Las fake news, una amenaza para la estabilidad y supervivencia de las democracias

Desde los primeros años del presente siglo, hemos visto como las fake news o noticias falsas han jugado un papel fundamental en ciertos gobiernos, candidatos, líderes de Estado, movimientos sociales, organizaciones no gubernamentales e internacionales, campañas electorales y las  mismas elecciones sumado a variadas otras instancias, moviéndose principalmente en el  terreno de la desinformación y descontextualización de diferentes acontecimientos viralizados en internet, principalmente en sitios o portales de opinión y las redes sociales de uso masivo a nivel mundial (tales como facebook, twitter e instagram, entre otros)

La interrogante que surge es si estas fake news ¿amenazan a las democracias del mundo? ¿ponen en riesgo la supervivencia de éstas?

Las democracias en el orden global se encuentran ante una serie de nuevos desafíos, tales como la proliferación de agentes, organizaciones e instituciones regionales, internacionales y transnacionales (gubernamentales y no gubernamentales), el crecimiento de la interconexión mundial en una serie de dimensiones (economía, política, tecnología, comunicaciones, derecho, etc.), una creciente permeabilidad de las fronteras junto con el crecimiento de la necesidad de los Estados de cooperar entre sí y un aumento de las agencias e instituciones internacionales, expansión de los regímenes internacionales, desarrollo de organizaciones internacionales y la diplomacia  multilateral, la ampliación del alcance del derecho internacional y la cooperación con actores y procesos no – estatales, sumado a la creación de formas de gobernabilidad internacional que tiende a redefinir el poder de los Estados nacionales, lo anterior ha dado cuenta de una de las problemáticas más importantes para la democracias en el mundo, que es la disminución de la capacidad del Estado para generar instrumentos políticos idóneos para controlar flujos de intercambios (ideas, productos culturales, bienes, etc.).

Las nuevas formas de comunicación, propiciadas por la revolución del Internet, TIC y Web 2.0, han producido un impacto en las diferentes áreas de la sociedad, educación, trabajo, sociedad, pasatiempos, economía y guerra, han representado un amplio abanico de oportunidades y también de peligros. Del mismo modo, han generado un cambio sustancial en los medios de comunicación, otorgándoles poder como generadores de opinión y partido en los procesos de toma de decisiones. La pregunta que surge hoy en día es ¿cómo se compatibilizan estos medios de comunicación con la democracia, considerando la variedad de fuentes de información tanto oficiales como alternativos? Pero, sin dejar de lado que este proceso de globalización, a través de la revolución del internet, han hecho patente el concepto de ciudadanía global, como un actor en sí, mediante diferentes formas de expresión y que se ha convertido en un actor nacional e internacional influyendo en diversos procesos de toma de decisiones, que da cuenta del poder que tiene, pero para el cual no existe un marco legal regulatorio.

Alrededor del año 2010 en la Internet irrumpieron las redes sociales. Internet permite conocer lo mejor y lo peor del ser humano. Cualquier ciudadano puede adentrarse, desde el salón de su casa, en las ideas que fertilizaron el alumbramiento de la razón y la perspectiva del Renacimiento en el siglo XV; la forja de las revoluciones liberales, la consolidación del Estado moderno, el imperio de la ley y el concepto de ciudadanía a finales del siglo XVIII; la conquista de los derechos civiles logrados en el siglo XIX y XX. Y al mismo tiempo, sin cambiar de postura, recorrer el museo de los horrores ideológicos que abonó la consolidación del fascismo, el nazismo, el estalinismo y la sucesión de respuestas antimodernas representadas por todo tipo de populismos, nacionalismos y extremismos religiosos, culturales e identitarios que resurgen con fuerza en el siglo XXI y que arrasaron Europa en el siglo XX.

Las redes sociales fueron un invento que al principio consideramos divertido, pero ahora están reformulando conceptos fundamentales para la democracia como la realidad, la verdad, las conversaciones o la representación. ¿En qué consiste hoy la democracia? Lo cierto es que vamos a votar y, antes de hacerlo, nos hemos formado una idea de lo que queremos a partir de la información recibida. Pensamos que, si estos votos se cuentan legalmente, estaremos representados. Pero incluso, si los sufragios se computan correctamente, no sabemos cómo funciona el proceso previo, cómo pueden ser manipuladas esas preferencias. Aún estamos en un periodo en el que no hay poder político en el mundo que pueda regular, y no prohibir o capar, las redes sociales.

Se ha producido una democratización en el acceso a la información, en las posibilidades que el público tiene de expresar su opinión, sobre todo a través de las redes sociales. ¿Está ésto, paradójicamente, poniendo en riesgo las democracias?

Si observamos, no ha habido época más propicia para los infundios, los bulos y las falsedades, que se propalan a velocidad de vértigo; la industria digital de la mentira y la irracionalidad es el mayor peligro al que se enfrentan las instituciones públicas. La manipulación de las emociones en Internet, con fake news (noticias falsas), se han convertido en una de las formas más fáciles de manipular a las personas, de mantenerlas lejos de los datos, es dividir el mundo entre ellos y nosotros, es decir, entre buenos y malos. Y a Internet eso se le da fenomenal.

A modo de ejemplos, Internet ha jugado un papel muy importante en la polarización de esta sociedad. Con Facebook hemos descubierto demasiado tarde cuánto hay de falso en las noticias que ahí circulan. Un estudio muestra que durante la última campaña presidencial en Estados Unidos, el 25% de las informaciones que leían los demócratas eran falsas y el 50% en el caso de los republicanos. Y no sólo es que fuesen mentira, sino que fomentaban el odio hacia el otro candidato.

Lokman Tsui, profesor adjunto en la facultad de Periodismo de la City University of Hong Kong, señalaba sobre las protestas en Hong Kong que:

…las noticias falsas pueden ser como un virus, en el sentido de que pueden atacar el cuerpo cuando su sistema inmunológico está debilitado. En este caso, la confianza del público en el Gobierno y la policía de Hong Kong es tan baja que estas noticias falsas tienen un suelo fértil para crecer. La falta de transparencia de la policía en su comunicación pública, por supuesto, tampoco ayudan.

La industria de fabricación y distribución de mentiras a escala mundial tiene un objetivo político: romper la relación de confianza que los ciudadanos tienen con sus instituciones públicas y con los medios de comunicación. Es decir, dinamitar la base de convivencia de una democracia liberal. Las narrativas de la desinformación y la mentira se han convertido en la base ideológica de movimientos antisistema de toda condición, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, pasando por populismos, nacionalismos y extremismos religiosos.

Diversas plataformas digitales como la ya clausurada 8chan* representan una amenaza sistémica contra la democracia liberal; pero no por dar cabida a descabellados pensamientos de algún terrorista o cualquier tipo de idea, sino, más bien, por haber contribuido con determinación a banalizar la mentira, erosionar la verdad y difuminar la frontera entre el bien y el mal.

Diferentes plataformas digitales y redes sociales representan la punta del iceberg de una industria digital de la mentira y la irracionalidad que moviliza a millones de ciudadanos en todo el mundo contra sus instituciones públicas y sus normas de convivencia. Se forjan y difunden teorías que aseguran de la existencia de redes organizadas de pederastia de políticos y jueces que secuestran y asesinan niños; la participación de Gobiernos y funcionarios del Estado en grandes atentados; la manipulación de resultados electorales; la fumigación de la población mediante aviones; la propagación de enfermedades a través de las vacunas; la cura del cáncer con remedios caseros.

Algunos de quienes controlan estas tecnologías saben cómo convencernos de comprar determinados productos; otros saben cómo entusiasmarnos con ciertas ideas, grupos o líderes y detestar a sus rivales.

La gran ironía es que, al mismo tiempo que hoy tenemos más información que en el pasado, la veracidad de esa información es más cuestionable. Alan Rusbinger, ex director del diario británico The Guardian, ha dicho que:

Estamos descubriendo que la sociedad realmente no puede funcionar si no podemos ponernos de acuerdo sobre la diferencia entre un hecho real y uno falso. No se pueden tener debates o leyes o tribunales o gobernabilidad o ciencia si no hay acuerdo acerca de cuál es un hecho real y cual no.

Por lo tanto, podemos considerar que la verdadera amenaza para los sistemas de gobierno contemporáneos y las sociedades liberales, es la industria global de mentiras y falsedades que trabaja sin descanso por devolver al siglo XXI al mundo de tinieblas, mitos y superstición que definió la Edad Media, argumenta Javier Lesaca, periodista e investigador español quien se ha referido en continuas ocasiones sobre este fenómeno, analizando principalmente el terrorismo actual en el mundo.

Argumenta que:

…cuanto más polarizador es un tópico, más fácil le es a la gente creer esa información falsa. (Los rumores y las noticias falsas) son un síntoma de una sociedad polarizada, no una causa en sí misma de la división. Aunque los rumores se demuestren bulos, cualquier cosa que digan unos y otros se toma mutuamente como algo con segundas intenciones.

A su vez el Doctor y Sociólogo de la universidad de Hong Kong Masato Kajimoto, señala que “estamos en esta situación en la que da igual lo que oigas del lado contrario. Simplemente, no vas a escuchar. Todo te suena a conspiración, que alguien está escondiendo algo”.

La información, potenciada por la revolución digital, será el motor más importante de la economía, la política y la ciencia del siglo XXI. Pero, como ya hemos visto, también será una peligrosa fuente de confusión, fragmentación social y conflictos.

Y al mismo tiempo que hay información, que salva vidas y es gloriosa, hay otra que mata y es tóxica. La desinformación, el fraude y la manipulación que fomenta el conflicto están teniendo un auge tan acelerado como la información extraída de las masivas bases de datos digitalizados.

Se genera una manipulación de las emociones a través de Internet, es por ello que, deberíamos poner en cuarentena casi cualquier noticia o información que nos llega, desconfiar de ellas por principio hasta comprobar su veracidad a través de algún medio serio, si es que este adjetivo tiene aún algún sentido.

Una de las respuestas que puede darse para que estas fake news tengan tantos adeptos es que hay demasiado dinero en política, demasiada desigualdad y demasiados afectados por la globalización que buscan respuestas demasiado fáciles.

No es novedad percibir que a nivel mundial las democracias occidentales se han alejado de una de sus partes esenciales: la justicia social. Y que, ahora, son solo un teatro de la democracia, con los miembros del parlamento batallando entre sí y ya está. El resultado es que la gente no se siente representada; así que, al mismo tiempo que buscamos un modelo de representación distinto o que nos parezca más justo, se proclama que el sistema está acabado y propone que nos olvidemos de la democracia, provocando un vacío de poder que se encuentra más allá de las ideologías, de las instituciones y de la política en general; un discurso falaz.

Que ciertos grupos con ansias de poder han sido capaces de capitalizar y convertir sus ideas en un fenómeno global; la generación de una polarización, utilizando las redes sociales como un instrumento que divida a la sociedad entre el nosotros y el ellos, es clave. La palabra respeto es una de las palabras más recurrentes hoy en día. Creer y defender, por ejemplo, que la Tierra es plana, se ha convertido en una identidad política. Quienes defienden esto también reclaman respeto y están siendo movilizados; pero cuando se plantea ese argumento de ellos no nos respetan, y ellos son científicos, académicos o periodistas, entre otros actores claves de la sociedad, se está dirigiendo a la gente contra un blanco equivocado y es muy peligroso.

Con esto no solo tratan de alcanzar el poder, sino que también destruyen la ciencia, el arte y el conocimiento con noticias falsas y miedo, construyen su capital político sobre la victimización, casi siempre fabricada; redefiniendo al enemigo constantemente para alcanzar su objetivo: el poder político.

En su ascenso al poder y cuando ya lo ocupan, también se produce la reinvención de la idea de realidad e irrealidad. Tenemos que ir con cautela y ser conscientes de cómo funciona la lógica humana para no quedar atrapados en ese bucle.

Muchos piensan en el auge de estos movimientos como una crisis política pasajera, pero hay que entenderlo como un problema filosófico. No es solo una crisis de la democracia, del neoliberalismo o del modelo de la revolución industrial. Estas mutaciones están pasando simultáneamente y vamos hacia una falta de entendimiento del propio ser humano sobre sí mismo. Todo lo que se ha considerado diabólico y que se pensaba que se podría superar a medida que hubiera más progreso, está regresando ¿Qué contestar a quienes dicen la democracia no es buena, nos damos por vencidos? ¿Cómo defender los sistemas democráticos?

Probablemente no estamos preparados. Al mismo tiempo que hoy tenemos más información que en el pasado, la veracidad de esa información es más cuestionable.

El debate acerca de qué es verdad y qué es mentira es tan antiguo como la humanidad. Las discusiones al respecto que se dan entre filósofos, científicos, políticos, periodistas o, simplemente, entre personas con ideas diferentes son frecuentes y feroces. Muchas veces, estos debates en vez de concentrarse en la verificación de los hechos se centran en la descalificación de quienes los producen. Así, científicos y periodistas son blanco frecuente de quienes, por intereses o creencias, defienden ideas o prácticas basadas en mentiras.

La exposición pública de los fantasmas de nuestra historia ayuda a comprender la complejidad del ser humano, pero, sobre todo, contribuye a generar amplios consensos que permiten discernir entre el bien y el mal; la mentira y la verdad. La distinción nítida entre estos principios contribuye a reforzar el principal pilar sobre el que se asientan las democracias liberales y el estado de derecho moderno: la razón, comprendida como la facultad de darse cuenta; su función es percibir lo que existe por medio de organizar los datos observados. Y la razón es una facultad volitiva; tiene el poder de direccionar sus propias acciones y verificar sus conclusiones, el poder de mantener una cierta relación con los hechos de la realidad. La emoción, en contraste, es una facultad, no de percibir, sino de reaccionar a lo que uno percibe. Este tipo de facultad no tiene capacidad de observación y no tiene volición; no tiene ningún medio independiente de acceder a la realidad, no tiene medios para guiar su propio curso y no tiene capacidad para monitorear su propia relación con los hechos.*

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