Los pañales de la Marina Nacional

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Ensayo de Benjamin Vicuña Mackena sobre el nacimiento de nuestra Marina de Guerra, escrito sobre documentos enteramente inéditos, y especialmente sobre la correspondencia del Almirante Don Manuel Blanco Encalada.

La verdadera historia de la Escuadra Libertadora del Perú no ha sido escrita todavía. Ménos lo ha sido aun la gloria y la carrera del noble ejército que sus quillas condujeron, y cuya entrada en Lima, en la medianía de 1821, marca el período histórico de la redencion del suelo americano en todas sus latitudes, porque aquella ciudad tan opulenta como fuerte, habia sido el baluarte y el emporio de la España en sus posesiones de la América del Sur.

Un escritor de mérito y que fué arrebatado al trabajo y a la fama en el primer vigor de su vida, (don Antonio Garcia Reyes) bosquejó apénas la hilacion de los hechos de las naves chilenas y las hazañas de sus heróicas tripulaciones en el Pacífico; pero su Memoria sobre la primera escuadra nacional, si bien brillante y briosaʼ cual era la índole de su autor, no penetró mas allá de los perfiles esteriores de los acontecimientos, como el artista que copia en la tela la vaga silueta de espumas y reflejos que la estela de velero casco imprime al mar que surca.

No pretendemos en consecuencia hacer historia, ni aun trazar siquiera el tosco, pero no ménos laborioso y útil estambre de la crónica. Preparamos para otros el telar, y atamos a su red los hilos de la narracion futura, acopiando de los archivos y de las tradiciones el material que mas tarde ha de emplearse en la confeccion acabada de la obra.

Por esto hemos elejido el período que precedió propiamente a la organizacion y operaciones de la escuadra libertadora, bajo el mando de lord Cochrane, al cual el señor Garcia Reyes no consagró mas de una docena de pájinas en su rápido ensayo ya citado. I ni siquiera este bosquejo tenemos hoi de propósito a la vista, a fin de dar a nuestros apuntes mayor y auténtica novedad. Por esto hemos dicho en nuestra carátula que la narracion que vamos a emprender ha sido escrita sobre documentos completamente inéditos.

Agregaremos ahora únicamente que la mayor parte de estos pertenecen al Ministerio de Marina o a nuestro archivo particular.

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Los fujitivos de Chacabuco, a cuya cabeza venia el jeneral Maroto su jefe, sembraron de despojos el camino carretero de Santiago a Valparaiso en la noche memorable del 12 de febrero de 1817. Pero en Valparaiso, en los buques de cuya bahia encontraron refujio los mas cobardes, que son siempre los mas prontos en llegar, no dejaron sino la memoria de su paso y de sus alaridos.

Presentáronse en la playa los primeros dispersos con la celeridad especial de los desastres, que en esto aseméjanse a los vendabales, hácia la madrugada del 13 de febrero, dia lúnes; pero desde que aclaró aquella, hasta la media noche, no cesó de precipitarse sobre el escaso y desparramado caserío de la ciudad, un verdadero torrente humano de soldados y populacho, emigrados conspicuos, familias pudientes, menesterosos empleados e innumerables meretrices del jénero de las que van siempre a la siga de los ejércitos en la América española.

La poblacion estacionaria de aquel puerto, que era mas una caleta que una ciudad, no alcazaba por aquel tiempo a tres mil almas, pero en esas horas de trasformacion, vióse duplicada por enjambre de fujitivos que traian en sus rostros la palidez de la derrota, y en sus piés las alas presurosas del terror. El mayor número se dirijia a la playa, y allí clamaban a gritos por socorro solicitando embarcarse a cualquiera costa en los buques que se hallaban surtos en la bahía, y cuyo número llegaba a doce. Contábase entre ellos la fragata de guerra Bretaña, de veinte cañones, que servia de capitana a aquella escuadrilla de trasportes militares de naves de comercio.

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A las 7, y cuando pardeaba la noche, descendia de los últimos caracoles del antiguo Alto del Puerto, un arrogante jinete que, al galope tendido de su caballo, atravesaba la calle ancha del Almendral, que era a la sazon el camino real comun de Quillota y de Santiago hasta el Crucero de Rubio donde bifurcaban. Llámase hoi esa avenida de la derrota, calle de la Victoria.

Era aquel jinete el coronel del afamado cuanto temido batallon de Talavera, don Rafael Maroto, mas tarde jeneralísimo de Cárlos V. y duque de Vergara, y quien, por esos jiros escéntricos de la vida de los grandes y de los soldados, vino a encontrar su sepultura en las mismas colinas de que ahora descendia.*

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El coronel de los odiados Talaveras era un apuesto hidalgo, y de tal manera que, siendo enemigo, habia hecho suyo el corazon de una hermosa criolla, que llevada al altar despues de la batalla, casi a la grupa de su caballo de guerra y de fuga, le habia seguido con el heroismo sublime e irreflexivo de la mujer, y galopaba ésta a su lado, con no ménos brio de amazona que los propios suyos. Era el nombre de aquella desposada de la derrota doña Antonia Cortes y Garcia, heredera de la hacienda vecina de Concon que hoi disfrutan sus estimables hijos y sus nietos.

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Apeóse el coronel Maroto a la puerta del castillo de San José que en aquel tiempo caia a la que es hoi plaza Francisco Echáurren,en forma de un caracol o espiral, que iba ascendiendo hasta la cumbre del cerro, a cuya falda existia la Planchada, nombre de una de sus baterias a barbeta. Conferenció allí apresuradamente con el gobernador don José de Villegas, maestro de náutica que falleció tambien en Valparaiso; y despues de haber hecho reposar algunas horas a su tierna compañera, embarcóse furtivamente con ella a la una de la noche en la playa, que es hoi la parte inferior de la plaza mencionada.

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Una vez instalados a bordo y repletos todos los buques con su improvisado cargamento de prófugos, no se pensó en la rada sino en emprender la fuga hácia el Callao. Segun el coronel realista Ballesteros que se encontraba a la sazon en Valparaiso, embarcáronse dos mil y sesenta soldados y seiscientas “rabonas”, sus concubinas militares. Y solo de esa manera se comprende como un ejército que no se habia siquiera batido ni visto de léjos la polvareda que levantaban al galopar los cascos de los Granaderos a caballo, se entregase en ese crecido número a tan infamante dispersion. Aprecióla al ménos de esa manera el terco virey Pezuela cuando aportaron al Callao los buques fujitivos, el 27 de aquel mismo mes. Profundamente irritado el tenaz y pundonoroso mandatario, despachó la mayor parte
de la tropa a Talcahuano a reforzar al enérjico Ordoñez que no habia sabido huir, sin permitir que uno solo de los fujitivos que reconocian cuerpo, con escepcion de Maroto y unos pocos, bajase a tierra.

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Lista entretanto la escuadrilla que convoyaba la Bretaña, y cuando ya no habia en su cubierta ni en sus bodegas un solo palmo de madera que no sirviera de asidero a un tripulante, dióse la señal de partida tomando la delantera la fragata de guerra ya nombrada que comandaba el capitan español don Francisco de Parga. Eran las doce del dia.

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No obstante la aglomeracion que hemos señalado a bordo de los buques de la bahia, quedaban de rezago en la ribera, esperando ansiosamente el turno de las embarcaciones menores que iban y venian, algunos centenares de paisanos y soldados, especialmente familias godas y comprometidos de alto coturno que habian sido los últimos en llegar arrastrados por sus pesadas calesas y carrozas de la capital; era aquella emigracion marítima y lastimera la represalia viva de la cordillera y de Rancagua.

De suerte que cuando todos aquellos desgraciados viéronse abandonados por el destino, y parecíales sentir en cada palpitacion del acelerado pulso el fragor de los cañones independientes que descendian a paso de carga de las cuestas para su captura y castigo, entregáronse a los transportes del mas vehemente dolor. “Exasperados, (dice de ellos uno de sus jefes que desde la borda de la nave a que se habia recojido contemplaba los lances de la playa), unos rompian los fusiles contra los riscos, otros rasgaban sus casacas, aquel maldecia sus servicios, el otro lamentaba el premio de sus fatigas, y en este raro contraste de desesperacion, en la mañana se unen muchos al pueblo, saquean almacenes y tiendas, incendian bodegas, matan sin distincion, y en ese fatal dia y noche terrible no se divisa en
Valparaiso otra cosa que desolacion, llamas, fusilazos, cadáveres, calles regadas de jéneros estranjeros y otros efectos y muebles con el incalculable número de baules destrozados, quedando rico el pobre y pobre el rico.”*

No faltó tampoco en el exodo de 1817 algun lance risible y preregrino que en breve habremos de contar.

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Entretanto, ¿qué sucedia en tierra, entre los independientes y pasada la hora primera de indecible confusion? En el primer momento habíase adueñado de las armas y de la situacion un capitan chileno de tan diminuto cuerpo, como era arrojado su corazon, y que yacia prisionero con muchos de sus compatriotas en la bodega de uno de los buques de la rada. Llamábase este bravo oficial José Santos Mardones, y habia militado en el Alto Perú, de donde le trajeron aherrojado a Chile. Mas apénas sintió el rumor de la victoria, en el fondo de su lóbrega prision, lanzóse sobre el jefe de la guardia que lo custodiaba, y haciéndolo su prisionero, escapóse con sus compañeros de cautividad a la playa, bajo los fuegos de los buques y baterías españolas.

Armó en seguida a algunos paisanos, y con su ausilio restableció medianamente el órden y organizó la persecucion y captura de los dispersos y merodeadores.

Por su propia virtud y a título de mayor graduacion, sucedióle en breves horas, el viejo comandante de dragones, don Juan Miguel Benavente, tio de los siete ilustres patriotas de este nombre, y a quien conocimos nonajenario en 1850 en su ciudad natal de Concepción.

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Lo que hemos dicho no obstante, puede asegurarse que Valparaiso solo tuvo su primer gobierno regular, en los  primeros dias de marzo de 1817, esto es, tres semanas despues de Chacabuco; tal era la conjénita anarquía de aquellos tiempos de contínuas revueltas y de gobiernos que se iban o llegaban de improviso. Constituyó esa primera autoridad legal, el coronel arjentino don Rudecindo Alvarado, mozo a la sazon de 27 años y que murió de 82 en Salta, su ciudad natal, en 1872. Llegó aquel jefe a Valparaiso con su batallon de Cazadores de los Andes el 3 o 4 de marzo, porque su primera comunicacion oficial, conservada en el Ministerio de Marina, tiene la fecha del 5 de marzo de 1817.

Una de las primeras atenciones del gobernador Alvarado, fué dirijida a recojer los despojos de la jente dispersa, que la voz del vulgo, ese gran alquimista de la humanidad, convierte siempre en montañas de plata y en raudales de oro. Decíase, en efecto, y esto lo consigna como un hecho el coronel Ballesteros, que en las quebradas vecinas a la cuesta de Prado, quedaba enterrado el tesoro del rey, ascendente a trescientos mil pesos, al paso que otros hablaban de “
ocho cargas de plata” estraviadas en el llano de Peñuelas*. Pero llegando a la cuenta de las realidades, como sucede con los ponderados tesoros del Inca que se encuentran sepultados en todas las lagunas de nuestro territorio, desde la cordillera al mar, halláronse solamente algunas docenas de tenedores y cucharas de plata escondidos en los cuartos redondos del puerto o en los ranchos de sus cerros circunvecinos.

Un patriota de la vecindad, llamado don José Miguel Cuevas, trajo tambien prisionero de la costa del Algarrobo, al coronel de artilleria don José Berganza, a quien se le sorprendió con 600 pesos en las alforjas, y este fué todo el botin de guerra que ingresó en el era rio de la ciudad libre en sus primeras horas. En realidad, las pastas de metales ricos tienen alas en razon de su propia gravedad específica, y por eso “el teroro” es siempre lo primero que se salva. Todo el oro y la plata de Chile emigró en aquella crísis como en la presente.

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Pero si los realista habian dejado escondido en el fondo de sus alfojas, solo un liviano puñado de plata en moneda y chafalonia, al fugar de Valparaiso no reservaron al gobierno independiente ni una mala lancha, ni una canoa de pescadores, ni un trozo de madera, ni una vela rota, ni un mal remo, ni un clavo siquiera. Hicieron al contrario y deliberadamente tabla rasa de todo lo que podia servir a su persecucion, porque el miedo es precautorio de cuanto queda a su espalda. Y fué aquel despojo de tal modo completo, que por la absoluta soledad de la bahía y de su playa, habríase creido que volviera aquél a ser un paraje selvático del mundo y del mar donde el hombre civilizado y su mano creadora no hubiesen hecho aun su aparicion. Valparaiso habia vuelto a hacer el indíjena valle de Quintil.

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Y sin embargo, en virtud de la fuerza misma de los acontecimientos, de esa penuria sin fondo y de ese mar desierto e ingrato, era preciso hacer nacer con el curso veloz del tiempo, una escuadra formidable, y esto fué lo que nuestros mayores emprendieron.

Y la manera como llevaron a cabo ese verdadero milagro de la historia en la parte minuciosa y casi casera de sus aprestos, es lo que vamos a contar en este capítulo de nuestras crónicas domésticas, o mas bien, en este fragmento de leyenda popular contado con toda la veracidad de los testimonios contemporáneos, a nuestros contemporáneos de la presente era.

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El primer arbitrio de que echaron mano los empobrecidos patriotas, a guisa del cazador que vaga hambriento por la selva, fué el ardid. El gobernador armó una trampa en la orilla de la playa, y no tardó en caer en ella, como una golosa gaviota, un viejo barco llamado el Aguila, mui conocido en nuestras costas, que navegaba armado en guerra, y que engañado por la bandera española flotando en los mástiles de los cuatro castillos de Valparaiso, – el San José, el Concepcion, el Baron y San Antonio, – entró inocentemente a la bahía donde fué abordado y hecho presa.

Aunque hallábase el bergantin Aguila en triste condicion de servicio, como todos los buques de la matrícula  española en estos mares, se le alistó con celeridad para una empresa jenerosa que preocupaba todos los corazones de Chile recientemente libertado, – el rescate de los patriotas que yacian desde hacia dos años en el peñon de Juan Fernandez.

El Aguila era un pequeño bergantin de cabotaje; pero amontonando en su quilla marineros ingleses, norte-americanos, rusos, canacas, malteses y de todas las nacionalidades, rezagados de la playa, pescadores de la caleta, jornaleros y aun peones de las bodegas, improvisose una tripulacion medianamente capaz de manejar el buque y defenderlo. Faltaba únicamente descubrir un nauta que lo mandara, porque en toda la costa de Chile, entre Talcahuano y Copiapó, no se habria encontrado en aquellos momentos ni con el ausilio de un telescopio ecuatorial un solo esperto que hubiese tomado en sus manos el sestante.

En tal conflicto el gobernador Alvarado sacó de las filas de su batallon un oficial, natural de Estados Unidos, llamado Raimundo Morris, mozo intrépido, atolondrado y hasta un díscolo pero que tenia ciertas nociones de mar y de navegacion, mas o ménos como todos sus compatriotas. El teniente de infanteria aceptó gustoso el encargo de dirijir aquel primer ensayo de la marina chilena, y ese, aunque forzado, fué tambien el primer molde de sabiduría en que se ha vaciado desde entónces el manejo permanente de los servicios marítimos en Chile.

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El Aguila verificó su espedicion con regular celeridad. El 17 de marzo se hacía a la vela de Valparaiso, el 24 llegaba a Juan Fernandez y el 31 estaba otra vez de regreso en la bahía, conduciendo a su bordo ochenta ínclitos chilenos que habian sufrido penoso cautiverio por su fidelidad a la patria.

Era el mayor número de ellos venerables patricios de la capital, y fué por tanto, en esta última, un dia de idecible regocijo el de la nueva del salvo arribo de aquel cargamento de santas afecciones: Santiago era la madre a quien se devolvia sus hijos.

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Entre los nobles ciudadanos redimidos por el Aguila, cuyas canas no habian sido respeto ni lástima para los visires españoles, venia tambien un mozo casi adolescente que desde lo alto de una roca habia sido el primero en avistar la vela libertadora. Ese alerta vijia del presidio fué el alférez de fragata de la marina española don Manuel Blanco Encalada, el mismo improvisado caudillo que, a la vuelta de pocos meses, habria de dar a la república su primera gloria marítima junto con su primera escuadra.

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No fué empero de igual manera alegre para todos el regreso a Valparaiso a bordo del Aguila, porque al dia siguiente del desembarco ocurrió una de azotes en su tripulacion que trocó en alaridos los gritos de regocijo de la primera acojida. Los promiscuos marineros del bergantin habian entrado en efecto a saco en el equipaje del gobernador realista de Juan Fernandez, don Anjel Cid, que venia al continente bajo el sagrado de una capitulacion humanitaria; y a su reclamo ejecutóse un jeneral apremio en la marinería. –“Al mérito de un riguroso castigo de Azotes (escribia el comandante Alvarado al gobierno de Santiago el 4 de abril, apropósito de estas felpas con mayúscula) que he emprendido con ellos, he descubierto hasta ahora doscientos pesos. Pero creo conseguir se descubra algo mas, y a este efecto sigo tomando providencias ”- es decir, azotando a mérito.

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El Aguila entre tanto, como el ave orgullosa de su nombre, seguia meciéndose solitaria en la bahía, espuesta a un golpe de mano de los buques españoles que eran dueños del mar Pacífico desde Talcahuano a Panamá. Manteníanla por este recelo al abrigo de las desmanteladas baterías del surjidero, cuando sin saber como se le apareció un compañero a su costado. Era éste un bergantin triguero llamado Carmelo o Araucano y que por un artificio semejante al que propició la captura del Aguila, fué aprehendido por el subdelegado del puerto de San Antonio, una semana despues del regreso de la espedicion de Juan Fernandez, esto es, el 6 o 7 de abril.

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El nuevo barco, que fué inmediatamente armado en guerra con una media docena de carronadas estraidas de las baerias de tierra, recibió el nombre del Araucano, (si antes no lo tenia) asi como en breve se cambió el del Aguila por el Pueyrredon en honor del director supremo de las Provincias Arjentinas don Juan Martin Pueyrredon, frances de oríjen.

Teníamos ya en esa virtud, y como pié de escuadra, dos buques viejos y podridos, al paso que el virey del Perú era dueño de una verdadera flota en la que se constaban las fragatas de guerra, la Venganza, la Sebastiana, la Bretaña y otras.

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Pero si teníamos cascos desarbolados, carecíase de tal manera de embarcaciones menores para su servicio, que por mandato superior del gobierno de Santiago se compraron dos lanchas a dos balleneros que por fortuna habian aparecido en el puerto frecuentado en esos años por ese jénero de embarcaciones.

Uno de estos buques, que parece fué el primero que aportó en la bahía con bandera estranjera despues de Chacabuco, se llamaba la Nueva Zelanda, y su capitan se desprendió jenerosamente de uno de sus botes por la suma de 92 pesos, “que fué el precio de costo que tuvo en Londres.”- La otra lancha pertenecia al ballenero Williams, y fué vendida en 200 pesos por su consignatario don Santiago Henderson.

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Poseia, en consecuencia de estas adquisiciones de la primera hora, la República de Chile dos bergantines de mediano porte, y dos embarcaciones de playa como base de su gloriosa marina. Pero aquella singular escuadra estaba tan pobremente dotada, especialmente de velámen, que cuando el Aguila salia a voltejear por los afueras de la bahía en asecho de presas, despojaban al Araucano hasta de su último trapo, y vice-versa. Remedióse este mal desde Santiago; porque a fines de abril, el gobernador de Valparaiso pidió al Supremo Director hiciera comprar en los portales de aquella plaza hasta cuatro mil varas de lona, probablemente de las que usaban las familias para lavar los platos de su servicio; y con este curioso repuesto, remendóse la vieja tela de los dos menesterosos y vergonzantes barquicuelos. Eran esos los tiempos ya remotos en que el almacen naval de Valparaiso estaba al pié de la cordillera, pero aun no habia llegado aquel en que habria de rejirse el curso de los temporales mediante la manizuela del telégrafo desde la orilla del Mapocho…Lo que desde entónces fué puesto fuera de duda, era que Neptuno habria de ser en Chile un dios de tierra firme, o cuando mas, un dios sub-marino…

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En estos mismos dias el comandante Alvarado pedia encarecidamente al gobierno de Santiago le enviase “doscientas perchas de roble blanco y de lingue” para labrar algunos remos , y le recomendaba se echase cuanto ántes fuese posible sobre un pequeño barco que los ricos negociantes Chopitea, naturales de Vizcaya, estaban construyendo en el astillero de Nueva Bilbao, hoi Constitucion. Dirijia esta obra un constructor, don Simon Barrios, y en Valparaiso presidian las instalaciones con esa misma calidad un sujeto llamado don Juan Arana, que fué mas tarde un traidor.

El jefe marítimo de la playa y la bahía era, tambien por ese tiempo, un viejo capitan de la marina mercante de Francia llamado don Juan José Tortell o Tortel, que segun tenemos entendido, procedia de Tolon o sus cercanías; hombre bueno pero impetuoso, charlador e indisciplinado como todo lejítimo provenzal. Habia recibido la investidura de capitan de puerto, inmediatamente despues de la entrada del gobierno patrio; y en breve hemos de encontrarle provocando recios conflictos de autoridad con los gobernadores puramente militares de la plaza, cuyas jurisdicciones, estando a la jurisprudencia del capitan Tortell, no llegaba como la ola, sino hasta la línea de la mas alta marea.

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Entretanto, a fin de conducir a Valparaiso el barquichuelo del Maule, envióse por tierra, via Melipilla, una cuadrilla de veinte marineros, de los cuales solo ocho eran ingleses, dice el gobernador Alvarado en nota de 9 de Marzo de 1817, “porque esos ocho se miran como los únicos que no son ladrones:” en cuanto a ser “borrachos,” lo eran todos.

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Surjia así lentamente del fondo de la solitaria y menesterosa bahía el poder marítimo de la nacion, semejante a la crisálida que alienta su vida bajo ténue costra de lodo ántes de desatar sus alas al viento y al espacio, cuando, como era de temerse, hizo su aparicion en la boca del puerto una fragata de guerra que desplegaba orgullosamente la bandera de Castilla en su arboladura. Era la Venganza que el virei del Perú enviaba a bloquear de hecho a Valparaíso, y en apariencia todo nuestro vasto litoral. Luego se le reunió el Potrillo, bergantin que habia sido nuestro y que parió aquella primera “yegua de Orlando” en nuestras costas.

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Mas por fortuna nuestra, a la nueva de la victoria y de la independencia habian cemenzado a acercarse tambien a las playas de Chile, buques de todas las naciones, y entre los primeros en llegar figuró un hermoso buque en  construccion norte-americana llamado el Rambler, cuyo capitan era entusiasta adicto a nuestra causa.

Con el ausilio oportuno de esta embarcacion, acordóse dar un golpe de mano a los barcos bloqueadores, y habiendo armado el Rambler con 18 cañones sacados de otros buques mercantes o de los castillos de tierra, y despues de  haber afianzado el gobernador su valor y el de un cargamento de ochenta toneladas de cobre en barra que tenia en su bodega, hízose mar afuera la diminuta pero valerosa flotilla compuestas del Aguila, el Araucano y el Rambler para atacar la pesada fragata Venganza y su Potrillo . El gobernador Alvarado ofreció a los tripulantes de los barcos patriotas además del lejitimo botin de guerra, una prima de ocho mil pesos, si capturaban la fragata castellana sola o con su cria.

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Mas los marinos españoles tenian órdenes positivas de evitar todo combate, y en aquella ocasion, como en muchas otras posteriores, las velas del virei de Lima desaparecieron entre las brumas invernales del horizonte. Solo contado el soplo de la traicion, como en la infame celada que entregó durante la Patria vieja nuestros dos primeros buques a la Sebastiana (Mayo 2 de 1814), poníanse en facha los realistas para recibir el abordaje de nuestros tumultuarios reclutas. Esos buques así perdidos en aquella ocasion llamábanse la fragata Perla y el bergantin Potrillo ya citado, los cuales fueron recobrados en seguida, aquella en 1817 y el último en 1820, por Lord Cochrane.

Adelántase el Rambler en esta segunda tentativa en consorcio con sus dos compañeros hasta la altura de Talcahuano en persecucion de los barcos bloqueadores. Pero el dia 9 de Julio el primero de aquellos, que hacia de capitana, volvió al puerto sin haber siquiera avistádolos. Ese mismo dia daba cuenta al gobernador Alvarado del infructuoso crucero al director O’Higgins, y como no hubiese regresado en conserva el Aguila “me temo, decia, consume su comandante Morris el colmo de sus locuras.”*

El Aguila entró sin embargo el dia 11 de Julio y su jefe fué inmediatamente separado de su mando bajo el cargo de insubordinacion y esceso en la bebida. En premio de su servicio voluntario, el gobierno de Santiago mandó regalar 400 pesos al capitan del Rambler y distribuir 600 pesos entre sus entusiastas tripulantes. Eran por aquel tiempo tan exiguas las remuneraciones de guerra que cuando se despachó el Aguila a Juan Fernandez se dió por todo pres a su capitan Morris la suma de 25 pesos.

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A mansalva de estas frecuentes escapadas de los buques españoles, provocadas por la arrogante temeridad de un puñado de reclutas del mar, iba lográndose, entretanto, el gran objeto político y mercantil de proporcionar libre y ancho acceso al comercio estranjero, con cuyo ausilio simpático y en ocasiones jeneroso, habríamos de improvisar en gran manera nuestra futura marina de guerra que
se mecia apénas envuelta en sus pañales.

De esta suerte en un solo dia, el 10 de Agosto de 1817, entraron dos bergantines ingleses: el Livonia y el María, cargados de valiosas mercaderías, y procedente el primero de Montevideo, y el último de Buenos Aires donde habian hecho escala. Tres dias despues echó su ancla el bergantin Juana, tambien bajo la bandera británica y burlando todos el bloqueo mas nominal que efectivo de los barcos del virei de Lima.

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Entre estas arribadas, hubo una que fué especialmente celebrada como un fausto acontecimiento público por los chilenos, porque ademas de la fortuna fué una represalia. – El 6 de Mayo de 1817, a poco de haberse sabido en España la derrota de Chacabuco, o tal vez poco ántes, salió en efecto de Cádiz, con rumbo al Pacífico aquella fragata Perla que nos habia sido robada en 1814 y que venia ahora en conserva con la mas tarde famosa y fuerte fragata Esmeralda¸ de 44 cañones. Conducia ésta a su bordo el rejimiento Burgos.

Separada la Perla de su nave de convoi por las tormentas equinocciales del Cabo de Hornos y postrada casi la totalidad de su tripulacion, que era de 76 hombres por el escorbuto, fué divisada por el vijía de Valparaiso, manejando lánguidamente hácia el norte el 8 de Octubre de 1817, y habiéndose despachado al Aguila en su persecucion, fué apresada sin resistencia, porque no hubo un solo brazo que arrimara el lanza-fuego a sus dieziseis cañones. Era su capitan un vizcaino, llamado don José Antonio Chapártegui, y venia tambien a su bordo el capitan de injenieros don Gabriel de Lobo, que fué hecho prisionero con dos oficiales.

Traia la Perla ademas un valioso cargamento cuyo detalle y factura hizo las delicias del célebre tesorero don Hipólito Villegas, especialmente en virtud de cierto ítem de medias de seda, que eran de aquellas “como jamas se habian visto en pantorrilla criolla de dama o caballero.” Venian tambien a bordo 412 cajones de ferretería, 654 de fusiles, 80 marquetas de cera, 82 tercios de ropas, todos ausilios de la mayor importancia, así como 24 cajas de medicinas, oportuna remesa para nuestro ejército, 385 barriles de licores y 100 frasqueras vacías, pero cuya trasparencia haria luego desaparecer en los festines de la patria el contenido de los barriles mencionados. La mayor parte de las doradas frasqueras que hasta pocos años lucian en sus consolas de caoba nuestras cuadras (ántes de ser salones) eran de procedencia de la Perla y de manufactura gaditana. Encontróse tambien a bordo del buque tan afortunadamente apresado un par de mesas de arrimo con enchapados de bronce y cubierta de mármol, destinadas al palacio del virei Pezuela, y que contra lo dispuesto en su factura son todavía, a título de lejítimo lucro, adorno de una casa patriota de Santiago.*

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Por este tiempo la organizacion precaria de nuestra marina de guerra, que mas dependia de la fortuna y del viento que de una bien entendida perseverancia, entró en su segunda faz. El 1.° de Octubre de 1817 era en efecto nombrado gobernador de Valparaiso un distinguido oficial de marina, educado es verdad, en la escuela española de la decadencia, pero celoso por la gloria de su patria su buen nombre de soldado y caballero. El ex-alférez de fragata don Francisco de la Lastra, reemplazó en el mando político y militar de Valparaiso al coronel Alvarado, quien siendo un simple comandante de infantería, segun ántes dijimos, habia sido nombrado para organizar nuestras primeras fuerzas navales, en razon del sistema de trocar los frenos, que ha sido y es hasta hoi nuestro arte favorito de
gobierno, especialmente en el ramo de marina.

Y para que hoi dia se forme concepto, aproximado siquiera de la irremediable penuria y trocatinta de aquellos años, será preciso comenzar por recordar que el gobernador Lastra inició su gobierno encargando a las tiendas de Santiago unas cuantas varas de lanilla de color con el objeto de hacer una bandera para su palacio y cortar juntamente las oriflamas tricolores del mar.

Algunos dias despues la autoridad marítima de Valparaiso encargó tambien a Santiago que se le buscase y se le remitiese un ejemplar de las Ordenanzas de marina, porque tal cosa no habia en Valparaiso, y poco mas tarde solicitó para los buques algo que a la verdad en raras ocasiones ha hecho falta en la capital de la república: – clavos.*

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La escuadrilla independiente que los buques bloqueadores mantenian en cierto forzado ocio dentro de la bahía, se apertrechaba poco a poco de esa suerte con los artículos navales, que le traian a lomo de mula o en lentas carretas desde el pié de la cordillera y aun de Buenos Aires por las Pampas, así como con las armas y las tripulaciones de las naves de comercio, que continuaban entrando a despecho de la floja vijilancia de los marinos peninsulares. Desde mediados de Septiembre de 1817 contaba ademas el gobierno nacional con un ausiliar de no pequeña importancia en una guerra de costas. El dia 22 de aquel mes habia hecho su entrada en la bahía aquel barquichuelo de los Chopiteas que fuera a buscar en Abril un grupo de marineros despachados a caballos por el Camino de los Maulinos y que con el nombre de Fortunata trajo a la vela a su propio constructor don Simon Barrios. Inmediatamente esta
goleta fué armada en guerra, y el 12 de Octubre se atrevió ya a atacar a la Venganza, a cuyo buque “amolló en popa vergonzosamente” escribia a Santiago el capitan de puerto Tortel, usando espresiones náuticas que no todos los miembros del gobierno patrio fueron sin duda dueños de descifrar. Mandaba la Fortunata en ese lance el bravo marino don Santiago Hurrel, que adquirió mas tarde merecida fama de intrépido corsario.

Los buques estranjeros seguian entre tanto afluyendo de todas partes y enriqueciendo el comercio, el pais y su exhausto erario, con sus derechos de entradas no poco liberales. El 11 de Setiembre entraba perseguido de cerca, pero sin fruto, por la Venganza el bergantin norte americano Estavelina y once dias mas tarde, el 22, el bergantin ingles Alejandro con escala a Buenos Aires; y en seguida y despues de la Perla, la fragata Flora, capitan Lerubrick, con un precioso cargamento de ferretería. El 13 de Febrero de 1818, casi en la víspera de Maipo, ancló a su turno en la rada el primer buque mercante que vino directamente de Estados Unidos a Valparaiso, el bergantin Harriett, capitan Cullen. Navegó este barco 108 dias desde Baltimore a nuestro puerto, cuyo bloqueo forzó atrevidamente, siendo perseguido por la Venganza hasta bajo los fuegos de una batería que se habia construido en Playa Ancha donde, dice un parte marítimo, “con los fuegos acertados de aquella, se retiró escarmentada.”*

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Habíase cuidado, al propio tiempos hacer levas de pescadores y de sobrios changos en toda la costa hasta el Maule y hasta Coquimbo, y se disciplinaban las milicias de Valparaiso, reduciéndolas a dos compañías de artillería, cuyo mando y organizacion cupo al bravo, intelijente y pundonoroso coronel Picarte.

Fueron los primeros capitanes de esas compañías el entusiasta vecino don José Miguel Cuevas, captor del coronel Berganza, y don Matias Lopez natural de Aconcagua y que fué mas tarde acaudalado propietario y comerciante en Valparaiso.

Poco mas tarde el coronel don Francisco Calderon vino a reemplazar a Picarte en el mando de las fortaleza y de la artillería.

El vecindario del puerto, correspondiendo por su parte a los esfuerzos de la autoridad, habia organizado una suscricion pública para mandar construir una lancha cañonera en el astillero de Nueva Bilbao, que a mas no alcanzaba en esos años el empuje de la ciudad que hoi cuenta su comercio solo por millones.

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No se sacaba por desgracia todo el partido que habria sido justo esperar de tan prósperas circunstancias, porque casi desde el primer dia en que el marino chileno comenzó a ejercer su autoridad en calidad de gobernador de la plaza, el antiguo comandante de la bahía y recientemente nombrado jefe independiente de la marina, don Juan José Tortell, movido por la petulancia quisquillosa de su raza, púsose a sucitar dificultades de emulacion y de mando al paciente y patriota gobernador Lastra. El 22 de Octubre de 1817 daba cuenta en efecto este funcionario de aquellos primeros embarazos al gobierno de la capital, y como no se hiciera la debida cuenta de ellos envió un mes mas tarde la formal renuncia de su puesto en la honrosa y comedida nota que a continuacion copiamos:

Exmo. Señor:

El mando absoluto e independiente de la marina que V.E. ha confiado en la persona de don Juan Tortell, está en razon inversa de mi honor y de los diferentes prinicipios que he tenido en esta profesion desde la edad de quince años. Prescindiendo de si es o nó necesaria la creacion de este empleo, en vista de  nuestra pobre marina, jamas podria yo mirar con serenidad la buena o mala direccion de este ramo sin que pudiese tener en él la debida intervencion V.E. queda obedecido.

Dios guarde a V.E. muchos años, Valparaiso y Noviembre 21 de 1817. – Exmo Señor.

Francisco de la Lastra.

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Desde esta época puede decirse, cesó de hecho el corto pero laborioso segundo gobierno del marino Lastra, que habia desempeñado ese destino en 1814, cuando fué llamado a ocupar el alto puesto de primer Director de la república por unos pocos meses.

Encontramos en efecto que el coronel Calderon firmaba el despacho de la gobernacion el 29 de Diciembre de 1817, y este mismo jefe hallábase a la cabeza del gobierno y guarnición de Valparaiso el dia de la batalla de Maipo. El jeneral Lastra era de aquella pasta blanda y benévola de hombres, de la cual salen en los gobiernos de América la mayor parte de los supremos interinatos.

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Señalóse tambien el gobierno de Lastra por el equipo de innumerables corsarios, cuyo reglamento, trabajado por el infagable jeneral Zenteno, ministro de guerra y marina a la sazon, fué recibido en Valparaiso el 27 de Noviembre de 1817. Mas como es acaso sabido, de esas hazañas verdaderamente maravillosas y de esas empresas temerarias, hemos hecho temas separados para este jénero de leyendas del mar, algunas de las cuales corren impresas en el primer volúmen de estas Relaciones*.

Llenas están, sin embargo, las escribanías de Valparaiso de los documentos públicos a que daban lugar el apresto y el botin de esas espediciones, siendo comun el que los marineros chilenos al embarcarse vendieran por sumas inferiores a 50 pesos la parte de presa que hubiere de caberles en futuros pero ignorados combates; eso se llamaba vender la vida en yerba… Triste humanidad! No abundan en su seno únicamente los hombres que compran en espectativa el grano arrojado al surco, sino que pagan por escritura pública el anticipo de la puñalada que ha de darse o recibirse al abordaje, si bien es cierto que en épocas de guerra corre siempre como mercadería de libre aforo la vida del soldado, y especialmente la vida del marino y del pirata.

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Uno de esos corsarios, llamado la Fortuna, fué el emisario feliz que trajo a Chile la primera nueva espedicion peninsular que sucumbió en Maipo, cuya victoria definitiva vino a dar a la organizacion de la marina nacional, su verdadero vuelo, sacándola del período que hemos llamado ”sus pañales.”

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Entre tanto la victoria del 5 de Abril habia dado nervio a la situacion, especialmente a la de la incipiente marina de la República, porque el comercio estranjero miraba aquel choque decisivo de las armas, como la única balanza de su negocio y de sus simpatías efectivas. Y así en los dias subsiguientes pudo cerrarse trato definitivo y pagar dinero de contado, con el concurso del comercio estranjero, la adquisicion de un gran “indiaman” llamado la Windham, navío armado en guerra que habia sido traido por su capitan y dueño para negociarlo a la gruesa ventura desde Lóndres.*

El inchtman ingles tenia 46 cañones, era fuerte, velero y recibió el nombre simbólico entónces de Lautaro. Era este bautizo un doble homenaje al indio libertador y a la famosa cuanto terrible y sijilosa Lojia Lautarina que entónces imperaba omnipotente en Chile y en el Plata.

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Quedó constituida con esta oportuna compra la flotilla chilena en un pié de respetabilidad que le asegurba la victoria contra los buques bloqueadores, que eran ahora la Esmeralda de 44 cañones, capitan Coig y el Pezuela de 16, capitan Bañuelos. Los chilenos tenian igual peso en arboladura y metal, contando con poner en línea de combate el Lautaro, el Aguila, el Araucano y las lanchas cañoneras construidas en el Maule.

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Comenzó a prepararse, en consecuencia, desde el momento mismo en que se hizo la compra del Lautaro, el abordaje de la Esmeralda, y en ménos de cuarenta dias todo estuvo listo para el combate. A las dos de la tarde del memorable 25 de Abril de 1818, tres semanas despues de nuestra gran batalla mediterránea, desplegaban sus velas de combate a la fresca brisa del norte el Lautaro seguido del Aguila con rumbo del sur.

No entra en nuestro plan, limitado a dar a conocer únicamente en este ensayo detalles y documentos enteramente inéditos, referir los pormenores del heróico aunque desgraciado combate que tuvo lugar el 26 de Abril a la vista de nuestras costas, en aquel primer encuentro de nuestras armas en el océano que ya disputábamos al enemigo, despues de haber asegurado a fuerzas de victorias el dominio de la tierra.

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Han dado ya cuenta minuciosa de esas peripecias, cuya fisonomía mas saliente es el heroismo sin igual y la muerte inesperada y fatal del bravo O’Brien, comandante en jefe de nuestras fuerzas, diversos escritores Miller, García Reyes, Barros Arana, el ministro de la República Arjentina, don Tomas Guido, que presidió a todos los aprestos del asalto, y nosotros mismos en ocasiones anteriores.

Pero por lo mismo parécenos que defraudaríamos sin justicia a la crónica de nuestros anales marítimos, sino reprodujéramos aquí una série breve de despachos inéditos, que condensan en cierta manera los acontecimientos de aquella noble jornada. Son los partes que dia por dia enviaba al Ministerio de Marina el capitan de puerto de Valparaiso don Juan J. Tortel.

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Exmo. Señor:

“Tengo el honor de participar a V.E. como no han quedado mas buques enemigos en el bloqueo del puerto, que Venganza y el bergantin Pezuela. Me persuado que el Potrillo y un buque mercante armado, parecido al Milagro, han caminado para Lima.
“¡Qué bella ocasion, Exmo. Señor, para nuestro proyecto contra la Venganza! Con un navío y el Aguila me parece que se concluia la funcion en ménos de media hora.
“Al teniente Velez despaché ayer para la capital en solicitud de dinero; la contaduría está empeñadísima,
los acreedores nos acometen a cada instante; la creación de nuestra pequeña marina, Exmo. Señor,
ocasiona algunos gastos, a mas de aquellos sueldos y subsistencias de los individuos que la sirven.

“Dios guarde a V.E. muchos años. – Valparaiso, Marzo 20 de 1818.

Juan José Tortel.”

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Exmo. Señor:
“Ayer por la mañana se hizo a la vela el Lautaro con viento del norte flojo: anocheció a la vista de
la Esmeralda y el Pezuelo como a cuatro leguas de distancia a barlovento.

“Toda la noche estuvimos con cuidado presumiendo el ataque ántes que amaneciese y que se verificó
al romper el dia, anunciándose por una parte descargas de artillería como a seis leguas de sud-oeste
de este puerto, que duró pocos minutos. Habia mucha niebla en el horizonte, y no se distinguió nada
hasta una hora despues que se descubrieron la Esmeralda en fuga hácia el sud-oeste y el Pezuela al nor-este; pero siguiendo a la Esmeralda el Lautaro con fuerza de vela y procurando arrinconarla hácia la costa, lo que no pudo conseguir por la poca fuerza del viento que favorecia la marcha de la fragata enemiga, que ha sido perseguida por el Lautaro hasta perderse de vista al sud-oeste lo que indica ser su intento refujiarse a Talcahuano.

Dios guarde a V.E. muchos años. Valparaiso, Abril 26 de 1818.

Exmo. Señor:

Juan José Tortel.”

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Exmo. Señor:

“Tengo el honor de dirijir a V.E. la relacion del resultado de la espedicion del navío Lautaro que
acaba de llegar y es la siguiente:

“Anocheció dicho Lautaro como a cuatro leguas distante de la Esmerlada y el Pezuela , navegando sobre ellas en vuelta de tierra. Hicieron todo lo posible para encontrarlas y no lo pudieron conseguir hasta las tres de la mañana que descubrieron sus luces, cuyo rumbo siguieron hasta romper el dia; que hallándose inmediatos a ellas izaron su bandera inglesa a que contestaron con la española poniéndose en facha para esperarlos.

“A poco tiempo llegó el Lautaro entre la Esmeralda y el Pezuela, entrando el comandante del primero en conversacion con el de la fragata enemiga para engañarlo, y habiendo llegado, a quema ropa le disparó el Lautaro todo el costado de estribor a la Esmeralda, abordándola inmediatamente por su popa y saltando al abordaje el comandante Obrer* con 40 hombres que se apoderaron dela cubierta, habiéndose bajado los españoles todos de la batería. Pero habiendo visto un incendio a proa en cubierta de la Esmeralda, se retiraron los abordadores y trataron de sustraer su buque del peligro, cuya separación proporcionó a la fragata enemiga la fuga, así mismo aquella del Pezuela que se habia rendido sin disparar ni recibir un cañonazo, y por mas dilijencias que hicieron los del Lautaro, jamas pudo conseguir arrimarse a ella.

“Se infiere que habrá muerto la mitad de la tripulación enemiga, entre ella su comandante. A las 4 de
la tarde del mismo dia se encontró el Lautaro con el Bergantin San Miguel que apresó procedente de
Talcahuano, en donde habia salido cuatro dias ántes, cuyo buque no ha llegado todavía; conducia varios
pasajeros para Lima, entre ellos los famosos Chopitea, Beltran y un teniente Coronel edecan de Osorio.

“Dios guarde a V.E. muchos años. Valparaiso, 30 de Abril de 1819

Exmo. Señor.

Juan José Tortell.”

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No fué empero del todo infructuosa la salida de nuestros buques, porque no solo la Esmeralda y el Pezuela fugaron a asilarse en Talcahuano, levantando de hecho el bloqueo, sino por la interesante y Benjamin casual captura de un buque de comercio en que ciertos personajes, considerados como los hombres de mas caudal en el pais, y pertenecientes al bando vencido definitivamente en la llanura de Maipo, fugaban a Lima.

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Despues de la derrota de sus armas, habian logrado en efecto dirijirse a Talcahuano los opulentos comerciantes don Pedro Nolasco Chopitea, hermano del conocido don Nicolas, prófugo en España por esa época en virtud de una asonada popular que otra ocasion hemos recordado, don Rafael Beltran, rico comerciante natural de Castilla y jefe de la poderosa familia de los Iñiguez, tambien castellana vieja en Santiago, uno de cuyos deudos y hermano político de aquel, don Pedro Felipe Iñiguez, a la sazon mui jóven le acompañaba. Como eran esos señores hombres pudientes, fletaron en Talcahuano un bergantin, perteneciente a los hermanos don Guillermo y don Juan José Hontaneda, el mismo, éste último, que hace poco justificó su indecible parsimonia de medio siglo con un legado sublime; a la caridad de Valparaiso, su ciudad natal.

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Con el permiso de Osorio, que sin duda no lo otorgó gratuito, hiciéronse a la vela los millonarios de Santiago en el bergantin San Miguel, el 22 de Abril de 1817, a cargo de su piloto don Juan Iladay. Uno de sus dueños, don Guillermo Hontaneda, hacia de capitan, y entre otros pasajeros, italianos, chilenos y españoles, habíanse embarcado tambien don Luis Pomar, empleado marítimo de Valparaiso y natural de Cataluña, y don José Bayolo hijo de Galicia y no ménos conocido mas tarde por su filantropía en su ciudad adoptiva, donde tuvo muchos años una tienda de ferretería.

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Al enfrentar a Valparaiso, aunque mui afuera, el San Miguel avistólo la Lautaro que volvia a su fondeadero con sus vergas a la funerala por la muete de su jefe; y despues de una breve caza fué apresado y conducido a Valparaiso.

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En seguida de sufrir natural despojo de la marinería hasta en lo mas reservado de sus vestidos, segun referia medio siglo mas tarde el señor Iñiguez, los prisioneros fueron conducidos a un calabozo del castillo de San José, y a la mañana siguiente recibieron la visita del gobernador de la plaza. Pero este afable jefe, despues de los cumplimientos de estilo, intimó a los señores Chopitea y Beltran que en el término de nueve horas entregasen 150,000 pesos “con apercibimiento de que no haciéndolo, dice friamente la dilijencia que asentó a su presencia el escribano Menare, serian pasados por las armas.”

Era aquella una contribucion a “lo San Martin,” como entónces se decia, y la razon peregrina que para ejecutarla con tan perentorio afan se alegaba, era la de que esos mismos poderosos mercaderes habian regalado igual suma al virei Pezuela, cuando hacia poco le habian visitado en Lima.

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Intimidados aquellos pobres patricios con el aparato de las armas y las fieras miradas de sus guardianes, se dispusieron a ejecutarse como mejor les era dable. El señor Beltran entregó por de pronto y por via de donativo, una talega de mil pesos y 50 onzas de oro, ofreciendo ademas en aras de la irritada Patria, sus estancias de San José y de otras comarcas de la costa con todos sus ganados, valorizando el conjunto en doscientos mil pesos, es decir, un largo millon en los presentes tiempos.

Chopitea fué todavía mas pródigo en el rescate de su vida, si bien en realidad ésta nunca habia estado en peligro mas allá de la amenaza, e inmediatamente puso en manos del gobernador Calderon, mil pesos en plata, cincuenta onzas de oro sellado, libra y media de oro en polvo, 72,000 pesos en documentos ejecutivos de la plaza de Santiago y 20,000 pesos en mercaderías.

Mas para igualar la balanza el platillo que su compañero de Castilla habia echado el peso de sus vacas, el mercader vizcaino agregó todavía el producto de una habilitacion hecha a un mercader o industrial llamado don Nicolas Lenis, que importaba 30,000 pesos; otra de igual jénero en Mendoza en 75,000 pesos; la mitad del valor de la fragata Resolucion valorizada en 50,000 pesos; 16,000 pesos en deudas del Consulado y 160,000 pesos que importaba el balance de su casa de comercio en Lima.

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Ignoramos en cual proporcion convirtióse en oro efectivo aquel rescate de Atahualpa, decretado a manera de represalias por el majestuoso pero honrado jeneral Calderon . Mas como seguro ha de tenerse que la bodega del San Miguel y de las petacas de viaje de sus tripulantes, sacó el gobierno de Chile no pequeña porcion del subido precio que en seguida pagó por media docena de buques que llegaron sucesivamente armados en guerra a venderse en nuestras costas. El Lautaro al ménos habia costado 180,000 pesos, y habiendo el comercio estranjero anticipado la mayor parte de esa suma, pocos dias despues la captura y aprehension del caballero Chopitea, es decir, el 3 de Junio, aquel grueso anticipo estaba completamente cancelado…

Y de esa suerte, como acontece de ordinario en las cosas humanas, vino a suceder que si en la captura anticipada de la Esmeralda habria habido para nuestras armas, como la hubo mas tarde, esclarecida gloria, en el apresamiento de aquel pequeño barco de comercio y de sus próceres fujitivos de Talcahuano, se alcanzó mas sólido provecho, porque encontróse en el fondo de sus equipajes y de los bolsillos de sus tripulantes la llave de oro que abriria en adelante las puertas del Pacífico anuestras quillas y a nuestra bandera.

(Continuará)

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