El Capellán

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El hombre de hoy materialista como nunca, sin tradiciones ni respetos se deifica a sí mismo, no en lo alto y noble de su ser, sino en lo inferior de su naturaleza sensible. Se exalta el derecho a la vida, pero no la del prójimo ni la del que está por nacer; el derecho al amor, léase placer y el derecho a la libertad, entiéndase licencia. En la persona del Capellán, se confirma aquí con igual persuasión, las más distintas y contrarias tesis, que contribuyeron poderosamente en la formación integral de numerosas generaciones de oficiales de nuestra Escuela Naval.


Primer lugar categoría Ensayos Generales del concurso de ensayos “Bicentenario de la Armada de Chile”

Aún no se han borrado de mi memoria las impresiones de la vida militar que alagaron mi pubertad, despertando en mi corazón la gallarda voz de la estirpe.

Mucho antes de romper la aurora vibraba la corneta tocando a diana; saltando del estrecho lecho, detenía mi pensamiento que cavilaba entre los míos todavía dormidos, y corríamos a la helada ducha invernal.

En el despertar ruidoso de la Vieja Casona playanchina, escuchábanse roncas y frágiles toses, estornudos, voces de mando que aceleraban las tumultuosas y rápidas pisadas que muy pronto al llegar a la cercanía del baño se desvanecían.

Recuerdo con cierto humor, las desnudas espaldas de mis compañeros que humeantes, descargaban el calorcillo acumulado durante la noche desplazado por la gélida agua que golpeaba con fuerza por ambos costados y sobre el cuerpo, cual carne de gallina.

Luego era mi turno… ¡frío!, por poco ¡hielo!, pero pronto venía la reacción, entonces nos sentíamos vencedores e iniciábamos el nuevo día lleno de optimismo.

Formábamos para la lista de víveres en el patio dos, al aire libre y glacial de la mañana. Desde el cielo nos contemplaban estrellas temblorosas, quizás con frío también.

El trote nos suministraba calor.

Los punteros del reloj indicaban las seis en punto; desayuno.

Se rompía el silencio dentro del comedor que cobraba vida; estridentes risas y voces juveniles envolvían el fragante aroma del café.

Luego de un estudio controlado, se iniciaban las clases.

Entonces, le vimos llegar; con paso ligero su cuerpo delgado y sereno envuelto en su sotana negra abotonada por delante de arriba abajo; vestidura talar, simple, austera, que quien la lleva, ha muerto al mundo.

Todas las vanidades del siglo para él habían fenecido; sólo se debía servir a Dios.

El alzacuello de color blanco simbolizaba la pureza del alma. Era un impacto ante el cuerpo de cadetes y la sociedad. Pocas son las ocasiones en que podíamos admirar al auténtico hombre de fe.

Una fe débil y tibia, de poca influencia real en lo ordinario, provoca en algunos esa especie de complejo de inferioridad, que se manifiesta en un inmoderado afán de humanizar el cristianismo, de popularizar la iglesia, acomodándola a los juicios de valor vigentes en el mundo. Son los enemigos de la tradición que tratan de hacernos creer que el hábito no hace al monje, sin tener presente que cuanto más disminuye la fe en Dios más se aumenta la incredulidad entre los hombres; almas disipadas, vacías, incapaces de recoger sus pensamientos y guardar los sentidos, donde la comodidad ha sustituido a la conciencia.

Un sacerdote; no podía permanecer neutral, o se hacía mártir o un traidor, si llegaba el caso. Una analogía auténtica para con nuestro uniforme azul marino que, al decir del capitán González Pacheco: “quien lo viste se ennoblece.” El amante y servidor de Cristo, el amante y servidor de la Patria…; la entrega total; hasta rendir la vida si fuese necesario. Ejemplo de obediencia voluntaria, humildad y abnegación, como debe ser el hombre de armas y el sacerdote.

Era don Enrique Pascal García-Huidobro un hidalgo caballero, su figura esbelta parecía arrancada de un cuadro del Greco. De presencia altiva; enjuto el rostro que tras gruesos cristales mostraban ojos vivos y agudos. Exhibía su cuello inclinado, secuela de una enfermedad juvenil, que en su conjunto le daban un aire de arrogancia y autoridad a toda su persona.

Abogado, experto en derecho internacional marítimo, culto y leído en clásicos y humanistas, poseía el señorío de un aristócrata, sin embargo, era un hombre sobrio y sencillo en su trato y costumbres. No confundía la cursilería con la virtud, porque la elegancia verdadera no está en las maneras ni en cosa exterior alguna, es algo que nace como el ingenio, la simpatía, el buen gusto y la gracia natural del interior del espíritu; por eso la suprema elegancia es la suprema sencillez.

Descendiente de Blaise Pascal, eximio matemático y filósofo francés del siglo XVII, en cuyos pensamientos sentenciaba:

La religión no es contraria a la razón. Hay dos excesos; excluir la razón, o no admitir sino la razón; si se somete todo a la razón, nuestra religión no tendrá nada de misterio ni de sobrenatural. Si se choca contra los principios de la razón, nuestra religión sería absurda y ridícula.

Es decir, in medio virtus, axioma y pensamiento que don Enrique compartía con su antepasado.

Pero la archifamosa apotegma del filósofo francés;“El corazón tiene sus razones, por la razón desconocidas”, el Capellán la replicaba con “La razón tiene sus sentires, en que el corazón no palpita…” Dichos barruntos y consideraciones, sumadas a sus cualidades personales daban la idea de un alma grande, superior a todas las sinrazones de este mundo y de muy distinta estirpe de aquellas almas muelles y complejas de ahora.

Años después, entendería que razón y fe son complementarias. Esta virtud sería similar al aeroplano que al volar se sustenta en alas de la oración y la humildad, pero para elevarse requiere impulsarse de la razón en tierra. La razón no da cabida al error, la fe es gracia sobrenatural; simbiosis necesaria para ser creyente y no crédulo.

Así era nuestro profesor de Filosofía.

En sus amenas clases empleaba el método socrático para llegar a la verdad; mediante preguntas y respuestas a los alumnos, debíamos efectuar un esfuerzo de reflexión y razonamiento hasta concluir en ella. Se le acusaba de ser irónico, sí, era verdad. Pero para quien no sepa en qué consistía dicho método, no entendería tal afirmación.

Usando el pedagogo de la ironía se presentaba como ignorante, efectuando una pregunta inicial y alabando la respuesta correspondiente. Luego, con nuevas preguntas o contraejemplos sin reparos a las respuestas, sumían en la confusión al alumno.

Dejan de odiar, quienes dejan de ignorar…”

TERTULIANO, Ad nationes

Entonces procedía la segunda parte; la mayeútica, en la cual el maestro recurría a la ayuda del interlocutor con nuevas preguntas y junto al aporte de otros compañeros se sacaba del interrogado aquello que éste ignoraba, y con denuedo y reflexión, acicateado por la ironía inicial, lo lograba.

El modo era tan sutil que la verdad parecía surgir de su propio interior, así el alumno se daba cuenta que su primigenio estado del saber era un conjunto de prejuicios; descubrir la realidad como alojada en su alma era una gran satisfacción, y a la vez, un agradecimiento perdurable para con el docente.

Era un saber que se captaba en el discurso del aula, que iluminaba y llenaba de fervor a un mismo tiempo, mente y corazón, entendimiento y voluntad, y en ésta quedaba un profundo deseo de aprehender esa verdad, que con el curso del tiempo se buscaría apasionadamente, haciéndola propia. Comprenderíamos que el conocimiento engendra reconocimiento, genera convicción, enciende el amor y nos abre al servicio.

Un gran maestro, formador de juventudes; inigualable.

Puedo asegurar que fue el mejor profesor que en mi vida tuve.

Años después leyendo a Platón, que describía las enseñanzas de Sócrates, su maestro, entendía mucho mejor al nuestro; el mito de la caverna delineaba que por naturaleza el hombre tiende al bien, pero este bien debe ser conocido para proceder sabiamente pues sin el discernimiento intelectual, podemos caer en un bien aparente.

Dentro de todo este ámbito intelectual y científico que representaban nuestras clases, siempre existió una alegre camaradería propia de nuestra juventud.

Existían en nuestro curso dos cadetes muy singulares; uno muy fornido de cuerpo atlético y musculoso, que al caminar lo hacía un tanto encorvado; le llamábamos “Cuasimodo.”

El otro compañero, por el contrario, era débil y delgado, y por ser excesivamente nervioso no dejaba de cometer errores involuntarios, de esta suerte le apodábamos “Machine.”

La hora del fondo dentro del régimen, era bastante más relajada que otras actividades, así antes del toque de silencio y para estar en forma, Cuasi acostumbraba a saltar entre dos literas altas y cual gimnasta en aparatos, que en realidad lo era, iniciaba sus flexiones de brazos en improvisadas paralelas con piernas a noventa grados y a torso desnudo; nos mostraba su excelente estado físico.

Una noche cuando los brigadieres fueron reunidos fuera de los dormitorios, en el preciso momento del ejercicio habitual del vigoroso deportista, saltó en el extremo opuesto, nuestro amigo Machine que también a torso desnudo mostrando sus delgadas y sobresalientes costillas en conjunto a sus famélicos brazos, iniciaba un apasionante duelo de resistencia física.

Entonces comenzó el cómputo de flexiones; la rapidez del más escuálido de los rivales impedía llevar un resultado correcto. A medida que avanzaba la prueba, el cansancio del más fornido se fue manifestando y…también el nuestro, porque Machine que era impulsado por nosotros desde abajo, aun siendo muy liviano y dada la velocidad del ejercicio, sumado a nuestro alboroto y risas, fue medrando nuestras fuerzas.

No olvidaré aquel simpático y alegre momento que, extenuado sobre una litera baja, observaba la figura de Cuasi ya derrotada, bajándose de tales paralelas.

Aquella feliz época, vivida con tan queridos camaradas será perdurable en mi memoria.

La sala de actos era un aposento sencillo y amplio, con dos entradas provenientes de cada uno de los patios uno y dos respectivamente, más una llegada desde el hall principal de la Escuela. Enfrente a este umbral se encontraba el escenario cubierto por gruesos cortinajes tras los cuales existía un telón rebatible y un espacio destinado al altar para celebrar la misa dominical. En ambos costados; grandes ventanales revestidos de doseles, un par de armaduras medievales con sus respectivos yelmos, un equipo de música, un confortable juego de sillones y un piano de cola donde don Enrique en aquellas tardes en que nadie la ocupaba, posaba sus ágiles y delgadas manos e interpretaba, con rostro pálido y sonriente; “Escenas infantiles” opus 15, pieza siete; “Ensueño” de Robert Schumann, su predilecta.

Sigilosamente sin que me descubriera, antes del inicio del seleccionado de esgrima, que también allí funcionaba y al cual pertenecía; le escuchaba absorto. Los suaves y graves sonidos de aquella melodía llenaban la estancia con sus románticos acordes.

Mi imaginación volaba a la memoria de mi padre, que cotidianamente nos estimuló desde muy niños, por el amor de este impactante arte. Ingeniosamente, cuando ya estando prontos a conciliar el sueño ponía discos de su selecta música; Schubert, con su “Impromptus” opus 90, número tres me impactaba, pero Beethoven con magistral música me estremecía; su mismo carácter colérico, rabioso, su sentido del dolor y desamparo, quedaba plasmado en toda su creatividad musical. Su energía propulsora, la angustia, la alegría, me transportaban de la desesperanza a la esperanza y a la ternura.

Nada hay en este mundo, excepto el amor, que más profundamente conmueve nuestras vísceras, ni con más señorío se apodera de nuestras almas.

Los domingos en la mañana el capellán celebraba la santa misa; se cubría con el amito, como defensa del demonio; el alba, imagen de la pureza de corazón, ceñido por el cíngulo el que a su vez representaba la virtud de la castidad y finalmente la casulla, símbolo de la caridad. Asistían en tenida de parada quienes salían franco y de cuartel; los castigados.

Inclinando el tronco, besaba el altar y luego todos en conjunto para participar pulcros en tan magno sacrificio, pedíamos perdón. Seguidamente, desde una grabación, nos asaltaba el “Gloria” de Vivaldi, correspondiente al primero de doce piezas, lo que lograba un considerable recogimiento entre nosotros. Luego con brazos en cruz el sacerdote iniciaba la oración inicial. Posteriormente las primeras lecturas eran leídas por algunos cadetes previamente designados.

Más tarde el evangelio y comentario, lo dirigía el capellán. Hablaba con majestad y prudencia, grave como una estatua, modelo del hombre incorruptible y sereno, de filósofo enamorado de la razón, pero con mayor convicción de fe sobrenatural. Un fuego espiritual relucía en sus ojos, seguro de su dominio, sin prisa ni sobresalto, empleando una elocuencia natural y elegantísima, nos conminaba a seguir el camino verdadero. Toda la concurrencia estaba pendiente de su retórica, cuyas cadencias herían el corazón más duro. Quedaba la sensación que su homilía era un complemento de su asignatura.

Luego del ofertorio, irrumpía nuevamente la solemne música religiosa; la Cantata 140, donde el alma oceánica del coloso Bach despertaba en nosotros hambre y sed de infinito.

Durante la transustanciación, se detenía la piadosa cantata para continuarla durante la comunión. Finalmente terminada la bendición, acometía el formidable Aleluya del oratorio “El Mesías,” donde con el júbilo de aquel hosanna parecía palpitar el alma de Haendel junto a la nuestra.

Terminado aquel hermoso y santo memorial quedaba mi pensamiento divagando en torno a lo trascendente, en la genialidad de aquellos portentos; Vivaldi, Bach, Haendel, que pudieron alcanzar su telos, su fin, su perfección, y sin embargo; ¡cuántos que con el talento y potencialidades, no sólo musical sino de cualquier ámbito, no lo supieron cultivar!; ¡los Mozart asesinados!, como los calificara Saint-Exupéry.

Pero ni lo poético ni lo místico eran manjares para todos los días, no se podía vivir a toda hora en la región de lo sublime, también existía en cada uno de nosotros la irresistible tentación de salirse del estricto régimen. En ocasión en que la totalidad de los cadetes se encontraban en biógrafo, decidimos con mi gran amigo Rodolfo, que años después sería padrino de uno de mis hijos, llevar acabo la intrépida aventura de ir al reloj, lo que por cierto era un lugar prohibidísimo de asaltar. Era un desafío.

Nos cambiamos los zapatos por medias oscuras de futbol y trepamos por una escala de fierro desde el patio del buque hasta el tejado y muy agazapados lo cruzamos suavemente. Llegamos a lo alto del frontis de la Escuela, donde debimos levantar una tapa de acceso y bajar una corta escala y, ya estábamos dentro de la máquina.

Nos sentíamos superhéroes; lo habíamos logrado. Grabamos nuestros nombres en las paredes del recinto y retrasamos el minutero diez dígitos para socorrer a los atrasados. Nos tomamos sendas fotos como testimonio de nuestra hazaña, foto que aún conservo.

Al salir al tejado, contemplamos la bahía y los cerros del puerto que a la claridad de la luna mostraban su perfil. Resplandecía el ancho horizonte del mar, quieto como un cristal. Todo ese inmenso anfiteatro era bañado de luz, y abajo al pie de nuestro mirador; la ciudad alegre y pretenciosa llena también de luminarias y transeúntes despertaba en el alma nuestra, como un gran deseo de fuga que escondíamos con emoción en las entrañas de la noche. Rodolfo volvió a disparar su máquina porque el espectáculo era hermoso.

Aquel viejo reloj tuvo el benévolo don de resucitar nuestras horas muertas.

Pero no cesaba el esfuerzo de don Enrique por esculpir en nosotros virtudes heroicas. Demostró con creces sus dotes de dramaturgo, cual un Sófocles o Aristófanes; creó una obra de teatro que fue representada por cadetes de mi promoción. Si mal no recuerdo, le llamó “La noche anterior” y se refería a aquella noche a bordo de la corbeta Esmeralda antes del combate naval de Iquique.

En la cámara de oficiales se desarrollaba toda la trama; en amena conversación entre jefes y subalternos se intercambiaban ideas y pensamientos en torno a la subordinación, obediencia, valor, audacia, lealtad, abnegación; en suma, la obra hacía centro de gravedad en el sentido del deber, porque éste encierra en gran parte aquellas virtudes adquiridas por la persona, mejor, por el héroe.

El deber conlleva a una obligatoriedad por hacer lo correcto, considerando situaciones diferentes, éticas o morales para la toma de decisión, aunque no sean las más populares para el vulgo. Debe imperar por encima de cualquier cosa, más allá de nuestra propia vida.

Como fruto de esta obra comprenderíamos que la primera virtud en la milicia es el honor, pues lleva al sujeto a cumplir con su deber, y como consecuencia lógica el derecho sólo tiene sus raíces en la moral.

Otra ejemplar iniciativa tuvo nuestro capellán; la vela de armas. Cual antiguos caballeros, quiso inculcarnos aquellos vivos afectos de ser generosos y complacientes; reverencia y consideración del subalterno al superior, abnegación y autoridad de servicio de éstos por aquellos.

En una noche lánguida y tibia, abanicada por un suave viento sur que infería el inicio del estío porteño, se daba comienzo al mencionado ritual.

La sala de actos, con sus cortinajes abiertos dejaba expuesto al santísimo frente a las espadas de toda la generación. Estas simbolizaban el poder y la fuerza como instrumento del guerrero, defensor de las fuerzas de la luz.

Ante nosotros el verbo encarnado, de su boca salía una espada aguda de dos filos…; Lealtad a los principios, compasión por los débiles, grave respeto a la mujer, ternuras de hogar y de familia, urbanidad en las relaciones sociales, largueza en las dádivas, desinterés en los provechos en la guerra y en la paz.

Reinaba el más puro sentimiento religioso con el llano y escondido amor, peculiar del hombre de armas. Coherencia con el tríptico; Dios Patria Familia, que engalanaba el hall de entrada de nuestra Vieja Casona.

En el tenue ambiente sólo se escuchaba el chisporroteo de los cirios encendidos.

Cada uno se encomendaba en oración para iniciar una vida congruente con lo que en aquellos cinco años se nos había preparado; poner el honor muy alto sobre las pasiones, mostrar en la nobleza de los actos el origen divino de los pensamientos.

Llegaban a mi rincón las ondas de una música silente que resonaba dulcemente en mi interior. Compromiso de honor; depósito divino que habríamos de entregar a Dios con el alma, en el instante de morir. Escuela de heroísmo; donde las almas grandes aciertan a despreciar el bien propio enderezando la voluntad al bien ajeno.

Lo instituyó Calderón de la Barca; “La milicia es una religión de hombres honrados.”

Hay un arte de vivir como el cincelar del mármol, escultura moral que llega a formarnos, si lo sabemos aplicar; atractivos y armoniosos por dentro y por fuera, en nuestros pensamientos y acciones.

Al día siguiente jurábamos ante el Pabellón Nacional.

Más de dos lustros pasaron desde aquella noche. Corría el año 1972.

Mi nuevo trasbordo; la Escuela Naval como oficial instructor. Se trataba del nuevo edificio, al cual asistí como cadete en la fundación de la primera piedra.

La Vieja Casona había cumplido con su rol, ahora cobijaría al Museo Naval.

Luego de las presentaciones de rigor, se nos ofreció una cena de bienvenida.

Don Enrique estaba allí: “Mi querido amigo, bienvenido otra vez, al alma mater.”

Sí, había sido nuestro amigo desde el punto y hora de conocerle. Amigos, con esa amistad que engendra, más que la semejanza de caracteres, motivo de frialdad o discordia; la comunión de ideas y mejor todavía, la fraternidad de sentimientos.

No había cambiado mucho, sólo lo que iba perdiendo en carnes lo ganaba en espíritu.

Cada vez que entraba de guardia, y él disponía de tiempo, luego de administrar la confesión, me acompañaba a comer. Me deleitaba su compañía, prefería dejar de lado mis propios argumentos, para retener en mi memoria los suyos.

Sus ojos hundidos mostraban un baño de tristeza noble, más bien dolor, que trascendía no a desengaños ni preocupaciones triviales sino a desvelos interiores, a una profunda inquietud por lo que el país y la iglesia vivían.

En una ocasión, muy cerca del término del año académico me inquirió:

– Mi querido amigo, ¿me haría usted un favor?

– Por supuesto, capellán, lo que usted quiera- respondí.

– Quisiera que en este mes de María, le hable a los cadetes…, y prosiguió;

– No, no me conteste ahora…

Quedé con mi disculpa escondida antes de expresarla.

Esa noche, permanecí en mi interior pensativo. Comprendí su inquietud, que también compartía; soplaba un aliento ateísta en las personas. Se daba a vivir según la carne y el mundo, cada vez más tibia la fe, más exaltados los sentidos, más turbio el entendimiento y más cobarde el corazón; la llama de amor viva se apagaba.

Determiné entonces, cooperarle al verdadero amigo.

Al día siguiente muy temprano llegó con un listado de temas a tratar; la mayoría materias religiosas o de virtudes humanas o infusas de lo cual no me encontraba preparado. Volvió a decirme;

– No, no me conteste ahora, estúdielo bien usted.

Después de releer la relación elegí uno, más a fin con la profesión; La guerra justa.

Le pedí que me considerara en las últimas exposiciones.

Desde ese momento comencé a buscar entre libros, artículos y revistas asuntos relacionados, pero inútil. Busqué en obras de San Agustín y compré tres tomos de la Suma Teológica de Santo Tomás, pero no existía la materia desarrollada plenamente.

Y el tiempo transcurría.

Faltando dos semanas para la fecha indicada, opté por ir a la biblioteca y sin previa consulta, subí al segundo piso y me dirigí directamente a un libro cuyo lomo blanco resaltaba del resto; La guerra justa según los escolásticos leí, Mario Barros van Buren su autor, diplomático de carrera, tío directo de un gran amigo y compañero.

En aquel bendito texto estaba todo, una mano invisible me había conducido al ejemplar.

Con el tiempo comprendí que para un cristiano no existen las casualidades.

Seguro estoy que Dios me habría seguido esperando en otro recodo del camino.

Lo estudié y saqué un resumen contundente que el día acordado lo presenté a aquellos cadetes que asistieron a la ceremonia.

Mientras lo exponía, don Enrique con la mirada clavada en el suelo, inmóvil y en silencio, cual escultura de Rodin; meditaba.

Finalicé la exposición con la oración simple de San Francisco.

La mañana siguiente, me regalaba un Nuevo Testamento que intercalaba los evangelios según los hechos de la vida de Cristo. Nada me dijo, complacido quizás por mi labor, lo cual me produjo gran satisfacción y una serena alegría.

A medida que el tiempo transcurría, se desataba una entropía moral y económica en el país. El uso gradual de acciones de violencia, como tomas de fábricas y terrenos urbanos y rurales se propagaba por todo el territorio.

Se promovía la guerra civil para instaurar la dictadura del proletariado.

La animadversión tomaba cuerpo a todo nivel. Caía la noche sobre la Patria.

Una mañana, me visitó don Enrique en mi oficina y pronto la conversación recayó en lo que nos preocupaba sobremanera. En qué iría a terminar esta escalada de odiosidad, le pregunté. Algo había que hacer. Entonces me dijo apoyándose en la pared:

– Mi querido amigo, venga, póngase frente a mí; descanse en este muro.

Así lo hice, entonces continúo;

– Lo puede mover?

– Imposible capellán, respondí.

– Entonces tiene que llamar a muchos más para derrumbarlo. Y abandonó la oficina.

Sí, eran las disciplinas militares de la obediencia y del servicio frente al satánico non serviam, origen de todas las rebeldías; el sentimiento heroico del deber contra el falso concepto muelle, pacifista y glotón de la falaz felicidad.

Políticos, que años antes pudieron evitar la entrega del poder al anticristo, disfrazando su moral con cobardes teorías comodonas, ahora pedían nuestra intervención. ¡Auténtica imagen del pancismo burgués!

No cabía otra solución, debíamos actuar.

Entonces juntamos a la mayoría de los oficiales subalternos de las reparticiones de tierra en la antigua capilla naval; más de un centenar.

Una carta llegó a mis manos para corregirla, cambiarla o enfatizarla, lo cual hice. Luego debía darla a conocer a la concurrencia para su firma, y posteriormente enviarla al almirante Merino. En ella señalábamos que estábamos a su entera disposición para la única alternativa que existía; salvar a la Patria.

Dicha misiva fue por todos firmada y enviada por el mismo Jefe de Estado Mayor que entró súbitamente a nuestra reunión para constatar el motivo de nuestras inquietudes.

El martes siguiente el país era rescatado.

Fue nuestra contribución a la cruzada nacional frente a la revolución atea; imponer nuestra tradición cristiana y arrojar del poder a quienes estaban a punto de convertir a la nación chilena en un pueblo de esclavos rufianes.

Pasaron los años, y un 29 de octubre de 1985; quedó vacante una santa e irónica sonrisa en todos los rincones de nuestra querida alma mater.

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