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La tolerancia de la intolerancia, su evolución

El último tiempo ha estado marcado por el cuestionamiento a la salud de la política nacional y mundial, se han escrito artículos y libros que tratan sobre el peligro de líderes populistas y el fin de la democracia. Lo que destaca de la vida en comunidad es un trato social donde prima la intolerancia. Por más que creamos que este es un fenómeno del siglo XXI, es un sentimiento que ha ido germinando desde tiempos pretéritos.

 

 

Si por democracia entendemos el sistema político que representa a las personas, acoge las opiniones diversas, contiene una gran dosis de liberalismo y respeto por la ley, entonces ese ideal democrático es muy diferente a lo que se vive hoy, puesto que es posible evidenciar varios rasgos que demuestran un deterioro en la vida social, como la “cultura de la cancelación”, la que presenta un grado tan elevado de intolerancia que más de un centenar de intelectuales de diversas tendencias decidieron unirse para firmar una carta pública con el objeto de abogar por el respeto a la libertad de expresión y a pensar diferente. Pero ¿cómo la sociedad ha llegado a tolerar la intolerancia?

Este cambio cultural ha sido paulatino y corresponde a un fenómeno que tuvo su origen en el siglo XVIII y con el paso de los años se fue globalizando. Si nos parece contemporáneo que una persona en su vida comunitaria “no quiere dar razones ni quiere tener razón, sino que, sencillamente, se muestra resuelto a imponer sus opiniones”*, valga decir que corresponde a la descripción que hizo José Ortega y Gasset en la década de 1930 sobre el nuevo tipo de hombre que apareció en Europa.

Este artículo, en primera instancia, desarrolla el significado de la “cultura de la cancelación,” para describir el estado del arte de nuestra sociedad, para continuar con una breve recopilación historiográfica que presenta la evolución de la civilización occidental. Se hace hincapié en que los libros utilizados en este artículo son bastante profundos y exponen más reflexiones que las presentadas, por lo que se recomienda su lectura.

Cultura de la cancelación

El concepto de cultura de la cancelación es definido por Dictionary.com -cancel culture-, en su ramificación de cultura pop como:

La práctica popular de retirar el apoyo -cancelar- a figuras públicas o empresas después de que hayan hecho o dicho algo considerado desagradable u ofensivo. La cultura de cancelación generalmente es realizada en las redes sociales en forma de vergüenza grupal.

La realidad es más despiadada que la definición, puesto que esta cultura causa furor entre los cibernautas cuando aparece una víctima, quien sufre boicots a su perfil de Instagram, censura colectiva a su cuenta de Twitter, amenazas de muerte en Facebook, publicación de datos personales -teléfono, domicilio, lugar de trabajo- o funas que pueden llegar a agresiones físicas. Lo que aparenta ser un caso de repercusiones limitadas, en realidad tiene ramificaciones que llegan a remecer el plano intelectual, cultural, académico y científico.

El 7 de julio de 2020, se publicó en Harper’s Magazine* una carta firmada por 150 personas del mundo cultural y de diversos pensamientos políticos, entre los que se encuentran Noam Chomsky, Margaret Atwood, JK Rowling y Francis Fukuyama, para expresar su preocupación por la “intolerancia hacia las perspectivas opuestas, la moda de la humillación pública y el ostracismo”, actitudes que tienden a debilitar las normas de debate abierto y la tolerancia de las diferencias a favor de la conformidad ideológica, siendo más frecuente las llamadas por redes sociales a imponer “represalias rápidas y duras en respuesta a lo que se percibe como transgresiones del discurso y el pensamiento,” también es preocupante la reacción de autoridades y líderes, quienes, con la intención de apaciguar el daño, despiden, investigan y censuran a editores, periodistas, investigadores y profesores, llegando a retirar libros.

El peligro de esta cultura ideológica es el establecimiento de un discurso único, impuesto por una minoría y amplificado por las redes sociales, quienes actúan como jueces y dictaminan sanción -sin optar el “culpable” a la presunción de inocencia y a una debida defensa-. De esta forma, se van creando realidades y, peor aún, se inventan verdades sin sustento alguno.

Al respecto, Axel Kaiser señala que el origen de la crisis que estamos viviendo, “se encuentra en el avance del pensamiento dogmático que ha logrado construir hegemonía en las humanidades.”* Es clave entender el trasfondo del dogmatismo, porque este aparece cuando una suposición queda invalidada por la realidad y a pesar de eso no se reconoce el error, al contrario, se van introduciendo variaciones adecuadas para poder mantener la creencia. El dogmatismo se trata de proteger una creencia de cualquier crítica o evidencia en su contra*.

La historia nos enseña que no hay nada nuevo bajo el sol, muchas situaciones que pensamos son exclusivas de nuestra época, con el tiempo nos percatamos que son una repetición de lo ocurrido en el pasado, es un autoplagio que como seres humanos cometemos producto de nuestra lenta evolución en comparación con la ciencia o la tecnología -que desarrolla una minoría excepcional-. En este sentido, Marc Ferro nos recuerda que la superposición de la política ideológica al derecho se arrastra desde la Revolución Francesa. En el juicio al rey Luis XVI, cuando los discursos en su defensa lo estaban expiando, surge el batacazo del joven abogado Saint-Just que fulminó toda la justicia del proceso al decir: “Desde luego, el Rey puede ser juzgado conforme al derecho. Pero no se trata de un juicio que hay que hacer, sino de un acto político. El Rey no es un acusado, sino un enemigo. Por el mero hecho de reinar, es culpable.”* La novedad de este discurso es la libertad que se le entrega a quienes ejercen justicia para transitar entre el derecho y lo político, dependiendo de la parte que dará la victoria y elimine los obstáculos del camino.

La cultura de la cancelación avanza por una vía expedita, casi no hay defensas contra activistas que se consideran estrictos guardianes ideólogos de los conceptos de justicia, género, clima, economía y otras cosas que se les ocurra. El escritor Ian Buruma señala que: “La aplicación de la pureza ideológica puede volverse intolerante. No es un asunto de estar en desacuerdo con ciertas opiniones, sino que las personas sospechosas de ser escépticas o de disentir ideológicamente deben ser borradas del discurso público.”*

Caer en un fanatismo que eleve la verdad de algunos a un estatuto superior, que la blinde de cualquier evidencia que la contradiga, es conducente a aceptar un discurso único y quienes no comulguen con esa verdad no merecen ser escuchados, pero sí deben ser desterrados.

Un breve análisis historiográfico

Es de suponer que, para una parte importante de los lectores de este artículo, el estado en que se encuentra la convivencia social es un tema actual. Sin embargo, hago eco en el refrán “para lo nuevo, los clásicos,” en consecuencia, para el análisis de la evolución de la sociedad, se trae al presente el libro La rebelión de las masas escrito por José Ortega y Gasset en la década de 1930. Posteriormente, se utilizarán obras de Gilles Lipovetsky, Mario Vargas Llosa y José Antonio Marina.

El hombre masa

Ortega y Gasset explica al inicio del libro que, las palabras rebelión, masas y otras, no tienen un significado político, puesto que la vida pública no es solamente política, también es intelectual, moral, económica, religiosa, moda, etc. Y aclara que la sociedad está compuesta por una minoría y masas, entendiendo las minorías como individuos o grupos de personas especialmente cualificados, que se exige más que los demás para ser mejores -no hay distinción socioeconómica-. La masa es el hombre medio, aquel que se ha diluido en la sociedad al no diferenciarse de las otras personas, sino que repite en sí un tipo genérico al coincidir en deseos, ideas y modo de ser; no se exige nada especial y vive lo que ya es, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismo. Por lo anterior, la división entre minorías excelentes y masas no es social, sino en clases de hombres.*

Este intelectual identifica como peligroso que la masa -sin contar con las competencias- está suplantando a las minorías -calificadas- en actividades que no pueden ser bien ejecutadas sin dotes especiales. Incluso advierte sobre “el progresivo triunfo de seudointelectuales incualificados, incalificables y descalificados (sic).”* Otra similitud entre la descripción de su tiempo con nuestro siglo XXI es:

Democracia y ley, convivencia legal, eran sinónimos. Hoy asistimos al triunfo de una hiperdemocracia en que la masa actúa directamente sin ley, por medio de presiones, imponiendo sus aspiraciones y sus gustos. […] Yo dudo que haya habido otras épocas de la historia en que la muchedumbre llegase a gobernar tan directamente como en nuestro tiempo. Por eso hablo de hiperdemocracia.*

De esta forma, los valores europeos de pluralidad, diversidad y liberalismo fueron siendo cercenados porque la dirección de la sociedad la tomaron personas que intervinieron en la vida pública a través de la acción directa -proclamar y justificar la violencia como primer recurso- y que engendraron “el derecho a no tener razón, la razón de la sinrazón.”*

Aquí se hace un paréntesis con el propósito de aportar a la reflexión sobre las minorías excelentes y la hiperdemocracia, más aún bajo la creencia actual de que todos o casi todos contamos con las competencias para ser buenos -en un sentido amplio- con nuestras acciones y opiniones. Para esto se trae a colación el clásico La apología de Sócrates, en ese texto -escrito por su discípulo Platón- se relata el juicio que se le hace a Sócrates por pervertir a la juventud. En una parte del proceso acusatorio, se dice que todos los atenienses hacen buenos a los jóvenes y solo Sócrates los corrompe, ante lo cual el filósofo le pregunta a su acusador si cree que todos los hombres son capaces de ser buenos cuidadores de caballos y hacerlos mejores o si solo unos pocos pueden cumplir esa labor, y termina diciendo Sócrates, que tienen suerte los jóvenes atenienses si solamente una persona los corrompe y todos los demás los ayudan para ser buenas personas.

La génesis del cambio social descrito por Ortega y Gasset lo asocia al efecto “señorito satisfecho,” que se refiere al comportamiento de quienes heredan toda la abundancia que generó el esfuerzo de los antepasados -Estados como organización y benefactores, ciencia, medicina, educación, justicia, seguridad-, herederos que, sin haber hecho mayor esfuerzo, toman la fortuna regalada sin valorar el trabajo que significó construirla y no temen dilapidarla, porque están convencidos que no faltará. Esta vida sin limitaciones y fácil, proporciona una sensación de triunfo que invita a cada uno a aceptarse tal cual es, dando por bueno su moralidad e intelecto, lo que trae como consecuencia cerrarse para toda instancia exterior, a no escuchar, a no cuestionar sus opiniones y no necesitar de los demás; actuar como si solamente él existiera en el mundo y acepta únicamente a sus semejantes -quienes piensen y actúen como él-.

  • Posmoralidad

Por varios siglos se mantuvo en occidente una moral con raíz religiosa, una moral proveniente de Dios, cuya base eran los 10 mandamientos. Posteriormente, en el periodo de la Ilustración -siglo XVIII e inicio siglo XIX- se rompe la relación moral-religión y el ser humano pasa a ser el centro del universo, se deposita la confianza en sus capacidades y la ciencia sustituye las creencias religiosas, místicas y espirituales. Los filósofos de la Ilustración inician una arremetida para difundir en la sociedad los derechos de las personas, logrando con éxito instalarlos frente a cualquier obligación y afloran derechos subjetivos como la felicidad. “Nadie se une para ser desdichados”, decían los eruditos de la Ilustración, y los revolucionarios de 1789 lo solidifican en su constitución: “La meta de la sociedad es la felicidad común.”*

Gilles Lipovetsky en su libro El crepúsculo del deber (1994), encasilla a la sociedad en una época que denomina posmoralista, porque al desvincularse de antiguos valores se transformó en una sociedad que “repudia la retórica del ser austero, integral, maniqueo, y, paralelamente, corona los derechos individuales a la autonomía, al deseo, a la felicidad.” *

Por años se han dedicado políticos, intelectuales o pseudointelectuales -recordando a Ortega y Gasset-, líderes de opinión -reales o ficticios-, junto a sus seguidores y principalmente el accionar de los medios de comunicación, a minar los cimientos de la moral tradicional que exalta la entrega personal y el orgullo por cumplir con el deber sin retribución. El resultado de este socavón en la moral dio como resultado la edificación de una nueva sociedad que no pretende controlar los deseos, sino que los exacerba y los justifica. “La cultura de la felicidad ‘aligerada’ induce una ansiedad de masas crónicas pero disuelve la culpabilidad moral. […] el sentido de la falta de moral no tiende en absoluto a intensificarse; lo que domina nuestra época no es la necesidad de castigo sino la superficialización de la culpabilidad que potencia el universo efímero de los objetos.” *

Toda una liviandad moral con el propósito de que cada uno pueda alcanzar su propia felicidad, acompañado de un discurso moralista que en los hechos nos ha llevado a mayores niveles de delincuencia, corrupción y garantía para los autores de delitos.

Lipovetsky acusa a los medios de comunicación de actuar como plataformas para la expansión del posmoralismo. Primero apunta a la publicidad, “en que las lecciones de moral están revestidas por los spots de vivir-mejor, como el sol de las vacaciones, la diversión mediática.”* Luego apunta a la hegemonía alcanzada por una parte del periodismo, “la prensa de opinión ha dominado durante mucho tiempo, en muchos países, sobre la prensa de información; sin duda, la interpretación y la defensa de una idea a menudo ha estado por encima de la exposición de los hechos; sin duda, aún en nuestros días, los comentarios expresan juicios de valor”*. Asimismo, Lipovetsky desvela el sensacionalismo del periodismo en la entrega de “información”, mediante la utilización de imágenes impactantes, frases cortas, debates iracundos, la teatralización de hechos y la sobredosis de emoción, todo para cautivar al público.

  • Intelectualidad del espectáculo

Los medios de comunicación se han transformado en medios de diversión, que aceleraron el paso de la felicidad a la delantera de la escala de valores y apalancan su permanencia en ese puesto. Igualmente, el consumismo traspasó los límites materiales, ya no basta con tener y lucir objetos físicos, puesto que ahora también se requiere consumir una cultura televisiva que no importa si es externa y no se siente propia, total vivimos en un planeta globalizado y debemos ser parte de él, tenemos que ser igual que el resto, no podemos quedar marginados de las modas, tendencias, ideas o discursos. Es más, hemos llegado a ser adictos de una cultura voluble, puesto que aprendimos a presta más atención a las opiniones de músicos, actores, deportistas y animadores, que las de intelectuales, estudiosos y científicos.

Para algunos puede ser plausible una igualdad para que todos den su opinión, pero no debe confundirse con valorar de igual forma toda opinión. El igualitarismo mal entendido, donde supuestamente “nadie es más que nadie”, nos impide apreciar las reales capacidades de los otros. No es lo mismo el hombre que ayuda a los demás que el hombre que se aprovecha de ellos.

Mario Vargas Llosa en su libro La civilización del espectáculo (2012), resume las características de la sociedad como: “un mundo en el cual el primer lugar está ocupado por el entretenimiento y la frivolidad prolifera haciendo estragos en las mentes de las personas.”* Su efecto nocivo es que las personas no ocupan sus recursos -tiempo, dinero, capacidades- para culturizarse y progresar, apagándole la luz al remanente de inteligencia que queda en la sociedad.

Los medios de comunicación tienen, sin remordimiento, atrapado al hombre masa en la “matrix”, viviendo la realidad del espectáculo y el entretenimiento, produciendo cada día productos más adictivos que deja al hombre masa sin tiempo ni ganas de pensar o reflexionar. La escapatoria de este mundo en formato Alcatraz es inverosímil por dos poderosos motivos: las creencias se imponen por repetición -número de veces y distintos medios que la corroboran- y el lenguaje que es un sustituto de la realidad, puede ser usado para mentir, por tanto, al contar los medios de comunicación con ambas herramientas, “nuestra maquinaria de formar creencias resulta engañada con facilidad. Los medios de comunicación favorecen ese engaño porque pueden crear un simulacro de realidad.”[17] Asimismo, la conexión con el mundo que vivimos o decidimos vivir es a través de los medios de comunicación y redes sociales.

Conclusiones

No hay tarea más crucial que revertir la cultura de la cancelación, ya que sus efectos más nocivos, como la dictadura del discurso único, la agresión a quien discrepa de la supuesta “verdad”, el ostracismo por opinar diferente y la intolerancia, no son compatibles con una sociedad libre, democrática e inteligente. Es de esperar que la minoría excepcional sea capaz de despertar al hombre masa para restituir la moral extraviada a una sociedad atrapada en una realidad del espectáculo e individualista.

 

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Bibliografía

  1. Diario El Mercurio 4 de julio de 2020.
  2. Diario La Tercera 1 de agosto de 2020.
  3. Ferro, Marc. El resentimiento en la historia. Cátedra, Madrid, 2009.
  4. Lipovetsky, Gilles. El crepúsculo del deber. Anagrama, Barcelona, 1998.
  5. Marina, José Antonio. La inteligencia fracasada. Anagrama, Barcelona, 2005.
  6. Ortega y Gasset, José. La rebelión de las masas. Ed. La Guillotina, Ciudad de México, 2010.
  7. Vargas Llosa, Mario. La civilización del espectáculo. Alfaguara, México, 2012.

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