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Réquiem de Condell

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Texto elaborado para ser leído en la vigilia de oficiales efectuada el 20 de mayo de 2019, a bordo de la fragata Almirante Condell. Basado en gran parte en el siguiente artículo histórico: González Valencia, Andrés J. (2014) “Quilpué y lo que sobrevino tras la muerte del Contra-Almirante Don Carlos A. Condell de la Haza”. Boletín Histórico de la Sociedad de la Provincia de Marga-Marga, Volumen N° 10.

 

Veinticuatro de octubre de 1887, 02:50 de la madrugada, un soplo de aire frío remece el valle central. Desde Quilpué, la ráfaga helada desciende por la quebrada del Marga Marga, cruza Viña del Mar y llega al océano Pacífico. El tiempo se detuvo por un momento, con el propósito de entregar la lamentable noticia: el contraalmirante Carlos Condell de la Haza había fallecido a sus jóvenes 44 años.

Su cuerpo había cedido ante la rápida batalla de una misteriosa enfermedad. Su cerebro, congestionado, entregó la guardia a la muerte tras un cuarto que permitió que se incorporasen páginas de increíble audacia e intrepidez a nuestra breve historia naval.

Un golpe ansioso en la puerta de su despacho interrumpe la concentración del presidente José Manuel Balmaceda. Al autorizar el ingreso, con voz jadeada entra su edecán naval y le informa al presidente: “Su excelencia, el almirante Condell ha fallecido.”

Inmediatamente, el presidente agacha la cabeza y se la cubre con sus manos. Había asumido la presidencia hace sólo un año, y los primeros atisbos de lo que sería el conflicto ejecutivo-legislativo de 1891 ya lo tenían bastante agobiado y esta noticia no ayudaba con su angustia.

Luego, su excelencia señaló:

Comandante, comuníquese de inmediato por telégrafo con la Comandancia General de la Marina en Valparaíso para que se contacte con la familia en Quilpué. Publíquese esta triste noticia en el Diario Oficial de la República y decrétense los días de duelo que corresponden para que toda la nación se entere. Hable con el Ministro de Hacienda y no escatime en costos. Asegure que el héroe almirante reciba los Honores de Estado que merece y que sus restos descansen de forma definitiva en el monumento en honor a la Marina.

La conmoción nacional era inevitable y el presidente, como jefe de Estado, entendía que debía reaccionar acorde a las circunstancias. En efecto, desde el término de la Guerra del Pacífico hasta esa fecha, la muerte de alguno de los sobrevivientes que participó en los eventos que sucedieron el 21 de mayo de 1879 en Iquique y Punta Gruesa constituía un hecho inédito. De hecho, el monumento a la Marina Nacional (hoy de los Héroes) recién había finalizado su construcción en 1886, no existiendo aún ocupante alguno en su cripta.

Almirante Carlos Condell de la Haza

El almirante Condell, sería el primero.

En Quilpué, lugar que la misma familia de Condell había elegido para buscar la recuperación del almirante debido a la pureza de sus aires, existía incredulidad ante los hechos que se estaban sucediendo. La proeza de Carlos Condell en los bajos de Punta Gruesa habían llevado, quizás inconscientemente, a que el almirante ganase ribetes de inmortalidad en vida. Si bien se sabía que estaba enfermo desde hace un buen tiempo, existía una silenciosa certeza que con su juventud lograría superar este temporal infortunio. La muerte no era una opción creíble.

Sin embargo, el rumor se fue haciendo cada vez más fuerte y los pocos habitantes que tenía en ese entonces la Villa de Quilpué, se fueron agolpando con curiosidad en las cercanías de la parroquia de Nuestra Señora del Rosario, con la esperanza de descartar la infame noticia.

Las puertas del templo se encontraban cerradas y no había quien pudiese ratificar o descartar la noticia. Algunos comenzaron a irse, incluso con un poco de satisfacción de que todo era una vil mentira esparcida por la quebrada del Marga Marga por almas corruptas.

De repente y casi al unísono, las personas en las cercanías del templo se detuvieron y dejaron de hablar. Por el camino real a Limache, se empezó a escuchar un lento galope. Las pisadas de los corceles golpeaban con una extraña suavidad los adoquines del camino, casi como si estuviesen flotando sobre ellos para no generar un ruido excesivo que pudiese interrumpir el respetuoso silencio.

Desde la parte exterior de la multitud se comenzó a sentir un primer tímido sollozo, casi imperceptible, pero que con súbita rapidez se fue extendiendo entre todos los presentes. El llanto, se combinó con el galope, y el galope se combinó con los pasos de una sección de honor de marinos y el sonido de las ruedas de la cureña que arrastraban, confirmando inmediatamente a la comunidad la triste noticia.

Espontáneamente, los residentes de la Villa de Quilpué comenzaron a izar el pabellón nacional a media asta y a usar sus vestiduras de negro. Sin mediar llamado alguno, la gente se comenzó a agolpar ahora en grandes números en las afueras de la parroquia.

La cureña se detuvo en las puertas de la iglesia y estas automáticamente se abrieron. El párroco encabezó la salida y, tras de él, se pudo apreciar un ataúd con anclas y laureles grabados, sobre los cuales descansaba un pabellón nacional.

Los llantos de la multitud se transformaron repentinamente en aplausos a medida que el féretro salía y se colocaba en la cureña. Estos aplausos de agradecimiento no se detendrían hasta que el ataúd estuviese en el interior del ferrocarril que trasladaría los restos del almirante, desde la estación de Quilpué hasta el puerto principal.

Para el 27 de octubre, día en que se agendó el funeral de Estado, la noticia ya había recorrido la nación completa. En la ciudad de Valparaíso, epicentro de las ceremonias, ya estaba todo preparado. A las 08:00 horas de la mañana se izaron los pabellones de las reparticiones públicas, todos a media asta y con pendones de luto. La ciudadanía había pasado la noche en vela, en respetuoso silencio, en las calles del puerto para estar presentes en las honras fúnebres.

La gente agolpada en la estación Bellavista dirige su mirada hacia Noreste y, al igual que en la mañana gloriosa de ese 21 de mayo de 1879, lo primero que se distingue a lo lejos es una estela de humo. Esta vez, no la del monitor Huáscar, sino que el de la locomotora que trae los restos del audaz héroe.

A la salida de la estación, nuevamente una cureña tirada por corceles esperaba al embanderado ataúd para su trayecto desde la estación Bellavista hasta la iglesia del Espíritu Santo donde se efectuaría el responso fúnebre.

Todo el trayecto, no mayor a cuatro cuadras, estaba atestado de gente. Lágrimas se veían en las caras de los niños a medida que veían cómo su héroe iniciaba su último trayecto. Más de algún “¡Adiós, mi almirante!” afloraba anónimamente entre la multitud.

Al interior de la iglesia, junto a las altas autoridades políticas de los tres poderes del Estado, toda la jerarquía superior militar y naval, autoridades consulares y comerciales, se encontraban los centinelas de la guardia de honor, los amigos y compañeros de la Escuela Naval y, en primera fila, los familiares.

Entre ellos, destacaban la señora del almirante, a la cual este apodaba tiernamente de “mi negrita”: Matilde Lemus, acompañada de sus cuatro hijos: Pascual, María Elena, Matilde y, el mayor, Carlos Segundo.

El solemne silencio que regía hasta ese momento, fue interrumpido abruptamente por los tristes, pero majestuosos sones y cánticos seculares de la orquesta y coro dispuesta para la ceremonia fúnebre.

Terminada la música, se sintieron ruidos de pasos por la puerta de la iglesia. La oscuridad del interior del templo contrastaba con la luz matutina que ingresaba por el arco de ingreso, impidiendo ver quiénes interrumpían el silencio sepulcro.

Desde el fondo se comenzaron a sentir suspiros de impresión. Nuevamente tímidos sollozos se comenzaron a escuchar. Los rostros se voltearon para ver qué sucedía mientras que, en paralelo y en forma discretísima, el pequeño Carlitos Condell, se paraba de su asiento y se colocaba al centro del presbiterio.

A los pocos metros, se pudo distinguir a una mujer con velo negro, vestida estrictamente de luto. A su izquierda, tomada de la mano, una niña y, a su derecha, un niño con una hermosa corona de flores. En la corona, una cinta en la que se podía leer “Carmela Carvajal de Prat y sus hijos Arturo y Blanca Estela, a Carlos Condell.”

Al llegar los tres al altar, fueron recibidos por el párroco que presidía la misa. Carmela giró hacia su derecha, siempre con Blanca Estela de la mano y, en un sentido abrazo -del cual se podía ver más de una lágrima cayendo bajo el velo negro- entregó sus condolencias a la ahora viuda de Condell, Matilde.

El pequeño Arturo, por otra parte, giró hacia el ataúd, colocó la ofrenda floral sobre el mismo y luego volteó hacia Carlitos Condell, que se encontraba directamente a sus espaldas. Subió los dos peldaños que los separaba y le dio un fuerte abrazo que conmovió a los presentes. Ninguno de los dos derramó lágrima alguna. Arturo y Carlos, ambos de nueve años demostraron tener la fortaleza y amistad que destacó a sus respectivos padres antaño. En el altar, dos asientos esperaban a los pequeños que, desde ese momento, fueron los que presidieron la ceremonia y fueron recibiendo una a una a las distintas delegaciones ciudadanas que fueron a entregar sus respetos. La cantidad de ofrendas fue tal, que la ceremonia se extendió hasta las 15:00 horas, momento es que se inició el retiro del ataúd para su tránsito final.

Iglesia del Espíritu Santo en 1885, lugar donde se casó Arturo Prat con Carmela Carvajal y donde se efectuó el funeral de Carlos Condell.

La iglesia del Espíritu Santo, se ubicaba justo en una esquina opuesta a la plaza Victoria, la cual estaba atestada de gente expectante, que había hecho vela toda la noche, a la espera de la salida del almirante.

A las afueras del templo, ya se encontraban formados, listos para rendir los honores fúnebres: el regimiento N°1 de Artillería, el regimiento de Artillería Cívica, el batallón de Marina, el batallón Buin, el batallón Cívico de Valparaíso, los Granaderos a Caballo, la Guardia Municipal y las Escuelas Matrices.

A la cabeza de la formación, la fiel cureña que ya había acompañado al almirante en sus diversos trayectos. Las formaciones presentaron armas y rindieron los honores mientras se iniciaba la lenta marcha. Esta vez, la cureña no fue jalada por corceles, sino que por los miembros de las antiguas dotaciones del almirante Condell, todos vestidos con su uniforme de gala y luciendo las medallas que atestiguaban su veteranía de la Guerra del Pacífico.

Pañuelos blancos comenzaron a flamear, los aplausos se comenzaron a sentir, los sones de las marchas a paso fúnebre, de las bandas militares que acompañaron la procesión hacían resonancia entre los altos edificios de las calles céntricas de Valparaíso. El puerto principal nunca había visto un espectáculo similar.

Dos horas se demoró la marcha hasta el monumento a la Marina. La música se detuvo y, con ello, el sonido rimbombante de marchas y aplausos fue sustituido por un silencio acongojador, donde sólo se escuchaba el sonido del mar rompiendo en la costa. A los pies del monumento, las autoridades civiles y militares, amigos y familiares efectuaron las últimas elegías para despedir al héroe.

Al término de las palabras, el alto mando naval abrazó a la viuda e hijos del almirante Condell, un sentido momento que duró por varios momentos y que fue acompañado por un solemne toque de silencio del corneta de órdenes.

Posterior a las condolencias, los más antiguos se dirigieron al ataúd. Entre ellos, dos almirantes: don Luis Uribe y don Jorge Montt, quienes tomaron el pabellón nacional que se encontraba sobre el féretro, lo doblaron conteniendo la emoción y se lo entregaron con un sentido abrazo a la viuda del almirante Condell, junto con su espada.

Luego, los almirantes Uribe y Montt se acercaron también al ataúd y, a la cabeza, lo tomaron para levantar a su compañero de curso de la Escuela Naval e iniciar la estrecha bajada que llevaba a la cripta del monumento.

Una vez adentro, la tapa de mármol se encontraba abierta. Sus camaradas aprovecharon de dedicarle unas últimas palabras y con sumo cuidado ingresaron al primer inquilino de ese lugar majestuoso, en su nicho final. Entre tres tomaron la tapa y la dejaron caer, sellando el sepulcro.

El cierre de la tapa, generó un estruendo que se sintió en todo el país: una ola rompió con fuerza en Valparaíso, la Covadonga se remeció en los fondos de Chancay, el mar se embraveció en Papudo, Abtao, Pisagua y Callao, y las rompientes de Punta Gruesa rugieron como en ese 21 de mayo de 1879.

El almirante Carlos Condell de la Haza, padre, esposo, marino y héroe en vida, ahora descansaba en paz.

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