El Montevideo del capitán Prat

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Hace algunos años el entonces presidente de la Academia Uruguaya de Historia Marítima
y Fluvial, nos entregó un ejemplar del Boletín de la Academia Chilena de la Historia, en la que hallamos un espacio suscrito por el académico José Miguel Barros denominado Documentos sobre la misión confidencial de Arturo Prat en Montevideo: 1878-1879.

De tal manera, con la consiguiente grata sorpresa, nos enteramos de la presencia del héroe de Iquique en esta ciudad de Montevideo, nada menos que a apenas pocos meses de su sacrificio en aguas del Pacífico en aquel  combate entre buques de leyenda, el Huáscar y la Esmeralda, nombres que suenan en un marco cuasi exótico en este lado de Los Andes.

Amén de ello, que es nada menos que la aparición del capitán Prat en el Río de la Plata, esta se hacía en un  momento donde Uruguay se debatía en los últimos estertores de sus años terribles, una hora que iba a resultar decisiva para la sobrevivencia de una República que había nacido a la vida en 1828, bajo los parámetros de un acuerdo entre el Imperio del Brasil, las Provincias Unidas del Río de la Plata y al compás de la imperial Gran  Bretaña, interesada mediadora. Un resultado lógico que era sobreviviente de las viejas disputas rioplatenses entre España y Portugal, cuyos herederos enfrentados en los campos de batalla, habían quedado en tablas en aquella guerra surgida tras la empresa de los 33.

Las catorce cartas de Prat que Barros expone en dicho boletín nos brindan una visión sustancial de los momentos que vivía el Pacífico y, por supuesto, allí se halla el cenit para interpretar el sentido de la empresa que las autoridades chilenas le habían dado al marino; no otra cosa que efectuar una investigación más profunda sobre los medios argentinos. Eran tiempos de tensión en tierras trasandinas, preámbulo de un durísimo conflicto muy doloroso. Pero, ciertamente, a este lado de la cordillera, las cosas no le iban mucho en zaga a los sucesos del Pacífico como lo demuestran esas cinco de sus cartas- fechadas en Montevideo – donde Prat informa a sus superiores el convulsivo estado social y político en el que se debatían las repúblicas platenses.

El 18 de noviembre de 1878 es la jornada en la que el capitán Prat desembarca en Montevideo en una ciudad que, a luz de sus frases, se le presentaba todo lo amigable posible como para facilitarle su labor de inteligencia. Es dable entender que la tarea del joven marino chileno resultaría más favorable a sus intereses, dada la antipatía que buena parte de la población uruguaya sentía hacia los vecinos de la otra banda del río. Así lo trasluce en la casi
totalidad de sus letras donde no surgen anécdotas en las que se detalle alguna oposición, ni pública,  ni estatal, a su no tan encubierta misión.

Entonces, Montevideo fue segura base para su actividad y queda claro que parte del éxito obtenido lo obtuvo merced a factores muy propios a aquellos períodos históricos que eran la lógica continuidad de la enojosa “guerra de puertos” con Buenos Aires, justamente, la matriz geopolítica que había dividido políticamente al Río de la Plata desde los días de la dominación hispánica.

Además, Uruguay se hallaba gobernado por la firme mano del coronel Lorenzo Latorre, que, como taxativamente señalaba Prat: ”…se complacía en hacerle jugarretas a sus vecinos (argentinos) a quiénes no quiere bien.” [sic]. El presidente Latorre, muy castigado por esa legión de trémulos historiadores que deforman la verdad para ocultar vergonzosos capítulos de anarquía y corrupción, forma parte de esta época denominada militarismo, que no era
otra cosa que hacer lugar a la máxima de Spengler y así salvar al país uruguayo de ser fagocitado por vecinos y extraños; o de seguir hundiéndose en el caos de motines, algaradas, violaciones de nuestra soberanía y sempiternas crisis económicas.

Y hasta aquí llegó Prat, que inmediatamente entendió que la vieja confrontación rioplatense conformaba un entorno estratégico que parecía serle favorable a Chile, pese a su natural lejanía geográfica; de allí que en las páginas de su carta III sostenga diversas posibilidades que el espacio platense, en razón de cualquier estallido de hostilidades entre Chile y Argentina, otorgaba a los intereses de su patria.

A su vez en la carta VII, Prat avanza aún más en sus concepciones de tono estratégico pues desgrana los endémicos contenciosos limítrofes que sufría la zona meridional atlántica de la América del Sur y que suponían situaciones
límite, muy ríspidas, denotando oposiciones que sobrevivían pese al paso de los tiempos y de las guerras, como aquella de la Triple Alianza, uno de los conflictos más rudos de la historia iberoamericana cuya huella había dejado en ascuas a la opinión pública regional.

En la Carta XI, Prat deja a la vista del ministro a cargo, una completa relación de lo investigado tras su corto viaje a Buenos Aires, en este caso, el verdadero meollo de todo el asunto. No podemos más que sorprendernos de la justeza de los términos de la inteligencia que logró cobrarse en la otra banda del Plata, toda una afiatada muestra que
debe haber desnudado tanto las carencias como la potencia del hipotético adversario. Surge en el cierre de alguna de estas cartas los deseos del marino para reintegrarse a su patria en la mayor brevedad posible; quizás barruntando su destino.

De este modo pude llegar a estas en relación con los sujetos que interesaban a mis propósitos y a convencerme que la situación política, financiera y comercial de la República Argentina es aún más
grave que la que a Chile trabaja; que, a pesar de la apariencia que le da un ejército más numeroso, aquella Nación -como poder militar- no es superior a la nuestra y es incontestablemente inferior
en el mar, haciendo así no ya posible sino fácil hostilizarla de una manera eficaz, cerrándole, por medio de un bloqueo, la boca del Plata, única vía por la cual es efectivo todo el movimiento comercial de la República; y, por fin, que Chile no tendría, en el peor caso, que temer ninguna hostilidad del gobierno
ni pueblo Oriental; llevaría consigo las vivas simpatías del Brasil y podría contar con la revolución interna que prendería fácilmente en Corrientes y Entre Ríos.

Sobresale de estas cartas la formación militar y jurídica del capitán Arturo Prat Chacón ya que sus afirmaciones son plenamente comprobables para cualquier investigación de aquellas franjas de la historia sudamericana. Y en este caso, pese a lo somero de sus párrafos, queda patente que la hora que le tocaba vivir auguraba todos esos conflictos continentales que cerrarían el siglo XIX.

Corresponde, como colofón, felicitar a Barros por su interesante investigación que une la figura de Prat con esta ciudad de Montevideo, que, según este deja ver, le fue tan amistosa que logró consumar al pie de la letra, la nada fácil tarea que le había sido encomendada.

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