Breve reseña histórica de la Escuela de Grumetes

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El autor hace una acucioso recorrido en el esfuerzo para contar con una escuela formadora de las tripulaciones de la Armada; se detallan los buques en lo que funcionó temporalmente y se describe el régimen al que estaban sometidos sus alumnos; se mencionan los jóvenes grumetes que tuvieron una heroica actuación en la Guerra del Pacífico y el proceso de asentamiento en la isla Quiriquina a principios del siglo XX, finalizando con la escuela al día de hoy.

La isla Quiriquina se ubica en las coordenadas 36º 40´ de latitud sur y 73º 10´ de longitud oeste, a la entrada de la bahía de Concepción, a 5,93 millas náuticas del puerto de Talcahuano. Ateniéndose a su forma, caracterizada por un perímetro muy alargado, se advierte un desplazamiento de norte a sur alcanzando una extensión longitudinal de 5.556 m y un ancho promedio de 1.500 m.

En el centro de la isla, hacia el sector de Punta de Piedras, se destacan las mayores cotas, con una elevación máxima de 128 m, siendo su característica topográfica más relevante la forma que presentan sus costas. Todo el lado N-NW, lo conforman acantilados que descienden abruptamente hacia el mar, dificultando con ello la factibilidad de instalación humana en la zona de contacto con el actual nivel del mar. No así, el sector costero que se desplaza hacia el sur de la isla por el lado E y SE. A partir de la elevación denominada cerro Amarillo, la costa presenta suaves declives que han permitido la formación de playas y terrazas bajas que otorgan espacios aptos para el hábitat humano.

El clima imperante es de tipo templado cálido, con temperaturas medias de 9.6 ºC en el mes de julio y de 18 ºC en enero, siendo el promedio anual de lluvias del orden de 1.150 mm. Quiriquina es una expresión proveniente del mapudungún que ha tenido más de una traducción al castellano. Una de ella es “muchos lagartos” (quirque = lagarto; kina = muchos); sin embargo, se considera que la traducción más acertada es pajonal de zorros (quiri= zorro; küna = pajonal). Esta última traducción está mencionada en varios diccionarios de mapudungun – español y corroborada por el coordinador de educación intercultural de la región de los Ríos, Patricio Cayupil.

La isla se ha convertido desde principios del siglo XIX en un interesante sitio de investigación paleontológica. Por tal motivo, la podemos calificar con toda propiedad como un museo in situ, debido a que ha sido poco depredada por la acción del hombre al estar resguardada por la Armada de Chile, evitando así la llegada de coleccionistas aficionados de riquezas paleontológicas y arqueológicas.

Los estratos o capas de la formación Quiriquina son famosos a nivel mundial. Esto se corrobora con las visitas que, desde mediados del siglo XIX, han realizado paleontólogos extranjeros que han llevado fósiles provenientes de estas capas a museos y universidades de Alemania, Francia e Inglaterra.

En cuanto a la historia de la isla Quiriquina, el 3 de septiembre de 1544, Pedro de Valdivia, que se encontraba en el puerto de Valparaíso, autoriza al navegante Juan Bautista Pastene, su teniente general en la mar, a Juan de Cárdenas, a Jerónimo de Alderete y a Rodrigo de Quiroga para que reconocieran las costas del sur de Chile. Así, la expedición integrada por el navío San Pedro y el Santiaguillo, zarparon desde Valparaíso el 5 de septiembre. Alcanzaron hasta la latitud 41° Sur. Allí, el 18 de septiembre tomaron posesión y bautizaron con el nombre de San Pedro a la bahía que habían descubierto.

Los expedicionarios, de vuelta de este viaje, contaban que habían visto las tierras del poderoso cacique Leochengo o Leochengol, señor de la región vecina al río Ribimbi (Biobío), de que se hablaba ya en los primeros documentos de la conquista.

Por ende, podemos mencionar que el primer propietario de la Isla Quiriquina, fue el cacique Leochengo.

El historiador de Indias Agustín de Zárate en su Historia del Descubrimiento y Conquista de la Provincia del Perú (1555) establece:

…adelante de Chili [Valle de Aconcagua], en treinta y ocho grados de la línea, hay dos grandes señores que traen guerra el uno contra el otro, y cada uno saca en campo doscientos mil hombres de guerra; el uno de ellos se llama Leuchengorma, que tiene una isla dos leguas de la tierra-firme [debe referirse a la Quiriquina] dedicada a sus ídolos, donde hay un gran templo que los sirven dos mil sacerdotes…”

Entre otros dueños de la Isla Quiriquina se puede contar a:

  • Alonso de Ribera, Gobernador.
  • Simón de Cordes, pirata Holandés. (Ocupación por la fuerza de la isla).
  • Don Ambrosio O’Higgins.
  • Don Tomás O´Higgins. (Primo de Don Bernardo O´Higgins).
  • Don Bernardo O’Higgins.
  • Antonio Bulnes y Quevedo.
  • Carlos Higginson.
  • Juan Wood.
  • Pedro Nolasco Prats.
  • Beltrán Mathieu.
  • Cristina Möller.
  • Armada de Chile.

Según consta en la notaría de Santiago de Florencio Márquez de la Plata, el 21 de septiembre de 1896, la isla fue adquirida por el fisco en $ 153.250 a Cristina Möller y a sus hijos.

La isla Quiriquina pasa a la Armada

Esta propiedad fiscal fue entregada a la Armada de Chile para su administración y construcción de dependencias que estimase conveniente. Entre varias alternativas a lo largo del país, se decide que la construcción del dique seco sería Talcahuano.

El lugar de emplazamiento elegido inicialmente fue el sur de la isla Quiriquina (caleta Las Casas), pensando en su protección natural y en la conveniencia del desarrollo independiente del futuro puerto militar y el comercial. Los sondajes preliminares en el estudio del terreno demostraron que su permeabilidad no lo hacía apto para una obra de esta naturaleza, debiendo explorarse en otros lugares de Talcahuano. Finalmente, el banco Marinao acusó un terreno apto para su construcción y el gobierno de la época autorizó las obras.

Debido a la importancia militar que fue adquiriendo Talcahuano, a fines del siglo XIX, con la construcción del dique seco y la instalación del Apostadero Naval, en 1898 se comienzan a construir tres fuertes, pertenecientes al Grupo de Artillería de Costa Talcahuano, obras que demorarían más de 30 años en hacerse realidad. Estos emplazamientos sirvieron como elementos disuasivos y le dieron seguridad a una zona de por sí estratégica.

En diciembre de 1908, se le asigna nombre y número a los fuertes que defenderían la plaza de Talcahuano, correspondiendo a la instalación de defensa militar de la Quiriquina, el Nº 8 con el nombre de: Fuerte Quiriquina Sur, General José Rondizzoni, que contaba con una batería de dos cañones Krupp.

En 1928 entraron en servicio tres modernas baterías de artillería de costa, construidas por una firma de ingenieros de fortificaciones, de nacionalidad inglesa. Estas fueron la nueva batería Rondizzoni, en la parte sur de la isla, que defendía el seno de la bahía, Boca Grande y Boca Chica. Estaba conformada por cuatro cañones Vickers de 120 mm y tenía un ángulo de fuego de prácticamente 360 grados. Las baterías Miller y Maruri, en el sector norte, una a cada costado, para la defensa de la entrada del puerto. Cada una estaba compuesta por dos cañones Krupp de 152 mm.

Debido al avance de la técnica bélica, no se continuaron utilizando los emplazamientos fijos para la defensa de las costas. El cuartel de artilleros de costa y las fortificaciones quedaron en desuso entre los años 1952 a 1957.

La formación de tripulaciones

Desde los orígenes de nuestra marina hubo dificultades para dotar a los buques de las tripulaciones necesarias para desarrollar las maniobras elementales que requiere toda nave de guerra. Con todo, la forma empleada para completar las tripulaciones era el sistema de enganche, llevado a efecto en muelles y puertos.

Los primeros intentos por tener una escuela formadora de las tripulaciones de los buques de la Marina de Guerra de Chile se remontan a 1846, cuando el entonces presidente de la República Manuel Bulnes promulgó la Ley N° 46 que creaba la Escuela de Aprendices de Marineros, la que funcionaría a bordo de los buques mercantes de matrícula chilena y que estaría bajo la atenta supervisión del Comandante General de Marina. Con esta Escuela, la marina no dependería del enganche para dotar sus buques de tripulaciones. Sin embargo, lo que pudo ser una buena escuela a bordo, nunca funcionó. La marina de guerra tuvo que continuar reclutando a las dotaciones de sus buques mediante el enganche o, eventualmente, mediante el embarco de tripulantes provenientes de la marina mercante.

Tal sistema de ingreso, a pesar de permitir cubrir las necesidades de urgencia que imponían las condiciones bélicas del momento, tenía la debilidad de no asegurar una planta permanente, preparada, motivada y adecuada para mantener y operar las unidades. Por otro lado, fue práctica establecida que los buques de guerra se compraran entre los primeros que se ofrecían en venta cuando un acontecimiento político o las urgencias del servicio obligaban a formar escuadra. Pasada la crisis, la tripulación era licenciada, los buques se desarmaban o vendían y con ello se colocaba al país en una especie de nulidad marítima. Esto fue así hasta la guerra contra España, doloroso episodio en el que Chile vivió el mayor atentado a la seguridad nacional con el desastroso e impune bombardeo español al puerto de Valparaíso.

A raíz de lo anterior, y bajo la insistente presión efectuada por los comandantes Juan WilliamRebolledo y José Anacleto Goñi, se llegó al convencimiento de la necesidad de contar con un plantel formador para las futuras tripulaciones de los buques de guerra de Chile. Así, las autoridades del país, y solo luego del negativo episodio bélico con España, tomaron conciencia de la necesidad urgente de contar con una escuadra permanente y de la incorporación de personal idóneo y mejor capacitado para tripularla.

Una de las primeras medidas propuestas se presentó el 2 de mayo de 1868 y consistió en proponer a oficiales para que recorriesen el sur del país con la tarea de enganchar gente. Para ello se crearon las oficinas de enganche en diferentes puertos, con el propósito de captar personas aparentemente aptas para el servicio del mar.

El principal impulsor de la formación de un plantel naval de aprendices para la marina fue el entonces Comandante General de Marina Juan Ramón Lira, quien informaba periódicamente al ministro de Guerra y Marina de las dificultades que se presentaban para conseguir personal y llenar las vacantes que se iban produciendo en la escuadra. No escatimó pretextos mandando oficios para mejorar el sistema económico de sus tripulantes o para crear oficinas de enganche con más comodidades. Esto demuestra la preocupación de Juan Ramón Lira por mantener las tripulaciones en la marina, como seguramente se lo solicitaban los comandantes Williams y Goñi.

La creación del alma mater

El 3 de julio de 1868 finalmente se crea la Escuela Elemental y Profesional de los Aprendices de la Armada, actual Escuela de Grumetes, siendo esta una de las más importantes consecuencias navales de la guerra contra España.

De esta manera se comenzaba a poner término al tradicional sistema de enganche, aplicado en la marina de guerra de Chile cuando se producían dificultades diplomáticas con los países vecinos o cuando las circunstancias especiales lo ameritaban.

DECRETO SUPREMO Nº 522 DE FUNDACIÓN DE LA ESCUELA ELEMENTAL Y PROFESIONAL DE LOS APRENDICES DE LA ARMADA

Santiago, Julio 3 de 1868

Nº 522 He acordado y decretado lo siguiente:

Reglamento para el establecimiento de una escuela elemental i profesional de los aprendices de la Armada.

Art.1º Se establece a bordo un pontón de la República una Escuela destinada a la instrucción elemental i profesional de los aprendices de la Armada.

Art.12º La enseñanza general durará tres años, al cabo de los cuales saldrán de la escuela los alumnos i pasan así a los buques de la Armada, en clase de grumetes, donde serán obligados a servir por el término de siete años.

Art.13º De entre los alumnos más distinguidos se constituirá una sección que vendrá a formar el plantel de los Condestables i Contramaestres de la Armada, cuyo plan de estudios i su duración se determinará oportunamente.

Art.17º Para ser admitido en la escuela se requiere la edad de diez a catorce años.

Para ser admitido en la Escuela se requería la edad de 10 a 14 años, es decir niños y entre los requisitos exigidos para el ingreso estaba el que los niños fueran de débil condición económica y ojalá huérfanos de padre y madre. Con esto se pretendía rescatarlos de la pobreza y convertirlos en hombres útiles a la Patria, en el ámbito naval.

El único artículo transitorio y final del decreto de fundación anteriormente señalado, fijaba la fecha de inicio de las actividades de la Escuela para el día primero de marzo de 1869 en el pontón Thalaba, señalando que la Comandancia General de Marina debía preparar adecuadamente dicho buque para realizar su cometido.

Los primeros tiempos a bordo

El pontón Thalaba, fragata que había sido capturada por la goleta Covadonga a comienzos de 1869 no cumplía con las condiciones mínimas de habitabilidad, por lo que se dictaminó que la Escuela cambiara su destinación y comenzara a funcionar en el vapor Valdivia el día 8 de marzo de ese mismo año con 19 aprendices.

Avanzado el año académico a bordo del Valdivia seguían incorporándose alumnos a la Escuela. Así lo corrobora Ramón Lira cuando comunicaba, con fecha 3 de mayo de 1869, al ministro de Marina:

Se han recibido y destinándose a la Escuela de Aprendices de Marineros, bajo las condiciones que US., me indica en nota de 29 del mes próximo pasado, Nº 398, los jóvenes Luis y Julio Irarrázabal, condenados a dos años de permanencia en la expresada Escuela.

En distintas fechas del mes de junio se incorporaron tres alumnos: Belisario Venegas, Antonio Quilapán y Antonio Infante, los días 11, 24 y 27, respectivamente. Es interesante, señalar que cuando llegó el alumno Antonio Quilapán estaba de oficial de guardia del buque escuela el entonces teniente 2º don Arturo Prat Chacón.

Un hecho importante de aquella primera Escuela, fue que el 9 de abril de 1871, a raíz de un accidente ocurrido en el vapor Valdivia, murió ahogado el aprendiz José Olguín, convirtiéndose en el primer caído en servicio del grado de grumete en una escuela. En el informe se señala que “a consecuencia de haber saltado la chaveta del amantillo del tangón por donde se embarcaban los alumnos para ir a bogar, se sumergieron pereciendo por esto ahogado el aprendiz José Olguín i varios otros salieron con algunas contusiones.”

Para tener una noción más clara de la vida que llevaban los primeros aprendices, nos remitiremos a la memoria del director de la Escuela de Grumetes, Ignacio Gana, enviada al Comandante General de Marina el 11 de mayo de 1869. En ella señalaba:

…Los alumnos cuyo número alcanza ahora a 26, se ocupan en aprender a leer, escribir, y aritmética práctica, preparar la jarcia para aparejar el buque, a fin de ejecutar toda clase de maniobras marineras, ejercitarse en el manejo de las embarcaciones menores, practicar la limpieza diaria de los departamentos del vapor, incluso la máquina, y atender las diversas exijencias del servicio interior.

…Al toque de diana se hace levantar a los alumnos, trincar sus coyes y subir a la cubierta a empezar el baldeo y limpieza jeneral del buque. A las 7.30 a.m. se les pasa revista de aseo a todos ellos y en seguida se nombran los rancheros para que se presenten con sus gamelas a recibir el desayuno; disponiendo a la vez que los restantes se lancen a correr por la jarcia con la mayor rapidez posible.

A las 8 a.m. se toca a almorzar, y todos, divididos en ranchos, se sientan a sus mesas con la mayor compostura y aseo.

A las 8.45 a.m. se presentan a la clase de lectura y escritura hasta las 12, en que se sirve por los rancheros la comida hasta la 1 h. A esta hora empiezan los trabajos marineros hasta las 5 p.m. en que se aclara la cubierta y se da mano al trabajo, ordenando que los alumnos vuelvan a correr en la jarcia y se embarquen por turno en los botes para ejercitarse en el uso del remo.

A la oración se toca a cenar y a las 7. 30 a coyes y media hora después a silencio, señalándose antes los alumnos que deben hacer la guardia por cuartos para el cuidado del orden y de las luces del entrepuente.

Uno de los oficiales de mar siempre está de guardia y no los abandona un instante; y después de las doce de la noche se recoje en el salón donde duermen los alumnos.

No se les permite el menor contacto con los marineros del buque, los cuales se arranchan y duermen en un departamento independiente.

A medida que los alumnos vayan adelantando y el buque se halle aparejado y con todo su armamento a bordo, las horas de distribución variarán a fin de que puedan estudiar o ejercitarse en todos los ramos que exije la enseñanza de un marinero instruido. Ello llegará a obtenerse en el espacio de un mes; para cuyo tiempo es de esperar que el número de alumnos se haya aumentado considerablemente, y que el Establecimiento haya, también, empezado a tomar una marcha normal y arreglada.

El 1 de junio del año 1871 el Comandante General de Marina, solicita al gobierno aumentar a 200 el número de aprendices de la escuela.

Es importante destacar que para su mejor instrucción, en abril de 1874, la Escuela cuenta con su primera banda de música.

Después de haber estado siete años a bordo del vapor Valdivia, en mayo de 1876 la Escuela de Aprendices a Marineros fue transbordada a la corbeta Abtao, surta también en la bahía de Valparaíso. El Valdivia, por su mal estado, fue transformado en pontón. Ese mismo año por Decreto Nº 1138 de fecha 16 de noviembre de 1876, firmado por el presidente Aníbal Pinto y su ministro de Guerra y Marina Belisario Prats, la Escuela de Aprendices de Marineros pasó a llamarse oficialmente Escuela de Grumetes.

A bordo de la Abtao estuvo la Escuela hasta febrero de 1877, transbordándose entonces a la corbeta Esmeralda. En este buque los alumnos realizaron un viaje de instrucción a Tahiti entre los meses de marzo y julio. Al llegar la Esmeralda de su viaje de instrucción, la escuela fue trasladada a la corbeta O’Higgins buque en el cual se encontraba, previo al inicio de la Guerra del Pacífico.

Los héroes de la Guerra del Pacífico

Durante los años en que se desarrolló el conflicto contra Perú y Bolivia conocido como Guerra del Pacífico, las labores de la Escuela de Grumetes estuvieron suspendidas, sin embargo, es posible rescatar desde algunos documentos oficiales y relatos de la época el resultado de lo que fue la tarea de formar a las primeras generaciones de gente de mar que tuvieron su prueba de fuego en este conflicto armado. Fue allí donde hicieron gala de su profesionalismo y amor a la Patria a bordo de los buques de la escuadra, coronando de laureles las páginas de nuestra historia naval.

Cómo no recordar los nombres de Gaspar Cabrales, corneta del regimiento de Artillería de Marina, de 14 años, muerto cuando tocaba calacuerda antes del abordaje de Prat, en Iquique; del grumete Blas Segundo Téllez muerto heroicamente al inicio del combate del 21 de mayo a bordo de la Covadonga; del grumete Juan Bravo, también de la Covadonga, que con sus certeros tiros de fusil mantuvo a raya a los sirvientes del cañón de proa de la Independencia en Punta Gruesa; de Arturo Olid, de 13 años, aprendiz de mecánico, que se destacó en ese mismo combate y luego seguiría su brillante participación en la guerra como oficial del regimiento de Artillería de Marina; de José Sepúlveda, de 12 años, grumete del transporte Loa, de destacada actuación en el desembarco de Pisagua. Sobrecoge, además, la historia de toda la dotación de grumetes que combatieron en la Esmeralda, quienes al aproximarse las naves acorazadas enemigas, rechazaron el humanitario ofrecimiento de su comandante para desembarcar. Aunque tiernos en edad, eran pródigos de corazón. En uno de los espolonazos del Huáscar, murieron el timonel de la corbeta Elías Aránguiz y sus ayudantes. Los grumetes corrieron a sujetar la rueda del timón; allí cayeron, aventados por un nuevo cañonazo. El mayor de estos grumetes era Brígido Pérez Sandoval, de 18 años, oriundo de Ránquil. El menor José Emilio Amigo Amigo, nacido en San Javier de Loncomilla, tenía 11 años. De todos los grumetes de la vieja “mancarrona,” solamente sobrevivieron dos. Dentro de esta novel tripulación de la corbeta Esmeralda se encontraba también, el grumete Pantaleón Cortés Gallardo, nacido en Quirihue. El grumete Cortés tuvo una destacada y heroica participación dentro del desarrollo del combate, siendo uno de los cornetas de relevo junto al grumete Gaspar Cabrales y el cabo Crispín Reyes. Cortés lamentaba no poder seguir a su comandante porque se encontraba mal herido; pero en el momento en que se da cuenta de que el corneta Cabrales había muerto, le arrebata el instrumento y tocó a degüello en los momentos en que se hundía el buque y desaparecía de la superficie, muriendo ahogado con la sola conformidad que la bandera de su país había permanecido siempre al tope.

Otro de los ejemplos a señalar, corresponde a un relato del almirante Vicente Zegers, quien participó en el combate naval de Iquique a bordo de la Esmeralda con el grado de guardiamarina.

…Debo citar otro incidente que ocurrió al bajar de la toldilla. Vi a un muchacho que, tomado del cabillero del palo mesana, parecía estarse escondiendo. Entonces, dirigiéndome hacia él, le dije: Sal de ahí inmediatamente, y vete a tu puesto! entonces él, con lágrimas en los ojos, me dijo – ¡Señor, dispénseme, pero no puedo, porque me falta una pierna! En efecto, me acerqué a él y vi que tenía la pierna derecha completamente destrozada, estando parado con la otra, sobre un charco de su propia sangre…

Real valía fue el ejemplo dado también por el grumete Juan Bravo, mencionado anteriormente, y que fue uno de los 19 grumetes de la cañonera Covadonga; tenía 13 años cuando le tocó participar en el combate naval de Punta Gruesa. En esta acción, el niño grumete tenía por blanco a los servidores del cañón de proa de la fragata blindada Independencia, cuando esta perseguía de cerca en su afán de espolonear o echar a pique a nuestra nave que se dirigía hacia el sur pegada a la costa. Los fue eliminando uno por uno, desde su posición de combate ubicada en la cofa de la cañonera, ubicación a la que había escalado después de ofrecerse como voluntario al comandante Condell para tan riesgosa misión.

El 24 de junio de 1879, la Covadonga llegó a Valparaíso y el grumete Juan Bravo fue objeto de consideraciones especiales por sus hazañas. Un alumno del liceo de Valparaíso, después de pronunciados los discursos oficiales, dirigiéndose al grumete le habló así:

En el menor de los héroes de la Covadonga queremos saludar a los marinos del 21 de mayo, que han dado a la patria un día imperecedero. Digno eres, valiente grumete, de la corona de laurel que con regocijo te presentamos, porque tú has probado que en Chile hasta los niños son leones cuando se trata de la honra nacional.

Cabe mencionar además, que el grumete Juan Bravo fue motivo de reconocimiento por parte del gobierno, siendo invitado al palacio de La Moneda en donde fue homenajeado personalmente por el presidente de la República Aníbal Pinto Garmendia.

Después de la Guerra del Pacífico, la escuela retomó sus funciones en 1886 a bordo de la cañonera Pilcomayo surta en el puerto de Coquimbo. Con el transcurso de los años, estuvo funcionando en distintas unidades y reparticiones de la Armada, hasta que en 1907 es trasladada a la fragata Lautaro que se encontraba en el puerto de Talcahuano, donde estuvo hasta 1915. Sin embargo, los resultados del funcionamiento de la escuela a bordo de esta fragata no satisfacían los requerimientos de la Armada.

Traslado a la isla Quiriquina

Hasta 1913, considerando los cinco años anteriores, se tenía un promedio de egresos de 125 grumetes al año; en circunstancias que se necesitaban 300. Analizada esta situación, se tuvo dos alternativas, la primera, que era la que tenía más adeptos, era la construcción de cuatro Escuelas de Grumetes, las que estarían ubicadas en Coquimbo, Valparaíso, Talcahuano y Chiloé. La otra alternativa, que es la que acogió el alto mando, era construir una escuela apropiada en la isla Quiriquina.

En 1910 la Armada inició la construcción de los edificios de la escuela; dos pabellones orientados de Oeste a Este, en el medio posee un patio central, un edificio de administración y enfermería de dos pisos, panadería y cocina. En octubre de 1913 se adquieren los tijerales de acero perfilado para cubierta del patio central, siendo terminado al año siguiente. Este patio fue llamado en ese entonces patio cubierto; hoy conocido como Patio de Honor.

Embarcaciones con alumnos de la Escuela de Grumetes de Isla Quiriquina, 1960.

En el tiempo en que la escuela iba a ser trasladada a la isla Quiriquina, el gobierno de Chile se vio en la necesidad de ubicar en ella a la tripulación del buque alemán Dresden, por no tener la Marina otro local donde poder destinarlos. Esto ocurrió en 1915 y su presencia en la isla se prolongó hasta 1919.

Terminados los arreglos y reparaciones que fue necesario efectuar después de la salida de los alemanes de la isla y cuando la Escuela funcionaba en la corbeta Abtao, en Coquimbo, se recibió la orden de trasladarla a la isla Quiriquina.

Esta medida obedecía a múltiples razones, entre ellas, a la escasez de elementos para las actividades marineras. Por su parte, el Director General de la Armada, con fecha 12 de agosto de 1921, informaba al ministro de Guerra y Marina que la fragata Lautaro “se fondeará en la Quiriquina para los ejercicios marineros de los grumetes y para efectuar pequeños cruceros con los cursos más adelantados.”

Las dependencias, que ya tenían algunos años de existencia, ese año incluían solamente el sector que en la actualidad va desde el biógrafo hasta la galería museológica, incluyendo el patio de Honor y desde la guardia hasta la plazoleta Mario Ibar Pinochet.

En aquel sector se encontraban la comandancia de la escuela, detallía, cámara de suboficiales, cámara de sargentos, comedores, salas de clases, dormitorios de los grumetes, enfermería y patio techado, entre otros.

Como curiosidad, cabe destacar que la única dependencia que coincide con la actual distribución de la escuela es el patio, hoy Patio de Honor, que en sus inicios fue solo de tierra. Se cumplía de esta manera con lo dispuesto por la superioridad naval de trasladar este importante establecimiento formador de personal de gente de mar al entorno natural que la isla Quiriquina ofrece a la formación de las futuras dotaciones de las unidades y reparticiones de la Armada.

Como es lógico suponer, la vida de la escuela en tierra se tuvo que adecuar a su nueva condición insular. Como parte del régimen, cabe mencionar que en el comienzo, sólo se efectuaban dos viajes ida y vuelta hacia la isla, uno en la mañana zarpando a las 07:30 desde la base naval y otro a las 15:00 horas.

Como hecho curioso, en el año 1924, el presidente de la República Arturo Alessandri Palma, acompañado del Director General de la Armada, vicealmirante Francisco Neff Jara disfrutan de un picnic en la isla Quiriquina. El desplazamiento a la isla, de las autoridades de mayor categoría se realizó en los submarinos H–1 Guacolda y H – 2 Tegualda, los que navegaron sumergidos desde el bajo Belén hasta el muelle de la Quiriquina. El resto de los invitados fue trasladado en remolcadores.

Posteriormente, con el paso de los años, la Escuela fue adecuando sus instalaciones e invirtiendo capital en la adquisición y construcción de nuevas dependencias, para entregarle al grumete una sólida formación.

Así se completaron diversos hitos, como la construcción de nuevos entrepuentes, el gimnasio, la piscina, los nuevos comedores, oficinas administrativas, viviendas para los instructores, nuevo ramal de agua dulce y diversas edificaciones y sectores menores que brindan al grumete las herramientas para su formación.

La escuela hoy

Hoy en día, los jóvenes que deciden embarcarse en la aventura de ser marinos, ingresan a una escuela con una sólida educación, basada en seis modelos de formación, acreditada por la Comisión Nacional de Acreditación, con un moderno gimnasio deportivo, el cual tiene implementada la disciplina del crossfit, nuevas salas de clases, dos catamaranes que permiten una conectividad con el continente de 25 minutos, enfermería, clínica dental, pista atlética, piscina olímpica, finalizando con la rigurosa formación entregada por personal naval voluntario y destacado entre sus pares.

Así la Escuela de Grumetes “Alejandro Navarrete Cisterna”, cumplió este 3 de julio 150 años, por lo cual ha acuñado el lema “150 años formando marinos para Chile”. Ardua y dura ha sido la tarea que comenzaron esos viejos marinos, de emplazar y anclar la escuela en la Isla Quiriquina, siendo año a año la labor de aquellos marinos que hacen patria a 5,93 Mn del continente, de mejorar las instalaciones, ser estrictos en la instrucción, incrustar la visión de la Armada en los jóvenes espíritus que atraviesan el portalón y entregar al servicio de la Armada, marineros profesionales y patriotas.

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