las experiencias que estaba viviendo, mientras el marinero Subiabre, que oficiaba de incipiente mayordomo, ingresó a la radio para llevarle al subteniente un tazón grande con café para que no se durmiera, quedándose posteriormente oculto detrás de los equipos de radio para así tener la primicia de las noticias de tierra.

El “tordo” Mejía había escuchado los relatos de su amigo, pero quería contarle un secreto muy guardado, quien en voz baja le dijo:

─ Oye “Zeta”, te quiero comentar algo que nos ha pasado aquí en el buque, a propósito que se dirigen a Fortescue.

Zetta, que estaba acostumbrado a las mentirosas historias del “tordo” pero que finalmente alegraban las reuniones de camaradería, le dijo:

─ Dale “tordo” soy todo oídos, ¡cuéntame! a lo que Mejías continuó:
─ Casi un mes atrás, durante una noche sin luna y mientras nos encontrábamos anclados en la bahía de Fortescue para verificar el faro que estaba apagado, escuchamos del vigilante en cubierta unos gritos aterradores. Cuando llegamos a su lado nos narró que había visto una criatura horrible que lo tomó por la espalda tratando de llevárselo al mar; un ser que parecía un hombre con cabeza de pez, de piel escamosa y cubierto por huiros y algas: un ¡“Escamado”!, según dijo.

El “tordo” con voz temblorosa y, sin dejar espacio para que Zetta preguntara detalles, prosiguió:

─ “Zeta”, te juro que el vigilante decía la verdad, es más, detectamos huellas de pisadas en cubierta que no eran humanas, sino más bien…

En ese preciso momento la comunicación se cortó y no fue posible reanudar la conversación. Inmediatamente Zetta pensó que sería una extraordinaria historia para amenizar la sobremesa en la cámara de oficiales y, aprovechando que justamente se dirigían a la bahía de Fortescue, era el momento ideal.

Efectivamente, las condiciones de mar y viento no eran buenas y la decisión del comandante de buscar un mejor fondeadero era lo más sensato, no solo para otorgar descanso a la tripulación, sino también, porque serían muy difíciles las faenas en los faros. Así, alrededor de las nueve de la noche, el rompehielos ancló en la bahía de Fortescue, mientras Zetta, en el puente de mando, apoyaba al oficial de operaciones, “el mono” Barrientos, a quien le decían así por su particular semblante.

Terminada la maniobra y habiendo completado, a su juicio, sus deberes, Zetta bajó a la cámara de oficiales. Ya eran prácticamente las 10 de la noche y al ingresar al lugar, un sincronizado “salud” gritaron los oficiales, quienes entre abrazos y bebidas burbujeantes, que servía el marinero Subiabre, lo felicitaron por su reciente ascenso. Zetta agradeció los saludos y pasaron todos juntos a cenar, el menú había sido ideado por el “pulpo” Marito, como así le llamaban con cariño al oficial de abastecimiento.

Ya en la sobremesa, se daba el momento propicio para que Zetta contara la historia de Mejía. De esta forma, y con un tono siniestro, narró:

─ Señores… les tengo una historia increíble… algo que acabo de escuchar del remolcador Yelcho. ─Él sabía que no podía mencionar al “tordo”, por cuanto entre los buques que navegaban el área, era sabido el afán de Mejía por inventar cosas extrañas y falsas.

Así y una vez que Zetta terminó el relato, los oficiales lo quedaron mirando en silencio y pensativos, hasta que uno de ellos exclamó:

─ ¡Buena “Zeta”!, casi nos convenciste, seguramente te lo contó el mentiroso del “tordo” Mejía, ¿o no?

─ Bueno…, en realidad…, así fue…, me lo contó el “tordo” ─dijo Zetta.

El “mono” Barrientos irrumpió con una gran carcajada que todos imitaron al unísono, ante la atenta mirada de Subiabre; sin embargo, mientras los oficiales estaban de lo mejor, el comandante del buque, por alto parlante, requirió la presencia inmediata de Zetta en el puente de mando: la bitácora de navegación había quedado a medio hacer y eso era inaceptable. El subteniente dejó todo a un lado y rápidamente se dirigió al puente para cumplir la tarea, mientras “Marito” traía galletas y chocolates que había comprado en la zona franca.

En tanto, el oficial ingeniero, quien había descubierto que Mejía era el origen de la increíble historia, le dijo a sus camaradas:

─ Ahora que “Zeta” está en el puente, se me ocurre una idea… ¿Por qué no le hacemos creer que sí existe ese hombre escamado? Uno de nosotros se podría colocar el traje de hombre rana, con unos huiros alrededor del cuerpo y lo espera escondido en cubierta, en el sector de proa.

Y continuó diciendo el ingeniero:

─ ¡Oye Lopín! -como así le decían al oficial afecto a ingeniería y buzo, de apellido López-. No lo pienses más, ponte tu traje de buzo y ándate rápidamente a proa, y espera que llegue el “Zeta” y le das el susto de su vida.

─ Como usted diga jefe, voy de inmediato a cambiarme, replicó López.

Una vez que Zetta terminó de llenar la bitácora y de haber sido motivado intensamente por el experimentado comandante para que nunca dejase su guardia sin antes completar el libro en cuestión, se dirigió a la cámara de oficiales un tanto cabizbajo, pero que rápidamente lo superó al haber ganado en el único juego de salón que tenían: un viejo tablero de la “Gran Capital”, que habiendo perdido la mayor parte de los billetes de su interior, habían sido reemplazados por monedas verdaderas, pero de muy bajo valor, para que no significase que se estaba apostando a bordo, lo cual estaba prohibido.

El ingeniero, calculando que López ya estaría en cubierta, le dijo a Zetta:

─ Subteniente, dado que usted ha tenido tanta suerte en el juego con todas esas monedas que ha obtenido, vaya a proa a cubierta y aproveche de ver la cadena y cómo está trabajando el ancla, ¡mire que con el tiempo que se avecina tenemos que estar muy bien fondeados!

 

─ De inmediato dijo Zetta, abandonando la cámara de oficiales, sabiendo que después de su falta con la bitácora, no podía tener una actitud tibia ante la orden dada. El marinero Subiabre, por su parte, a pasos distantes, lo siguió, sigiloso y silencioso…

Ya en el sector de proa del buque, desde donde vagamente podía distinguirse el puente producto de la oscuridad, Zetta procedió a tocar con el pie la cadena del ancla de estribor para sentir si ésta estaba arrastrándose en el fondo marino, dado que el viento había comenzado a arreciar. Mientras estaba en esa maniobra, sintió de manera imprevista cómo dos manos muy heladas y húmedas lo tomaban con fuerza por la espalda, jalándolo y arrastrándolo hacia el sector de la borda; Zetta con desconcierto y sin poder mirar atrás y ya pensando en alguna broma de sus compañeros, gritó:

─ Oye, ¡qué pasa!, ¡suéltame, mira que podemos caer al agua!

Sin embargo, no hubo respuesta y tras el forcejeo cayeron a cubierta todas las monedas que había logrado acumular en el juego. En la confusión, la oscuridad y la adrenalina, Zetta distinguió una mano, toda cubierta por escamas, de dedos largos y unidos entre sí por una delgada membrana, que dejó de sujetarlo para rápidamente tomar las monedas que habían caído y ver entre luces una figura oscura que se escabullía detrás de la torreta del cañón a pocos metros de él, dejando una huella en cubierta de extrañas pisadas y huiros esparcidos por doquier.

Zetta, queriendo aclarar la broma, demandó:

─ Salga no más de su escondite, porque ya vi que se metió por detrás de la torreta, ¡estoy claro que no les gustó perder en el juego! ¡Los descubrí! Regresemos a la cámara que ya está haciendo mucho frío, ¡buena la broma del “Escamado”, en todo caso!

Pero no hubo respuesta, hasta que un sonido de monedas rompió el natural silencio y unas palabras muy entrecortadas, de difícil pronunciación y expedición, dijeron:

─ Agradesco sus monedas…, estas preseas a mi amada liberaran i a usted mi generosa merced le dezeo infinita prosperidad.

Zetta siguiendo el juego le respondió:

─ ¿Y dónde está tu amada? ¿Por qué andas asaltando los buques?

Y la respuesta de la extraña voz no se hizo esperar.

─ Os quiero dezir, vuestra merced, q em 1519 de paje embarque em la Nao Concepcion, baxel q con la Victoria i otras, zarpamos desde Sanlucar. El bravoso capitan general don Fernando de Magallanes mandaba la frotra em la ruta alas yslas de las espeçias. Assi i encontrandonos a 49 grados del Antartico, arribamos em 1520 a un puerto a invernar: lo llamaron San Julian. Ai avistamos ombres gigantes, q vestidos con pieles i cubiertos sus cuerpos de tierra rojiça i lineas amarillas debaxo sus ojos, rompian el silencio vespertino con danzas i cantos a dioses.

Em uno destos encuentros i xunto alos yndios aparecio una daimusela; su belleça incomparable embriago mi coraçon. Assi, abaxaba a tierra dia a dia para estar junto desa indomita fermosura de ojos pardos i larga melena oscura.

Pasaron semanas i entre cariçias i palabras aprendidas, ella mi amor desseo. “Milagro” le di por nombre: pero al tiempo los yndios vieron nuestro romançe, mas no izieron nada, porque diz quella era destino solo delos dioses i q devia olvidar…

Pero el invierno dio su fin i era tiempo de zarpar. El capitan, si bien acto indigno el maestre pensaba, embarco algunos yndios para llevarlos al reyno, mas grande fue mi tristeza al ver a “Milagro” enel alcazar q engrilletada junto a otros, su hogar a una celda cambiaba…

Sorteamos la rivera al sur; la Nao Santiago zozobro cerca de vn rio i nosotros ingresamos a vn largo Estrecho. Nos ordenaron continuar la singladura para comprobar la salida a otro mar, mas la travesia no tuvo piedad: el casco sufria el golpe delas olas, el viento i la gruesa tempestad.

Aviendo arrivado al mar del zur, regresamos por mesmo lugar conocido; pero nuevamente la Concepcion padecio la rabia i la furia del Estrecho. El miedo delos marineros su juicio quebro i encontrandonos al andar de vn pequeño puerto colmado de sardinas, abrieron la celda de “Milagro” llevandola ala borda para ofrecerla ala mar. Assi, las olas se tornaron gigantes i abrazaron mi gema llevandola al mesmo lecho marino. Mientras era tragada por la mar sus gritos enloquecieron mi juizio lanzandome al abismo en su busqueda, llegando alas profundidades del canal em q vn ser longevo, vna deidad destas aguas, de cuerpo escualo i apostura, tomo a mi bella “Milagro” dejandola cautiva; clemencia vna i otra vez por su libertad suplique. Finalmente, el ser escucho: pero su voluntad impuso: era menester llevarle los tesoros de cada baxel q pasara por el Estrecho i completar diez veces el peso de la Concepcion, assi “Milagro” libre seria i yo el sirviente dela deidad de por vida.

Mi consentimiento hize i con su mano escamosa descargo su voluntad, convirtiendome em vna criatura ombre i pez, sentenciando ver la superficie dela mar a treinta annos de por vez. Assi, cada tres decadas aprovecho la oscuridad dela noche em luna nueva i despues de apagar algunos faros para no ser visto, abordo los botes i navioss que navegan el Estrecho buscando al menos un maravedi para presentar tributo ala deidad: aquellos q portan monedas mis parabienes encuentran, aquellos sin generosidad, las profundidades veran: el preçio por “Milagro” sigo pagando i este tormento por siglos hacerlo he.

Zetta, a pesar que se entretuvo con el relato y queriendo descubrir a sus compañeros, se acercó a la torreta, estiró su mano y tomó fuertemente el brazo del enigmático visitante, quien reaccionó desesperadamente pasando por encima de Zetta quedando a la vista un cuerpo cubierto por huiros y algas, una piel escamosa y cabeza de pez, quien lanzándose por la borda se perdió entre las agitadas olas magallánicas.

Minutos antes, el afecto a ingeniero López había irrumpido en la cámara de oficiales diciéndoles a sus camaradas que lamentablemente no había podido encontrar las llaves del cuarto o pañol del buzo, por lo que no pudo sacar el traje y asustar a Zetta. Los oficiales muy molestos, porque se les había aguado la broma, lo mandaron al camarote en castigo.

El joven Zetta, entre tanto, gritaba desesperadamente en cubierta:

─ ¡Hombre al agua por estribor, hombre al agua por estribor!─; corriendo hacia la cámara de oficiales para pedir auxilio.

Al entrar a la cámara, Zetta clamaba por ayuda, diciéndoles que el hombre “Escamado” que habían preparado había caído al agua; pero rápidamente el oficial ingeniero le replicó que eso no era posible, narrándole muy brevemente lo que “Lopín” les había indicado.

─ ¡Imposible! ─dijo Zetta, quien incrédulo agregó—­: ¡Me están mintiendo!

Con tanto grito y revuelo, el joven López pensó que se había animado nuevamente la celebración, ingresando repentinamente a la cámara. Zetta al verlo quedó atónito y sin habla. El propio oficial ingeniero le acercó un café “con malicia”, como así le denominaban al café con aguardiente, y le dijo:

─ Calma “Zeta”, no vamos a caer de nuevo en tus cuentos o en las mentiras del “tordo”, tómate este bajativo que vienes congelado de cubierta, ¡salud muchachos!

A lo que todos replicaron alzando sus copas, diciendo:

─ ¡Salud “Zeta”!

Han pasado 30 años, Zetta ha tenido una brillante y próspera carrera profesional habiendo navegado más allá de los siete mares en innumerables ocasiones. El comandante Zetta se encontraba en el puente de mando y estaba orgulloso de comandar una moderna fragata y disfrutaba la navegación entre fiordos y canales del estrecho de Magallanes. Mirando al exterior, pensaba en su familia y en sus vivencias marineras, mientras una joven oficial de guardia, más callada, pero tan morena como su padre, el “tordo” Mejía, iniciaba la aproximación nocturna del buque hacia la bahía de Fortescue.

─ Mi comandante ─le indicaba a Zetta─, el faro de Fortescue está apagado, al igual que otros que hemos dejado atrás, además, en este día sin luna, tendremos que navegar muy atentos.

─ Bien, siga alerta y continúe con la navegación, ─replicó Zetta, recordando al padre de la oficial y quedando algo pensativo…

Una vez que el buque fondeó en la bahía de Fortescue, ya entrada la noche, el comandante, que todavía estaba en el puente, le indicó a la joven oficial de guardia que se dirigiría a cubierta, mientras el suboficial mayordomo Subiabre, a quien por su vasta experiencia todos los llamaban “viejo lobo,” se acercó para servirle un café caliente en un viejo tazón en el que podía distinguirse claramente el nombre “Piloto Pardo.”

─ Gracias ayudante ─le dijo Zetta─. Siempre tan oportuno…
─ No quiero que se me vaya a resfriar allá afuera jefe, ─le indicó Subiabre.

El comandante bajó las escaleras que conducían a la cubierta exterior seguido por el mayordomo. Subiabre, un tanto intranquilo, le dijo a Zetta en voz baja:

─ Ah…, se me olvidaba…, en estos días con poca luna, de faros apagados extrañamente…, quizás usted debiera tomar algunas precauciones…

─ ¿De qué me hablas Subiabre? —─preguntó Zetta.

─ Mire jefe… ─ —replicó el mayordomo, que con voz afectuosa agregó—─: ¿Por qué no se lleva consigo estas moneditas que tengo acá en mi bolsillo?… no sea que se le aparezca el “Escamado” y…

─ ¡Ayudante, siempre lo supiste! —─le respondió Zetta.

Subiabre lo miró con sus ojos enrojecidos de emoción…, tomó el hombro de su comandante y acompañándolo hacia el exterior le dijo:

─ Fui testigo de su encuentro con el “Escamado”…, los ahora masivos y continuos apagones de faros en coincidencia con las noches sin luna, significa que el “Escamado” está allá afuera y esperando… Ha estado cientos de años vagando por el estrecho, quien por la aventura se embarcó en una misión que jamás pudo alcanzar y que por amor, se entregó a un sufrimiento eterno, pero con la esperanza que atesorando monedas y preseas de entre buques y embarcaciones que navegan el estrecho, algún día liberaría del cautiverio a su adorada “Milagro”. Resta en nosotros y en todos los navegantes aliviar el dolor del infeliz “Escamado”, dejando al menos algunas monedas en cubierta para que algún día la despiadada deidad se compadezca y nuestro escualo amigo pueda saldar la deuda y ver libre, finalmente, a su bella de ojos pardos.

Zetta, profundamente emocionado, no dijo nada, golpeó el hombro de su ayudante y, aceptando las monedas de Subiabre se alejó hacia proa, mientras una sombra oscura pareció moverse detrás del cañón…

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