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La conciencia moral

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Toda persona posee una voz interior que guía sus decisiones y su actuar hacia el bien, hacia lo que es correcto; sin embargo, su condición humana lo hace un ser imperfecto. Desde una perspectiva filosófica-antropológica, presenta de manera muy sucinta la importancia de conocer qué es la conciencia moral, cómo actúa; cómo y por qué debemos formarla y conocer los límites del respeto de la conciencia de terceros.

 

Reflexionar sobre la conciencia moral constituye un camino a la comprensión sobre la excelencia de la persona humana, a entender la razón por la cual estamos llamados y dotados a la perfección y a hacer el bien, estando en cada uno de nosotros el saber aprovecharlo en virtud de nuestra libertad.

El poeta nos habla del llamado interior del hombre al bien; el darle cuentas a la voz acusadora que crece conforme nos hacemos más humanos, más perfectos. El hombre es el único animal que hace una valoración moral de sus actos y cuestiona las causas que los motivan; por un lado nos lamentamos de las oportunidades desperdiciadas y por otro, nos convencemos con argumentos de las decisiones adoptadas.

La palabra conciencia solemos escucharla y usarla en variados contextos:

  • Una persona concienzuda: quien con convencimiento y esmero cumple sus deberes.
  • Hay que generar conciencia en la gente. Como si fuera una campaña publicitaria.
  • Objeción de conciencia, examen de conciencia, ¡los estudiantes tienen conciencia social!

La encontramos en relevantes documentos como la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 18 sostiene: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión…”; y en la Constitución Política de Chile, así en su capítulo III, art. 19, 6°, se refiere a “Asegurar a todas las personas la libertad de conciencia,…” o en el capítulo VIII art. 93, 16°: “… El Tribunal Constitucional podrá apreciar en conciencia los hechos cuando conozca de las atribuciones…”

Por lo anterior, nos debemos sentir obligados a tratar el concepto de conciencia como algo serio, entendiéndolo y no relativizándolo.

Cabe recordar la diferencia entre conciencia moral y conciencia psicológica, esta última es básicamente el conocimiento íntimo que tiene el propio ser humano de sí mismo y de la realidad que lo circunda y lo limita; ser Yo y saberse Yo, la noción de estar presente, de que nuestro Yo está actuando o no.

Observamos por ejemplo, un sujeto asaltando a una joven en la calle. Nos sentimos preocupados y asustados pero a la vez, nuestra conciencia moral nos indica que lo que está haciendo el sujeto es incorrecto y peligroso, además sabemos que lo correcto sería ayudar a la persona que está siendo asaltada, pero eso es algo que muy pocas veces ocurre porque nuestra conciencia sicológica nos limita el actuar por el miedo de salir lastimado.

Por ser hombres libres vivimos en un mundo complejo; ya que estamos obligados a decidir y aún más, decidir por el bien. Las conciencias psicológica y moral son funciones en el ser humano que constituyen unidad de cuerpo y alma (Muñoz, 2010).

La conciencia es capacidad de reflexión del ser humano sobre aquello que es correcto en relación con el obrar

¿Qué es la conciencia?

“La conciencia dice a cada uno lo que debe hacer”; esta aseveración, por lo simple que parece ser, puede conducir a error. La conciencia moral es la capacidad de reflexión del ser humano sobre aquello que es correcto en relación con el obrar. En consecuencia, se relaciona de manera directa con la ética; puesto que, la ética reflexiona acerca de la bondad o maldad de nuestros actos.

En los animales existe una ley externa que los mueve, la ley natural, los instintos. Ellos carecen de intelecto (que busca la verdad) y de voluntad (que persigue el bien), y en consecuencia de libertad. La voluntad pone en práctica lo que dicta mi conciencia, la que se sustenta en la razón y para los creyentes, en la razón y la fe.

Veamos algunas características de la conciencia:

  • La conciencia es una exigencia autoimpuesta, planteada en base a una jerarquía objetiva de los valores relevantes para nuestros actos. Ciertamente es justo actuar de manera correcta, pese a que no sea popularmente aceptable.
  • Manda o prohíbe en su proyección al futuro y remuerde o alaba cuando se refiere a acciones pasadas. Actúa de manera categórica, aunque no es absoluta, porque si así fuese, entonces no acusaría y aprobaría cada impulso o deseo.
  • Es una aliada para quien quiere hacer el bien, pero sabe que puede equivocarse o engañarse. En cambio para el malvado es una constante molestia (García-Huidobro,2016).
  • Es una voz interior que da al hombre una luz sobre sus actos y le permite rectificar y, que enjuicia los actos que son fruto de nuestra libertad.
  • Es falible, se puede equivocar cuando no está bien formada.
  • Confronta intereses y deseos. Lleva al hombre por encima de sí, permitiéndole preguntarse por lo bueno y recto en sí mismo.

El juicio que es fruto de la conciencia no es un cálculo práctico; a veces exige ir contra el sistema y/o salir del estado de confort.

En suma, la conciencia es el acto por el cual la razón discierne la moralidad de una acción pasada, presente o futura (García-Huidobro, 2016). Pero, ¿Cómo no caer en el auto engaño?, con un diálogo sobre lo bueno y justo; deben conocerse razones y contra razones. Quien no se interese por ahondar en las razones de su actuar, aquel que se crea conocedor de la verdad, estará confundiendo la conciencia con un capricho particular. Pero estancarse en razones y contra razones no tiene fin, ya que en la vida es necesario actuar oportunamente y hacerlo con responsabilidad. La convicción con la que termina nuestro discurso la denominamos conciencia; sin embargo, no siempre se tiene la certeza de hacer objetivamente lo mejor. Lo que sí se puede saber, es cuál es la mejor solución posible en ese momento conforme a los propios conocimientos, por lo que formar bien la conciencia resulta un imperativo.

Un médico (o cualquier profesional) que por negligencia no está al tanto de los avances de la medicina estará actuando sin conciencia y conforme ese actuar se transforme en vicio, la voz de la conciencia se va apagando lentamente; igualmente el que se cierra en sí mismo, sin hacer caso a las observaciones de otros.

Formación de la conciencia

En todo hombre hay un germen de conciencia, un órgano del bien y del mal. Es cosa de ver a los niños, ellos tienen un agudo sentido para distinguir lo auténtico de lo falso, con una natural tendencia a la bondad y la sinceridad.

¿De dónde viene la conciencia?, es una pregunta similar a ¿De dónde viene el lenguaje?, porque quien nunca ha oído hablar sigue mudo. No se puede decir que el hombre sea, por sí mismo, una especie que habla o que piensa. El hombre es un ser que necesita de la ayuda de otros para llegar a ser lo que está llamado a ser. Al oír la conciencia pareciera que nos sustraemos por completo a un impulso externo o que actuáramos por automático. Ese impulso ha sido programado por nuestros padres en primera instancia, por los educadores y el ambiente cultural en que nos hemos criado. Los modos de comportamiento que nos inculcaron en la niñez y que aprendimos a obedecer, se han tornado en órdenes que nos damos a nosotros mismos; aunque no debe entenderse como que no es más que el reflejo de la educación, pues a veces la conciencia nos lleva también a cuestionar los patrones de conducta que parecen correctos.

La conciencia se forma en la educación desde la infancia, inculcando el reconocimiento del bien y la forma de practicarlo. Para esto último, el ejemplo de padres y educadores es invaluable. La sinceridad con uno mismo, reconociendo las propias limitaciones, también es fuerza para la voz de la conciencia que nos invita a pedir el buen consejo a quien reconocemos como más prudente. Otro medio básico para la formación de la conciencia es el permanente estudio y adquisición del conocimiento de deberes, obligaciones y de todo tipo de saber.

Quien se cría en la mentira y en el mal ejemplo, se caracterizará por una conciencia carente de finura. Por el contrario, la conciencia delicada y sensible es característica de un hombre interiormente libre y sincero; que desprecia y no es presa de la violencia, el miedo, la ignorancia y las pasiones. Aquel que no forma la conciencia actúa con negligencia porque ésta es la puerta de entrada a las virtudes; si se apaga la conciencia, entonces nada nos importa (García-Huidobro, 2016).

El arrepentimiento es expresión de una conciencia sana

La sana o recta conciencia

La conciencia admite grados diversos de sensibilidad, pudiendo perfeccionarse o deteriorase. El exceso es la escrupulosidad y el defecto es la laxitud, ambas expresión de una insana conciencia.

El escrupuloso es quien actúa con duda, el inseguro, el que actúa con extremo recelo en el cumplimiento del deber. La conciencia escrupulosa se presenta usualmente en culturas donde el centro de la formación no se pone en la virtud (que es positiva e invita al crecimiento personal), sino en el deber, el que sin ser perjudicial debe estar en un segundo plano. Un ejemplo, el señor Perry, padre de Neil, en la película La sociedad de los poetas muertos, quien con una personalidad insegura y autoritaria motiva el suicidio de su hijo.

También es una enfermedad tener una conciencia insensible que no capta la existencia del mal donde si existe. Estimar todo como bueno y lícito es carecer de un sentimiento de culpabilidad (un comportamiento que se opone al propio ser y se percibe como fuera de la realidad), lo cual sería representativo de una conciencia Laxa.

Entonces el sano, frente a un acto moralmente malo, presenta un sentimiento de culpabilidad y manifiesta arrepentimiento, el cual no es puramente racional, sino también emocional, como una especie de dolor por haber actuado injustamente. El resultado de esta incongruencia es el remordimiento de conciencia y el paso siguiente el arrepentimiento, el que nos debe llevar, siempre que sea posible, a reparar el daño causado con el propósito de rectificar y recuperar la armonía interior.

Obedecer la conciencia

La conciencia no siempre tiene la razón, pero manda y prohíbe. Es como los cinco sentidos, no siempre nos guían correctamente, pero tiene la recta intención de preservarnos de todos los errores. A pesar de ser falible, siempre debemos seguirla, sino no mandaría u obligaría. Tampoco es del todo errónea; puesto que, cuando percibe ese error reivindica su condición de errónea.

Obedecer la conciencia es condición para optar por el camino del bien y ser honesto con uno mismo, de lo contrario se cae en el auto engaño. Para acertar hay que poner todo el empeño en asegurar su correcta formación, venciendo la ignorancia, de modo que la reflexión se sustente en un conocimiento de la realidad. Por lo tanto, requiere de un entrenamiento, de una idea recta de la jerarquía de valores que no esté deformada por alguna ideología.

La conciencia es capacidad de reflexión del ser humano sobre aquello que es correcto en relación con el obrar. Luego cabe preguntarse, ¿Hay que obedecer la conciencia para que el acto sea bueno? Ciertamente no, porque no siempre está bien formada, ya sea por negligencia o por oportunidad. El mal no está en la conciencia sino en la ignorancia.

¿Hay que respetar la conciencia de los demás?

La conciencia parece tener ribetes de sagrada, pero los derechos del hombre no pueden depender del juicio de conciencia de otro hombre. Por otra parte, la definición de los derechos dependerá de la moralidad de las personas que los definan. Derechos humanos y leyes no están por sobre la conciencia, por lo que es lícito cuestionarlos. Las leyes son como un guía externo y remoto, mientras que la Conciencia es un guía interno y próximo.

Cierto es que hay que seguir la conciencia, pero si ella lesiona el derecho de otros, entonces el hombre, como el Estado, tienen el derecho de impedírselo. El hombre sin conciencia podría hacer todo, por eso se puede encarcelar al que quiere mejorar el mundo por medio del crimen (los delincuentes). La libertad de conciencia tiene límites cuando no está bien formada; por lo tanto, no es lícito aceptar hacer lo que la conciencia manda. Así mismo la obediencia a las leyes no puede limitarse sólo a las personas cuya conciencia les dice que ellas son justas. La conciencia no es herida si se le impide hacer lo que manda.

Es lícito no hacer lo que la conciencia prohíbe. Lo que hiere, es obligar a alguien a actuar contra su conciencia, es como obligarlo a hacer algo que piensa que está mal; es decir, obligarlo a ser una mala persona, de aquí surge el derecho de reclamar objeción de conciencia para no obligar a hacer lo que la conciencia prohíbe.

¿Cómo comprobar la autenticidad de la decisión de conciencia? Atenerse a una desagradable alternativa, por ejemplo los héroes y los mártires.

 

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BIBLIOGRAFÍA

  1. Garcia-Huidobro J. (2016 Sep.) El anillo de Giges – Santiago, Andros Impresores.
  2. Muñoz L. (2010 Feb.) Ethos Naval, tradición y doctrina – Valparaíso, RIL Editores.

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