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La revolución sexual global. La destrucción de la libertad en nombre de la libertad

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Se hace un detallado análisis del libro del mismo título, explicando como el afán de libertad ha redundado en el libertinaje y en la ideología de género, lo que a su vez ha subvertido la sexualidad humana.

 

Gabriele Kuby (1944) es socióloga y periodista alemana, católica conversa, madre de tres hijos, autora de varios libros. El texto que reseñamos fue publicado por primera vez en Alemania el año 2012 y traducido al inglés el 2015. La primera edición española es de septiembre de 2017, la tercera –nuestra referencia– fue lanzada en diciembre de 2017.

La obra, que ya tiene una docena de traducciones a distintos idiomas, se compone de un prefacio, 16 capítulos, un epílogo y una abundante bibliografía actualizada al 14 de julio de 2017. Su planteamiento general es que la norma moral que por siglos rigió la sexualidad ahora está hecha añicos. La monogamia ha sido reemplazada por el hedonismo y la promiscuidad sexual, que se impone mediante leyes que amparan la igualdad y la no discriminación.

Los títulos y la secuencia que a continuación presentamos no necesariamente corresponden a los del libro. Se indican entre paréntesis las páginas de referencia, por si se quisiera complementar o contrastar lo aquí expresado. Las cursivas están en el original.

Contenido

Kuby plantea que el objetivo del programa cultural revolucionario -manejado por las élites del poder mundial, con la connivencia de las Naciones Unidas (ONU) y la Unión Europea (UE)- es la libertad absoluta, sin restricciones naturales ni morales. Se busca liberarse de la tiranía de la naturaleza. Para ello se intenta deconstruir la sexualidad masculina y femenina promoviendo, entre otras cosas, la equivalencia legal de la relación homosexual con el matrimonio (p. 38).

Desde la más tierna infancia se está enseñando que: “Es correcto hacer realidad todos tus instintos sin reflexionar. Es malo para ti que establezcas límites para ellos” (p. 40). Bajo el manto de la libertad, la tolerancia, la justicia, la igualdad, la no discriminación y la diversidad, términos que han sido ideológicamente distorsionados (p. 44), estamos siendo sometidos a un nuevo totalitarismo aparentemente democrático.

El núcleo de esta revolución cultural es el desmantelamiento de las normas sexuales. Hoy día resulta peligroso sostener que la relación sexual debería darse exclusivamente en ámbito del matrimonio, con vistas a la procreación. Quien mantenga esa posición está condenado a convertirse en un paria social, ser estigmatizado e insultado, e incluso corre el riesgo de perder su trabajo. La homofobia y el discurso del odio ya son delitos punibles en muchos países (p. 45).

Orígenes de la revolución sexual

Las principales corrientes que desembocan en la actual revolución sexual se remontan a la Revolución Francesa. Las revueltas estudiantiles de los años 60 en Alemania, que exacerbaron este movimiento, son la culminación de 200 años de labor constante de grandes pensadores por destruir la cultura judeocristiana. Aquellos estudiantes estaban ya influenciados por las ideas de Marx y Engels, Freud, Beauvoir y otros. A eso se suman las teorías de la escuela de Frankfurt, del Che Guevara y de Mao Tse Tung (p. 81)

Esta atracción por la ideología marxista no deja de ser sorprendente, considerando que Berlín estaba dividido por un muro, rodeado por campos minados y con francotiradores para impedir que los alemanes orientales emigraran a occidente. Parte de la explicación está en el sentimiento de culpa por el holocausto, tragedia que la escuela de Frankfurt se preocupó de endosar al carácter autoritario de los alemanes; por tanto, debían ser reeducados, partiendo por la destrucción de la familia (p. 82).

Herbert Marcuse le dio un impulso decisivo a este proceso con su libro Eros y civilización. Lo importante era vivir el aquí y ahora, de acuerdo con el principio del placer. Ese era el verdadero acto revolucionario y quien no estuviera de acuerdo sería calificado de reaccionario, revanchista, contrarrevolucionario y fascista (p. 85). La satisfacción desenfrenada de los impulsos sexuales conduciría a una sociedad virtuosa, libre de dominación, lo que pondría fin a la guerra y al genocidio para siempre (p. 86). El mensaje de la liberación sexual se instaló en todos los salones y en la mayoría de los dormitorios (p. 87). Esto no es baladí, puesto que “según va el sexo, así va la familia; según va la familia, así va la sociedad” (p. 88).

Del feminismo a la ideología de género

Este es el entorno en que el feminismo forja la ideología de género (p. 42). En realidad, la lucha de las mujeres por lograr la igualdad lleva más de 150 años y en muchos aspectos tienen razón. Hasta principios del siglo XX no podían votar, recibir educación superior, abrir una cuenta bancaria, ni ocupar cargos públicos relevantes. En el mundo occidental las mujeres se rebelaron contra esta situación. Aprovechando esta coyuntura, Marx y Engels asumieron estas demandas transformándolas en una cuestión de lucha de clases. Pero, más que por el marxismo, la destrucción del fundamento cristiano de la sociedad se produjo por la pugna de las mujeres por la autodeterminación sexual, exigiendo la legalización de la anticoncepción y el aborto (p. 93).

El feminismo radical se desencadenó con Simón de Beauvoir (1908-1986) y su famosa afirmación: “Una no nace, sino que se hace mujer”. Los hombres se sintieron culpables y se rindieron sin luchar ante un feminismo vociferante que los devaluaba. Pero eso no le bastó al feminismo radical, pues aspiraba a la igualdad de los sexos. La lucha era contra el matrimonio, la familia y el niño por nacer, contra el rol de las mujeres como madres y por la liberación total de la sexualidad (p. 94).

Conscientes de que el lenguaje no solo refleja la realidad, sino que también la crea, era necesario buscar una nueva palabra que facilitara la imposición de esta nueva política social. Género fue la palabra mágica que reemplazaría a la palabra sexo (p. 94). Con este nuevo término, los no-heterosexuales lograron cambiar las leyes irrevocables de la naturaleza eliminando así el problema de su identidad, hasta ahora encuadrado binariamente en hombre o mujer (p. 95).

Ya bien avanzado el siglo XX aparece Judith Butler, pionera de la teoría de género. Nació en EE.UU. (1956), en una familia de intelectuales judíos de origen húngaro-ruso. Es una destacada intelectual con varios grados académicos. Su libro El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad (1990) es la obra fundamental de la ideología de género; allí rechaza la concepción tradicional de los géneros (masculino-femenino). Para ella, el sexo es un constructo social que se materializa a la fuerza con el tiempo (p. 96). El género no está asociado al sexo biológico, que no cumple papel alguno, ya que es creado por el lenguaje y porque la gente cree lo que oye frecuentemente. A su juicio, la identidad sexual es abierta y flexible. No hay ser masculino o femenino, sino solo una cierta performance, que puede cambiar en cualquier momento (p. 97).

Lo notable es que estas subversivas teorías han sido bien recibidas en las élites académicas (p. 100). En solo 20 años la ideología de género ha conquistado el pensamiento moderno, cuenta con generoso financiamiento, y se ha establecido en las universidades como un nuevo campo de estudios. Sin que nadie sepa exactamente de qué se trata, la teoría de género se ha incorporado transversalmente en la sociedad, con muy poco discurso público, sea en el parlamento o en los medios de comunicación (p. 101).

Organismos internacionales y la revolución sexual

Hasta ahora, lo usual era que las revoluciones se dieran de abajo hacia arriba; el conflicto era contra la élite que mantenía el poder. En cambio, la actual revolución sexual es de arriba hacia abajo, desde las élites del poder mundial. Su objetivo inicial era la reducción de la población, pero el cambio de valores que ha generado no podía sino conducir a un cambio en el orden mundial (p. 104).

La caída del comunismo en 1989 auguraba el fin de toda ideología. Se esperaba el comienzo de una nueva era, garantizada por la ONU y la Declaración de los Derechos Humanos. Pero la ONU de 1989 no era la de 1948 (p. 107), cuando protegía a la familia como “elemento natural y fundamental de la sociedad”. Ahora, como dice Marguerite Peeters, “no son los gobiernos, sino las minorías no estatales (internacionales) las que han desempeñado un papel central, de principio a fin, en el proceso revolucionario”. Los promotores de la nueva moral se presentan como expertos pero no son más que activistas que imponen sus propios intereses con perjuicio del bienestar público (p. 109).

Estas minorías radicales buscan desmantelar las normas sexuales, con la finalidad estratégica de reducir la población mundial. En nombre de la libertad se propagan nuevos derechos para minar las tradiciones religiosas: el derecho al amor libre, el derecho a la contracepción, el derecho al aborto, el derecho a elegir libremente la orientación sexual, etc. La libertad se ha divorciado de la verdad, de la responsabilidad y del bien común. “El egoísmo hace que el individuo autónomo sea fácilmente seducido por estos nuevos derechos” (p. 110).

Las agencias de los Estados Unidos y de la ONU emplearon como caballo de Troya la expresión servicios de salud reproductiva, para promover los anticonceptivos, la esterilización y la educación sexual libre de tabúes (p. 112). El gran logro de los derechos reproductivos se alcanzó en la Conferencia de Población de la ONU., realizada en el Cairo, en 1994 (p. 115). Un año después se celebró la Conferencia de Pekín, controlada por feministas radicales (p. 118). El documento final no respeta la dignidad humana, trata de destruir la familia, minimiza la maternidad, pretende imponer actitudes sexuales depravadas, promueve la homosexualidad, el lesbianismo, la promiscuidad sexual, etc. (p. 119). Posteriormente, en la Conferencia de Glen Cover, en New York, los activistas radicales lograron imponer su estrategia, transformando los acuerdos de Pekín en tratados internacionales vinculantes; es decir, crearon una nueva realidad social (p. 126).

Mención especial merece la Conferencia de Yogyakarta, realizada en Indonesia el 2007. Allí fueron formulados “Los (29) principios de Yogyakarta (PY)”, que conforman un detallado instructivo para la aplicación de la ideología de género. Se elaboró un manual de 200 páginas: Guía del activista de los principios de Yogyakarta (p. 127), donde se les enseña a los activistas cómo cambiar las culturas que tienen normas sociales y jurídicas diferentes a la agenda que promueve el movimiento LGBTI (Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transexuales e Intersexuales) (p. 128). Hoy los activistas emplean el término queer para agrupar todas aquellas tendencias no-heterosexuales (p. 99)

La clave es presentar cualquier oposición como un acto de discriminación arbitraria. Se intenta lograr “que todos los países del mundo cambien sus constituciones, leyes, instituciones sociales, sistemas educativos y las actitudes básicas de sus ciudadanos, para imponer y obligar legalmente a aceptar y privilegiar la homosexualidad y otras identidades y comportamientos no-heterosexuales” (p. 128). Así, el Principio N°2 califica como discriminación cualquier criterio moral que intente normar sobre el poder sexual (p. 131); se debe prohibir la distinción entre lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo. El género de cada uno es una cuestión de sentimiento, o sea, de autodefinición subjetiva de cada persona (p. 132). Los autores de los PY carecen de toda legitimización o autorización de la ONU, pero sus activistas aparecen con la falsa legitimidad de aquella organización, lo que permite presionar a los Estados que no comparten sus puntos de vista (p. 140).

Otro organismo internacional que ha jugado un importante papel en esta revolución sexual es la Unión Europea (UE). Históricamente nació porque los pueblos anhelaban la paz tras la Segunda Guerra Mundial; su constitución establecía como principios básicos el matrimonio, la familia y el principio de subsidiaridad. Sin embargo, 50 años después esta organización se ha convertido en un aparato de poder, en el que proliferan grupos empeñados en imponer la nueva persona de género como norma a nivel europeo, sancionando a quienes se oponen a este designio (p. 159).

Como dice Golubiewski:

La UE se ha convertido en una cancha para los activistas y grupos de interés que se dan cuenta que explotando hábilmente la ya amplia jurisdicción de las instituciones de la UE pueden avanzar y extender su agenda por toda Europa.

Desde ya, el Tribunal de Justicia Europeo y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, transmiten sus sentencias sobre derechos humanos con repercusiones en toda la jurisprudencia de los países miembros (p. 166).

Kuby enumera varias de las resoluciones emanadas tanto por el Parlamento Europeo, como por el Consejo Europeo, tendientes a favorecer la agenda de la orientación sexual y la identidad de género. La palabra mágica para consolidar mayorías es homofobia; quien se oponga a la legislación es un homófobo, racista, sexista y enemigo de los derechos humanos. Difícilmente habrá un político que se atreva a ser estigmatizado de esta manera (p. 169).

Educando en la ideología de género

En las sociedades democráticas se ha impuesto la ideología de género, cuyo contenido pocos ciudadanos comprenden. Lo que se vende es la política de igualdad, que tiene el noble propósito de eliminar la discriminación contra las mujeres y favorecer la igualdad de oportunidades (p. 182). Pero esta ideología va mucho más allá de la mera igualdad de hombres y mujeres, ya que implica la fabricación de la igualdad a través de la deconstrucción del orden binario jerárquico de género, para llegar a una diversidad de género con igual valor e iguales derechos (p. 182). Kuby menciona las etapas más importantes en la incorporación de la perspectiva de género y su aplicación en Alemania. Comentaremos solo lo referido a la educación, visión que se amplía más adelante.

En Alemania, desde el 2001, por iniciativa del ministerio federal de Educación se viene celebrando el día de las niñas. El objetivo es superar los estereotipos de género y dirigir a las niñas hacia profesiones técnicas. Lo mismo con el día de los niños, para orientarlos a profesiones sociales y comunicativas que anteriormente preferían las niñas. Se estima que “los modelos de roles tradicionales del hombre, como sustentador exclusivo de la familia y, de la mujer como ama de casa y madre, reflejan cada vez más raramente la realidad” (p. 198). Dado que estos roles de género tradicionales están firmemente arraigados, se debe ofrecer a los niños opciones de elección para la planificación de la vida, sin “descuidar la diversidad dentro de los grupos de género”. Para eso se emplean políticas de ingeniería social para crear nuevas realidades sociales (p. 199).

Por su parte, el ministerio de Educación de Baja Sajonia implementó el proyecto Género y Escuela, que imparte instrucciones específicas, tales como la sugerencia de que las medias de nilón en la pierna de un niño favorecen la coeducación, o que a los niños y niñas hay que “darles oportunidades para desarrollar su repertorio de comportamiento individual a través de la diversidad de sus potenciales innatas”. La idea es liberarlos del “género asignado a modo de estereotipo” (p. 199).

El programa para liberar a los preescolares de los roles binarios de género proviene de Viena y se llama diversión y atención. Su sitio web indica que para ampliar los roles de género se debe animar a las niñas pequeñas a jugar fútbol, a que se afirmen físicamente a sí mismas, que griten los goles; etc.; son apoyadas especialmente en las áreas de tecnología, talleres de madera y metal, e informática. Los niños aprenden sobre masajes y cuidado personal para tener una percepción positiva de su cuerpo, a cuidarse y cuidar a los demás, a adelgazar y disfrutar asumiendo roles femeninos como vestirse de princesa o pintarse las uñas; también son animados a ser buenos padres jugando con muñecas y buenos maridos realizando actividades domésticas (p. 200). Esta ambigüedad selectiva de la identidad de género, antes que una liberación para los niños, es un abuso ideológico (p. 201).

Fomento de la sexualidad infantil por parte del Estado

Una de las claves para la legitimación de la educación sexual en los colegios fue la aparición del SIDA, en 1980. Los políticos alemanes, en vez de “haber utilizado el poder del Estado para hacer comprender a la ciudadanía que la única prevención 100% eficaz contra el SIDA y demás enfermedades sexuales es el matrimonio y la fidelidad al propio cónyuge”, prefirieron utilizar la alarma del SIDA “para legitimar la educación de escolares, cada vez de menor edad, como expertos en anticoncepción y engañándolos con la mentira del sexo seguro” usando preservativos. (p. 356).

Prácticamente todas las organizaciones internacionales o nacionales, relacionadas con niños y jóvenes, ponen “su poder y recursos para sexualizar a los niños a partir del nacimiento y abolir los límites morales de la sexualidad” (p. 359). “Los daños psicológicos de las relaciones rotas y el peligro de transmisión de enfermedades sexuales son banalizados” (p. 360). En EE.UU. existe una docena de organizaciones que promueven la sexualización de niños y adolescentes. Todas ellas “son agentes de la revolución sexual mundial y utilizan la liberación de las normas morales de la sexualidad para subvertir la base social de la sociedad, es decir, la familia basada en el matrimonio entre un hombre y una mujer” (p. 360).

Uno de los documentos para la educación sexual de los jóvenes, fue publicado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Centro Federal Alemán de Educación para la Salud (BZgA). La OMS parte de “la premisa antropológica que los seres humanos tienen la necesidad de mantener relaciones sexuales desde el nacimiento, y que tienen el derecho a ello”. Supuestamente, los adultos deberían estimular esta necesidad, hablando con el niño en cada nivel de edad acerca de los actos sexuales, dándoles la oportunidad de vivir sus necesidades sexuales libre de los estereotipos de género. Se ofrece un cronograma con sugerencias de educación para niños y adolescentes de 0 a 15 años. Dos ejemplos (p. 369):

4 – 6 años. El niño aprende el nombre de cada parte del cuerpo, y los cuidadores deben lavar cada parte del cuerpo y hablar de cuestiones sexuales en lenguaje sexual. Al niño se le debe dar información sobre el goce y el placer al tocar el propio cuerpo en la masturbación infantil, la amistad y el amor hacia personas del mismo sexo, el amor secreto y el primer amor; y una conciencia de derechos.

12 – 15 años. El niño aprende la habilidad para obtener y usar condones; y obtiene habilidades de comunicación para tener sexo seguro y placentero, y para lidiar con el pudor, el temor, los celos y decepciones. El niño aprende más competencia en medios modernos de comunicación y trata con la pornografía (p. 370)

Es difícil que un director de colegio, maestro, padre o madre pueda resistir esta presión internacional, que proviene de la OMS, la organización responsable de la salud del mundo, avalada por el gobierno alemán. (p. 371).

Es cierto que el “abuso sexual de niños y adolescentes está omnipresente en nuestra sociedad”. (p. 372). Y, dada esta amenaza, debemos procurar que “los niños tengan derecho a un entorno protegido donde puedan ser niños”. Pero la estrategia de los expertos científicos del sexo infantil, consiste en “estimular a los niños a la actividad sexual, quitar todas las limitaciones sobre ellos. Así, no es de extrañar que los programas contra el abuso tengan los resultados que tienen” (p. 375). Por el bien de los niños y jóvenes y por el futuro de la sociedad debe cesar la sexualización por parte del Estado (p. 387).

La violación política del lenguaje

El quiebre de las normas sexuales en poco más de medio siglo –desde la monogamia a la diversidad sexual— no podía sino afectar el lenguaje. Las palabras que expresan los valores de una sociedad llevan una carga emocional, sea de aprobación o rechazo, estima o desprecio; esa carga emocional contribuye a la estabilidad social. Si estos valores cambian, los términos asumen una mancha de descomposición, y lo que por un tiempo fue popular deja de ser deseable; finalmente, son estigmatizados o incluso se convierten en tabú (p. 207).

Los conceptos que describen el mundo desde un punto de vista cristiano tienen ahora una mancha de descomposición incluso para los cristianos, y están siendo eliminados. Esto vale tanto para los términos que describen una realidad positiva (verdad, virtud, moral, tradición, virginidad, castidad, pureza) como para aquellos que describen una negativa (diablo, pecado, vicio, fornicación, perversión). Otrora tales términos orientaban respecto del bien y del mal y se enseñaban en el proceso educativo. Pero ahora quienes los emplean caen bajo sospecha. Ya nadie habla de virtud, discernimiento moral, virginidad, castidad, pecado, vicio, etc. (p. 207).

Algunas nociones importantes que los filósofos han discutido desde siempre, y cuya realización en la sociedad es la medida de su humanidad, se han transformado en falsas etiquetas que promueven un cambio social ideológicamente fundamentado (p. 2018). Entre ellos: libertad, tolerancia, igualdad, discriminación, diversidad, homofobia, matrimonio y familia.

Para Kuby, lo que las feministas encuentran reprensible no es lo que la gente dice mediante el lenguaje, sino el propio lenguaje en su estructura gramatical. Esto lleva a que lo masculino genérico sea uno de los principales blancos del ataque feminista. El lenguaje haría violencia, porque las designaciones de grupos (votantes, estudiantes, lectores) usualmente son masculinas, lo que constituiría un puente del racismo al masculino genérico. No obstante, la gente en ningún caso se sentía violentada cuando se dirigían a ella como estudiantes, ciudadanos, queridos lectores u oyentes, en su forma masculina del lenguaje. Innecesariamente, hemos caído en el ridículo al duplicar formas masculinas y femeninas (p. 220). Lo peor es que las autoridades a nivel nacional e internacional han hecho propias las inquietudes de las feministas y mantienen a los oradores en constante alerta, ante el temor de violar una norma políticamente correcta. “Ya no se nos permite hablar de la manera a la que nuestras bocas están acostumbradas” (p. 221).

Visión sobre la homosexualidad

Nos encontramos en “una situación en que una pequeña minoría de la población (LGBTI), cuyas diferencias sexuales difieren de la inmensa mayoría, ha logrado imponer una verdadera revolución” (p. 252). El punto de inflexión ocurrió en 1973, cuando la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) “decidió eliminar la homosexualidad de la lista de enfermedades que podían ser tratadas mediante procedimientos terapéuticos”, lo que bloqueó todo debate científico de la larga investigación sobre las causas de la homosexualidad. Esta “decisión de la APA no fue producto de un debate científico, sino de la presión política sobre determinadas personas que no pudieron soportarla” (p. 255).

Si se consideran los millones de dólares que se orientan a promover la agenda LGTBI y el compromiso de los más altos niveles de la política, se podría pensar que la homosexualidad es un fenómeno masivo. Sin embargo, las encuestas representativas en las sociedades occidentales indican que solo entre el 1 y 3% de la población se identifica como homosexuales. Empero, incluso en altas esferas de gobierno, se “usan cifras variadas y muy exageradas que no provienen de fuentes serias” (p. 257). Desde ya, la difundida :

…cifra de homosexualidad del 10% alegada por Alfred Kinsey, como muchos de sus resultados, son un fraude propagandístico (…). La brecha entre la realidad y la opinión pública general, muestra lo increíblemente exitosa que ha sido la desinformación y la campaña de propaganda del movimiento LGBTI (p. 258).

En general, hasta 1973, la opinión indiscutible de los grandes fundadores de la psicología (Freud, Jung) es que la homosexualidad era una neurosis, expresión de conflictos subconscientes y no resueltos de la infancia (pp. 259). Sin embargo, con posterioridad a la decisión de la APA, “la homosexualidad pasó a ser considerada como una variante de la naturaleza y, por consiguiente, debe ser aceptada por la sociedad y por las personas” como totalmente equivalente a la condición de los heterosexuales (p. 260). Hoy no se puede analizar científicamente la posibilidad de cambiar la condición homosexual de una persona (p. 277). Quienes se atrevan a infringir esta prohibición son sometidos a una estridente persecución por parte de los grupos de interés LGBTI (p. 273), que “hacen todo lo posible por sacar de la conciencia ciudadana el mensaje de que la orientación homosexual puede cambiar a una heterosexual” (p. 275).

Al respecto, Kuby acota que:

Es una contradicción evidente que un movimiento que lucha por la abolición de la heterosexualidad obligatoria haga lo posible por negar que las tendencias homosexuales puedan ser cambiadas. (…). El movimiento homosexual marcha bajo la bandera de la libertad, la tolerancia y la no-discriminación, pero limita la libertad de opinión, la libertad de ciencia y la libertad terapéutica en particular” (p. 276).

Lo que está en juego es la opinión de que la homosexualidad tiene el mismo valor para la sociedad que la heterosexualidad, por tanto, debe legitimarse con el mismo derecho al matrimonio y a la familia, y como una opción equivalente para niños y adolescentes (p. 277). La autora rechaza el matrimonio homosexual y el derecho a la adopción.

Fe cristiana y homosexualidad

Pese a la férrea defensa de la moral tradicional, dentro de la misma Iglesia están tambaleando los cimientos de la antropología y moral cristianas, que reconocen al hombre como una creación de Dios, hecho a imagen y semejanza del Dios trino, como hombre y mujer, y llamados a ser una sola carne y ser fecundos. Este fundamento debería ser intransable para los cristianos. No obstante, hay Iglesias cristianas que están negociando la agenda LGBTI y generando división (p. 324).

Así, en la Iglesia anglicana se acepta la homosexualidad y se otorga la bendición a parejas del mismo sexo, porque Dios ama a todos; en la senda de la abolición de la hipocresía se han realizado nombramientos de Ordinarios homosexuales, incluyendo la mitra episcopal (p. 325). Algo similar ocurre con la Iglesia luterana, en Alemania; Kuby describe con algún detalle el proceso de descomposición de esta Iglesia, hasta llegar a la aceptación del matrimonio homosexual, incluso para sus pastores (p. 326).

En cuanto a la Iglesia Católica (p. 331), a lo largo de la historia, en consonancia con la Sagrada Escritura, ha enseñado que “los actos homosexuales son estrictamente desordenados, pues son contrarios a la ley natural, porque cierran el acto sexual al don de la vida”; por tanto, “no pueden recibir aprobación en ningún caso” (CIC 2357).* Si bien la Iglesia juzga la conducta homosexual como inmoral, al mismo tiempo pide que las personas que tienen esa tendencia desordenada “sean acogidas con respeto, compasión y delicadeza; se evitará todo signo de discriminación injusta” (CIC 2358). A los homosexuales, al igual que a las personas no casadas, la Iglesia les pide abstinencia sexual: “Los homosexuales están llamados a la castidad; mediante la virtud del autocontrol (…), pueden y deben alcanzar la perfección cristiana” (CIC 2359).

El canonista Peter Mettler dice que:

…la Iglesia no puede cambiar su postura sobre la homosexualidad, porque sabe que está vinculada a la Sagrada Escritura (..). Todo el testimonio bíblico mantiene que la práctica de la homosexualidad viola el orden querido por Dios y establecido para la creación. (…). Quien presiona para cambiar esta enseñanza debe saber que está promoviendo la división de la Iglesia. La situación en que se encuentran ahora las Iglesias protestantes confirma esto con suma claridad” (p 333).

Sin embargo, una y otra vez, se cita el amor para justificar una relación homosexual. Muchos teólogos utilizan la vieja canción alemana de los años 30: “¿Puede el amor ser un pecado?” y contestan siguiendo la letra: “El amor no puede ser un pecado; aun si lo fuera, no me importaría. Prefiero el pecado a no tener amor en absoluto”. La pregunta es ¿qué es el amor? (p. 340). Al respecto, Benedicto XVI dedicó su primera encíclica, Deus caritas est, para ayudarnos a salir de la gran confusión que nubla la palabra amor, que puede tener tres enfoques: Philia es el amor que se encuentra en la amistad platónica; eros, el amor de deseo; y ágape, el amor fundado y modelado por la fe. Dice el Papa:

[Ágape] expresa la experiencia del amor que ahora ha llegado a ser verdaderamente descubrimiento del otro, superando el carácter egoísta que predomina claramente en la fase anterior. Ahora el amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca (p. 340).

La fe conlleva amar a Jesús, y quien ama a Jesús quiere obedecer sus mandamientos (p. 341). Por tanto, “predicar que Dios es amor incondicional (amor sin mandamientos) destruye la fundamentación de la moral cristiana”. Con todo, frecuentemente oímos decir desde el púlpito: Dios te ama tal como eres. No hay necesidad de cambiar, de disculparse, de confesión ni de penitencia. Este mensaje suena como una poción milagrosa. Dietrich Bonhoefffer llamó a esta especie de gracia barata el enemigo mortal de nuestra Iglesia. La gracia que nada cuesta, nada vale (p. 342).

El sentido último de la moral sexual católica se centra en la entrega por amor.

Cuando se produce el milagro del amor entre dos personas, el yo se abre de repente y la persona enamorada está preparada para ser de sí misma un don para la otra. Amar y ser amado es el mayor anhelo de una persona y, al mismo tiempo, el mayor riesgo, porque la posibilidad de ser herido es tan grande como la promesa de felicidad.

En esta realidad, “el acto sexual es la expresión más completa del amor posible entre un hombre y una mujer. Los dos se convierten en una sola carne y, así, en co-creadores de una nueva vida” (p. 407).

Para tomar el camino del amor se necesita ser educado en la castidad (significa pureza), que es parte de la virtud de la templanza, una “disposición habitual y firme de hacer el bien” (CIC 1833). La Iglesia ha expresado los principios de la educación en la castidad –la educación en el amor– en innumerables documentos publicados durante el pontificado de Juan Pablo II. Los más importantes son: Familiaris Consortio de 1981, Carta de los derechos de la familia de 1983, Preparación para el sacramento del matrimonio (1995), Sexualidad humana: verdad y significado (SH) de 1995. Kuby detalla los pasajes que dicen relación con la visión cristiana del hombre, en particular el derecho de los padres a educar a sus hijos.

En definitiva, la Iglesia Católica, aunque con dificultades, es la voz que lidera la oposición a la desorientación moral por la que atravesamos. Por ello está bajo el constante ataque de los medios de comunicación y de los poderes que promueven la liberación de las normas sexuales. (p. 458). En diciembre de 2012, Benedicto XVI, en su discurso de Navidad a la Curia y al Colegio de Cardenales, les recordó que: “La Iglesia debe proponer con toda claridad los valores que ella reconoce como fundamentales y no negociables”. Allí clarificó lo que llamó una “revolución antropológica” (p. 460):

Si hasta ahora habíamos visto como causa de la crisis de la familia un malentendido de la esencia de la libertad, ahora se ve claro que aquí está en juego la visión del ser mismo de lo que significa realmente ser hombres. En la afirmación de Simone de Beauvoir: “Mujer no se nace, se hace” se expresa la base de lo que hoy se presenta bajo el lema “gender” como una nueva filosofía de la sexualidad.

Según esta filosofía, el sexo ya no es un dato originario de la naturaleza, que el hombre debe aceptar y llenar personalmente de sentido, sino un papel social del que se decide autónomamente, mientras que hasta ahora era la sociedad la que decidía. La falacia profunda de esta teoría y de la revolución antropológica que subyace en ella es evidente. El hombre (…) niega su propia naturaleza y decide que ésta no se le ha dado como hecho preestablecido, sino que es el mismo quien se la debe crear (…). Hombre y mujer como realidad de la creación, como naturaleza de la persona humana, ya no existen. El hombre niega su propia naturaleza; ahora él es solo espíritu y voluntad.

La manipulación de la naturaleza que hoy deploramos por lo que se refiera al medioambiente, se convierte aquí en la opción de fondo del hombre respecto de sí mismo. En la actualidad existe solo el hombre en abstracto, que después elije para sí mismo, de manera autónoma, una u otra cosa como naturaleza suya (p. 461).

Un nuevo totalitarismo libertario

Como hemos visto:

…la gran promesa de nuestro tiempo es la libertad y la satisfacción sexual ilimitada como camino hacia la felicidad (…). Dios está muerto y también lo está el diablo. Construye tú propio mundo, decide si serás un hombre o una mujer, si tú nariz debe estar torcida o recta, tus senos pequeños o grandes, y si satisfacer tus necesidades sexuales con hombres o mujeres o con ambos. Tú decides si el hijo en tú vientre debe vivir o morir (…). Tú decides si quieres recibir una inyección letal cuando estés harto de la vida, y en qué momento. En fin, cualquier cosa que obstaculice tú libertad debe ser derribada (p. 471).

El problema es que “una ideología que promete libertad ilimitada para rediseñarse uno mismo y lograr la auto-gratificación, sumerge a la persona en el egoísmo y la entrega a la tiranía de sus indomables instintos” (p. 471). El “totalitarismo del siglo XXI viste un traje diferente al del siglo XX, sin bigote ni botas militares”. Pasa inadvertido, porque es flexible y se adapta a los valores que hoy en día son populares. Se viste con el manto de la libertad, pero paso a paso destruye las condiciones necesarias para la libertad (p. 473).

En su momento, “el marxismo prometía aliviar los problemas reales que sufría la clase obrera; y el movimiento feminista surgió para dar a las mujeres igualdad de derechos”. En ambos casos existía una efectiva opresión hacia ciertos grupos sociales. “En contraste, la revolución sexual en curso (…), no pretende mejorar la situación de un segmento de la sociedad oprimido, sino transformar toda la sociedad imponiendo una nueva imagen del hombre, de acuerdo con la voluntad de una pequeña minoría”. El fraude de que se persiguen nobles objetivos en bien de la mayoría, se mantendrá hasta que los cambios sean irreversibles y una minoría se haga del poder totalitario (p. 473).

Contrariamente a lo que parece, la revolución cultural en curso limita cada vez más la libertad individual y amplía el poder del Estado y el de las organizaciones internacionales al servicio de la oligarquía financiera para destruir el orden moral. Pero esa destrucción no es gratis. Ya se avizoran grandes crisis, una de ellas es el monumental cambio demográfico. Hacia el 2050 más de la mitad de la población mundial será mayor de 50 años, una situación única en la historia del mundo. “Habrá carencia de niños, escasez de trabajadores, empleados técnicos y científicos, y no habrá suficientes soldados para defender a nuestros países (…). Habrá conflictos de distribución entre las generaciones y la eutanasia será aceptada como una solución” (p. 483).

Solo que:

…al Sur del Mediterráneo hay un excedente de jóvenes que apenas tienen ningún futuro en sus propios países y emigran cada vez más hacia occidente. Todo político conoce este escenario demográfico, pero ningún partido ni líder está desarrollando una idea para revertir la situación, hacia una cultura de la vida” (p. 484).

La crisis provocada en Europa, desde el 2015, por la masiva inmigración principalmente jóvenes musulmanes, sobre todo en Alemania:

…revelará que la agenda de género es el delirio de una sociedad decadente y nos devolverá al terreno firme de la realidad humana: hombre y mujer, padre y madre, madre e hijos. La familia es la que sostiene la vida humana, especialmente en las crisis. La victoria del mal solo establece el escenario para el triunfo del bien” (p. 487).

Comentario

Un libro desafiante que explica la revolución cultural que se está desarrollando ante nuestros ojos, con el claro objetivo de subvertir la antropología cristiana que ha orientado a Occidente por más de 2000 años. Grabriele Kuby expone de manera clara y fundamentada los pasos que ha seguido el activismo para imponer la agenda LGBTI, amparándose en la igualdad y la no-discriminación. Si bien el texto analiza principalmente lo que ocurre en la Unión Europea y EE. UU, muchas de las situaciones planteadas, no son ajenas a lo que sucede en la mayoría de los países sudamericanos, y Chile no es la excepción.

La lectura de este libro confirma su subtítulo: “La destrucción de la libertad en nombre de la libertad”. Develar esa realidad conlleva navegar por mares tempestuosos y contrarios a lo políticamente correcto’ Con razón dijo Benedicto XVI: “la Sra. Kuby es una valiente guerrera contra las ideologías que, en última instancia, dan como resultado la destrucción del hombre”.

Este libro, fuera de alertarnos, nos plantea una acuciante pregunta: ¿Debemos estar avergonzados y pedir disculpas quienes profesamos la fe católica y postulamos el matrimonio entre un hombre y una mujer, con vistas a la procreación?

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