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La tecnología moderna y su implicancia en el proceso de toma de decisiones

¿Podrá el avance de la tecnología moderna reemplazar al proceso de toma de decisiones en los distintos niveles de mando?; no existe duda alguna de que la tecnología moderna y la inteligencia artificial han condicionado al proceso de toma de decisiones de monitorear, evaluar, planificar y dirigir, en los distintos niveles de conducción de una crisis o conflicto, pero la tecnología sigue siendo un medio para un fin ulterior y solo uno de tantos apoyos a la toma de decisiones.

 

 

Puedo informar al pueblo estadounidense y al mundo que Estados Unidos ha llevado a cabo una operación que eliminó a Osama bin Laden, líder de Al Qaeda, terrorista responsable del asesinato de miles de hombres, mujeres y niños inocentes”, fue el comienzo del discurso realizado por el presidente de los Estados Unidos, Barak Obama, el 02 de mayo del 2011. “Ese, fue el día más importante de mi mandato”, explicaría años después el ganador del premio John F. Kennedy por su coraje y desempeño como presidente.

La operación lanza de Neptuno, estuvo marcada por la capacidad tecnológica de ver en tiempo real las acciones que estaban ejecutando las fuerzas especiales norteamericanas. Durante la operación de los SEALS, fue posible observar que la jerarquización, la centralización y los niveles de mando y control fueron optimizados y adaptados a la situación particular, no existiendo una clara delimitación entre los niveles de conducción, donde el propio presidente Obama observó (¿lideró?) la operación desde la sala de mando de la Casa Blanca, como se puede apreciar en la histórica foto, donde aparece junto a los 14 miembros del equipo de seguridad nacional de los Estados Unidos.

Este hecho histórico es un ejemplo más donde, a pesar del advenimiento de la tecnología militar y los rápidos avances de sistemas y algoritmos que permiten procesar millones de datos en tiempo real, el proceso de toma de decisiones se mantiene inalterable en el tiempo en todos los niveles de mando y, la cadena continua* de monitorear, evaluar, planificar y dirigir, sigue conservando su esencia principal,mediante un proceso cognitivo, que permite al superior tomar la mejor decisión en base a la información disponible y al análisis de la situación (figura número 1).

 

Figura 1: Rol de la tecnología y la simulación en el proceso de toma de decisiones. (Kerbusch, Keijser, Smit; Netherlands Organization for Applied Scientific Research, NATO)

 

 

Al analizar el proceso de toma de decisiones en el nivel político-estratégico, con mayor énfasis en las relaciones internacionales, es posible observar que la historia moderna ha demostrado que los países con la mejor y más avanzada tecnología, como por ejemplo Estados Unidos, han sufrido importantes derrotas político-militares, debido entre otros factores, a las malas decisiones y a un pobre entendimiento político y social de los conflictos, quedando de manifiesto que la tecnología es solo uno de los factores necesarios para tomar las decisiones correctas con el fin de alcanzar el objetivo y estado final deseado.

Al respecto, Harlan Ullman (2017, p.213), miembro del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales,* en su libro, Anatomía del fracaso: por qué Estados Unidos pierde cada guerra que comienza, explica que, desde la segunda mitad del siglo XX, el nivel político-estratégico ha fallado repetidamente en intervenciones militares por las mismas razones; “la falta de un profundo pensamiento y juicio estratégico y el poco conocimiento o comprensión de las circunstancias que rodean al conflicto.”

En el mismo contexto, el caso de estudio analizado por Graham Allison en su libro; La esencia de la decisión: Análisis explicativo de la crisis de los misiles de Cuba, el cual ha sido materia de estudio en importantes universidades y centros de política internacional alrededor del mundo, permite sustentar que los modelos explicados por el autor, los cuales mantienen sus características hasta el día de hoy, también sirven para comprender que la toma de decisiones no puede descansar en el resultado de un modelo matemático.

Estos modelos de toma de decisiones no pueden ser vistos como procesos absolutos, sistemáticos e independientes, sino como un sistema mucho más complejo y amplio que una simple categorización de perspectivas. Lo anterior, permite comprender que cada decisión política y militar es producto del funcionamiento de grandes organizaciones, donde cada una de ellas es liderada por un superior que busca los mayores beneficios respecto al problema en particular (modelo racional), basado en las creencias y expectativas de ese individuo en lo personal (modelo cognitivo*), quien dirige un departamento el cual, mediante el análisis de la información provista, ejecuta procedimientos doctrinarios para generar respuestas y soluciones (modelo organizacional) y así, dentro de cada organización se llegan a consensos a través de políticas, acuerdos e influencias de varios actores (modelo gubernamental). Esta compleja relación, no puede ser reemplazada por un computador que busque soluciones a problemas tan confusos como impredecibles.

Respecto al nivel operacional y con una mayor orientación a los conceptos de estrategia, es necesario comprender que este arte y ciencia, requiere mantenerse actualizado respecto a la tecnología, para no ser superada por ella, empero, la estrategia y las acciones militares en una guerra, deben orientar sus esfuerzos a la búsqueda de efectos a lograr y no centrarse en la tecnología que permitiría alcanzar dichos efectos, esto debido a que “la obsesión con la guerra centrada en redes, más que en las capacidades habilitadas por las redes, es un ejemplo clásico de este pensamiento peligroso” (Till, 2004, p.463).

De este argumento, se puede inferir que, al igual como señalara Corbett respecto a sus postulados sobre el control del mar, del mismo modo debiese ser la tecnología a la estrategia, es decir, un medio para un fin ulterior.

Cuando hablamos de estrategia, en términos simples, se asocia a la capacidad de elegir una opción que permita vincular medios con fines para alcanzar un objetivo planteado. Considerando las numerosas definiciones de estrategia de connotados autores, “destaca como un factor común el reconocimiento general de que esta es el arte referente al empleo del poder, en busca de alcanzar objetivos señalados” (Tavra, 1988, p.1). Es en esta estrategia, donde es tan importante la decisión per se, como lo es la genialidad* para crear una solución, o varias, que resuelva el problema militar.

Para ejemplificar esto de manera sencilla, imagine un computador con toda la base de datos de las guerras de la humanidad, el cual presenta, gracias a un algoritmo, una solución militar a un conflicto particular. Esta forma de abordar el estudio sistematizado de la guerra es definida por el almirante Solís en su Manual de Estrategia, como el método histórico-contingente, el cual permite, al líder militar, disponer de la historia y experiencias anteriores para crear modelos y aplicarlos de acuerdo con el mejor curso de acción resuelto. ¿Le resulta familiar este proceso? Este método es, conceptualmente, lo mismo que googlear en internet respuestas a cualquier tipo de preguntas, de modo que “a medida que confiamos cada vez más en Google para hallar respuestas, nuestra capacidad para buscar información por nosotros mismos disminuye. Y así la verdad, viene definida por los primeros resultados de la búsqueda en internet” (Harari, 2018, p.75). Este proceso, que actualmente lo desarrollan millones de personas en el mundo en forma casi inconsciente, es lo que el almirante Solís advierte con relación al método histórico-contingente de la concepción, preparación y conducción de la guerra; como una invitación al fracaso.

Para complementar lo planteado anteriormente, la toma de decisiones basada en algoritmos predictores en una campaña militar del nivel operacional, extrapolable a todos los niveles de conducción, puede tener nefastas consecuencias. Lo anterior, principalmente debido a que la tecnología actual, incluso la inteligencia artificial (IA), carece de heurística (por ahora) y no es capaz de comprender que la guerra es, en esencia, un enfrentamiento de voluntades (conducta volitiva).

Respecto a este punto y a pesar de la innegable capacidad de sistemas computarizados cada vez más sofisticados, es pertinente preguntarse; ¿Podrá la tecnología más avanzada derrotar una ideología (Vietnam), donde existe un adversario que se opone al cumplimiento de la misión, el cual tiene imaginación, creatividad y capacidad de innovación, siendo liderado, además, por un estratega que es único e inigualable? Probablemente no, tal y como lo dilucidara el gran estratega militar Clausewitz, casi dos siglos atrás; “los factores absolutos, llamados matemáticos, nunca encontraran una base firme en los cálculos militares (Clausewitz, 1976, p.86).

Como tercer argumento, todavía a nivel operacional, los sistemas militares de mando y control permiten a un comandante operacional, conducir una campaña militar en su puesto de mando a miles de kilómetros de donde se producen las acciones bélicas, tomando decisiones en tiempo real de forma rápida y actualizada. Ese comandante, junto con procesar y analizar la vasta información de avanzados sistemas de datos utilizará, entre otros factores, su experiencia y como resultado de esa experiencia, su intuición (también llamada sabiduría práctica por algunos expertos en filosofía), para tomar la decisión que él considera correcta. En este tipo de situaciones, “la solución al problema militar se basa en una decisión acertada, para luego convertir esa decisión en un plan de acción. Este proceso es tanto un arte como una ciencia” (Vego, 2007, p. IX-3).

El proceso de toma de decisiones tiene, en términos generales, un componente analítico y otro intuitivo, donde la tecnológica actual busca estrechar las diferencias naturales entre hombre y máquina, mejorar los procesos y reducir los tiempos, en un campo liderado por humanos, pero ejecutado en gran parte por máquinas, donde la intuición tiene características propias de los rasgos humanos, como la creatividad, emocionalidad o los sentimientos, que son simples reacciones biológicas ante estímulos poco replicables en un modelo matemático.*

Gran parte de la decisión de ese comandante estará supeditada al estudio del ambiente operacional, a la planificación realizada con anterioridad y a las sugerencias de sus subalternos en el puesto de mando, en resumen, a una visión holística de la situación, más que a una solución empírica basada en probabilidades de éxito, considerando que todo problema militar es único, ambiguo y complejo.

Como último nivel de mando o conducción a considerar, en el marco de la tesis propuesta, analizando ahora la toma de decisiones del nivel táctico, es posible apreciar que este proceso no ha presentado mayores alteraciones. Es más, en los niveles más bajos, tomar una decisión apoyada en la tecnología disponible se realiza muchas veces de forma inconsciente, donde la automatización es parte fundamental de la doctrina militar y de los procedimientos operacionales estándar, muchas veces sin siquiera ser dominados o conocidos por los respectivos operadores, quienes confían ciegamente en la luz de la consola que les permitirá presionar el botón de fuego.

En un buque de combate, cada miembro de la tripulación durante una operación, tanto en la paz como en la guerra, está constantemente inmerso en lo que John Boyd denominó, el ciclo O.O.D.A.* A pesar de las críticas que ha recibido su teoría, por ser considerada muy simplista y que sus conceptos son de la década de 1950, este coronel de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, visualizó que “las organizaciones más efectivas son aquellas que tienen una cadena de mando altamente descentralizada, que utilizan doctrinas orientadas a objetivos y un control directivo, con el propósito de aprovechar la capacidad mental y las habilidades creativas de los mandos individuales en cada nivel” (Alvayay, 2008, p. 6). Es decir, la preponderancia en una organización jerárquica debe estar ligada a claros lineamientos por parte del superior, pero lo suficientemente flexible para comprender el propósito que permita cumplir con las tareas asignadas. Este arte de mandar es lo que Milan Vego (2007, p. X-33) denomina “el estilo alemán del mando tipo misión” (auftragstaktik).

Del mismo modo, y retomando el concepto de cómo la automatización está más arraigada en los niveles más bajos de conducción en el ámbito militar, los militares subalternos (los millennians)* han tenido que lidiar, e incluso confiar, en un computador para resolver sus problemas más básicos, ¿dónde ir a comer?, ¿qué película tiene mejores comentarios? o ¿qué sugiere el radar, respecto al contacto que esta por estribor? Cuando llevamos este paradigma a las operaciones militares tácticas, el proceso de toma de decisiones está condicionado, de acuerdo con los estudios realizados por el premio nobel Herbert Simon,* por la estructura y normas de la organización, es decir, experiencia, doctrina y entrenamiento.

En síntesis, un oficial de guardia navegando en un buque de combate para tomar una decisión, “se traslada, en forma imaginaria, de una condición actual a una condición deseada futura” (Knighton, 2014, p. 2), es decir, la persona tiene que concebir un juicio sobre el futuro y elegir la opción que mejor se adapte al modelo que ha construido. Si bien esto podría parecer un contrargumento, en verdad no lo es, debido principalmente a que el binomio decisión-tecnología debiese estar supeditado a un proceso racional cognitivo más que, al apoyo tecnológico, de un equipo de ayuda a la navegación.

Un claro ejemplo para defender aún más este argumento, fueron los accidentes sufridos por cuatro unidades navales de la marina de los Estados Unidos el año 2017, donde los dos más mediáticos fueron los incidentes de los modernos destructores clase Arleigh Burke; USS Fitzgerald y USS McCain, que causaron la muerte de 14 marinos, millones de dólares en costos de reparación y profundos cambios en los procesos de entrenamiento debido, principalmente, a la preocupante dependencia del personal naval en la tecnología, el poco conocimiento de los sistemas de ayuda a la navegación y la falta de situational awareness.*

A pesar de todo lo expuesto y analizado anteriormente, el avance tecnológico, en especial respecto a la IA, genera una serie de cuestionamientos respecto a la tesis planteada. Considerando la argumentación de Yuval Noah Harari, en su libro 21 lecciones para el siglo XXI, respecto a que los humanos tienen dos tipos de capacidades; la física y la cognitiva, el autor explica que la capacidad física del ser humano con respecto a las máquinas ya ha sido superada ampliamente y, en relación a la capacidad cognitiva, la IA “está empezando a superar a los humanos cada vez en más de estas capacidades, entre ellas la comprensión de las emociones humanas” (Harari, 2018, pág. 39).

Algo muy similar explica Daniel Kahneman en su libro Pensar rápido, pensar despacio, donde es más profundo en sus estudios respecto al juicio humano y la toma de decisiones, revelando que la intuición humana es en realidad un reconocimiento de patrones.*

Es decir, no existe duda alguna que los nuevos alcances tecnológicos, revolucionarios o evolucionarios, aumentarán sustancialmente la capacidad de obtener y procesar información que permita al tomador de decisión elegir el mejor curso de acción, en especial, respecto a las capacidades tangibles del entorno político-estratégico, operacional y táctico. A pesar de lo expuesto anteriormente, resulta poco probable que un sistema computarizado que entrega como resultado modelos prospectivos, de gran utilidad para una campaña militar, pueda reemplazar al proceso cognitivo de un grupo multidisciplinario de expertos que realizaron un estudio acabado del ambiente operacional, como parte de un grupo asesor de un comandante con experiencia e intuición. De hecho, “la experiencia muestra que los nuevos avances tecnológicos, cambiarán los métodos de empleo de la fuerza en combate, pero no la esencia misma de la guerra” (Vego, 2007, p. XIV-6).

Para finalizar, el vertiginoso avance de la tecnología impone un desafío considerable a comandantes y tomadores de decisión en todos los niveles de mando, a pesar de esto, se ha podido dilucidar, mediante una argumentación basada en los distintos niveles de conducción (político-estratégico, operacional y táctico) y ejemplificando la tesis propuesta con algunos conceptos vinculados a las relaciones internacionales, estrategia y mando y control, que el proceso de toma de decisiones (monitorear, evaluar, planificar y dirigir) no se ha visto mayormente afectado por la tecnología, no así otros fenómenos como son la centralización, la rapidez de la información y la innegable ayuda de la tecnología para el tomador de decisión.

El proceso de toma de decisiones, en todo nivel de mando, está supeditado a las complejidades del comportamiento humano, como la experiencia e intuición, al marco organizacional, como la doctrina y el entrenamiento y al contexto social y cultural propio de cada persona. Este proceso, es poco replicable a una base de datos creada por expertos que además necesita de entrenamiento o autoaprendizaje, pero siempre limitado y controlado por lineamientos y doctrinas preestablecidas. Así, es probable que la discusión en los años venideros esté mayormente centrada en la ética asociada al uso de la IA, en la complejidad de la centralización de los niveles de mando y en la libertad de acción del superior, respecto a una solución algorítmica versus su visión como comandante, más que si la tecnología moderna pudiese reemplazar al proceso de toma de decisiones.

 

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Bibliografía

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